20101230

La cocina


No nos congrega ningún cortejo, solo es el festín descomunal en el que estamos en medio de una cocina inmensa para nuestras dos personas. Voltea hacia mí, sus aterradores ojos me acosan, azules y profundamente penetrantes, se me quedaron viendo fijamente y muerto de morir ahí quedé. De dejarme caer en el primer lugar, para verlos desde abajo para sentirme agobiado de su intensidad de señal de sacrificio y signo de lloro. A orillas del fogón y con los últimos reductos ¡Que vivan los héroes que preparan caldo de cordero para comilonas!, ahí, entre los rescoldos de carbón nos arrimábamos viendo a la diosa tierra parirse en la noche atizada por el viento de sus labios. Ahí me puso a aprender cosas de hablilla y corrillo que mi curiosidad ya intuía y mis caricias se desataron rezagados, después de los postres y los vinos cuando encontramos la especie filosofal. Fue fácil encauzarme en la facultad de dejarme ser mientras era en medio de los dos el fuego. Pero lo que yo intuya a ella no le importa, destrozar su reputación conmigo, ni hacerse de más adeptos al fogón. Se siente hueca y triste, escéptica y al mismo tiempo confiada en recorrer todo para definir la historia, no existe el mañana y ella lo sabe estando entre calderos y ollas. Un pastel puede ser ella recostada, extendida sobre su poltrona y adornada con su mandil mientras pasan las fiestas de guardar apaisada, conmigo. Así pues, la zafiedad, vulgar la lleva a mí cuando al principio siento miedo de irme mientras aún estoy aquí y simplemente permanezco como un cadáver en su cocina, sin hacer nada porque todas las mentiras tienen una verdad y yo me siento cansino. El silencio está envuelto en un miedo que se desvanece, me salve de caer y ahora lo recuerdo cuando me veo en el cristal y las grietas están solo en mí. ¡Cómo no dejarse llevar por ella! Ya abruma su figura, su voz, su peso, su sexo o su castidad. Pero yo la veo diferente, un atajo para acercarme. Dos botellas de güisqui y matamos un becerro, -Las copas son pal miedo-, me dijo. Y eso fue antes de sacar el postre que aún era solo un cielo a medio cocer que yo sabía mirar con ojos de esa gula ansiosa que no se ocultar. -¡Yo nunca tuve quien me guisara!, y ahora me dedico a sazonar- Y avanza firme, obscena, descompone su forma y ensalza su belleza mientras se enfrenta angustiada al camino, pisando fuertemente antes de entrar a la cocina, ¡la trinchera es el fogón!, avanza con su ejército de aromas contra mi humanidad. Y ella, al fin descubre quien está más desolado o que angustia pesa más en los hombros y mis aplausos disuenan entre los ruidos de sus cucharas que se acercan a confrontarme y se cotejan a la par de los míos. Que se quieren ir, huir, dejarse llevar lejos del bochorno que se enfrenta, ¡Dile que no me lleve! La flor de su secreto se deja ver en la noche única y solo la delata el leve aroma de su discreción, ¡Me quiere! Aunque ella solo diga que me desea ¡Por fortuna! y sienta que una enajenación mágica que llega a destemplarla en el rito agrario que es su vida apegada a la tierra recién abonada con los rescoldos de la estufa. Trepa se multiplica y está como receta para mis ojos cuando la mezcla resulta un perfume que no es pan ni vino, solo el olor del rescoldo o el reflejo de la lumbre en sus ojos que se impregna en las paredes como fina cochambre. Debía comer, las manos en los cubiertos y la escudilla como boca que me zampa mientras la devoro. En la que crecen plantas carnívoras con raíces que aprietan los cubiertos y dejan la morralla, Pero no se dejaba, escurridiza se ungió el cuerpo de aceite para no dejarse agarrar, está consagrada a sus ritos culinarios. Recordé y recordando me quedé porque siempre digo lo que no pienso aunque sé que nadie me cree y no sigo porque me regreso a buscar los ángeles bocabajo detrás de tantas recetas entre las que algunas ya no son y sus ingredientes ya no existen. Mientras ella andaba por ahí difunta y fingiendo que aún estaba viva al servicio de un tal vez y un dios satisfecho le dolía profundamente la falta de sazón. Es como un eco de sí misma rebotando, insolente, dentro de ella misma. Y hubo quien pensara que fueron las memorias las que estaban atizando el fuego. Separó la almohada de la cama y se la puso en la espalda, para levantarla. Casi húmedo, se sacudió el pelo que le cubría la cara como quien prepara el arma para la batalla. Y así es, digo, no sé. ¿Qué cenamos? ¡No lo supe!

¿C'est quoi être amoureux?
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