20110129




Ahí estábamos… esperando, solo esperando que la realidad sea más surreal en lo obsesivo del ego que se escapa por la rendija de la ventana o el escarmiento a su presunta impiedad. Es una verdad que no se ve, domeñada por los sentidos y reducida a lo que me queda en el fondo de ser yo mismo escribiendo con letra cuidada y redondita, como si quisiera darme a entender sin cegarme y razonar solamente.



-Pero... nunca digas nunca. O solo dilo una, dos veces y empieza de nuevo a decir jamás. Miénteme, di que no es cierto, pero no pares de platicarme-



Y se quedó viendo fijamente el fondo de mis ojos



–Yo soy yo, pero, tengo derecho a ser parte de ti-



Y lo dice con ese deseo de internarse en sí misma y buscarme dentro de ella. Para siempre llegar cada noche a seducirme, para tratar de llevarme a los últimos reductos de la escritura y nunca más dejarme cautivar. Hasta el día de antes, en encuentros simbólicos que transcurrieron en nunca jamás y su contradicción de estar en primera persona para pensar que yo lo digo tergiversado. Y solo pienso en el adverbio que modifica mi acción sin involucrar ni enjuiciar a nadie, al final lo que digo tiene un precio que es superior al de lo que guardé de esa burla finita, que ahora es solo espuma que no llega ni a mañana





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