20071006

Debreyes de manducatoria


En el borde, en la mera orillita entre la sanidad y la locura observo pasar obsesionado el tiempo y uno que otro mesero de negro y blanco con esa ofuscación que sería una perdición retorcida de ideas de no ser porque tengo un buen rato sentado en el bar con el aperitivo, esperando, esperando que se vaya el miedo, que empiece el festejo y se acabe esto de una vez por todas. Pero no, que es nuestro aliento sino palabras que inspiramos y aspiramos una vez tras otra, caladas por las lágrimas gratuitas de un sentimiento por las que no regresan y esperamos pacientes viendo como transcurrió el año.

Y que es la vida sino la melancolía de recordar nuestro origen, sabiendo que vivimos para nacer porque aún no estamos vivos. Y es que destapando nuestra realidad descubrimos la verdad de bebernos nuestra felicidad para dejar solo la espuma y saborearnos la vida porque la muerte no existe. Y eso último lo afirmo tres veces con mi alma de adolecente inadaptado en la que los dogmas tienen tantos huecos.

-Más aceite de olivo, pásame la alcuza por favor- Se oye en la lejanía de la cocina, en el sabor de entregarse a la inspiración de una comanda casi absurda y el fervor de servir. Se asoma la mayora con su cofia blanca diciendo impertinencias porque el recaudo no es lo que ella acordó y así tendrá que hacer maravillas para complacer a los comensales. Claro que no sabe que soy un año más viejo pues que, tal vez hubiese ido a mercar ella misma. Para poder inundar de nuevas sensaciones mis gustos en el festín. Gaudeamus Igitur.
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