20111108

Yo quiero despedirme así


Yo quiero despedirme así



Yo quiero despedirme así, hacerme a la mar por última vez en una muerte muy dulce. Se me hace difícil pensarlo, más, el escribirlo, pero así es. Porque sabemos que hay cosas que terminan, se acaban, son como los marineros que un día salen en la mañana de puerto, pasan las horas y los días y simplemente no regresan, se pierden en la boca del gran animal.

Para que esa noche, el puerto se vista de grandes fogatas que a manera de faros en las cimas más altas alumbren la noche sin luna, se aparenta tranquilidad pero en el fondo de sus callejuelas hay quienes lloran y se acongojan, aunque saben que el mar no perdona, se pierden en la esperanza y así se quedan, buscando ir al encuentro de algo que ya no se ve en el horizonte.

Y sus allegados se quedan lacrados en la vehemencia de las tormentas que pasan, y ven los cielos grises con los ojos circundados de lágrimas antes de irse a dormir, cansados de buscar velas en el horizonte y dedicarse en las mañanas a pescar a los recién llegados e indagar noticias de ultramar

Los niños salen en la mañana a la playa para buscar restos, saben que se quedan regados por ahí en las mañanas, sin dejar casi huella; un tablón aquí, una boya allá es lo que queda del naufragio y todo el mar es la urna en que ellos se quedaron inmersos al el agua y dejaron la vida a la fortuna del marinero, para morir entre el amor de una ola sin fin.

El servicio es a la orilla del mar, cerca de la capilla y acaba rápido, hay nubes de tormenta y truena el horizonte. Se quedan contemplando el mar, y sin culparlo sienten que la brisa es un fantasma, que cálido les susurra consuelo cuando las olas lamen la orilla y se juntan las sales del llanto y el mar.

Velaron al otro lado del océano, con las buenas intenciones en que ellos se bebieron la mar de una muerte solemne, y sin parafernalias, simplemente ahí están, en la mar de los desterrados. Juntos, en lo que extrañan los viejos marinos mientras sueñan con tormentas para olvidarlos, como olvida la mar, en los frutos de amores que corroen el alma en un paroxismo inútil.
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