20090505


Ya llovió

Uno nomas piensa que la jacarandá esta así por su gusto; tan brillante y coloreada, con tantas espinas que bien te amarran sin dejarte ir. Pero no, está ahí para deslumbrar a los que vienen de lejos con sus colores chillantes con verdes obscuros. Es la pura mascara de lo seca que está la tierra y como púan de bonitas e hinchadas en esta sequedad.

Me trató de morder y ladró, pero solo me dio ánimo para mi propósito porque al fin se veía el animal bien enfermo, echando rabia por la boca: Mejor tomé un puño de la tierra reseca en la salida del pueblo, me quemaba la mano mientras agarraba rumbo al cerro y la dejé caer entre los dedos de mis pies descalzos otra vez al camino. Dentro del morral sentí las cuatro cabezas de peyote y el sotol pal frío de la noche que brillaba dentro de la de medio litro, de verlas se me revolvió el estómago porque sentí el miedo de lo que venía. Desde cuando ya lo había planeado pero sabía que solo pasaba una vez cada año y a veces ni eso, mejor apuré la vereda.

El llegar era perfectamente hacedero y estuvo preparado por toda la añada de los viejos que ya no pueden subir, había que llegar casi desnudo para esperar en la punta del cerro que llegara la noche. Mientras se acercaban, todos bien cerrados, prendí un tabaquito para descansar mientras esperaba a los otros y para cuando nos juntamos empecé a mascar a uno a uno mis señores, todos en silencio mascullando.  Así hasta que me perdí, metiendo las nubes una a en mi mente para sentir como se me escapaban arañando al cielo, para entonces entendí que las visiones anuales solo eran personales y para mí, y aquí dentro me las guardo como el coyote que fui esa noche. Me avine cuando ya casi eran las doce del día cuando las sombras no existían ya ni en los arboles; por eso imaginé un descampado inseguro y esperé que algo me filtrara el sol a plomo para dejarme descansar de la colocación suplicante en que quedé después de haber vomitado tres veces y arqueado toda la noche. Ese día ni siquiera lloviznó y terminé caído bajo un árbol, pero el día siguiente no dejó de llover hasta que me desperezó el silencio y yo… me desplomé del refocile que da vida. Tomé el último pedazo de carne seca y lo mastiqué muy a gusto bajando hacia lo plano. Ya había agua en los huecos de los güizaches para bajarse la sal y quitarse lo feo. A lo lejos oí aullar el coyote, pero ya no me vino a morder.

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