20131204

El arte de la fuga

Aunque yo ya sabía a lo que iba, y había una recompensa prometedora, no me resignaba a acompañar a Cecilia a subir por toda esa escalera -A las dos de la mañana apagan el elevador- (después supe que eso era una mentira) y me soplé cinco pisos a esas horas, un buen reto para ponerme a prueba y, claro, ella lo hacía para tantear y demostrarme que al final, ella tiene más aliento y ánimo. Siempre domina y apabulla porque así es ella, aunque Cecy es delgada y aparentemente delicada como para inspirar ternura, es el colmo del tesón. Yo, aprovechaba los descansos para tomarla del brazo y ayudarme a subir. ¡Es una dicha perder el tiempo en el elevador!
Es cierto, aunque llegamos casi sin aliento y el miedo se me escurrió por la escalera después un adiós que se convierte en un encuentro a besos, me dijo; -Besarse no cuenta- solamente alcanzó a susurrarme antes de despedirse con un último roce, esta vez más contenido y con una palma separando nuestros pechos –Siempre nos quedara el descanso de esta escalera; promételo- Y solo era un ensayo para saber de qué puerta era esa llave con la que me rallaba la espalda -Con todos sus respiros en cada piso- le dije y no me atreví a trancar la puerta con mi rodilla para escurrirme dentro de su departamento. Lo sabía, será una larga relación, nunca habrá tiempo para hacer las cosas rápido.
La semana siguiente fue más fácil, pero ahora yo era el que se escurría de duda. Entré sin pensarlo con solo un –Siéntate, te preparo un café-Y ella no se preparó nada, -Lo que me quita el sueño eres tú- y solo me dejó enfriar el tiempo suficiente para recuperar el aliento de los setecientos peldaños para tomarlo como una declaración. Toda esa noche transcurrió en vela para Cecilia. Y yo, listo, dando vueltas a sus ideas con un ahogo de tanto pensarlo, apenas me acuerdo de lo que no quiero tener memoria.
Despertó sin haber dormido, se levantó e inundó el baño de vapor para terminar de sudar y vestirse de nuevo. Para cuando abrió la puerta del cuarto, sentí que la oleada de cariño se escapaba escaleras abajo, corrían olas y osadas se transformaban en aventuras en cada escalón mientras sus miedos se desparraman, peldaño tras peldaño, se reagrupan en los descansos y se convertían en anécdotas que tomaban fuerza en cada piso cuando se reagrupaban en las vueltas para tomar fuerza.
Toda la noche en vela, sudó copiosamente mientras se revolvía con las sábanas que arropándola y húmedas nos atosigaban. Acostada en su cama revoloteando neciamente como buscando a alguien que se había ido, aguzaba el oído hacia la ventana buscando un ruido a quien echarle la culpa de su insomnio y no admitir que no quería perdonarse y tenía miedo de quedarse así. Se levantó y abrió la ventana buscando una señal que le indicara que algo andaba mal, pero no, todo estaba tranquilo y una noche esplendida le engaño el sueño y los sueños, para terminar de despabilarse, para tratar de encontrar el amanecer. Pero aún era muy temprano para ver su luz hasta que con los primeros rayos, su alma regresó al cuarto.
Así fue toda la noche, la televisión, monótona y repetitiva, había permanecido prendida toda la noche dentro el cuarto, trasmitiendo programas de conciencias apachurradas, sueños trasnochados y versos sin continuación, para solo creer que ya pronto sería de día. Tomó sus recuerdos y los acariciaba mientras se deshacían entre sus dedos viendo la pantalla como si no la viera. Mientras, en ratos de lucidez, se quedaba como ausente, recordando como cerraba puertas para ponerse a dibujar nubes
Ahora es diferentemente igual, habitamos entre sombras disímiles y sin forma, rodeados de frío y queriendo estar en el ayer y por eso nos olvidamos de nosotros mismos, para terminar arrinconados de nuestro futuro, endilgados el uno al otro en memorias. Eran solo como saldos colgados de medallas que nos cuidamos el uno al otro, en arañados recuerdos, endilgados en las sombras de las paredes de su dormitorio. -No te acerques, estoy dormida- Es como llegar a la gloria cargando los demonios internos, esos que viven solitarios y acompañándote de a ratos acabados por el tiempo. Encontrar el muro donde se escriben los pensamientos para perdurar y dejarse llevar mientras lees lo anterior y adivinas el futuro, mientras ojeas para adelante y estiras el cuello para entenderlo, sin saber que las mujeres ven al pasado diferente y huelen el futuro, con más intensidad.
Nada es tan rápido como las malas noticias ni tan definitivo como la muerte. Despiertas convertida en tú misma y te asustas o todo lo contrario, el espejo la desvanece, no hay manera de ordenar tu relación con el mundo. ¿Cómo avivar una tormenta en un profundo invierno? ¿Cómo amanecer rozagante? Las penas se quedan fuera cuando sale el sol sin saber si nos llevan o nosotros las encausamos para sufrir más, si no está segura de haber muerto en su soledad tan guardada. Si desde esa tarde en que Dios estaba dormido y ella se imaginó que ahí no estábamos, que nada sucedía y todo lo que veía no pasaba y era tan como una bola que pasaba dando vueltas sin poder pararla mientras nos arroyaba, te deslizaba debajo de las sábanas para quitarte del frío y te recorre rozándote y te peina a contrapelo la piel para dejarte erizado el cabello mientras te humedece y hace sudar frío. Tienes que estar cierto de lo que quieres porque cualquier cosa puede suceder, te duele una caricia que es como beso pero en otro cuerpo que desconsolado, se vuelve viento para solo arrullarme y aun es un suspiro que solamente me impide dejar de respirar cuando me dijiste que hubiera… y hube. Siempre serás un lugar para reír, llorar y equivocarse sin figuras ni modos que solo son una imagen que no se puede plasmar, en el recuerdo de un vago perfume que se evade en la desventura de no amar

Me levanté, entré y salí al baño sin Cecilia, me tomé el café frío de 10 horas antes de bajar… ahora, en el elevador
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