20070307


La psiquiatría es una rama de la amistad


El ojo ciclope de la motocicleta distingue el frente del camino sin atreverse a terminar de recorrerlo por más velocidad que tome al acelerar, voy llegando siempre y lo veo adelante sin terminar de llegar, es el lugar ideal para una inmolación. La noche empieza a caer cuando ¿qué otra cosa me queda sino viajar sin ton y esperar el final del cansancio? son las únicas crónicas del atajo de un probador de aromas recorriendo caminos con la soledad de la fragancia mientras trata de clarear su mente y nariz antes de que se evaporen sus recuerdos en lo entristecido de los atardeceres en el camino, mientras pasa a la orilla de precipicios y barrancas en que los puede esconder perfectamente. Antes que se pierda la memoria de las ansias que recorrían su cuerpo sudando para rehacer el perfume que se quedo a medias atropellado por el viento.

-Escúchame- dijo Celeste, apoyada sobre el asiento con sus manos, tan dulce, tan bella y en el frío del lugar junto a mí espalda, esperando el sol, estaba de vacaciones entonces y aun no terminaba de despertar. –Lo sé, no es fácil- Había olvidado abrir los ojos, sintió vértigo mientras se dejaba caer en mi dorso, y solo abrió la conversación diciéndome que lo había estado pensando con los ojos trabajando en litros por día para extrañar la crueldad de ser. Bien sabía que cuando pierdes el miedo todo es posible – Debes aclarar que lo nuestro no fue-.

En algún momento paramos para descansar y crear vínculos con el amanecer, nos paramos a la orilla y parecían horas los minutos desentumeciéndonos, Celeste se froto los ojos llenos de polvo del camino y nos quedamos mirando, ella y yo solos. Nos quedamos queriéndonos, primero las manos, después el pelo y el rostro para encarrilarnos así en la luz, tan extraños e irreales. La alternativa se acercaba atropelladamente desvestida de blanco y sin frío como una nube. Desde el amanecer, cinco, seis veces intentaron sacarme del camino, al fin no los acompañé y terminaron desistiendo, se concentraron en la retaguardia que tú protegías, no me invitaron y el descomedido fue todo mío.

¿Seré yo?, yo soy el viento que te acompaña y va siempre delante sin apocarse. Recuerdo cuando antes contabas algo gracioso y pasabas de la risa al llanto como si nada en una ansiedad que me angustiaba. El cómo tus ojos se llenaban de lágrimas para dejar entrever que algo te hacía gracia y lo disfrutabas riendo… y al final llorando sobre mi espinazo. Lleva ya como diez minutos esperándote a decir algo, supongo que sabes algo porque antes de que te acercaras a mi oído ya sabía que venías. ¿Estás listo? Déjate sorprender, solo tienes cinco minutos para evitar que te desahucie y ya te queda poco de esperanza.

Eso ya prescribió, aceleré hoy y ya no estabas, escuché solo mis latidos afectados por el frío y resulta que soy un solitario empedernido disfrutando de los colores que pasan rozándome el rostro mientras avanzo. Todo pudo haber sido causa de la casualidad, pero una vez que salen de los labios ya no te pertenecen tus palabras, comienzan a acabarse sin su eco, de adentro hacia afuera, pierdes identidad y te quedas seco, la profunda desdicha se ha convertido en simple infelicidad al pasar por tus manos con la velocidad del viento con que alcanzas en la carretera mientras se desase en los incognitos placeres que solo se obtienen encima de un motor con ruedas cuando entiendes porqué siempre escoges el camino más largo.

Bueno, si pasamos en la vida circulando y en una carretera tan bonita, pues ¿A quién le importa el gozo intelectual con esta indolencia súpita que no se va? Como el viento en la cara, siempre lo tenemos delante y nunca lo rebasamos, ¿Cómo lo apocas a una simple inhalación mientras las tardes se acaban en noches? ¿Indisciplinado el viento? ¿Tormentoso el mar? Y el tiempo se acaba mientras no encontramos una margen segura.

¡Qué buen papel tengo, buscarte sin saber donde estoy yo! Extravagante, peculiar, exótico, excéntrico, ¡Bueno quien no tiene algo que lo haga diferente de los demás!
Al final nosotros somos unos extraños a nosotros mismos. ¿Qué más irreal y sufrimiento que nuestra realidad diaria? Lo que pasa es que pocos lo sabemos plasmar en una obra que perdure y nunca te pedí nada, al contrario te rogué hacer tu voluntad con discreción sin claudicar ni siquiera de tus errores.



Lapsos de un sol
Desentumeciéndonos
En la autopista
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