20120316

Fátima


Fátima



Es tan fácil imaginar nuestras vidas, que para cuando nos damos cuenta, pues ya son reales y todo es verídico. Todo pasa en un futuro que recordamos como si fuera ayer. Contamos historias para vivirlas, transformarlas en cuentos y aspirar que sobrevivan, tan intensas como el recuerdo.  Imaginamos futuros y recreamos pasados en que todo sucede, lo difícil es ponerles letras, hilarlas y escribirlas para hacerlas creíbles, porque reales, ya son. Pero, cifrar nuestro día sobre la ociosidad de un acto, o sobre la obsolescencia de una idea es pecaminoso ¿Cómo? Viviendo y recordando como si fuera lo más natural del mundo, para dejar que la imaginación estire y afloje las ideas antes de plasmarlas, sino en un cuento al menos en una canción. Sospechar que hay algo detrás de nosotros que nos sigue y motiva para tratar de adivinarlo entre lo que tecleamos. Lo normal y natural es vivir, no imaginar ni soñar con lo que fue y ya no será, ni con lo imposible y escondido entre la tramoya de nuestro escenario. Porque a veces, hay que quedarse quieto y dejar a las cosas sucederse una tras otra para que tomen forma y fuerza. Para que cuando rebasen, nos arroyen entre precuelas y secuelas que nos lleven arrastrados entre su laberinto, este sinfín en que el ocio es la fuerza que nos motiva y mueve, sin dejar de fluir a nuestro lado. Esto, es la mejor de las indigencias y una indulgencia para el alma que quiere contar y sabe que los cuentos deben ser más creíbles que la realidad.



Covadonga tiene una historia que todos saben al dedillo, llena de una lozanía en que fluyen tantos y tantos reclamos juveniles sin satisfacción, para envolverla entre un amor temprano mal resuelto y alegrías bien cantadas. Ahora, es ella misma, una mujer que observa el atardecer desde la ventana de la hostería pueblerina y recuerda, se goza el la imagen de como apareció una sombra aquella primera mañana, después de la luna de miel sobre el altar de sus diez y siete años. Traía una bandeja con pan, café, fruta y una flor, pero en ese mismo lugar, desapareció, simplemente se hizo eterno ausente. Era un lugar viejo, en que se encajono una pasión breve y ahí terminó la gran actuación de un alma pueril. Después todo fue diferente, y ahora… fulminante es Covadonga, hoy si y mañana también, llena de claroscuros que no sabemos si son castigos, lecciones, o tal vez solo premios sin sentido, que nos marcan de esperanzas ciertas que a mi me gustan y mucho.

Fátima fue el consuelo de ese abandono, y cuando la conocí, me fastidiaba. Quizás por eso quise aprender  a amarla. Ella, era la primera de la clase en la escuela, en la fila para entrar a clases daba saltos para dejarse ver, siempre el primer lugar, medía poco menos de uno cincuenta y el peinado no le ayudaba porque las burlas la comparaban con el tapón de sidra que identificaba a su ausente padre como comerciante de vinos españoles y ultramarinos allende el mar o ausente siempre presente, pero desconocido. Y eso lo presumía la asturiana como pocas cosas cuando compartíamos.

Aquí y ahora, hoy en día Fátima mide uno setenta gracias, yo creo, a la manía que tuvo de colgarse de los arboles y hacer malabarismos a mis costillas. Me la encuentro en la calle de vez en vez y mientras duermo, mi mente borra todo lo que desee en el día, se arranca de apetitos y me llena de deseos con todas sus letras, mientras, todo es sacar a flote nuestros sentimientos, arrancarme el oxido para colocarlos en una balsa para dejar que se alejen, ellos solos de a poquitos, se vayan con el viento de sus desgracias. Y si insisten en quedarse cerca es porque estoy vivo y lo único que puedo hacer es permitir que me escolten. Pero, no, ya los solté y son libres.

Su madre, Covadonga, es lo mismo, pero toda chapeada por el sol y siempre está en la huerta presumiendo de incansable. Cuando regresaba de la faena del campo, nos encontrábamos, y la veía pasar con los manojos que recolectaba para el caldero y el pollo amarrado para el sacrificio, me sonreía e invitaba.

Y ahora, me da desasosiego faltar a la cita ¿Cómo evitar no entrar al hogar tan seductor, cálido y húmedo de doña Covadonga? si me había envuelto en algo que yo no sabía que podía ser, un mundo sensual que etéreo se despeinaba en las tardes de ese tiempo, en que hasta un velorio era una celebración.

-Solo me queda este corazón y lo mio siempre fue ímpetu, una fogosidad que no abandono-

Si ya sé que la puerta trasera siempre esta abierta y recuerdo cuando me invito a pasar aquella primera vez y yo le pregunte ¿Para qué? Hoy espero la obscuridad, entro para que todo me recuerde las sombras de Fátima y ya se a lo que voy

–Siente lo que yo siento y cuídate de lo que los demás te digan que al final… yo no cuento- Eso me dice la madre y yo lo quiero escuchar de Fátima. Experiencia y estilo, lo aprendí en su tutela, porque ahora veo en Covadonga a la Fátima de tiempo atrás, en un camposanto de viejas experiencias que me dicen que cuando Covadonga quiere algo, ¡Es terrible!
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