20060417

Semana Mayor


Me veo caminando hacia la cochera, con las manos en los bolsillos acariciando las llaves de la motocicleta y la vista baja mirando la piedra del piso de cantera, tan desgastada por el tiempo que se vuelve resbalosa en un patio grande y lleno de azulejos de diferentes colores que saben lo difícil que es que pase el tiempo por ellos y no se acaben todos los índigos y los blancos de su vidriado, esos que hacen parecer las tardes más largas y los días tan radiantes. Pero bueno, lejos de decir lo que pasó, me interesa saber que pudo haber sido de ambos, porque ¿Qué puede haber después del vértigo de la velocidad? Solo una dualidad en la que esa frontera del entorno se desvía en pequeñas verdades, que ya no tienen sentido si no las expresaste en el debido momento, se desdoblan como cuando te ves enfrente de un espejo amplio y no distingues una de otra.

El frío calaba más que de costumbre esa mañana y yo, seguía creyendo que era inmune, pero era solo una obsesión de lo más pura, de quien tiene una relación enfermiza consigo mismo, en la que obviamente soy mi principal adversario, pero al final existo en lo que quiero ser; un rasgo, solamente algo débilmente trazado en la vida sin hoy continuo ni mañana seguro. La línea blanca descansaba en medio de la carretera dejando pasar un tramo sin nada de vez en vez, me gusta verla pasar y pasar, como prende y apaga intermitentemente, hasta que finalmente la dejo de lado, la carretera termina (Al menos para mi) en una cafetería en donde pregunto a la primera persona coherente que veo ¿Dónde estoy? Y me responde que el tampoco sabe ni donde está, ni que quiere. Creo que me encuentro en la serenidad de un limbo que no deja espacio para averiguar más y solo es un sueño recurrente. Las llaves siguen pegadas a mi mano esperando una orden para llevarme de regreso al asfalto. El piso, la pared, la carretera y todo, todo está hecho de lo mismo y es igualmente monótono, hasta que llego al café y pruebo la primera taza, siento el calor en las manos y el cuerpo, se que algo va a pasar pero prefiero pedir indicaciones del camino que aventurarme así sin más.

Adonde… pues no es problema, porque tengo viento a favor, el espejo retrovisor está limpio y alcanzo a ver mi pasado mientras avanzo por un buen trecho hasta que se incorpora un árbol al paisaje, uno grande y verde que invita a su sombra que se proyecte muy lejos y resguarda del sol al vendedor de nieves -Alto obligado- Parece decir el letrero que lo anuncia. Son kilómetros y kilómetros con varias salidas y muchos regresos, pero al final del vagabundeo ¿Qué pasará? Solo veo una luz al final que deslumbra e impide avanzar, hasta que encuentras el supremo sosiego de ver al creador, al final, deslumbrándote inmortal. Regreso con los puños crispados, un sueño en uno y una visión en la otra mano, esa que no quiero abrir porque es la del acelerador y prefiero escaparme rápidamente de ese laberinto ahora que encontré la salida. El cansancio nos saca lo peor de nuestro carácter, esa indolencia que nos hace parecer apáticos y solo es lo que callamos tanto tiempo y ahora se vuelve una queja constante, pero simplemente… que me importa. Me doy cinco minutos de respiro y no pasa nada cuando suelto el acelerador. Al final tomo un atajo en tierra para evitar el último tráfico y ahí estoy en medio de la procesión, llena de morados y flores sangrantes que confinan lo purpúreo en lo cruel de nuestra humanidad.

¡Que difícil calificarnos! Es como etiquetarnos, pero ¿Con que derecho y para qué? Bueno, en fin el café fuerte y la gente amable fue lo mejor de la mañana y a las tres de la tarde ese recuerdo que te oprime, de quien no sabe y te deja pasmado, depurado y limpio en ese momento en que recuerdas a quien le debes todos los colores y las distancias, en una representación que peca de tierna mientras esperas que termine de pasar y te deje la vía libre para llegar a ninguna parte ¿A quien debo hacer caso, sino a mi mismo?
Publicar un comentario

Archivo del Blog