20110421



 Miroslava y su pecado



Desde hoy, Miroslava es tan solo un chocolate derretido por las estaciones, que se quedó perfumada por el café italiano que le embruja y los vinos franceses que presume odiar. Disfruta las primaveras en sus cuarentaytantos dentro de un empaque bien acomodado, tan lleno de la compañía de una cuna cuadrada y rígida de cuatro apellidos, que solo la llena de antojos los días de feria. Pero está agotada de novedades por el simple paso del tiempo en que Miroslava aprendió a dejar lo que quiere entre el camino, y hurtar lo que puede en las veredas en que le gusta deslizarse agazapada, y en las que suele medir su vida en estaciones y kilos ganados de sol a sol. Ella, siempre la gran amante en que las ausencias se hicieron insoportables.

Pero ahora, algo pasó y alguien la envuelve:



Y tú, ¿Qué haces espiándola?

-¡Ya lo ves! A esto me dedico, mi profesión es buscar culpables, encontrarlos y embaucarlos para dejarles caer encima el peso de sus pecados con todas sus consecuencias. Estar sobre su conciencia, hasta que lo acepten y maldigan lo malo. Existo de tiempo completo para espiar atrás de los confesionarios, escrutar la cara de la gente que entra a los templos buscando perdón o investigar la gente que se abandona en los parques, la que masca sus penas antes de irse a los bares, sin querer llegar a su cama. Me he propuesto hacerlo aun en lugares menos obvios como las vías del tren eternas o escogiéndolos entre la gente que viaja en sentido opuesto a los demás en las calles, y sobre todo, entre los que reniegan de Dios.-



Se acomodó el viejo panamá de paja que no permitía verle la facha, y continuó.

-Y ella, me pareció sospechosa desde que dejó abandonados sobre la banca del parque sus anteojos, una pequeña bolsa con alimento para las palomas y el sobrante de su emparedado ¡En medio de un libro! Y sí, la seguí por un rato hasta su casa, ¡Sus pecados ahí estaban, ocultos dentro de ella! Y se los enseñe, uno a uno, los fui desenterrando para que los viera y los reconocieran suyos. Un miedo indecible se apoderó de su ser mientras sentía que era ahora o nunca tomar la decisión, y yo también sentí como nos recorría un escalofrío. Quizás intuyó mi presencia y eso la desenmascaró.-



Con que fin lo haces, ¿Acorralar, castigar?

-Así es, claro que mi propósito es cercarlos, encajonarlos. Sé que no somos responsables de nuestras emociones, pero si de lo que hacemos con ellas y así como en el éxito, también tienen sus consecuencias, buenas o malas, agradables o ásperas, dulces o amargas. Porque solo hay una posibilidad y esta, está condicionada a ponerte en el lugar del que peca y que lo convenzas de tus porqués. Los pecadores gobiernan el mundo porque son los únicos, que hasta la fecha perduran, inventando el –quehacermañana- y ella tenía más ruido que esencias, y menos jabón que perfume ¿Quién la lloraría en lo tembloroso de su substancia o lo inocuo de sus miedos? con ese perfume así de penetrante y contagioso, que te impregna aun de lejos y te marca su presencia aunque no esté. ¿Quién más, como ella, toma vino caliente para dormir la mona sobre almohadas rellenas de grano, o usa emplastos de hierbas para curarse males que no constaban, o padece achaques de noche mientras duerme en sábanas blancas? ¡Solo ella es capaz, y eso la delata!-



¿¡Llegas y buscas culpables!?

-Sí, me paré en el centro de la habitación y traté de tropezar con sus pecados, husmeé entre las sábanas, el cesto de la ropa sucia y los armarios cedido al pasado; ¡la apatía también se castiga! Muchos olores la delataban y era algo que pocas personas notaban, sabía que ahí estaba todo enterrado, pero ¿Y ahora, quién sería el que le inventará el siguiente juego para pasar otra noche cortejada y reina en un lugar tan desatendido? Para escudriñarla todita con la lengua y las yemas de los dedos en sus lugares prohibidos, o buscar pequeños detalles que la revelaran desnuda y entregada. Para ver entre las sombras sus palabras, esas, las primeras que dijo cuando entró la aquella vez y las postreras que sé que no fueron un grito, quizás solo el murmullo sosegado de quienes se despiden y solo dejan un rastro de perfume que hostiga y harta mientras nunca se desvanece.-



Y, ¿Eso fue todo?

-Al final del cuadro, solo quedaba un hombre que no prestaba atención y un perro ladró en ese momento en alguna parte. Fui el testigo de cómo se deslizaba sobre su cuerpo el vestido negro, ese que todas las mujeres tienen para los momentos que aún no vislumbran, para poder quedar desnudas y adivinadas cuando se desploma sutilmente. Corrió los visillos para permitir salir el aroma de los cuerpos, y sonrió falsamente. Después, en esa obscuridad que queda y es tan obscura, ella; se irguió, se vio reflejada en los cristales de la ventana para admirar su cuerpo desnudo y pleno, en esa capacidad enfermiza de auto acompañarse y ser muy ella en todos esos pequeños detalles que terminan siempre acongojándola, y son como buscar un espejo para confinarse bien. Mientras deslía sus interiores y sopesa sus pechos, que aun firmes se vuelven a erguir. Cerró los ojos y se abandonó en sus cuentos, estaba sola-



¿Lo crees?

-¡Claro, creo! ¿En qué creo? ¡En hacer favores y desenmascarar actitudes! Piensa tú qué ser bueno es algo aterrador para ella, la que nunca terminó de despertar y que ahora descubre que todos a su alrededor están muertos sin que haya quien cumpla su última voluntad, que por cierto es no morir y perdurar entre sus deslices y abandonos. Pero eso, el no irse, se acaba cuando descubre que ella es más carne que espíritu, en una disyuntiva vaga e imprecisa en que esconde su demencia en sombras que narran su ser. Sale, se proyecta al cielo y más arriba, sabe que solo le gusta el negro en todas sus tonalidades. Pero hay algo antes de que aparezca el fatídico hollín del ardor contenido, el entrar a su casa abandonada y oler, palpar. Buscar historias es algo único, es ver fantasmas que la limpieza y la pintura aún no han espantado.



¿Se puede asustar a una aparición?

-Ese entrar de puntitas y no hacer ruido, sin luz ni guía sentir el polvo y el abandono… ¡es algo maravilloso que la sacia! Y sí, el último habitante falleció hace poco, ¡Aun más asombroso que aún estén sus cosas acomodadas en el piso, sin muebles, del cuarto cerrado que nunca se abre ni ventila! Con una carta sin destino coronándolas, esperando ser enviada, con una sola palabra en el lugar del destinatario y un testamento vacio dentro. Y sea harto diferente a lo todos creen caminar entre la soledad y su rival, ese viento que despacio transcurre en su vida. Y después de esas visitas, pienso que un letrero así de escueto sobre el montón que hacen sus recuerdos –Adiós- mancilla, prostituye, degrada ese lugar mientras ahonda en su ya no existir.-



¿Y no puedes solo dejarla ser?

-Esas cosas de los excesos me pesan, ¡Ya ni madres! ¡Estamos fregados, ella quiere existir sin pensar, recordando aquella primera vez! Y es lo mismo, nomás que diferente. Sorprendida ya no existe, no lo piensa, solo tira los dados de nuevo cada vez y se asombra de cómo se enrielan, dando vueltas sin parar. Amorales van buscando un Dios que los justifique y les marque el alto, ¡Ella ya no cree en la suerte! Y espera que esta última vez sea diferente-



¿Con que derecho la cohíbes?

-Sí, lo sé, no soy nadie, solamente un autista reventado sin religión ni moral. Para cuando salí de ahí… ya no profesaba ninguna devoción por ella, estaba exculpada. Solo me fui a descansar porque el día siguiente tendría un nuevo desliz que atribuir a alguien más, con secretos nuevos que descubrir. No conozco la culpa ni el castigo, solo observo ¿Y por qué? Si el sexo no existe, ni tiene sentido para mí ¡Que me importa, si al final es solo placer! Eso no lo castigo, ni me va, es lo único feliz en su vida.-



¿Y ella?

-¡Le crece musgo! Ahora solo se pasa el día leyendo libros, liviana como un recuerdo… y a veces escribe. Aunque ya no se siente escrutada por nadie, aún tiene miedo y cuando sale, procura no dejar rastros. Se entretiene malgastando su tiempo diciéndose lo ya se ha dicho mil veces “¡Miratú que lo sabía!” Miroslava existe en una nueva casa sin espejos, de cortinas dobles, puertas gruesas y de triple seguro… ¡Que yo penetro sin dificultad!  Ahí se quedó, odiando imágenes que solo existen dentro de ella y en ningún otro lugar. Claro que se quedó sin ningún afecto o cariño, pero eso, solo yo lo sé. Los demás la ven plena y henchida de vanidad.-



¿Nadie la…?

-Debo decirte que de por sí, ella, nunca deseó en verdad algo alguna vez.  Quizás la primera vez lo intentó, pero ahora solo tiene deseos insatisfechos, prohibidos y ocultos. Lo que destapé, solo fue el desagravio de la fe de un niño que aún no cree en nada y vive esperando, despilfarrando. Su pecado es desperdiciar y resignarse ¡Se traicionó ella misma! Eso es algo grave. ¿Y yo? ¡La espíe y la expío! Pero recuerda… que perdonar no es olvidar y por eso tengo razón para estar aquí-



Eres cruel…

-Sí, pero esto, es mi trabajo y razón de ser-





“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer… No he sido feliz”. Jorge Luis Borges



Nos pierde vacios,

nos encuentra henchidos

de soledades



20110404



Ojerosa



Ojerosa estaba en casa, encima de la mesilla tenía un frutero que se rebozaba, y esa tarde de estío hervía en calor. Y él, tan pronto llegó, tomó una cereza del tope del caso para juguetearla entre sus labios. Mientras ella se aprestaba a encontrarlo; así, esperando, la estuvo jugando hasta que le quedaron manchados y… muy, pero muy exaltadas, las pasiones se le desbordaron cuando entró y lo vio… enjugándoselos.

-Tratando de apagar el tono en su boca, me arrimé a tomar su mano y limpiar sus labios. Y entre el fuego de su cabellera, que parecía un ardor quemado por luz del sol que se reflejaba desde la ventana, y mis arrastres y exaltes, que se hervían profundamente a besos en las brasas de sus dedos; empezamos-

–Dime algo-

-Y me dejó mudo a besos, sin palabras, aunque al fin terminamos rozándonos, desnudos. Después, se me arrebolaron las caricias en el reflejo de sus ojos de fuego y las esquinas y pliegues de su piel. Mientras, se me enrojecía lo aturdido de mi razón con la tórrida réplica de sus manos… Y sí, lo acepto, me cegó el éxtasis que lo hacía brillar y fuimos algo sublime. Que se quedó forjado entre las cenizas calientes del fuego de nuestro ardor, graduado con sabor a fruta madura en la cálida furia del atardecer.

Es cierto, las personas que te van a hacer cambiar siempre están por llegar, las frutas más sanguinarias son las de abril, y ¿Las palabras…? Ya las sabía, estaban a punto de brotarle, ¡pero se quedó sin aliento!; porque ahora sus cuentos íntimos necesitan un total reajuste. Y así están.Mientras tanto, ella ve el incendio y siente el fuego.
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