20061020

No es fácil aceptarlo, está muriendo. El cura que llamaron de urgencia se dedica a aplicarle la extremaunción con la cara larga y les pide a algunas de las viejitas del fondo del cuarto que recen los misterios dolorosos, lo que interrumpe su chismorreo pero obedecen con humildad. El doctor hace buen rato que lo desahució y trata que los estertores no sean tan impresionantes mojándole los labios poco a poco con un paño húmedo para que los familiares puedan justificar que se hace lo humanamente posible para su bien morir. La familia se congrega en los pies de la cama sin poder esconder su pesar, unos lloran sin poder disimularlo, otros permanecen en una actitud grave y no falta el que piensa en la herencia frotándose las manos a escondidas, mientras los niños que están en otra habitación de repente meten su nariz curiosa para ver que está pasando pero regresan a sus juegos lejos de los mayores sin saber a ciencia cierta que ocurre. Los amigos se han juntado en el bar y entre silencio inhabituales brindan por quien ya no estará con ellos mientras recuerdan sus buenos ratos. Ya han avisado al dueño de la funeraria que calcula el costo del servicio, -¡Ojalá y lo entierren! porque las cremaciones no me gustan- piensa para si mismo mientras espera noticias. Las muchachas del servicio permanecen en el silencio de la cocina tomando a sorbos un poco de café con pan. Todo transcurre lentamente mientras en el fondo del dormitorio un artista observa y toma nota.
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