20110708

-Yo contra mí- Un bolero que suena amargo



Cuando la niña que era Marina se volvió una enlutada del mar, se visó como un espectro afligido que estremecía a los vecinos cuando salía en las tardes a recordar. Ella vivía junto rosal en la entrada del casco viejo que ahora se ha convertido en una maraña de flores amarillas. Es toda una enredadera que decadente y magnifica perfuma el pórtico en los atardeceres, antes calientes que fríos del barrio costeño de Puerto Libre. Pasa el tiempo y nos abandonamos al olvido.

-¿Quién toca?-

Y la enredadera, tan todita llena de flores se movió al compás de la puerta para dejar pasar una mano blanca, muy delgada. Preguntar era algo que solo tenía sentido en su soledad, era una regla que solo hacía sentido en su retiro, indagar sin importar quien fuera. Era solo un sobre, pero debe haber sido un ancla fierro, de algo muy duro para poder dejarse caer y hacer tanto ruido cuando las palabras se escurrieron como lágrimas del papel. El amante sin voz es rotundo en su ausencia, y el sobre solo decía

No se encontró el destinatario, devuélvase al remitente-

-Más merezco por tener un amor necio e insufrible-

Y a más, sin un mañana; puros anocheceres y ninguna luz. Le sonó a tango y entró a la casa tarareando;

-Quiero que estés cerca silencio, que tus hojas no se muevan con el viento-

Toda la construcción tenía divisiones arbitrarias e ilógicas que hacían vericuetos como los camarotes de una goleta antigua, que solo ella recorría con el conformismo resignado del recuerdo de su padre, capitán de barco perdido en una tormenta.

Una sí y otra no, blanco o negro, hasta lo inevitable; amor u odio ¡Era parte de su ritual diario! Las huellas estaban en todas partes pero solo ella las veía. Pero esta tarde, el cielo estaba tronando y la distraía. ¿Sería una tarde ruinosa o solo llovería un poco?

A lo lejos se oía el relamer del mar con el acompasado pasar de unos tacones que consumían sus pensamientos en un ir y venir sin sentido, esperando que se alejaran como avisando algo. Cerró el portón y vio como algunos pétalos amarillos caían despacio, como adornando la entrada. Crispo sus dedos y sintió las uñas enterradas en las palmas de la mano, se dirigió a su guardarropa para buscar unos zapatos que también la anunciaran y escribieran algo en el piso de piedra del patio.

Se los puso y caminó alrededor de los pasillos hasta que sintió confianza, abrió la puerta y dejó entrar el crepúsculo de la tarde para irse taconeando con fuerza, como diciendo -Soy yo- hasta el malecón. Lo atravesó para sentarse en la banca más lejana y se acicaló mientras escudriñaba el mar con el rabillo del ojo. Ahí abrió un libro y dejó que terminara de filtrarse la tarde para tener pretexto para regresar a obscuras a casa. Fraguó un pacto con las sombras para seguir siendo la misma, los zapatos le molestaban -¡Como aquella vez!- Pensó. Y se preguntó el cómo saber si todo eso solo había sido un sueño y ahora personajes diferentes ocupaban el espacio de los originales, lo único que recordaba con certeza era el sombrero, un borsalino gris de ala corta que seguro vino de ultramar.

Es inevitable dilapidar alguna vez todo tu cariño, pero ¡hacer costumbre de ello! ¡No! Se pasa la lengua por los labios, siente la sal, les urge redimirse, pues solo encuentran placer en los lugares más extraños y terminan aburridos sellando sobres que enviara a ningún lado y digan lo que digan, nadie las cree.



El amor platónico es un misterioso halo, ilusorio y estéril, debe ser un ilícito practicarlo porque queda poco de el por navegar. -Me envió la decepción- y es un desencanto alcanzarlo porque sientes que te habla y no sabes que el fulgor se convierte al final en un relato inmundo. En que su vida no encaja, no tiene excusas y solo te deja pespunteando recuerdos que el tiempo, que todo lo sana, no mejora nada.



(Se me quedó en el tintero cuando hablábamos de Corín Tellado)
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