20081206

La intimidad permisiva, como afán y descubrimiento

 

Ese mismo día había decidido tener algún cambio, algo nuevo, miraba al pasado y lo veía lleno de momentos felices pero no recordaba ninguno en especifico. E irónicamente se fue a esculcar sus pertenencias, a tratar de encontrar algo de orden en su pasado. Juana toma el libro que apareció oculto entre las cosas que nunca usa, lo ojea y siente que se transporta, dentro, a manera de marcador está ella misma. La fotografía está dedicada al frente con algo casi ininteligible, tiene una fecha y una frase que no se entiende pero se quiere adivinar una especie de -te extraño y no sé qué mas decir- en este espacio. Parecía que hasta ese día solamente se atrevía a pensar lo que deseaba, pero se atrevió a escribirlo imitando los rasgos del retrato, tomo una pluma y trato de igualar su estilo de hace años. Sentía como la imagen crecía dentro de ella hasta hacerse una misma, tomaba tres dimensiones para empezar a apabullarla.

 

Tener un novio escondido entre la falda a sus quince años,sin saber qué hacer con su vida, como que apenas era razón para sobresaltarse. Pero con el tiempo fue obsesión y razón de vida, una historia que había que mantener secreta acorto y mediano plazo entre escapadas al parque y helados en la esquina. A largo plazo, ya estaremos muertos pensaba hace mucho y es lo más profundo que tiene en su piel para buscar razones. -Que más que descubrirnos nosotros mismos y ser indulgentes, hasta excesivamente tolerantes con lo que vemos, darnos el lujo de conocernos y saber cuánto es lo que queremos compartir con los demás- Porque al final la intimidad es personal y es algo mas absorbente que el cuerpo donde se cruzan la eternidad y lo que no pasó, se dejan caer las horas y el polvo se amontona sobre lo que nadie exige, pero eso no importa, lo que vale es la forma irrespetuosa en que los años no significan nada, solo queda una vieja fotografía en la que se ve retratada en cuerpo y alma en la servidumbre a esos ojos que se adivinan en lo profundo de la habitación, allá donde se apagan las luces y el fuego nunca estuvo. Su más grande miedo ha sido morir para volver a despertar, se acaba el tiempo y continúa caminando a ningún lado preguntándose a sí misma por el perdón a no haber escrito más claramente. Ya no sabe que quiso poner en esa fotografía y no recuerda a quien se la dedicó, ni quiere especular el porqué no la entregó. Sale de su casa y en la calle se encuentra una vendedora de flores frescas, escoge un ramo de nomeolvides, blancas y olorosas

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