20090905

El tesoro
Antes, se murió el último de mis perros, estaba bien aburrido de perseguir sombras correteando su cola polvorienta mientras nomas andaba por ahí arrastrando el hocico en el suelo del desaguadero. Seco de seis meses en el fondo de la mina buscando ratones. Y yo, mientras, solo veía los trasgos cargando el oro para apagar la compulsión por la compunción y todo por esa frivolidad enfermiza en que quisiera decir algo para hacer sentir bien y no lo hago. Era solo un duende el que me mostro el lugar que buscaba.Después, ese silencio que se queda en el fondo de la poza, seca y agranda mi goce, pulido y encerado, con las manos dentro de las bolsas del gabán a base de soba y soba, hasta acabarse el forro mientras me obliga a cargar conmigo mismo. Reprochándome yo el que me haga sentir fuera.Mientras, maldiciendo actos oblicuos que propició el codiciarlo y sentir que solo que estaba amortajando mis deseos mientras, yerto, dejo atrás mis dedos entre su brillo y le cuento las cosas que ya sabe, pero, le gusta escuchar como la pirita que brilla y no vale, puros destellos.Ahora estoy en una danza que no está preparada, dando vuelta a la noria. Me quedo viendo los rostros y adivino que piensan para actuar en consecuencia y solo convulsiono dejándome llevar para ver todo un día después, que fue, ayer mismo. La entrada de la cueva estaba cercada por un matorral que la escondía para quien no supiera de su existencia, cerca, el aguadero que ahora ya está seco, toda la lluvia está arriba, en las nubes que esconden la entrada de la gruta, y esa agua mata cuando cae, gota a gota y cada vez más fría sobre mi espalda sudada de escarbar. Muchos pensaran que los tesoros no existen, pero de que ahí están, ahí están.Al tiempo, escarbo, para buscar las pepitas, y ahí las encuentro cuando se dejan caer, más pesadas en el tiempo. Cada vez más y más, brillan en el fondo de la cueva junto a lo ahondado que cada día oculto y espero que se llene el bulto para salir, porque la gente ya se está extrañando y no tardan en venir a tantear. Me apuro a hurgar en lo que queda y cada vez encuentro más placer en llenar mi vida de historias fingidas como saber que te cruzaste con la oportunidad y se fue entre los murciélagos enormes que chillan como niños en la obscuridad del fondo de la cueva, donde ni yo me atrevo porque pierdo con esa sensación de abandono y control que cuesta llevar. Yo, ya cerré cuentas con los hoyos que dejé en la cueva, pero esos agujeros me siguen persiguiendo mientras vivo una vida ajena y lejos.
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