20111008



¿A que sabe el otoño? A inmenso. Sí, es toda una recolecta de sabores y sombras del fogón, que son joyas ocultas entre colores y texturas escapadas, para poder ser degustadas de a poco, en un convite casi sin fin.

Los hombres se alimentan de dinero y poder, los dioses de colores, olores y sabores. ¡Y la que se armó! Nos homenajearon celestialmente Beatriz y Friedhelm. Primero una maravilla de texturas y aromas en el mousse de ostión rodeado de los verdes y morados de las hojas de lechuga. Las uvas perfectamente enfriadas entre anís para el cambio de tiempo. La sopa de nopal, exquisitamente mediando los ácidos y la sal. Navegada por la pira fúnebre vikinga, que en este caso… fue de oaxaqueños chapulines navegando en barco de maíz y aderezada por flor de sal marina (¿La silabaria y el mar?). Y el plato fuerte, entre los tonos escondidos del blanco y negro del arroz con los últimos rosas del piñón. Todo contrastando en la envoltura verde obscura de la delicada presencia de la Hoja Santa, esperando su lugar junto al filete dorado para los adorados de Bea (¡Que no son los aDorados de Villa!), que veía su exterior alineado con tocino del que aún sabe a tocino (no al bacon gringo que se usa ahora) y los negros sabores de las especias. Todo esto entre amarillos profundos de aceite, obscuros de pimientas, que le dan paso y aderezo a la guarnición. Son  tallos de chayotes formados uno a uno, como huestes de Villa, uniformados de calzón blanco para la batalla (¡Una cruzada perdida de antemano! No quedó uno vivo).

Y el postre, mmmmm, para invitar y convencer que no se olvida nada a los amaneceres caminando en que Bea se escurre planeando hasta el último detalle. Que se culmina en una corona de crema batida y guayabas ajuaradas por las campechanas miniatura de las monjas de la cinco oriente. Eso sí, ¡La perfección del café fue mérito del metódico temperamento teutón de Friedhelm!

Y así, magnifica y esplendorosa, se escurre por la ventana la tarde. Entre la plática amable y el último rayo dque luz forzó a los fuereños a tomar carretera, cuando anochecía entre ardores irracionales que tienen una fe insensata en el amanecer y recuperar el cuerpo. Ese rejuvenecer que es el objeto último para el mantel inmaculado (bueno, ¡por un rato! hasta que el vino, se desparrama gracioso en el lino exquisitamente almidonado que cubre la mesa)

Y ya después, en la tranquilidad de la noche me puse a ordenar tantas ideas. Trataba de imaginar la vida sin esas fiestas o sin compañía (vete pobre, pero no te veas solo ni enfermo), sin el sueño ni las fantasías en que asendereado, me paseo por la cama. Esperando que aparezca el mago de los sueños, expectante, nervioso.  

Bea nos lastró para mantenernos atados a las sillas, pues de otra manera abríamos levitado entre tantas sensaciones. Como el sentirse acuchillados por el espíritu de Obregón y saber que por suerte, no apareció ningún Toral a deshacer la fiesta (¡para suerte de Bertha! Que esperaba ansiosa noticias de su tía).

Y así pasó lo que pasó, esas cosas suceden, somos pupilos aprendiendo a disfrutar la comida y lo que sigue, paladeando la mezcla de sabores y personalidades de los convidados. Desde la lucida mente educada de la historia de Pedro, o la plática amena de Jaime, las anécdotas de la política de Toño, que ahora no vino como senador de la republica sino como comedor del fogón de Bea. Y qué decir de la mente educada de Reyna que nos deleitó con su sonrisa franca y sus anécdotas y experiencia analítica (La vida en pareja se puede decir que pasa por 4 etapas, la parte impetuosa cuando nos conocemos, la etapa reproductiva en que crecemos y nos hacemos más, la época que ansía por tener dinero y atesorar para el futuro y la última, donde queremos compañía y piojito. Ahí nos quedamos en la plática que después derivó en la coincidencia de las tortugas y los peces con Bertha ¡Que se las sabe todas de ese tema!).

Las amables atenciones de Bea y Friedhelm que se desparramaron en el convite, y así; sin diferencia entre comer y el quererse, el mismo deleite y pecado. Que se debate entre el hacer y el dejar pasar. Ambos a la carta, escogiendo y combinando sabores, texturas y colores que se arrastran para descubrir el fogón. De calores inmensos y flamas de colores que adornan la carta tan elegante y precisa para no estomagarme antes de decidir por empezar el primer mordisco. Porque este es lugar para la voluptuosidad de la comida y la amistad.

A lo más, la antojadiza muestra de sabores que se quedan impregnados entre fuente autista del blanco del mantel, impredecible liso y alisado por la plancha y el almidón, la mesa desmantelada que ahora es una incertidumbre menos. Navegar entre la adrenalina de los platos calientes, que sin sobras antojadizas se guardan después de una semana de abstinencia, en la fuente autista del blanco del lienzo impredecible. En la alacena que guarda las vituallas para la próxima batalla. Que ahora nos quita una incertidumbre: “Entre los peces el mero; entre las carnes el carnero; de las aves la perdiz; y entre las doncellas, Beatriz”



Gracias mutuas: Beatriz y Friedhelm, Pedro y Reyna, Bertha y Manuel, Antonio, Jaime, y Enrique (en ganas)
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