20060812

-¿Qué prefieres?
La pregunta, ya de por si suena facciosa y es difícil acertar con una respuesta a lo que ya sabes es una provocación, aun cuando aun no lo sepa, ya se que el pretexto es bueno para encontrar amaneceres en la calle con labios ásperos de secos
-¿Te gusta?
Llevaba su mano, sin prisa, por los míos, acariciándolos como a quien no le importa y llevándome a rastras al fuego nocturno, entre esos muros que se me venían encima de blancos en su patio, siempre tan húmedo, tan ella. Tanteó su pelo como para arreglárselo pero a propósito lo dejó cubriéndole la cara, como para dejarme a mí develar su rostro, abrir la cortina de sus ojos cerrados con mis labios secos y partidos. Chasqueo sus labios como invitándome a acercarme a bajar los escalones resbalosos de su altar y yo, me atrevo a tentar sus muslos
-¿Por qué me miras así?
Y me volvió a preguntar si me gustaba
-Si, me gusta mucho
Luego se sentó sobre mí, de frente, viéndome a los ojos dejo que la tarde se viniera encima mientras sentía crecer su cuerpo en mí, así, hasta que apareció alguien que nos motivo a separarnos un poco, sin dejar de sudar, me obligué a despedirme hasta el día siguiente.
Yo no lo sabía pero toda ella era erguida y orgullosa, pero para en la mañana, me bañé con jabón especial y agua fría, ese que no me quita tu aroma, para dejarme tu recuerdo y esa agua que escurre como tus dedos en mi cuerpo. Salí al café negro de la mañana y me senté como siempre, en el rincón oscuro de la cafetería que me gusta, y ahora sin ninguna circunstancia que apresurara el día en que ahí me refugio, esperando otra vez la tarde, pues simple y sencillamente ya no me importaba, mientras mantuviera el sabor de sus labios. Las imágenes se agolpaban en mi mente todo el día. Al final, siempre sutil y maliciosa me esperaba en el patio blanco, buscando la oportunidad entre los pliegues de mi cuerpo para su fogosidad.
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