20140421

Sincronía

Sincronía

Mientras se levantaba, cuando ya había amanecido, se dedicó Teresa a repasar lo largo de la noche y turbio del descanso, tomó las sabanas para descubrir su cuerpo, se sentía apaleada y sucia. Tras solo estirarlas sobre la cama, corrió las cortinas. Se asomó para ver un día lluvioso pero solo abrió un par de centímetros la ventana, fue suficiente para llenar sus pulmones de un aire pesado, casi líquido que se impregnó en su rostro y la hizo suspirar. Se sintió sucia y pegajosa -¡Sé lo que va a suceder!- se dijo a sí misma, presintiendo su destino en un estado de ánimo. Y ya, se acercó al baño con la única certeza es que quería limpiarse, dejar que el agua tibia la escurriera para poder perdonar la vanidad del espejo, como un escape que pretendía se chorreara por el sumidero de la bañera y no volverlo a sentir encima, que se fuera lejos. Dejó pasar el agua sobre su cuerpo hasta que el agua le aburrió.

-Ahora vuelvo- se dijo a si misma al cerrar la puerta, y se llevó su ausencia a vagar en libertad sin tener en mente más que un café negro, lo imaginaba espeso, caliente y doble. Y ahora, ella, solo sueña que la nube viene para entender que pasa, mientras se deja caer sobre el  marco de la ventana y ve el horizonte como divulgando sus pesares a la lejanía. Como para no inspirar lástima, ni pedir piedad y cuando se descubre bostezando entiende que ya le aburre esperar, en ese momento un reyo cimbra la casa y alumbra el interior del cuarto con un gran fulgor. Se voltea y decide ser ella sin dejar que los demás sean ellos, y se descubre con los ojos húmedos, no es común en ella llorar. Tiende de nuevo las sábanas sobre la cama y esta vez decide que la cabecera puede estar del otro lado, quizás la orientación hacia el poniente no le favorece y lo que necesita es sentir como el sol avanza sobre su cuerpo en las mañanas para cargarse de energía.
Fatal aburrimiento de la inmensa rutina que a diario se deja caer sobre ella, sin poder evitarlo se desgaja en ramas pares, una florida para ella y una seca para avivar el fuego ausente, el desgaste de esperar que coincidieran en vez de hacer su vida, sin coincidir no hay remedio para la rutina en que espera. Pero sabe que se hundirá con el peso de dos, que unido, que digo coincididos, pesan más en el “ha habido”, muchas veces que coincidiendo, no se ven, pero reniega de su adicción a esperar, a no ser ella misma y estar cierta de ello y  anónima ser ella sin dejar de ver la ventana. Ella es la víctima de un infierno que sola hizo a su medida, dentro de la imaginación que le agobia la soledad en que presume solo estar de paso.
Sale y avanza con paso firme y solo se detiene cuando siente que alguien le llama, -Señora, ¡una limosna por piedad! – y solo le confirma lo que ya sabía, hoy es un nuevo día y ella camina en un trance extático y sin hacia dónde ir. Ya sabe qué olvidar, solo le falta saber con quién relegar el recuerdo de la mujer celeste que nunca fue y entender el ¿por qué? los jóvenes difuntos están aún vivos y buscan su compañía, no somos nuestros, pertenecemos al pasado.

Paces y luces, hasta que el sol de hoy se deslumbre, que los recuerdos se cuenten y se vuelvan memoria, ¡eso fue lo que paso! Una tormenta enorme dejó unos aguaceros que inundaron todo, incluidos tus recuerdos, las gotas de agua que presumías que eran lágrimas cuando me las regalaste y el pañuelo con sangre que probaba que no había pasado nada y podía dormir tranquilo. El mechón de pelo que la hechicera había rechazado por suavecito y demasiado tierno para su magia, las trazas de tinta en la hoja borrosa que se había llevado el viento y correteaste por todo el pueblo para terminar en la fuente del pueblo, entre los dos enormes pinos que se dejaban caer con su sombra de primera cita, reunión de provincianos que después nos lleva a las rocas inmensas que se esconden en el camino del arroyo, ese que alimenta agua fresca al caserío. Misma agua insolente que aliviaba mi sed y calmaba mis calenturas cuando me desprendía de la ropa, llegando al castillo que protegía mis sueños, sueños que se convertían en aventuras de seres sin peso que flotaban entre los dos mientras tratábamos de conciliar ilusiones con conciencias. Reproches que de tan juntos se unen en quimeras, en desafíos que la moral no entiende. Se desprende de plañidos y llantos eternos que solo se dan a las doce de la noche, antes de amanecer y cuando aún hace calor. Desperté para disfrazarme de lugareño e ir a buscar el famoso lugar junto al mercado donde las iguanas se comían y las víboras se volvían tacos para la limpiar la conciencia para los borrachos de la noche anterior, que necesitaban curarse para poder ir a buscar aves que vender en el mercado de la capital el fin de semana y presumirles como obra de arte de la naturaleza, que son como el ardor, te tiene que hacer sufrir para ser auténtico amor, y hay que describirlo meticulosamente antes de que se deje caer la noche y el agua fría se lleve la emoción. Soñaba que no era posible y despertaba, ansioso y húmedo, no puedes hacer nada, solo desesperarte y consolarte pensando que al menos hay apego en el fondo, sofocado por el calor, pero apego. Afecto, como el que le tiene a la sombra de la enorme palmera que deja caer sus frutos, cuando ya ni las urracas los quieren mientras las guayabas apestan de tan perfumadas y solo puedes tomar un par. Las tomaba y su olor me volvía loco y me dedicaba a repetir tu nombre, Teresa.

Yace mojada,
serena, entre lluvias

la madrugada 
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