20120721

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Mercedes



Aprendí a estar con ella y no pedir explicaciones, permitir que las cosas fluyeran y tomaran su lugar en el absoluto. Meche estaba sentada en su Mustang esperando el semáforo y parecía que el tiempo no transcurría. Y mientras ella se alejaba del crucero que la detuvo, trataba de recuperar el tiempo como si en eso se le fuera la vida y los quinientos caballos bajo el cofre se le escurrían bramando.

Puede haber situaciones incómodas que no nos afecten, pero que te atajen, es insoportable y ella lo asumía. No es difícil imaginar su contrariedad, levantarse temprano, una hora de gimnasio, el baño y otra espera eterna en el salón de belleza para salir y aún tener que ir a desayunar algo y vestirse. Mientras, le lavaban el auto y todo estaba listo para una partida espectacular en que quemaba algo de llanta por el puro gusto. Se engrió al subir al auto, encendió el radio y con toda la autoestima de bandera, salió a lidiar con su ego de novia de veinte que es como la tormenta que brota dentro de ella, esa batalla que solo gotea bajo su falda cuando se conecta al piso, como la palanca de velocidades del Mustang, en manual. Ella sin ropa interior, para ir más pegada al asiento de cuero, ahí donde se juntan el premio con el fondo de su intimidad en la inviabilidad de sus deseos y se sabe la matriz del protectorado con su falda que ondea al viento y cada atardecer es un ensayo para soñar la resurrección, en la rutina cotidiana en que necesita reconocimiento ni reclamo.

Obviamente, yo no merecía tanta atención y cuidado, pero su merced (Meche) sí, era incapaz de despeinarse por hacer el amor y moriría en el intento por guardar las apariencias, a veces ecuánime y por ratos sanguinaria. No piensa en la hora de llegar sino en el ritual de bajar del auto, desvestirse, despojarse una a una de sus prendas, y sabe como generar envidias cuando nadie lo ve y todos lo suponen; que su desnudes es magnífica. Con ella ensayé a abrir los ojos y abrigarme solo.

Se desinhibe, y se acerca al clímax con una facilidad envidiable, como quien descubre la sexta velocidad con un embrague asistido. Con la seguridad de sus cuarenta años y ojos envidiables. Gana cuando se acerca la meta como si fuera miel, para sorberla, cierra los ojos porque así siente que se libera y disfruta, se ve más segura cargando su persona ella misma, sin ver con quien está. Se disfruta y lo mismo le da con quien, siempre y cuando ella no se sienta rota u observada. A lo más, admirada solamente, ella, la mecha de mis pasiones… tiene un chasis propio y un motor ajeno.

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