20060304

Y ahora entiendo su ardor infatigable


Su nombre es Maria de la Concepción y lo ha usado solamente un par de veces y para cosas oficiales, como tantas a mujeres más le gusta otro que no tiene nada que ver, Catalina es el que usa. Me llevaría mucho tiempo explicarlo, en verdad, pues no lo termino de comprender. Un nombre alto y grande, como el techo de su casa que de antigua impregnaba nuestra relación de viejo. Y ahora no se si es tristeza o nostalgia, alegría u optimismo lo que se es que todo cabía completamente entre esas paredes tan amplias que se caían de gruesas y agrias cuando la visitaba, pero su casa y su personalidad eran totalmente diferentes:
-Inventaré algo para que duermas en paz, cierra los ojos y déjate llevar. Tu ardor será la obstinación y la sonrisa mi final-
Me dijo Catalina, cerrándome los ojos con las yemas de sus inmensas manos, para que no despertara sospechas su ironía, abrasando lo poco de mi que quedaba en la cama vieja y ruidosa, tratando de administrar su llena humanidad al tiempo que se daba vuelta para dejarse caer de golpe y con todo su cuerpo, sobre mi poca comprensión para apagar esas cenizas de una vez y verme sometido a su ímpetu, que no deja dejar iniciar ese fuego que urge para mi. Y después su indolencia por el sexo, esa extraña apatía de quien espera con la vida resuelta que algo pase para subirse y dejar su tranquila existencia sin miedos. La muerte es un remedio y la vida, pues que remedio, pasa y nos deja a la vera.

Y otra vez surge de la nada y de repente se llena de vitalidad y casi sin medirse, deja caer sobre mí su atlético cuerpo como quien apaga un fuego con risas
-¡Que se ponga, que se ponga!-
Y yo sin saber que hacer, y solo imaginando que quería insinuar, tratando de hacerla recuperar la cordura de quien no sabe llorar, viendo por momentos, los grandes oleos colgar de las paredes y ese inmenso espejo inclinado que apenas conseguía cubrir su cuerpo.

-Mírame Catalina-
Le dije mientras buscaba algo para cubrirme, se escondió detrás de la almohada e intenté adivinar porqué sonreía nerviosa, sin saber que decir, atrás de su escondite. Para ella, estar en esa inmensa cama era motivo de risa y mientras yo no lo entendí, todo era perder concentración, tenía ganas de zarandearla ¿Cómo pedirle a aquel que se pusiera engreído entre tanta alegría y tantas risas sin sentido?, y como hacer el amor en medio de una juerga sin razón y la ventana abierta. Era una puta sin juicio, incurable, que disfrutaba riendo lo que yo buscaba encontrar concentrado.

Lo único que podía hacer era sentarme en la orilla de la cama y reírme al ver mis pies colgar, disfrutarla, entrar a su juego y buscar entre retozos la inspiración para poder tenerla a ella y su buen humor, el acto de posesión perdía sentido en su entrega tan alegre, toda ella tan viva, tan contenta.

Era una honestidad grotesca por ratos pero muy satisfactoria al final, y si ese era el resultado ¡Qué se la va a hacer! Nunca estuve con la mujer equivocada, y siempre despertar entre su olor tan fresco, dulce de jardin mañanero, perfume de veinte años y con la sonrisa a flor de piel… era gratificante.

La conciencia perennemente tras ella, buscando un resquicio para castigarla, pero no, simple y sencillamente le gustaba el sexo con la ventana del balcón abierta y boletos para los toros gratis, reía y convocaba a todos los duendes para continuar su orgasmo entre risas y juegos, bueno, al final aprendí que el sexo no era tan solemne y que muchas de las enseñanzas del Kama-Sutra en verdad eran para la risa y las ocurrencias de Caty eran un montón de hechos graciosos que con el tiempo hicieron que mí rendición fuese incondicional, y no solo por su tamaño. Entre esas paredes que destilaban años, le quite solemnidad a mí sexo, claro que el placer podía ser alegre… es lo que aprendí de ella.
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