20060320

¿Las mariposas, tienen dos o cuatro alas?


Mariposa, su nombre, era mucho más que la hermosura, era su razón y sus juicios en persona lo que nos atrae –que por cierto no a todos- pero tomándolo a verdad, es difícil definirlas o siquiera encontrar su justo medio entre las inútiles divagaciones en su ajustada y previsible agenda de flor en flor.

Tengo dos tipos de galanterías unos que a final de cuentas les dicen “que bonita” a las guapas y otros que les digo “como te pareces a tu madre” a las no tan agraciadas. Ella no era lo buena o mala que se representara en el físico, era ese saborcito a dulce de leche que te dejaba su compañía al final, y siempre condicionado a su expresión, ese sentirla como un libro nuevo bajo el brazo en tarde lluviosa.

El tiempo, que hasta hoy permanece de mi parte para disfrutarla y acompañarla, mientras el espacio me deslizaba sobre aquella playa de arena blanca y olas inconcebibles, que se deterioraban mientras comenzaba a voltearse el aire, y la luna llena aparecía apoteótica entre las nubes del fondo y partida por mitad, la falta de cuidado también se notaba en ella, cuando, ya no confiaba en ningún puerto y se quedaba viendo el horizonte sin sentir las gruesas gotas de agua en su rostro, mientras, al resbalar, le hacían trizas su sonrisa. Llevaba un libro blanco en las manos, era pequeño y tenía un gravado de colores brillantes con un nombre.

Su secreto, de tan secreto, no se acerco ni siquiera a la realidad de lo que pasó, se quedo oculto en ese beso que no se lo había robado yo, se le había caído casi a pedazos entre los labios mientras sentíamos pasar el atardecer sentados en la protección del faro. Y claro, a final de cuentas yo solo detuve el beso antes de que cayera en la arena, tampoco esta el mundo para desperdiciar escalofríos como ese, temblaba como quinceañera mientras dejaba caer su mirada en la mía con ingenua inexperiencia, su intimidad era mía y ya no era soledad.

La blancura de los muros en que vivía en la parte alta del puerto se reconciliaba con el azul del cielo cuando salimos al día siguiente, los colores que dejaban escapar sus labios cautivos para esperar las horas más tranquilas de la tarde en que solo le delataban sus risas. Sus vivencias no estaban basadas en experiencia aun cuando ya no era la niña de antes y había llegado hasta ahí sin saber porque, bueno en su inconciente si lo sabía, y era doblemente intencionada su visita, después de tantos años al malecón donde amarro mis recuerdos con el hacedor de memorias que siempre estaba por llegar tarde al puerto.

Llegó en abril y a punto de cumplir años. Yo estaba sentado sobre el muro del rompeolas y viendo hacia mar abierto, ella venía con los zapatos en la mano y la sonrisa al frente, como si nunca hubiera pasado nada, ni siquiera se hubiese ido alguna vez. En ese punto ella era dueña de la situación y solo veía desembocar el río a lo lejos y fundirse en el mar en dos colores neutros y ensuciados.
-¡Estás fantástico!
Y me levanté convencido de que no había pasado el tiempo. ¿Qué fue de ese magnifico intento de enamoramiento?

Los dos decidimos comernos con los ojos, uno y otro, nos quedamos con la quimera de querer ser, pero en el fondo partidos por un arrecife, desligados del otro y de la realidad, el calendario se quedo en un mayo de los ochentas y un vestido vaporosamente sexy, mientras, las palabras se quedaron ocultas entre el tiempo cuando las olas lavaban mansamente su imagen en la arena, entre mis pies descalzos, y solitarios. De un solo golpe saco lo desguarnecido que tenía dentro; las objeciones obsesionadas de Mari-posa por un tercero… que nunca apareció entre el océano.
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