20070924

Arándano sobre pan dorado, acompañado con mi buena suerte, que no es leche. Tomo un sorbo, un buche grande y empiezo a digerir la idea de lo difícil que es procurarse que comer sin tener los reconcomios de culpa en que me da por rascarme lo transigente que soy con la pasión. Hoy en día prefiero sentir como se desliza cuesta abajo el bolo mientras no me acuesto, porque horizontal no puedo tragar ni cargar con mis culpas. Pero en fin siento como se descuelga y desplaza un gas que no debería estar en mi gaznate, pero tiene que salir porque siento que pesa -aunque es muy insubstancial- cuando ahora el arándano ya no es lo mismo. Se convirtió en algo picante que inflama la garganta dándome calosfríos ignotos y solicita más leche para apagar el fuego, pero quiero probar primero el pan sin almíbar. Porque dulce -que es un bonito nombre para ella- así es como huele la panadería, y aunque haga frio no me pongo azul mientras pienso -¿Y qué es lo índigo sino el impasible frío que nos queda dentro cuando el viento pasa?- baya con ella que si viene o va, no lo sé… porque complicadas o descomplicadas, las berries están en pleno estado de desestructura incierta en que no hay más eternidad aunque mientras son frutas tan silvestres o laboradas como el rústico estilo con que lo cuento. Y aunque lo platico, no es cuento, porque no tiene ni pies ni cabeza, solo la austral bitácora reina madre a la que llegue por desambiguación y que hoy es tema de mis desvaríos.
Publicar un comentario

Archivo del Blog