20110122

Para el mal vivir… Sin caramelos, entre el sol y los faroles







Una, dos, tres veces intercedió amable por mí, era una realidad dulce y angustiosa el saber que me había aquerenciado de ella en eso de caminar por la costa o en su manera de conciliar por mi mientras nada la obligaba. Ese día fue igual, un largo paseo y al final se quedó tallada, labrada como tronco de madera que encalla en la playa y yo intuí que era mejor enmudecer, no en balde se acababa el verano y es que, ella, era muy elegante en sus formas, aun cuando dormida, y se quedaba fantaseando sin que le importara dejarme ahí plantado, cuidándole el sueño. Cuando me aburría de estar ahí, era infalible, me colocaba atrás de ella y la miraba fijo tratando de traspasar su pelo, buscándole la nuca… siempre surtía efecto… despertaba buscándome, volteaba a verme, e indefectiblemente se rascaba la nuca y fruncía la nariz. Y así me quede encallado a ella como los ebrios del pueblo en su mismo cáliz cada borrachera.


Éramos torcidos y desprovistos de ajuar, entre ese erotismo de verano que todo lo irrumpe, claro, además yacíamos compartidos. Pero eso no nos afectaba porque entre sueños teníamos razón. Ahora, se acabó el verano y las semanas de hacer el amor a las carreras en el matriarcado que colma cuando ya me condicioné a no disfrutar la languidez de los últimos días en que al final gana la carrera la soledad. Ahora, solo queda un olor a meados rancios en los corrillos del muelle y la soledad de los esteros, casi desguarnecido en que aun quedo yo, tratando de revivir. Porque si corro el riesgo de ya no tener que hacer, con más facilidad terminaré de perforar mi comprensión en el cuerpo a cuerpo de la despedida para comportarse con las reglas que ella misma da y quita.


Se acabó el verano y esa última tarde le hizo un conjuro a la luna para hacerla llena y que saliera a celebrar… así desapareció esa noche, me quedé sin tiempo ni espacio. Los únicos que regresaron fueron los aguaceros con esos relámpagos que caían sobre la playa fulminando la arena y dejaban las señas que me gusta salir buscar de mañana, unos mojones lustrosos en medio de los arenales. Ahí, en todas esas playas es donde los del pueblo tienen sus relatos y entierran a los fuereños que se ponen rebeldes, o a los que no dejaron ni para un bulto de cal y no heder. Yo no tuve que regresar a ningún lado, aquí me quedé tomando nota del gozo que eran las tormentas de agosto y septiembre. Todo se acaba, pero de una o de otra forma siempre la lluvia persevera y lo único cierto es que mi Dios, ahora es ese viento que ahí se quedó; recordando.
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