20110224

Desafanada



-¿Y ahora qué hago? Tengo recuerdos, pero no que contar- Buscó entre su ropa algo qué ponerse para asistir a la feria del pueblo, tener quince hermanos no daba mucho de donde escoger, ni intimidad. Las fiestas empezaban desde la mañana, recorrió los pocos puestos que había y terminó por ir a la casa en que se organizó un pequeño baile. En esa fiesta se conocieron las dos, caminaron algo nuevo de tan banal, esa impaciencia del suceso que las consumía, pero que dé a pocos se convirtió en un pozo del que no podían salir cuando la charla las llevó a mañana y sintió que no había mañana. Y así, terminó contándole una anécdota sin sentido sobre el pueblo y lo que ya no era, casi una mentira para salir del paso y de la conversación –Uno nunca sabe lo que pasa en los pueblos y no quiero estropearte la noche- Y se sintió molesta, incomoda, enfundada en su mismo traje azul de siempre y de todas. Así lo que ella misma decía, sin querer se entrampaba en la conversación, -De gente triste que cuenta cosas oscuras y no baila en las fiestas- Mientras, casi clareaba y regresaba a su casa, su vida desfiló ante ella y la trató de adjetivar: -Sórdida, ¡no! quizás desperdiciada o inútil, pero no sórdida- La palabra sórdida le retumbaba una y otra vez mientras caminaba a su casa.

El día caluroso en que a las dos de la tarde y los calores de agosto la vida ya no la sorprende, monótona en la gloria del silencio, solo transcurre bucólica en el rancho con el sol a plomo que cae sobre las láminas del cobertizo. Ahí estaba ella, con su cara triangular y cuello largo, con su díscola sonrisa que era para el cielo. Volteaba de vez en vez y veía como el sol brillaba a plenitud para secar unos higos recién cortados que había depositado, uno a uno, sobre el metal caliente… y se puso a platicar con ellos como si estuvieran vivos, mientras estaban formados uno tras otro, escurriendo miel, los enharinaba y acomodaba al sol haciéndolos sentirse iguales y pensó en sus hermanos. Su pelo quedaba también blanco cuando lo empujaba hacia atrás de ves en ves, enharinándolo también mientras sudaba. Hasta que se dio cuenta que estaba completamente húmeda y pegajosa en lugares que no conocía mientras era impoluta y volatilizados fluían sus rencores, las manos le temblaban del coraje de sentirse inútil y desperdiciada –¿Aquí llegaré a vieja?- se preguntó a sí misma mientras se imaginaba insultada y abandonada entre esas tapias. Había descubierto algo y estaba fastidiada, ¡Era presa de su propio candor! Como perder el tiempo en un lugar donde no transcurre y solo tiene una sutil carga de engaño y todo es una eternidad condensada entre las humedades dispersas en su ropa, después de un rato de sol imaginando agasajos.

Casi todas las cosas cercanas al rancho eran de propulsión animal o manual, no había nada mecánico, ni el transporte, ni el molino que aún era una noria de piedras alimentada por el par de burros enclenques que esperaban lo que sobraba de la molienda. Quizás la únicas maquinas eran el viejo reloj de péndulo y el gramófono con su veintena de cilindros grabados que se aburrían de dar vueltas y vueltas, para llenar el aire viciado de calor con los mismos sonsonetes que marcaban los movimientos y los tiempos de la casa, excepto claro, los domingos en la mañana que eran días de guardar y era cuando aprovechaban y salían a contemplar el agua del riachuelo cercano o la arboleda a la orilla de la barranca entre la sombra que la volvió obscura con el paso del tiempo.

Llamada a rancho, como si fueran tropa se tocaba la campana para citar a comer en familia, no era sencillo. Cuando vio que la cena había terminado se separó del grupo y se fue a la troje, una libreta abierta esperaba con un lápiz de carbón al lado, pero lo pensó de nuevo y se dejó caer sobre la paja un momento, hasta que el ruido de una rata la inquietó. Salió y se aposento en la silla que la esperaba afuera de la casa, bajo un árbol que se rebosaba de frutos y casi se quedó dormida en la penumbra. -Una luz negra que me hace ver cosas que ahí están, la luz de una vela me ciega. Me descose volando entre sombras en que me siento cómodo planeando el desorden que es el sueño de un cuarto obscuro para dormir por soñar y amanecer más cansado con ese olor ocre y cansado en que lo más profundo son esas imágenes sin iluminar en que el aire es tan pesado como los cuerpos y le oprime- Era algo indefendible en lo que no quería tener nada que ver no solo era saciar su curiosidad.

No había luz, la poca electricidad era para el teléfono de manivela que nos daba línea al exterior, y era de una batería de carbón con un pedazo metálico que hacía de positivo, pero que había que limpiar y limar para ponerle acido de vez en cuando, en una ceremonia que parecía el rito de iniciación de la modernidad. ¿Cuál es la razón de la existencia, de mantenerse intacta de la ficción inmaterial de una idea que transcurre en el tiempo? ¿Solo tener la troje llena y agua en el pozo? Mas eso reventó su existencia, lo tranquilo de su ser, después tomó un puño de tierra de donde ella nació, lo aventó al cielo e increpó a su nahual por tenerla abandonada. Acaso intuir un futuro que se deje caer entre sueños calenturientos a la sombra del árbol que se desgaja cada otoño, o solo cruzar una frontera que no existe de tan marcada. Cierra los ojos y solo parpadea aleatoriamente cada vez que una mosca se acerca a molestarla.

Salíamos a cazar liebres entre las vides para tener algo que hacer en la tardes, correteándonos con las miradas de perros que no engañan a nadie hasta los límites del caserío. Alagada, gracias a lo impersonal de la jornada, se pudo dar el capricho de asfixiar sus hábitos y cambiarlos por algo que le recordara el momento tan bello que no puede embaucar. Cualquiera que fuera la razón, ella la sabía son los diferentes gustos, creo que esa es la intención de las semillas la troje, ahorrar para mañana. Cada cual compra su pedazo de felicidad en la curaduría y al final las vírgenes se mudan y cambian por algo más práctico, más útil, o simplemente que lo haga soñar y librarse de esas miradas inocuas que leves ya no le pesaban cuando la trataban de asimilar, porque, ya no hay ningún creyente que lo verbalice. Era demasiado ideal su imagen de ella entre el tránsito y la permanencia, pero pensó que era real, entonces fue cuando vio que tenía que tropezar con un lugar así, alguna vez para constatar que no era nadie. Pero para que dar sus razones, si no las creería, ni las necesitaba.

Y si, salió para buscar sus raíces en la orilla de algún poblado hundido entre el tiempo y despejarla para sí, balbuceó, ¡solo para mí, una leyenda que aún sobrevive! Y se recrea en lo que puede ser y tenía prisa por encontrar. Pero, si no te lo digo lo tendría que vivir desafanada. Eso en sí, y el sexo son una razón para reencarnar otra vida en el mismo lugar en que no le preocupara llegar a vieja. Frívola y altanera, segura de sí misma, decide salir al ruedo, sale al corral para sacrificar un último pichón y desangrar un cordero para un postremo festín y rompe la hucha. No sabe a dónde ir, pero sabe que no llegará ahí por casualidad y cuida su imagen. ¡Pura figura! Y una sombra que le sigue, es un largo camino, para empezar en solitario. Siente el impulso de salir, un candor que apabulla porque aunque sabe todo del exterior, aun así quiere aparecer en algún lugar ignorado y de incognito. -¡Y mañana, al despertar, si tu allá y yo acá!, ¿qué será de la vida?- pero mientras un tiempo que no transcurre, despierta, entra al baño, se encuentra en el espejo y con irascible cálculo se maquilla a verse diferente, no se conoce ella misma. Se vio como lo que era, una extraña reflexiva frente a un reflejo nuevo con sombras que le quemaba entre las manos. -¡Tengo una suerte extraña para poder romper con todo lo anterior!-



Para Nancy que supo salir del pueblo y superarse, estudiar en el extranjero y ser ella misma en un México difícil y represor.

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