20100202

La verdad es deliciosa.


-Mi oficio es tener paciencia y esperar, esperar. No hay peor pecado que correrle a los problemas, para mí, me parece que no es buena instrucción. Pero como nunca salgo y aquí nomas camino entre las arboledas, porque la verdad, se me hace falta de respeto andar corriendo levantando angustias y polvo. Ya con cavar y palear tierra tengo suficiente ejercicio porque hasta de comer me traen aquí adentro y duermo en la capillita. Pero ahora, ya estoy hecho añicos después de tantas broncas con los deudos y me desmorono, pero ¿Cómo creer en algo que no existe? ¿Cómo evitar que piensen, sin razón, que son los difuntos el objeto de mi veneración? Si a mí me pusieron aquí de siempre para cuidarlos y ¿Quién me dijo que fuera fácil? No es nada más tener los pasillos limpios y ver que no se roben los floreros de las tumbas que no son de nadie. Es estar bien pendiente de mis sepulcros y cuidar los muertitos que hay dentro. Aquí tengo todo lo mío, mis difuntos, mis mortajas, la tierra hinchada que en las noches se prende para iluminarme. Todo está aquí para que la luna y el campanario sean mis testigos.

Para llamar a los muertos hay que saber cómo, hablarles con cariño, respetarlos y quererlos. Darle a cada uno lo suyo y después dejarse consentir por su canto en la noche. Muchos dicen que lloran, pero la verdad es que cantan como acordándose. Yo no sé si penen o gocen, pero de que ahí están, y bien que se que me acompañan para guardarse de que la gente se acuerde de ellos. Su llanto suena a vidrios rotos y sus risas como a cantaros llenos de agua y cuando se platican oigo como rechinan los dientes hasta quedarse chimuelos, porque bien saben que no toda distancia es ausencia ni los silencio son olvidos.

En cualquier otro día no hubiera pasado nada, pero este no es un hoy cualquiera, hay que vestir solemne para la fiesta del pueblo. Es la feria y hay que lucirse, echar cohetes desde temprano, desvelarse y que se jodan todos, porque todo el pueblo va a estar cerrado. Si quieren pasar van a querer cruzar por el atrio y desde aquí los diviso bien a toditos que no hagan trastadas. Bien que siempre toca luna llena en la fiesta y se ve todito bien iluminado, y la luna tan grande me pone nervioso.

En la mañana me vacié dos jarras de café bien negro con su pan de fiesta y ni con eso agarre presión. Un dolor de cabeza me trinco hasta bien salido el sol y parejito. Después fui agarrando fuerza para en la tarde lidiar con la bola de canallas que nada más vienen para aprovecharse de la gente en la feria. Los hecho a que se quemen solitos con los muertos, ¡a ver si ahí, respetan a su perjura madre! bien sé que pasaban sobre las lapidas nada más para no ensuciarse los cacles, pero yo, desde el fondo los veía mientras fumaba.

Y si todos vienen a poner sus muertitos en mis manos, pues ¡hay que cumplir! Porque si no, después me van a reclamar ¿Cuándo estuvimos muertos? Ellos no se pueden defender. Y después qué, señor, ¿sus almas no están muertas? Solo la realidad de tantos cruzando el panteón pisando mis difuntos para no tener que rodearlos. Ella, nomas véala usted, lleva cinco años aquí, me acuerdo cuando llegó con su vestido blanco y el velo cubriéndole el rostro, y el tiempo pasó, ya nomas le faltan dos añitos para ser calaca y seguro su vestido tan bonito ya es puros harapos. ¿A poco a ellos les importa que su tumba este tan limpia y todo tan escombrado? Ni se acuerdan de lo chula que era o les vale madres. Nada, nomas les interesa no tener que caminar tanto y andar cruzando mi camposanto y de mi parte: el que se pasa… se gana su mortaja. Pero este día no, que no se acerquen a mis muertos que todos están nombrados en sus cruces, uno a uno, nombre a nombre escrito en silencio.

Ahí, entre esos dos cipreses, fue donde lo agarré meando la laja como si nada pasara y había que ocultar mi debilidad por lo menos siete años, por eso aquí lo tengo guardadito debajo del osario en lo que se pudre y quedan nada más los huesos. Y así cada año no falta quien sorprenda profanando y el silencio también dice mucho, o a poco no es cierto que callados nos damos a entender mejor. Ya ni se con cual empecé o hace cuantos años, pero siempre es como la primera vez. Ese hervor que me prendé y me da por vengar a mis encargos, que bien se que ellos no se pueden defender, ¡por eso yo veo por ellos!

Ni le cuento de la vez que agarre la parejita encima de la tumba grande del fondo, esa de los angelitos que se están encomendando con las manos juntas, esa vez si me encabroné de a verdad, pero es mal que tiene venganza y aquí se quedaron para siempre. Ellos tienen más de siete años y son ese par de ahí arriba, ahí los puse para que se están viendo, uno al otro, con ojos de espanto. ¿Y yo qué? me valía, nomas agarraba por entre la bola y salía por el cerro cuando los prendía, ahí fue donde me perdía, porque aquí nomas no me pudieron ver nunca los imbéciles y, se lo cuento a usted porque ya son muchos, ya me molestan los años y un día se van a dar cuenta que me sobran muertitos y cada día son más los deudos que pasan por aquí como buscando sin encontrar.

No sé porqué, pero en esta feria ni me acordé de cuidarme, bien vale la pena que alguien más lo sepa para que cuando yo ya no ande por aquí lo cuente como fue, se acuerden y no pisen las tumbas. Voy a dejarlo todo así, en la seguridad de que no va a pasar de nosotros esta plática, pero más le valía no haber venido a la fiesta porque ahora se va a tener que quedar para siempre a festejarla, eso sí, en su nichito y sin que nadie sepa ni se acuerde. Lo voy a poner, cuando se seque, ahí al fondo. ¡Donde nadie entra a rezar! Y; ¿A poco no fue bonito morirse en un día de fiesta?-

¡Y, así me lo contó!
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