20110831




Pequeña



Era tan chiquita, tan angustiosamente diminuta, llena de perfumes y de los holanes que solamente una vez se dejaron llevar por mí. Era ella algo más que un semáforo en rojo, un café con alguien sin nombre o una soledad.

Era tarde, poco antes del anochecer, volví la mirada hacia el horizonte mientras conducía por la ciudad, como si las nubes fueron más antiguas que todo lo que había, era necesario investigar y llegar al horizonte, me incliné sobre el volante y traté de obligar a mi mente a dejarse llevar ligera, pero no era fácil, era mucho más sencillo tratar de recorrer el asfalto en un paréntesis de calma, abrí la ventana y prendí las luces, los instrumentos del tablero le iluminaron el rostro de un color tenue y surrealista. Conduje hasta la autopista, paramos a cargar gas y mientras, yo caminé hacia la cafetería. Ella prefirió quedarse en el carro.

Tan pronto me alejé agobiado del limbo de su presencia, me di cuenta que habría que seguir en una impaciencia contenida. Salí lentamente con un café en cada mano, toda la tarde se inunda de una luz de sol poniente que obliga a los colores a envejecer, no me importa el reloj. Me dejo llevar al auto, salgo de la estación, aprieto el acelerador con más y más fuerza, y le pido regresar ¿Cuál es su respuesta?: -¿En qué estás pensando?- Y solo habló para ventilar la boca. Llego a la ciudad sin ver la primera luz roja, me pego al freno y retomo el control para estacionarme afuera de su casa. Ella, como si nada y sin bajarse me lleva a morirme un poco, solo un poco. Antes de bajar del auto me mira atentamente sin verme a los ojos, con una inescrutable sinceridad, como si yo no existiera o fuera un ermitaño, obscuro y sin nombre… ¡Lo soy, y así me siento!
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