20090725

Azucena

El sol arriba y ni para remedio porque para cuando entré al jacal… pues ya estaba bien empapado, sudando la gota gorda. Fuera las calles largas, no había nadie o casi nadie y yo con lo necesario para no estar ebrio perdido. Las orillas están tan vacías, tan sin nombre, llenas de las rajas por las que se desliza el sol y plaaaanas del calor escurriéndose entre las grietas. Y en esas estaba entreteniéndome cuando se me acabó la tarde y todo el calor se coló por entre el campo, me dejó bien adormecido atrás de los corrales cuando me fui por agua para matar la sed. Así que estaba viendo en el final del pozo como se le formaban remolinos en el fondo, hasta que con las sombras dejándose caer empezó el eternice de la noche que fría, húmeda; se me vino encima.
Sobre los olores que cubren las copas de los árboles quedan los humos de la leña y olotes quemados para la meriendas de puros totopos y frijoles de los demás del pueblo. –Ha llegado, ¡despierta!- no existe sentencia para eso y el humo la recuerda. Quizás el acordarse es solo darle valor a cosas que no sirven para nada, pero cuando veo todo lo que tengo guardado sé que es porque algo me dicen todas esas cosas, ¡cómo no guardar la historia! las presencias; la memoria se fuga de a poquitos en cosas que de a poco descubro que tienen vida y están ahí esperándome por las sombras, y todo toma forma en mi cabeza para imaginarte en ese delirio... y hacerlo bolita mientras me acurruco.
Entre los olores se resalta un quejido del que la noche pare dolores y desconfianzas. Las sombras arrastran plácidamente sus ánimas dando a luz más negruras, esperando que se acabe la luna y todo parece hecho adrede para inspirar susto cuando las cosas empiezan a tomar vida porque desde el fondo del pozo se siente como avanzan las ánimas.
Claro que por un lado yo quiero estar escondido debajo de la cobija, acobardado y apapachado por mis miedos, pero las sombras se escurren debajo de la puerta para dejarme quieto, casi sin respirar, esperando un ruido, el quejido de luna llena para esconderme en su recoveco. A veces hay que entrarle al vino, pero ni remedio; al principio todo es dulzura, colores y cosas que te envuelven y te cuentan cosas que te dan vueltas y después… se te pegan el resto de la noche oyendo los aullidos de los perros afuera, recorriendo caminos que no van a ninguna parte.
Y por el otro lado los dolores de mi cuerpo viendo el sur y añorando a la Azucena que vuelva a brotar junto a mí para besar su cuerpo mientras sueño que soy su vientre apapachado de abajo hacia arriba -como bien le gusta-, empezar con los dedos y terminar con la frente después de un buen rato en los labios, nomas hasta que se quedaban secos de tanto usarlos. Los dos como ríos que corren opuestos y solo dejan un remolino al centro donde los dos colores del agua se mezclan, para ser uno y para ser dos al mismo tiempo. ¡Lo que sea menos quedarse así! Mismamente… hasta que sus aguas se quedaron quietas y las mías no sabían cómo envolverla. Pero salir, en esta noche, pues… no, mejor me quedo aquí envuelto e imaginando sus caricias de miedo y pechos de niña, mientras el viento azota las puertas y los sueños regresan para ya nunca porque despierto y parece que sigo soñando.
¿Has visto que bonito amanecer? Y ahora estoy jodido con miedo de acercarme al pozo, no me vaya a jalar el remolino y yo con la boca tan seca del vino ¡ya estoy harto de su calado!
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