20070117

El malestar al alcance de todos


La silla estaba cerca de la puerta de entrada, por ahí se alcanzaba a ver la ventana que da al puerto. Por ratos, en el atardecer, se sentaba a esperar alguna ráfaga de viento caliente y con el olor de las aguas del mar que se quedaban estancadas en el malecón, como esperando salir con algún barco que partiera a esa hora. Y esto era como una experiencia épica para ella, ver y soñar mientras el sol dejaba un rastro que caminaba cada vez más rápido mientras se apagaba sobre la pared blanca del fondo de la casa.

Cuando acordó, ya era muy tarde, se paró para empezar a explorar a tientas el camino a la puerta, le puso doble cerrojo y se dispuso a descansar pero un súbito impulso la obligó a volver sus pasos, abrir la puerta y salir a caminar la calzada que lleva al centro del pueblo. Unos hombres que están en una esquina se la quedaron observando curiosos y ella sintió la premura de llegar a algún lado que aún no identifica y solo siente como sus vísceras protestan de hambre. Ahí, junto al mercado, el olor se hizo inconfundible y así fue como su instinto la guió al puesto de fritangas donde se empacó los tacos que esa noche no la dejaron dormir.
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