20120512


Yo celebro, ella conmemora; en un texto fuera de contexto



El tiempo me encontró, estaba caminando afuera de la casa que hace las veces de mi guarida. El reloj se escurría atrás de mí y yo insensible me desliaba fuera de rumbo sin dejar huella en las baldosas. Y en esas estaba cavilando cuando ella, simplemente apareció entre las esquinas de un kiosco, en un callejón obscuro sobre su templete que la sostenía pulcramente lejos del piso. A lo lejos, parecía un ángel voluptuoso ondeando al viento de la tarde, con la cabellera suelta y una falda amplia de colores cenizos con los tonos de los adobes escurridos entre los muros del pueblo. Venía caminando con la frialdad de quien puede y sabe a donde, va ondeando su falda cual pendón y batiendo su bolsa como cetro para la batalla. Y claro que me sobrecogí cuando me cercó, yo siempre había sido un charlatán provocador ante ella, pero ahora me sorprendió porque nunca es lo mismo saber de una hechicera, que conocer a una mujer pérfida. Sus manos ya no eran manos, eran unas garras que me acercaban a un pecho que ardía en coraje y latía beligerante. Sus ojos ahora eran sopletes que me entregaban a sus deseos sin yo desearlo. Y sus labios, solo me pintaban un mar de dientes amenazadores, de los que se escapaban espumantes borbotones espetados, incoherencias aviesas con un tono de su voz desconocido para mí, que se volvió profundo, solo para sobrecogerme. Al tiempo que con un gesto hostil se echó la cabellera sobre el rostro, lo que obscureció aún más sus facciones y sentí sus ojos como dos puñales que me despedazaban entre sus deseos. -¿Y ahora qué?- No alcance a sugerir nada, además, no tenía opción (¡Yo y mis pocas palabras!) cuando ella, tomando la iniciativa y acercando aun más su cara a mi rostro, se despojó de los lentes obscuros con un gesto de desdén. Ahí estaban sus ojos flamígeros viéndome, rebuscando en mi alma. Y me susurró algo que no entendí, pero afirmé con la cabeza. Fue una batalla perdida, que yo celebro y el libro solo conmemora, ya me tenía entre sus garras y debía ser suyo por todo ese fin de semana. La alcance en el estanquillo, la observe, y en un éxtasis de recogimiento, abandono y sin más, solo con mi alma, me encarrile a poseerla (la leyenda siempre es un amor ingrato que se acaba). Nos enfilamos a la habitación, pero antes, pensé en comprar viandas para la batalla; chocolates, cigarros (manque no fumo) y algunos bocadillos ya preparados, que no ensuciaran la cama. Ya encarrilado la observe con detenimiento; la portada era atractiva, pero cuando leí la contraportada me emocioné aun más, ya sabía que me iba a poseer su lectura todo el feriado, extrañando el periódico u otras letras, este era un libro que prometía emociones en las que el tiempo se deslizaría lentamente.



La primera persona en persona, es el anhelo de esta escritura que solo uso para inflar mis ideas sin sustento, obscurecer tantas imágenes en tramas insolubles que inhiben el entendimiento cuando las revuelca mi mente en la prosa barata, que mientras más practico, más me envuelve en la opacidad grisácea de los atardeceres. Ando buscando que decir, algo que no sea el monologo escrito en imperativo íntimo de pasado impersonal, que con una sola idea mueve mi ánimo. Para poder hacerlo, debo ser un ente anónimo que se come a si mismo, en un susurro ignorado que lo consume entre los sueños anónimos que tendré  desde hoy… hasta mañana.



-Me llamó siempre “cariño”, tenía las manos largas y las ideas cortas, nunca de más de un párrafo breve y, si me lo permite señor alcaide; será muy fácil demostrar mi inocencia, yo no la maté, ni se nada de la víctima. Ayer terminó todo y yo, a fin de cuentas, ya estaba ingresado en el manicomio, pintando las paredes de azul y con la brocha, aplacaba mis instintos mientras disimulaba mis lagunas. Porque su nombre, para mí, siempre fue una tumba y tenía algo de niebla entre sombras. Pero que importa si yo siempre sería “cariño” u otro nombre, que no era el mio, susurrado de a poquitos-

Eran como las gotas de miel que se escurren desperdiciadas y te manchan -Lo que no te de yo, no te lo dará la vida- Lo de ella era miel que no disfrutas, son gotas de hiel entre sus palabras mal dichas. Después de tanta intensidad, llegó insulsa a preguntar la hora, ella sudaba y algo le escurría de la comisura de los labios, era la marca de un anzuelo que exigía atención, pero se empecina en vaciarse mientras sus viejos amores, se convertían en odios latentes e inequívocos ¡Que vivan las tortas de mole de guajolote! (Aunque manche las sábanas) Que es tan absurdo que solo puede interpretarse como un símbolo. Empiezo a tener miedo de ella, porque esconde muchas cosas en su silencio, pero no puedo quejarme ¡He vivido de su cariño! Y estoy seguro de saber imaginarla por algún tiempo más.

Miraba con naturalidad los halagos que pasaban de unos a otros sin pena, los toques fortuitos que teníamos y que le encajaba entre visita y visita a territorio comanche, en las que me presumía de su marido y traficaba su permiso de ejercer pasión, mucha pasión. Al tiempo me instaba a olvidarlo pero bien que lo traía impregnado entre las borlas de su falda corta y las pequeñas gotas que perlaban su frente, cuando se ponía nerviosa haciendo el amor y me recordaba que el buen querer, no se deja convencer nunca. Hasta que te desprendes de ti mismo, de las únicas palabras que te ensillan a ella. Siempre está ahí atrás, luminoso y radiante, listo para explotar al menor toque, porque sabe que se puede convertir en nada en un instante y lo único que lo une, es un poco de paciencia en la rara combinación aportada por mi misticismo y su realidad, en la que solo importa el estar cerca e inminentes como honrados milicianos en una batalla contratada. Y todo perfecto hasta que le dio por cambiarme el nombre, y no por el de su marido, sino por el del santo en la feria en la parroquia de barrio, que junto con el azar, tocó a mí oído como albur de fiesta que se concreta en un escueto –Algún día- En que hoy se entrena, para estar muerta en un panteón lleno de flores que controla mi subconsciente. Caminar por la noche fantaseando con la mirada perdida de su personaje que se transfiere de escenario, con la tranquilidad de quien domina la puesta en escena. Y siempre está buscando recuperar todos esos recuerdos que se pueden llegar a encontrar en la búsqueda personal de tantos anhelos que se quedaron en el camino. Rara como su sonrisa, de saber degustar un libro que te atrapa todo un fin de semana. Que yo celebro y ella conmemora.


(Son tres partes, 1 El enamoramiento del libro, que aunque el, para mi es un ella. 2 Una explicación de porqué lo hago y 3, Las notas de la crónica de esta lectura, apoteótica y sublime, en que mezclo la trama del libro, con mi experiencia en la leída sobre la cama, por todo el fin de semana)
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