20070106

Rodeado de cipreses, nogales y sin agua ni corriente, recordada a medias entre una realidad medio inventada. Pero al final todo era real, el hambre, la sed, las carencias que nos sacaron a casi todos del pueblo. Las lapidas que se quedaron sin nombre en un destartalado cementerio que ya no tiene puertas. ¡Y qué! esto es la confesión de alguien que ya no logra memoria y sabe que sus días están contados, el descanso no le revelara nada que no conozca y ya sabe que la única manera de vencer la muerte es viviéndola.

Entro a la casa y ahí está, colgada en la cocina con todos sus años encima y cada vez más descolorida. La tomo y me siento en la penumbra del atardecer a observarla, me estremezco de ver como cobra vida la fotografía en mi recuerdo. Mis dedos como almiares que ya no están sobre el campo se recrean sobre el papel mientras yo estoy tieso, pensando en ella mientras veo como ya nadie me observa.

Vestida toda de blanco y sobre lo obscuro del paisaje, irónicamente contrastada con mí figura tan opaca que se diluye a su lado, luciendo ese traje que aun cuelga amarillento atrás de la puerta del cuarto y pienso que ella es lo que le falta a mi vida. Al final todas las respuestas solo me sirven a mí y solo me generan más preguntas que expectaciones. Salgo al jardín y me encuentro con las plantas que la recuerdan pidiendo agua a gritos, pero las lluvias aún no llegan.
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