20070822

Poignées d’amour


Salía a caminar de mañana, mis dedos se resbalaban acercándose a los muros mientras avanzaba. Tímidamente rozando al principio los barrotes de fierro de alguna casa y después untándose engreídos encima de los muros blancos que avanzaban uno tras del otro. Medía el tiempo a pasos y estos, aunque parecían más cortos, no lo eran. Mientras más grande era el número que trataba de llevar en la memoria menos tiempo sentía que transcurría. Cuando en realidad los alargaba lo más que podía para poder seguir contando y caminando al tiempo.
Un secreto para ocultar era que todo lo compartíamos, excepto existir. Eran mil lugares en que estábamos ubicuos para confesarnos y todos tenían varios sitios para disimularnos y hacer el amor, o al menos buscar acariciarnos a escondidas pero constantemente. Parados enfrente del muro que de tan grueso no se dejaba acariciar y solo se obscurecía y cambiaba a una textura casi rugosa mientras más mis manos se acercaban a dejarse caer en su blancura, buscando una grieta a que aferrarse o una pequeña brizna de pintura que se desprendiera de él entre sus rugosidades, para quedarme oculto en una hendidura del muro. Siempre tan sólido y tan bien puesto, se dejaba acariciar de a poquitos hasta que llegabas a la esquina y súbitamente desaparecía para aparecer noventa grados después y siempre con la misma textura y una temperatura diferente.
Ahora los muros llegan a esquinas que me topan aquí encerrado, ya no llego a sus aristas pues sus sesgos me cercan cuando en vez de desparecer me agreden con sus vueltas en mi contra, mientras, se rasgan mis dedos en la obscuridad tratando de buscar la salida en una pereza que se acumula de aburrición en mi, y mis manos se convierten en zarpas que ya no se curan de las heridas, que de viejas ya son cicatrices duras con las que no es igual seducir que cortejar al encierro.
Es la contradicción de estar fuera o dentro, libre o encerrado, franco o de guardia.
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