20140717

Vedado, es de nuevo el moto.

Vedado, es de nuevo el moto.

De repente, ella siempre tan cauta, tan tímida, tan lejana y ajena se dejó llevar por una voz interna que le exigió despertar al mundo entero. Saber que tanta dulzura podía ser mundana y tan distinta de lo que se esperaba de ella: “Quiero ser” Ahora yo también me acuerdo de como quería ser, pero solo era un frenético y delirante fantasma en casi todo.
Le perdí la pista hace muchos años, a propósito la buscaba donde sabía no estaba, así encontré las ganas de extrañarla, porque era tan complicado tenerla, que preferí solo extrañarla. Desde aquella ocasión en que me llevó a enseñarme el mar, a tomar el sol bajo un pelo y disfrutar la lluvia sin techo, todo transcurrió, solo pasó. Los delirios que me acompañaban en esas ocasiones, sin prisa, me llevan a donde nadie espera. Es más, creo que nunca fue, todo lo soñé y ni siquiera estuvo cerca. Pensé que así la tranquilidad regresaría a mi vida y que extrañarla ya era poseerla lo suficiente. Y de cuando en cuando, visitarla era como meterle un traspié a la tarde, encontrar mentiras cazadas con medias verdades para justificarla. Era como ver como se quedaba obscureciendo la tarde de a pocos y trastabillando. Sintiendo esa sensación de temblor y cosas desacomodadas que se escurre en las paredes de su casa, todo en un perfecto desorden que se trata de evadir por las ventanas al horizonte infinito y este, no se deja, permanece verde y esplendido sin apenas enterarse que es completamente intemporal e inocuo.
Y todo al final centrado en su escote, en esa profunda cañada que abre miradas y fija atenciones. Y en su casa tan azul, tan pintada de cielo, con el árbol del centro del patio que deja entrar la última luz de costado a su puerta siempre abierta, como para robarle un poco de espacio a sus tinieblas y sacar un rato las sombras del abandono descuidado que tanto se esmera en permanecer. Y lo entrometido es que esa obscuridad piensa que la protege, que la encostra y oculta de las atenciones de los demás, entre los que me incluye sin excluirme del todo, solo soy un rato más, solamente un espacio que llenar.
-Te espero dentro- Entro en la ridícula idea de que solo sea una vez, y yazca la última. Oigo su voz que me llama como canto adormecedor, un susurro entre reclamo y llanto, recorro el pasillo con la mirada buscando dejarme caer en algo que vea al verde del horizonte. Me descalabro tratando de pensar como ella, me oculto del sol tras la columna que sostiene el portal. Y ahí está, cuidadosamente escampada y sobre una toalla que no quiere abrazarla, y recostada en el marco de la ventana como para impedir que la obscuridad se escape del pasado, como consagrando la felicidad.
Quizás antes vivíamos para un mundo que sabíamos estable y seguro, ahora es una feria de emociones y cosas nuevas. Y claro, no lo sabíamos, este ser se desmoronaba.  Era tan metódica y brava que parecía que esta era su última resurrección.
Ahora ya no hay remedio, ¡Hay que vivir el momento! Enamorémonos y seamos felices- Se lo suelto de sopetón y ella se queda impávida, sabe que yo no quiero que abandone su espléndida lasitud, solo quiero que me integre a ella. Quedarme en ese abandono en que nada transcurre ni envejece, solo se repite en un transcurrir de tardes soleadas y lluviosas, enjambres de moscos y pequeños colibríes que los acaban.
Empezar de la nada y sin querer decir algo, deslizarse en la noche sin ir a ningún lado, mientras, la vida se concreta en solo una tarde sin nada que hacer para dormir en la parte final del sueño. Dejarse llevar sin causa que justificar, arrimarse a la orilla sin querer avanzar.


Yace mojada,
paz, entre inclemencias

de madrugada 
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