20060705

¿Ingenuidad candorosa? ¿La osada imprudencia de la ignorancia? O es otra la palabra la que me califica…. Coglioni, esa que tanto te gustaba usar. En una casa de más de cien años en el frío del invierno, llena de aromas, se encuentra tu cuerpo junto al olor del pan recién hecho, el de la tierra mojada en la huerta y las flores del pasillo, tu alma vive en un departamento de solo cuarenta metros y ni siquiera un kilómetro de distancia, en el que ni siquiera encierra una cama matrimonial, y solo lo iluminan tus ojos acerados y esa sonrisa de vez en mes. Pero aun así no es un lugar tan terrible, quizás un poco cruel y aséptico, pero el mundo es cruel, la vida es cruel y tú en si eres inficionadamente atroz con mis sufrimientos y te mueves para infectarme y hacerme daño ferozmente.

Es inútil evitar tu castigo, está en tu naturaleza hacerme sufrir, lo sabes y lo disfrutas. Simplemente estás en el momento justo y con el poder suficiente para dejar caer el peso de tu cuerpo sobre mí. Yo que soy masoquista, me gusta sufrir y me ufano, termino por disfrutar el cuchitril en que me posees, ¿O te poseo? ¡Bueno tú me tienes y yo te poseo! Y eso me retroalimenta para seguir esperando tus entregas mensuales.

Mi último deseo es dejar la pequeña guarida y dejarme caer en el llano eterno de tu piel, para recorrerla de arriba abajo, sin disimular mi sed por la leche del centro de tu cuerpo, y estar como vivo, deslumbrado por tus ojos grises en la ventaja de no morirme.

-¿Aun quieres hacerlo?
-No lo sé
Te respondí, mientras, miraba tu falda plisada, con esa inextinguible mirada que extrañaba de tu sensualidad todo lo hoy oculto, entre los pliegues de la tela y lo tan bruscamente olvidado al miedo. Nunca me gusto la navidad y sus regalos, pero estas fiestas fueron diferentes.
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