20131014

Antes, ahora, después...

Antes de que Patricia llegara, la tarde descompuesta de domingo no se dejó enfriar ni con el ventarrón, ni con el aguacero que cerró la semana, torrencial y de solo quince minutos ¡La lluvia y ella deberían ser hermanas! La tormenta que dejó la noche lista para soñar como objetivar esos ratos, soplos en que la gente sincera no dice la verdad, porque la verdad solo es cuestión de mentiras en que la culpa atosiga, sencilla, monótona, igual y simple de primeras veces de fracasos únicos.

Para cuando llegó, ella, la que no necesitaba imponer nada, era una toda una autoridad absoluta de quince minutos, despóticos de una eternidad para no acordarse. Bien segura de su porte mientras no rozara con otra mujer, era terriblemente abyecta y segura, fascinante en verdad, pero se enamoró de mis quince minutos ¡lo sé!

Se fue, no dijo nada, callada prefirió marchar grandiosa, como lo que es y quedarse tan sola como debía estar, acompañada por la nube vacía que es su experiencia, de cómo la lluvia moja la tierra y la deja húmeda por buen rato y mucho tiempo, pero no me importó, lo buscaba en el fondo.


Regresó contoneándose absoluta, como solo ella lo sabe hacer, por otros quince minutos de encanto ocultos en la nube de flores de su magia, perfumada de ausencias.
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