20110804

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La caja vacía



La cosa era cosa era tan sencilla como dejarse llevar y hacerle como que no me importaba, de irse por ahí y ponerle cara a la Carmen de “me vale madre” a todo, solo para pasar desapercibido. Porque sé que es todo un arte husmear, investigar y resignarse a ir por el mundo buscando:

Las inquilinas de La Caja Vacía (Bonito nombre para un bar de mala muerte) eran conscientes de que no existían, y aun así insistían en brincarse por la tranca equivocada, puras almas en pena haciendo y revolcando permanentemente para escapar de una vida que no es o tan solo vivirla en una experiencia que no se da. Todo es como haber transportado una casa de un lugar a otro y al asomarse por la ventana, recuperar un paisaje que ya no está.

En las mañanas la tranquilidad de un seminario y en las noches el frenesí de carnaval. Todo sea como estar guardado y temerle a la intemperie de lo malo por conocer. Si sospechan que algo puede pasar es algo evidente y se deja de percibir con solo ignorarlo. El tiempo afuera es frio y nuboso, pero ahí adentro no pasaba. Eso hicimos, no era cosa de regresarse en blanco, yo no quería pero ya estaba ahí.

Ahítas de desvaríos que disfruto mientras camino, y ahí, me dejó llevar por los silencios.



Hasta que un cuchicheo llamó mi atención:

Me acerco y observo la intimidad de dos que se quieren querer en una transacción de pocos pesos que solo alcanza una mediana horizontal y no permite toqueteos ni besos. Y eso, ahí se queda, todo el contacto es mediado por un embuste que promete sensaciones y seguridad, termina en un rumor de relaciones que para súbitamente, ahí está el silencio. Las sombras quedan muertas por el reflejo que pasa por las rejas de la ventana, se da cuenta que aún tiene zapatos puestos pero aun así, no toca el suelo.

Los dos nos hemos quedado a solas atrás de una barra que solo tapa nuestros cuerpos y ella pone el dedo sobre los labios para pedir silencio. Y termina tapándose la boca con la mano para evitar gemir. (Un miedo atroz se apodera del silencio mientras siente que algo penetra en el recinto sagrado de sus turbaciones, es algo maravilloso que solo hoy siente y le provoca estremecerse y estrujar los muslos con una fuerza que lastima, todo para dejarse tocar, vender y regresarse a la barra).

–De haber sabido, yo lo pago, ¡Te invito el cuarto!- Dijo la Carmen y en vez de llegar tarde, se picó esperando la campana de la misa de gallo. Se podía comer la noche hasta el hartazgo de quien, de quien sabe cuántas veces. Que no sabe de poquitos, no era para encabronarse, y solo me deje llevar, lejos, lo más lejos que pude. Se puso su abrigo, era como de terciopelo y de un blanco que no iba a durar ni lo que nos tardamos en comenzar, porque ya sobra lo último.

-Te vas y me dejas huérfano- y sí, ella era la buena, pero, ¿yo qué tengo que opinar, si bien dice que le valgo madres? Al final me veía llegar y se quedaba callada, ya no había plática ni chisme, ¡pura prédica! que me cuenta que no le importa. Y mientras se queda callada, me olvida de a poquitos cada día. Alguien tiene que parar esto, alguien que tengo que ser yo porque esto, es pura verdad. Pura verdad con otros nombres, pero la purita neta de crueldades que me tocaron y ahora me tienen aquí balanceándome. Ahorcado para hacer cierto el miedo de mi madre -Vas a terminar colgado, ¡Ahorcadito, igual que tu padre!-
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