20121013


“No la vi venir”

 

No es que no sepa correr, ¡Pero, apareció muy rápido y quemando llanta! Y, qué, pues un mal día cualquiera lo tiene, después te puedes desmembrar para reinventarte y todos los amaneceres pruebas y repites para siempre ser un alma nueva.

Esto, era lo que se considera ella cuando amanecía para verse nueva ante el espejo, como lo que era, una niña bonita de porte altivo que se sentía opacada por los jeans raídos que cubrían sus largas piernas y alargaban las frases cortas con las que se comunicaba. Era mujer de pocas palabras y acción retardada pero efectiva. Salió hacia donde se relajaba, se fue cubriéndose la cara para llegar adonde estaba el convertible y le dio marcha, pero no arrancó a la primera porque piso antes de tiempo el acelerador. Se ahogó el motor, lo que aprovechó para verse en el retrovisor. Estaba inundado en gasolina el carburador y sintió el olor incitante a velocidad, cuando al final el motor arrancó tosiendo, se fue a toda rapidez. Sentía como el asfalto se acababa entre los cerros y yo no aparecía al final, yo también necesitaba algo más que autoestima para caminar y alcanzarla. Al poco rato la lluvia empezó y no hubo manera de cubrir el auto y el parabrisas empezó a llorar, ni el apego a un pasado que regresa mientras aun no ha sucedido. Como cuando se interrumpe la inocencia dentro de la prudencia de la virginidad y bien se sabe que el destino depende de sus relatores y ella, está llegando al origen del miedo. Ese impulso que la limita a continuar lo cotidiano. Como contrato social inútil en que si no hay algo que coartar, todo es anarquía.

Cómplice en miradas y palabras sabe que la parte más secreta de nuestra historia es una ficción que solo recuerda entre sueños mientras yo idealizo sus redondeces compartidas, descobijas de playa nudista en cualquier trato es de tú a tú, en que no deja duda de quien manda mientras las gotas de sudor perlan su frente cuando platica y convence. Parecía que le importaba cuando en realidad ella era el único motivo para comer larvas como deporte y la pasión que se convierten en una colección de cuentos que ya son leyenda en sus pláticas en que siempre firma cambiando el nombre del protagonista y exaltándose.

Sé que le importa porque ella también envidiaba el abandono de las flores póstumas, pero es todo lo que se y le agradezco, fue su atención porque algo había de ocurrir, ¿Pero, donde y cuando?, el con quien, pues ya lo sé. A menudo le recuerdo, pero ese día soñé que me empezaban a crecer dos pies más y que mis manos alcanzaban cualquier parte de mi cuerpo que crecía y sentía como si esta vez yo fuera quien perdiera la identidad. Ahora, ya pasó el tiempo y no creo levantarla a base de palabras dulces o dibujitos mal hechos. Hoy ya no creo en mi, que ni con ni con versitos plagiados la convenzo. Hay paredes ocultas a la vuelta de la esquina, con sus ventanas obscuras y portillos silenciosos de colores arcoíris que aun se acuerdan de lo dulce de su espalda y lo ardiente de mis manos, testigos del dulce escape de los exaltados pesares míos que se cocinaban en un caldillo de frutos, lo suficientemente jugoso como para unos decantados ardores. Y lo tan intensos como la penetración didáctica en que me encapuchaba para conquistarla mientras soñaba con la sexualidad hablada, ¡Por escrito y en tercera persona! Salí a caminar, el pueblo estaba calmado, caminé y un perro triste me siguió de cerca hasta que llegué a la casa… ¡Que no es la nuestra!

Yo fumaba mis impertinencias, herido y queriendo sanar, mientras ella se veía las uñas indiferente, era feliz vestida. Ese fue mi deseo, un deseo ajeno que sordo se enterraba entre mis sienes y me hacía consciente de mis carencias entre el triunfo y el desastre, nunca lo había planeado, pero esta tarde estuvo esperando que saliera para seguirme, me centró y me atropelló. Uno de los dos tenía que desaparecer y yo me ofrecí frente a su auto. Siempre hay una oportunidad para morir en la tarde y una primera vez para eliminar a alguien.

Solo por esa tarde se preocupó por revisar el espejo retrovisor, apago las luces mientras llegaba a casa, nadie la seguía. El día siguiente limpió el auto y respiró tranquila mientras conducía a ninguna parte, se detuvo, descansó reposada sobre el cofre y prendió un tabaco mientras planeaba una coartada a mi ausencia. ¡Qué mejor para llorar que el humo del cigarro! Y sola, volvió a la carretera con mi despojos a cuestas, sobre el nido de alas que es su espalda.
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