20060424


Y si después de la algarabía de cargar tus penas aprendes a convivir con ellas, hasta que llega un momento en que entiendes que todo el mundo carga algo y que lo tuyo, a más de pasadero… te empieza a acompañar en el camino y te gusta, hasta que llegas a un patio sombreado que te hace suspirar y te invita a quedarte.

Un sano masoquismo cuando entiendes que nadie es perfecto y siempre hay alguien más fregado y va con la sonrisa al frente. Porque quejándose de todo, sobretodo… de su propia existencia y sin orden ni continuidad tasable ¿Quién va a buscar la pasión de los abrazos? O a dejarse querer solo por compañía.

Así era ella, Alma, en la mañana un ejemplo, en la noche una pesadilla sin luz con olor a alhelí, camino a la alborada era simplemente el dulce de los dioses para llegar a acostarse con su ego y cambiar su regazo por mi pecho, para contar sus penas como si fuera algo cotidiano en la almohada y no una casualidad andar vestida disfrazada de aristócrata pasada de moda en la añoranza de levantarse a extrañar la noche.

Me desabotoné la camisa y Alma, con aire ausente se paró a apagar la luz como siempre, suspiró y regresó a la cama, se quedó quieta esperando ¿O no era ella la que regresó? Nunca lo supe. Girando sobre su costado para quedar a mi lado en una empatía de sol y luna, con la ropa puesta y el cuerpo tenso susurrando algo como primavera.

Para sentir como profanaba su cuerpo esperanzado mientras le desvestía debajo de las sabanas, para encontrar sus senos firmes sobre su breve cintura, mientras subían mis dedos explorándola, y yo no daba crédito de la oscuridad, ni percibía nada más que su aliento a mandarina y algo como una invocación saliendo de sus labios mientras exploraba su cuerpo. -¿Yo casarme?- Y terminamos sin azahar, haciendo el amor como locos cerca del mar y a escondidas de las travesuras de la luminiscencia en que nunca terminé de saber con quien me acostaba.

Algo si supe en esa oscuridad, que tu sonrisa no terminaría nunca, que eras más suave, que quien teme a la luz ama desenfrenadamente, y que cuando despertabas sobresaltada en la noche, te abrazabas sudorosa de mi, en vez de prender la luz en esa melancolía congénita tuya y era siempre para terminar en una sonrisa.

Salimos del pequeño hotel y vi tus ojos llenos en la algarabía de la calle buscando el rocío en las alas de las mariposas y escondiéndote del sol, llegamos al mar y otra vez te quitaste la ropa y nadaste hacia las olas mientras yo te miraba, ahora extasiado con la luz.

Uno puede estar equivocado, pero ¿Que tiene que ver lo azul del cielo con esto? Solo que te cambiaba la voz mientras escuchabas atentamente para no prestar atención entre la ternura de solo depender del tacto, de tus labios y tus dedos para esconder tus lágrimas de mi vista, de la nostalgia de mi vida. Algún día regresare al patio de los suspiros.

Ahora entiendo que tu huida salvó mi vida y tengo que agradecerte a ti esa segunda oportunidad y se que, ni soy especial, ni colecciono almas para decirles todo el tiempo lo bonitas que son o que su leche es la más dulce. Te enseñé mi desasosiego, ahora me arrepiento, después de tantos años y aun pretendo que la lluvia no me alcance mientras me quedo absorto, esperando que nadie me recuerde, en ese viejo bar junto a los ultramarinos
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