20090313

¿Alguien pidió perdón?

 

Es un sobreviviente obstinado, tiene el aspecto reservado de quien quiere pasar inadvertido entre una puebla de iguales, el capitán José Antonio de Cárdenas se interrumpe a sí mismo una y otra vez volviendo a empezar las jaculatorias de siempre. Repite plegarias que ya casi pierden sentido de tanto decírselas a su memoria, el sonsonete de viejas preces que trajo su padre de la España pero que está prohibido decir en voz alta entre gentiles y solo las musita. De repente mientras siente que ya no son las mismas que aprendió en su niñez cuando salió de Cuba ni recuerda el sentido que le daba cuando las aprendió mecánicamente entre los duelos y quebrantos de sus abuelos expatriados.

Es demasiado joven para tener prejuicios y muy grande para no tener miedo. Se levanta del incomodo catre, había colocado sus pertenencias sobre el barril que usa como mesa en cuarto que tiene del mesón en las afueras de la puebla los Ángeles y una a una se las guarda con cuidado entre sus ropas, en especial una vieja llave que le había dado su padre para conservar con el siempre pero que no abría ya ninguna puerta y solo representaba un voto, se trabó la espada que había visto tantos duelos dejándola caer en su funda haciendo ruido. Los franciscanos le habían llamado y no sabía que pensar, se detuvo frente al imponente convento tan pesado y lleno de gente nueva, se santiguó mientras miraba como unos nativos colocaban talavera para adornar la fachada –Aquí hay plata- se dijo a sí mismo. El fraile que lo atendió se la puso fácil, ir al norte guardando una caravana, su sueño.

El contrato, para él y su espada fue proteger una hilada de mulas con las provisiones para irse al norte a establecer un poblado por cuenta de los franciscanos, Se alquiló para proteger el cargamento y ocultar su pasado y pobrezas. Llevaban al marrano que los protegiera a falta de ayuda del virrey y su tropa, aunque de este también se rumoreaba de su origen judío perdido en los laberintos del poder.

Después de todo el fray Sebastián había muerto en este convento y fue el que empezó con bueyes a transportar por todo la colonia.

-Nos reuniremos en Tlalnepantla para salir, en el Corpus Christi - la promesa de fanegadas de tierra había juntado a más gente de la pensaban. Las carretas de ocho bueyes solo servirían para la primera etapa del camino hasta Zacatecas en la senda que había abierto Sebastián, después, todo sería con las mulas y los tamemes que se alquilaban entre las postas y aduanas. En la última etapa dejarían atrás a los Chichimecas y se enfrentarían a lo poco que quedaba del los Apaches y Comanches en el norte.

-Hoy empiezan mis recuerdos- Se dijo a sí mismo y pensó en las gamuzas y cueros de cíbola sin beneficiar que le habían encargado las tenerías que estaban junto al convento en la puebla, era lo más preciado para empezar a comerciar porque aún tenían valor para vender a los citadinos después de tratarlas con la grana de Tlaxcala. El oro de la Cíbola que nunca apareció y los demás cuentos eran para engatusar recién desembarcados, para ir a buscar las riquezas que ya eran un mito, eso era, al fin, lo que ellos querían creer.

Pasaron Saltillo y pagaron su respectivo recuaje -A real la mula- Las que venían sin carga pagaba solo un cuarto de cobre y los escudos de oro los escondían en los calzones para las emergencias y comprar la mercancías para el viaje, los tlaquehuales y terrazgueros ya venían pagados desde la salida.

El camino apenas es una vereda, la recua se ha detenido atrás del desfiladero. La reata de mulas está nerviosa, ya no hay posadas para descansar. Un indio en lo alto vigila que no invadan sus tierras más de lo pactado, aun dominan sus tierras aunque ya están más en el norte del rio, es invierno y bajaron de las praderas a refugiarse en las cañadas y beber mientras pasa el frío. Ellos arreaban con algunos animales y sus mujeres y chamacos, puros Tlaxcalas que habían convencido de ir a encontrar Cibola o al menos alguna de sus siete ciudades pero solo encontraban a los descendientes de los que habían ido antes de ellos a colonizar, pasando hambres y sembrando una tierra dura.

Las campanas tocan a difunto mientras salían de la última hacienda, se alborotaban las mulas que no se acostumbraban a ir atrás de la caballada, pero era necesario para esconderse para que no oyeran los resoplidos. Las diligencias ya no eran un lugar seguro para viajar y escarbar para esconder siempre era una solución.

Seis mulos nomás para llevar el agua para una semana cruzando la sierra, atajando lo más que se podía a los indios, eran los más engalanados aunque bien se veía que necesitaban un baño con lejía

Pararon la recua y se dejaron caer a las orillas de la vereda, llevaban leguas y leguas de polvo y camino encima. Los recueros estaban atónitos al ver venir una yeguada salvaje y cada uno se apresuro a juntar sus doce mulas y se llamaban uno a otro para contarse mientras aprovechaban para sacarse la tierra de sus abarcas

La capitanía tenía órdenes de dejarlos pasar a la gran chichimeca, solo les advirtieron que cuidaran sus cabellos y la piel de sus caras mientras norteaban, las dadivas permitieron que las mercancías no fueran declaradas en el repostaje, al fin el no llevaba más que ganas de sobrevivir, estaban felices dándole alas a su lujuria con los que sometían en el paso. Esta caravana tuvo suerte y paso sin ser violada ni molestada con el hato de mulas, llevaban sus biscochos y prefirieron no abastecerse en el paso de nada que pudiera ser un problema después. Al final la tropa era una recua también que trajinaba de una estancia a otra cobrando alcabalas, desgraciando familias y pasos regulares para joder parejo y no hay quien ponga orden para que no les cueste trabajo pasar, fue un trabajo fácil para el capitán Cárdenas

La arria de puras yeguas venía atrás del hato de mulas que salían a tropel de la cañada, como tratando de disimularse sin zambullirse en la arena del piso flojo de los arenales. Los zagales se acostumbraron a dormir arriba de su mula para cuidarse de los ataques de las gavillas que asolaban la región y no dejaban guarnecer las mulas  El único paso de recua es muy peligroso y los pujidos de los arreadores se dejan escuchar entre el atardecer y el látigo truena de vez en vez. Se convierte la fila en una caterva de mulas sin orden negándose a caminar más, presienten que los comanches andan arriba husmeando y preparándose,

-Esto no va a ser una guerra de flores-.

Un capitán con licencia casi en la alegalidad y servidores clandestinos traficados sin familia llegaron al destino a salvo. Extrañaba las cucharas de Cuba y la puebla pero en estas zonas inhóspitas también se comía bien, más sencillo pero bien. Aquí no había ningún sepulcro que visitar, y el velo que cubría sus orígenes ya no tenía sentido ocultarlo. Sintió la vieja llave dentro de su bolsa y sonrió recordando la maldición que cargaba de ser siempre errante

¡Ria! ¡so! ¡jo! ¡arre! Su alma está viva en esta tierra nueva…

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