20070921

Todos estamos esperando algo


En el camino, con la vista perdida en el horizonte y obnubilada por un calor de sol a plomo dejó el pañuelo a un lado del asiento después de limpiarse los rastros del sudor de un viaje de placer que no terminaba. Llevaba varios días en la región y se negaba a entrar a su pueblo natal, su alter ego fue el de la idea, -¿A qué chingaos voy?... ¿Por qué no?-

Nunca pensó que fuera tan difícil regresar, después de veinte años estaba frente en la vieja casa en la esquina de Madero y Revolución, se paró un momento frente a ella y no tocó la puerta, simplemente la empujó y entró.

Se sintió una extraña vestida de citadina y hasta cierto punto ridícula, mientras que la verja añosa era la misma, la pintura blanca y los vidrios recién limpiados enseñaban lo limitado de la construcción de piedra y adobe, manchada solo con el moho de la lluvia entre los resquicios y los nidos de golondrina medio ocultos por las tejas deslavadas de polvo de mucho tiempo y los huecos de la memoria que no los llena nada.

La última vez había salido al día siguiente de los cuetes de la fiesta del patrón del pueblo, poco después murió la abuela y ni siquiera pensó en regresar al entierro, al final sentía que sus llamadas telefónicas eran su último lazo con esa casa y tenía razón, pronto empezó a sentir que su madre se distanciaba de a pocos. Pero esto era diferente era una desmemoria a propósito y sin razón. Ocultar el saber que es la vida y sus causas, no miras, no sientes. Y con el último resquicio de luz sale del pueblo a respirar un aire que no le oprima y un viento que no deje rastro en su memoria.

Su piel, tan suave, de quien no se asolea y las manos cuidadas se dejaban adivinar entre los cuidados pliegues del traje sastre de marca y las mangas de su camisa escrupulosamente blanca que no corresponde con la versión bipolar de su personalidad urbana en que se deja llevar por los jeans y polos. Los fines de semana alcohol y pastillas para entonarse el resto del tiempo, en un pacto exquisito que termina de dividir su idiosincrasia entre los estados de euforia y la meticulosa regresión a lo cotidiano. Un grado inherente de dedicación en que ingenuamente involucra su vacuidad de dos sellos diferentes y ningún registro que valga la pena entre las actividades que se desgastan mutuamente en vez de complementarse.

Desasociada de intentar regresar a sus orígenes se deja caer en dos gesticulaciones en que ella misma se responde y que solo se complementan en cuanto una paga las cuentas de la otra y la otra hace sobre llevadera a la una, hasta que el fastidio o el cansancio se imponen sin definir quién de las dos es ella.

-Quiero ser un poco como tú- ¿Y qué, tener una crisis creativa de tarde en tarde para desechar todo al día siguiente? Sentirme la más grande para solo ver cómo me arrastro al día siguiente entre la mediocridad de un bar y la atormentada realidad diaria del trabajo con la sensualidad enfermiza en que se desboca esta continuidad que anda en busca la topografía del infierno

Sube los escalones con cierta aprensión, empuja la puerta como las viejas épocas y se encuentra en una foto que preside el hall y se ve a sí misma en el reflejo del cristal y se imagina como dueña y señora. Sigue de frente, se resiste a identificarse en los retratos que cuelgan amenazadores, siente que ese personaje ya murió.

Esa angustia es la antesala de tratar de dar un paso al frente y ser una consigo misma. –Soy tú- “Glamour” sin trascendencia. Entra y lo primero que ve es el balcón que asoma al patio interior, -Una ventana no solo es un agujero- y se entorno su mirada para ver solo un fragmento de la realidad, la ventana abierta a medias que ve hacia la calle vacía. Su madre en una mecedora con la mirada perdida dentro de su más grande miedo, dejar de ser ella misma y ser una cosa inanimada y que no conoce, viendo la acera, esperando, solo esperando y sin ser cuerda que todo termine.

El total de sus actos siempre desemboca en una pequeña tragedia que se suma a la del día anterior, pequeños demonios que embrutecen, pero todos son los sueños de un día que se esfuman en realidades mientras pasan avejentándose.

Llega a su antigua recamara, los muebles huelen a viejo y al meterse entre las sábanas alcanza a percibir el olor con el que se recogía sintiéndose segura de pequeña, se recuesta para cerrar los ojos huyendo de la realidad sintiendo que llegan los sueños de infancia que ahora, percibe, están dedicados al anonimato y duerme, duerme como duermen los niños. Por primera vez en mucho tiempo no quiere abrir los ojos.
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