20070723

El cuarto estaba bien cerrado, era una habitación cálida y bien iluminada, se podría decir que hasta agradable. El silencio era tan profundo en ella, que ni se notaba cuando se interrumpía el tiempo por algún ruido que yo mismo provocaba y el cual solo me servía de pie para contarme un cuento a mí mismo y hacerme menos pesado su paso, que transcurría aburrido y lento o alegre y rápido dependiendo de la invención que me estuviera yo relatando. Había un espejo grande que abarcaba la mitad de un muro y le daba una profundidad a mi vista que veía como se modificaba mientras me movía y entendía que solo era una ventana vana a mí mismo. A veces se apagaba la luz, el blanco de los muros se desvanecía de a poquitos como fosforeciendo y se me hacía inmenso el tiempo con el negro absoluto de la falta de iluminación con la que pactaba sueños indolentes al somnífero. Sabía que ahí, acostado y amarrado en la cama del sanatorio estaba muy seguro sin luz y que entonces era la hora en que nadie me observaba desde atrás del cristal y podía dejar salir los sueños a pasear.
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