20111108

Yo quiero despedirme así


Yo quiero despedirme así



Yo quiero despedirme así, hacerme a la mar por última vez en una muerte muy dulce. Se me hace difícil pensarlo, más, el escribirlo, pero así es. Porque sabemos que hay cosas que terminan, se acaban, son como los marineros que un día salen en la mañana de puerto, pasan las horas y los días y simplemente no regresan, se pierden en la boca del gran animal.

Para que esa noche, el puerto se vista de grandes fogatas que a manera de faros en las cimas más altas alumbren la noche sin luna, se aparenta tranquilidad pero en el fondo de sus callejuelas hay quienes lloran y se acongojan, aunque saben que el mar no perdona, se pierden en la esperanza y así se quedan, buscando ir al encuentro de algo que ya no se ve en el horizonte.

Y sus allegados se quedan lacrados en la vehemencia de las tormentas que pasan, y ven los cielos grises con los ojos circundados de lágrimas antes de irse a dormir, cansados de buscar velas en el horizonte y dedicarse en las mañanas a pescar a los recién llegados e indagar noticias de ultramar

Los niños salen en la mañana a la playa para buscar restos, saben que se quedan regados por ahí en las mañanas, sin dejar casi huella; un tablón aquí, una boya allá es lo que queda del naufragio y todo el mar es la urna en que ellos se quedaron inmersos al el agua y dejaron la vida a la fortuna del marinero, para morir entre el amor de una ola sin fin.

El servicio es a la orilla del mar, cerca de la capilla y acaba rápido, hay nubes de tormenta y truena el horizonte. Se quedan contemplando el mar, y sin culparlo sienten que la brisa es un fantasma, que cálido les susurra consuelo cuando las olas lamen la orilla y se juntan las sales del llanto y el mar.

Velaron al otro lado del océano, con las buenas intenciones en que ellos se bebieron la mar de una muerte solemne, y sin parafernalias, simplemente ahí están, en la mar de los desterrados. Juntos, en lo que extrañan los viejos marinos mientras sueñan con tormentas para olvidarlos, como olvida la mar, en los frutos de amores que corroen el alma en un paroxismo inútil.

20111029

Muertos 2011


El muro del panteón está cubierto con la enredadera de los chayotes que planto mi tata y en el piso, están las calabazas que se escurren por entre las tumbas, chonchas y verdes. Una vez al año, por estas fechas de muertos, mandaban a cosecharlas para echarlas en la tacha, sacarles las pepitas y ponerlas a secar al sol. Tiene el camposanto sus árboles de tejocotes por fuera y unos sauces llorones por dentro pero ni sombra dan. Es la verdad, y por eso nadie dice nada. Parras perece penando, igual que su gente y lo único que queda vivo es el camposanto.

-Y qué, tanto para aprender a hablar con muertos que ya no escuchan. Estamos en la nada, la pura nada que no existe y ahí se queda inmóvil mientras pasa-

Todos somos un público que se queda quieto, viendo pasar un cortejo fúnebre que avanza por las calles para internarse en el panteón, parece lo más normal. El cura ya espera en el portón con el acólito al lado, aburridos y asoleados bajo la sotana sudan su oficio. No entienden lo que pasa y dedicarse a esperar almas para disponerlas a descansar en la tumba… es algo bastante etéreo que solo se justificó cuando, después de la ceremonia bajaron la caja al hoyo y la madre quiso mirar por última vez al difunto y… ahí se quedaron todos. Observándolo sin siquiera poder cerrar el ataúd para dejar que el muerto descansara. Nadie se atrevía a dar el siguiente paso, a despedirse del muerto y salir panteón, se acercaban a la puerta y regresaban guiados por una fuerza extraña que les impedía seguir avanzando.

-Algo pasa, nada es real, tengo mal agüero-

Señaló con voz atiplada su viuda, mientras dirigía la vista a las torres de la iglesia que estaban como congeladas en la última campanada sin marcar el tiempo.

-Todo es silencio-

Y se dio cuenta que el tiempo estaba estancado, las nubes no se movían y los pájaros permanecían claudicados, inmóviles en las cornisas de la iglesia de Parras, como secos. Esperando, como aguardando por algo que aún no llegaba, mientras nada pasaba. Algo irremediablemente íntimo para lo que no podían salir y su querer se sangraba en los demás… aunque nadie opinaba diferente de la partida de las almas y menos aún sobre su destino.

-Están desatadas todas las ánimas, por eso no las jayamos. Vamos a rezar con ganas y ver qué pasa, para buscarle, pues si no, nunca vamos a acabar con este difunto-

Dijo el cura, mientras se acomodó el libro de rezos bajo el sobaco humedo y se quedó viendo al doctor. Venía con su enfermera al entierro y ellos opinaron que no era algo real lo que estaban haciendo, se abrazaban y tiritaban como pareja

-Para la resurrección hace falta la muerte, y para mí que este cabrón no se quiere ir, está esperando algo o algún nahual la tiene preso-

-¿No será tan sencillo como morirse y ya? Su pinche nahual, no lo deja. Qué diablos hacemos aquí esperando, ya son tres días. Ve sus ojos ya secos y marchitos-

Dijo, observando al muerto y haciendo como que buscaba algo en los alrededores pero solo se quedó mirando sus zapatos llenos de tierra de tanto dar vueltas

-Pues no creo que resucite como El Señor, ya son más de tres días. Es más, ya empieza a heder-

-¿Y cómo no nos iba a renunciar? Si ya era puros huesos y ganas de vivir los últimos meses-

-Si cabe el muerto en la caja… ¡ya no está vivo! despachen a su alma a otro infierno, al menos cierren la caja que ya no soporto verlo-

Dijo algún presente ya muy molesto, que ni tenía vela en el entierro, pero tampoco podía salir del cementerio, ni se atrevía a cerrar la caja para poderse ir

-¡Que alguien le empiece a echar tierra! Me gusta pensar que ya no se saldrá nunca de ahí-

-¿Cómo podemos saber que no estamos soñando?-

Dijo otro mientras se pellizcaba y simulaba dolor para verse desfilando hacia la puerta sin poder salir. El curita, que era nuevo en el pueblo nomas se achicopalaba y se andaba haciendo buey, disque rezando entre las tumbas y echándoles agua bendita con el acólito, iluminado por un cirio que parece no tener fin. No podía ni cruzarse a la sacristía del templo, se acercaba blandiendo el hisopo ya seco, como amenazando al cielo.

Lo único cierto es que la tumba permanece abierta, algo oculta de un sol que ni calienta ni se pone entre los dos árboles de manzanas panocheras que este año dieron de a madres. Mientras, se parten entre su sombra y el alma del muerto que se niega a salir del cuerpo, para mantenerlos a todos atados al funeral que no termina, aunque ya han pasado días. Los deudos ya están entre nerviosos y desesperados, pero el cuerpo está incorrupto, absurdamente radiante se mantiene sudando una serie de gotitas, como de rocío, que perlan su frente. Y la humedad es síntoma de existencia, vida que no es ser cuando que se transpira en pedacitos de cielo y eternidades. Se acerca al agujero para observar fijamente el ataúd, buscando algún inexistente signo de vida y lo trata de cerrar mentalmente pero sus dedos nerviosos no le obedecen. Un vahído espeso y oloroso se desprende en ese momento del cuerpo muerto y hace que las gotas que perlan la frente del cadáver escurran. Denso y lleno de sapiencia, el regüeldo flota y se coloca entre los deudos, que ya reniegan de serlo después de una semana de penurias, ahí sin poder terminar, esperando que se vaya el alma para ponerse a llenar la fosa. Uno de ellos, el más valiente, toma un puño de tierra que avienta encorajinado sobre la frente del compadre muerto y al grito de

–Vámonos, que el mole se pasa-

Pero la tierra se desvanece en polvo antes de tocar el cadáver. Se pone el saco como quien se dispone a partir con lo que queda de su planchado. El ambiente tenso de todos es más que sombrío y apesadumbrado y toma su pañuelo para evitar el hedor. Estaba acicalado para el duelo. Pero después de una semana de malpasarla, encerrados en el panteón, para intentar despedirse del alma y atreverse a acercarse para escapar, para abrir el portón del panteón quedo hecho un andrajoso. Las puertas del panteón crujen, las hojas se apartan pesadamente sin que nadie las empuje y se observa una calzada bien ancha que se deja ver enfrente iluminada, pero no va a ninguna parte. El más osado, llega al frontispicio y aunque está abierto se queda ahí parado sin cruzar el umbral, esperando por los demás. Nadie lo sigue y él; no se atreve a cruzar la puerta. Se queda viendo las huellas de animales que pasaron todo ese tiempo

-Ahí pasó mi nahual-

Y ve que su huella es profunda. Guardar tantas almas dentro del camposanto… es el amor adultero del nahual, que no sabe escoger y se los llevó a todos. Ellos no lo saben, se fueron para no regresar, son como la última malacopa, la que no debimos tomar.

-No pienses en la muerte, ¡tú eres la muerte!, todo Parras está muerto-

Desde las bardas del camposanto observan las calles vacías, las casas cayendo a pedazos, los árboles secos de la calzada y una torre, es lo único que queda de la iglesia que ya sin campanas, callando llora sus glorias



Ni modo, el que no oye es como el que no ve...




20111014


Arreando mulas



-¿Y ese quién es?

-Gervasio, el arreador. El mugriento que a las cuatro de la mañana de todos los días, nomás se arremanga el pantalón y se echa encima un café negro con su pan. Saca las mulas del encierro y las parea “porque cada una tiene su lado bueno”. Se fija su morral al hombro antes que salga el sol, y sale con todo lo que necesita para encarrilarse al monte. Ahí se va, pisando la tierra cuando todavía esta fría para que no le arda el camino-

A eso se dedica, a arrear mulas. Todito en él, es bien poco; su litro de pulque, tres tacos de tortilla y un aguacate por recaudo. Con el machete a su izquierda y el fuete a su diestra se calza el sombrero, se arrima su cobija y se pone a arrear el atajo. Irse a bajar la sal de los llanos allende las tierras negras, al cerro del Tecual, es su obraje, es su tarea traerla seca y limpia para mercarla a los noqueros que preparan las pieles que salen del rastro.

-Oye tú

-Si te hablo a ti, ni modo que a las mulas

Pero sigue como si nada, es más sordo que una tapia y vive platicándose solito y sin oírse. Parece un beato, siempre musitando cosas que solo él entiende. Y si algo aprecia es la soledad del camino con las animales, más que mancomunado con alguien. Solo él y sus mulas pintas, con las nubes de polvo y moscas revoloteando alrededor. Y siempre cuidando la carga, manque se le viniera el cielo no se le moja la sal porque la traiba bien tapada y hasta que no las pone en la artesa llegando, no descansa.

-¡El infierno te queda corto!

-Gervasio, ¡no te hagas buey!

Y el camino se hace más corto cuando ve como lo saludan al pasar y se ríen, y el tan como si nada de cómo lo chotean, sigue en sus pensamientos. Tronando la fusta y avanzando en el trajín, en la tranquilidad de quien no entiende. En el pueblo lo ven pasar de al diario, cuando nació nada más le pusieron las aguas del socorro para ponerle el Gervasio, creían que se moría del parto con su madre, de prematuridad. Por eso así se quedó, así; sin bautismo con señor cura y todo re lleno de marcas en el cuerpo por la chinga que fue que naciera y con la boca pegada a la pared. Dicen que no se quería salir de su madre manque estuviera muerta y después, quesque se quedó sordo a propósito, para no enterarse de nada. Él no era de aquí, dicen que porque nunca lo legalizaron y el agua que le echaron no era de la bendita, por eso se veía re enclenque. Pero era mejor que nada ese bautizo, por eso se quedó flaco de por vida y sin aigre. ¿Pero y qué?, la bebía o la derramaba

-Gervasio, ¡hay te ves, mula desorejada!

-¡Chíflales que se te quedan!

Y ahí se va muriendo solito y día tras día se cuenta a si mismo las mudeces que solo él se entiende, un día se dio cuenta que se largaron sus hermanas y ni siquiera se quedó con quien le arriara. Ya andaba medio muerto del espíritu y, eso sí, aguijando las mulas de al diario y comiéndose los alacranes que se encontraba debajo de las piedras. Nada lo afectaba, nadie lo pelaba solo los chamacos que apedreaban las mulas cuando pasaba el caserío de donde las cañadas empiezan.

-¡Cuantas mulas y yo sin fuete!

-¡Ahí se ven!

Y el chasquido del fuete y la funda del machete era lo que le daba a respetar. Y no es que no platique, ¡es que no entiende nada! y nomas le gusta andar lleno de polvo por las veredas contándose historias él solito. Ya se ve, no es ningún coyón, ¡hay van tres muescas en su funda!

20111012

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Corre la cortina



Cuando apareces ¿Qué decirte que te consuele? Y escribirte ¿Para qué? Si veo en mis notas que nunca sé cómo empezar, y cuando las releo no sé qué te dije. Demorarme en ti es un bálsamo en que siempre eres lo mismo; una actitud de entrega y una sonrisa.

Pero hoy, no. Te acercas al ruedo de a pocos y le das un par de vueltas antes de resolver a entregarte. Abres la puerta con esa llave mágica de tu erotismo y, poco a poco, reduces tu ropa a su mínima expresión. Solo te quedas con un par de prendas minúsculas que coquetas cubren la pubertad y tus pechos, erguidos por el fresco.

Ahí están, solo son esas pasiones depravadas que hacen infeliz a la gente. Y ¿sabes qué?, si te toca, aunque te quites, y si no es tu hora, aunque te pongas. Ahora que todo es desconocido, denso, indiferente… tiemblas: Tienes una inquietud que te cuesta trabajo disimular. Tu cuerpo ya no es lo de menos, es lo de más, porque ahora tu anticuada voluptuosidad se convierte en una colección de zanjas y bordes que tiritan, te rodean sin dejarte ser.

Tus manos se estremecen mientras te acaricias, primero el rostro y después tú desnudes. Caminas, avanzas, uno dos pasos. ¡Decídete a hacerle caso a tu rebeldía y grita!

-¡No!-

¡El agua de la ducha aun sale muy fría! regrésate a la cama y espera un rato a que caliente el día.
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20111008



¿A que sabe el otoño? A inmenso. Sí, es toda una recolecta de sabores y sombras del fogón, que son joyas ocultas entre colores y texturas escapadas, para poder ser degustadas de a poco, en un convite casi sin fin.

Los hombres se alimentan de dinero y poder, los dioses de colores, olores y sabores. ¡Y la que se armó! Nos homenajearon celestialmente Beatriz y Friedhelm. Primero una maravilla de texturas y aromas en el mousse de ostión rodeado de los verdes y morados de las hojas de lechuga. Las uvas perfectamente enfriadas entre anís para el cambio de tiempo. La sopa de nopal, exquisitamente mediando los ácidos y la sal. Navegada por la pira fúnebre vikinga, que en este caso… fue de oaxaqueños chapulines navegando en barco de maíz y aderezada por flor de sal marina (¿La silabaria y el mar?). Y el plato fuerte, entre los tonos escondidos del blanco y negro del arroz con los últimos rosas del piñón. Todo contrastando en la envoltura verde obscura de la delicada presencia de la Hoja Santa, esperando su lugar junto al filete dorado para los adorados de Bea (¡Que no son los aDorados de Villa!), que veía su exterior alineado con tocino del que aún sabe a tocino (no al bacon gringo que se usa ahora) y los negros sabores de las especias. Todo esto entre amarillos profundos de aceite, obscuros de pimientas, que le dan paso y aderezo a la guarnición. Son  tallos de chayotes formados uno a uno, como huestes de Villa, uniformados de calzón blanco para la batalla (¡Una cruzada perdida de antemano! No quedó uno vivo).

Y el postre, mmmmm, para invitar y convencer que no se olvida nada a los amaneceres caminando en que Bea se escurre planeando hasta el último detalle. Que se culmina en una corona de crema batida y guayabas ajuaradas por las campechanas miniatura de las monjas de la cinco oriente. Eso sí, ¡La perfección del café fue mérito del metódico temperamento teutón de Friedhelm!

Y así, magnifica y esplendorosa, se escurre por la ventana la tarde. Entre la plática amable y el último rayo dque luz forzó a los fuereños a tomar carretera, cuando anochecía entre ardores irracionales que tienen una fe insensata en el amanecer y recuperar el cuerpo. Ese rejuvenecer que es el objeto último para el mantel inmaculado (bueno, ¡por un rato! hasta que el vino, se desparrama gracioso en el lino exquisitamente almidonado que cubre la mesa)

Y ya después, en la tranquilidad de la noche me puse a ordenar tantas ideas. Trataba de imaginar la vida sin esas fiestas o sin compañía (vete pobre, pero no te veas solo ni enfermo), sin el sueño ni las fantasías en que asendereado, me paseo por la cama. Esperando que aparezca el mago de los sueños, expectante, nervioso.  

Bea nos lastró para mantenernos atados a las sillas, pues de otra manera abríamos levitado entre tantas sensaciones. Como el sentirse acuchillados por el espíritu de Obregón y saber que por suerte, no apareció ningún Toral a deshacer la fiesta (¡para suerte de Bertha! Que esperaba ansiosa noticias de su tía).

Y así pasó lo que pasó, esas cosas suceden, somos pupilos aprendiendo a disfrutar la comida y lo que sigue, paladeando la mezcla de sabores y personalidades de los convidados. Desde la lucida mente educada de la historia de Pedro, o la plática amena de Jaime, las anécdotas de la política de Toño, que ahora no vino como senador de la republica sino como comedor del fogón de Bea. Y qué decir de la mente educada de Reyna que nos deleitó con su sonrisa franca y sus anécdotas y experiencia analítica (La vida en pareja se puede decir que pasa por 4 etapas, la parte impetuosa cuando nos conocemos, la etapa reproductiva en que crecemos y nos hacemos más, la época que ansía por tener dinero y atesorar para el futuro y la última, donde queremos compañía y piojito. Ahí nos quedamos en la plática que después derivó en la coincidencia de las tortugas y los peces con Bertha ¡Que se las sabe todas de ese tema!).

Las amables atenciones de Bea y Friedhelm que se desparramaron en el convite, y así; sin diferencia entre comer y el quererse, el mismo deleite y pecado. Que se debate entre el hacer y el dejar pasar. Ambos a la carta, escogiendo y combinando sabores, texturas y colores que se arrastran para descubrir el fogón. De calores inmensos y flamas de colores que adornan la carta tan elegante y precisa para no estomagarme antes de decidir por empezar el primer mordisco. Porque este es lugar para la voluptuosidad de la comida y la amistad.

A lo más, la antojadiza muestra de sabores que se quedan impregnados entre fuente autista del blanco del mantel, impredecible liso y alisado por la plancha y el almidón, la mesa desmantelada que ahora es una incertidumbre menos. Navegar entre la adrenalina de los platos calientes, que sin sobras antojadizas se guardan después de una semana de abstinencia, en la fuente autista del blanco del lienzo impredecible. En la alacena que guarda las vituallas para la próxima batalla. Que ahora nos quita una incertidumbre: “Entre los peces el mero; entre las carnes el carnero; de las aves la perdiz; y entre las doncellas, Beatriz”



Gracias mutuas: Beatriz y Friedhelm, Pedro y Reyna, Bertha y Manuel, Antonio, Jaime, y Enrique (en ganas)

20110925





Dolce non fare niente; porque las ideas, después de habladas, se van al cerebro


Aquí, aquí mero es donde están las distancias para que los tiempos pasen y se sucedan: Lorena empezó por tomar café entre las tardes de sol y el calor del verano, siempre en la misma ventana de la misma oficina. Mientras bajaba el calor del mediodía, cuando se preparaba el fresco de la tarde y el hachador cortaba vientos y suspiros para jugar el aire claro, atesorando lluvias y chasquidos que me huelen a rancio mientras arrastro los pies. ¡Puras vergüenzas sudadas en batallas campales, polvo y silencios! Aguanta un poco, que sobra quien agarre las lastimas ajenas, a esas, las dueñas de mis ojos. Fatigo mis huellas nómadas en la arena y termino por arrastrarme lastimoso como ancla, hay emociones oscuras encarnando para escurrirme entre las rendijas del suelo, goteando como el desamor. Pasos iguales a los que dejó de muestra el nahual en la tierra que me rodea.

¿Por qué todo es silencio? Es la pregunta, yo siempre estoy en el bosque, acurrucado entre los árboles. Cada vez es más el ruido verde desde el fondo, sin darme mucha cuenta estoy dale y dale la vuelta a los rancios demonios que me persiguen ¿Por qué dialogo con las tapias y los árboles? Vine aquí a encontrar paz y no... Si, bien sé, hubo un tiempo en que todos deseamos ser ella y Lore gritaba desde el atrás su condición de nido, y se conformaba con su carácter de deidad en rama florida de una congregación congelada en tres.

Me di cuenta, de repente, que las personas que pasaban, me observaban. ¿Por qué? ¿Cómo el azar puede ser objetivo si tiene años fraguando la venganza? Un brete; eran tres billetes de cien, pinches trescientos pesos muy relajados de la culpa que era solo un salvavidas para justificar esto. Tres años, en una palabra de más en que no había razón para tomar un desvío que fue a tajarme al centro. El camino ya de por si se acababa pero había que concluir, el rumor del adiós no terminaba de ahogar la lucidez del momento. Y si, ahí se me cruza en las ideas que algo paso y no ahora, que tiene tiempo de ser una errata. Es fácil morir por un apego, lo difícil es vivir en él. Entre lo artificial y lo artificioso que esta, justo en el medio (su zona pilosa, diría mi compadre).

Llegó y sucedió, cuando remató con vestirse sintió que algo faltaba. Olvidar que le daba vueltas en la mente tratando de ser recordado

-El negro me sienta hoy, visto según me siento-

-¡Axkan kema, tehuatl nehuatl!-

Apago la luz y se pierde en la obscuridad, el teléfono suena justo cuando el aprecio por las cosas se acababa, los amores permanecen y ahí están, en una obsesión por subsistir al frente, en la pantalla que dice más que mil palabras y cada uno en su banda se juntan el hambre y las ganas. Eso sí, desesperados por no poder ser y sabiendo que solo hay una forma de expresarlo. Pero no, no fue una despedida, solo un paso de lado. Porque el cuento que ella misma se escribió para tener que contar, era el de la infanta que siempre acarició ser.

¿Cómo hacer presente lo alejado? Si, lo sé, ¡En una extremaunción por miedo, o por venganza! Editada en una batalla cuerpo a cuerpo que muere, que deja espacios para la reconciliación y el abandono, que la hace crecer en el desahogo del tiempo y la holgura de las ideas que quedan intermedias. En un olvido que está tan lleno de recuerdos de gentes rotas, que ya son filigranas de una y otra vez. Es un abismo el que me deja la ausencia mientras sueño. Repartido entre lo profundo del olvido y lo hondo del chasco, calado hasta el fondo. Me enamoró a lo antiguo, clara y lentamente por razones que no tienen razón. La caída será lenta y ya no habrá nada igual en la dulzura de no hacer nada.


La fe es un don que me dio Dios para entender a las mujeres y apechugar… ¡Ah! Esta necedad de ser feliz, ¡cómo me apabulla!  Y todo es estar en el paraíso por un tiempo, antes que el diablo se entere que he muerto y yo pueda separar su cuerpo de mis emociones, no de cariño, sino de súbdito

20110901




Mi cuata



La vereda siempre es igual, ¡Vaya! Toda llena de polvo y parajes siempre rebuznados de tan cansinos y secos. Salimos de amanecer y dejando puros deseos enterrados entre los surcos y buenas razones marcando el camino de los bueyes que van y vienen, día tras día nomas estornudando su cansancio. Y ahí lo vi venir, acompañado por una parvada de cuervos graznando, lo único que nos quedo fue cruzarnos. Ni modo de echarme al monte y esperar que nos venadeara, porque de tan deslumbrados se me cegaros los ojos y no puedo dejar de preguntarme por las nubes, estos días entresacados de mayo tan soleados y secos.

-¿Hacia dónde van?-

Preguntó, como si nos conociera o como si hubiera muchos lugares pa donde jalarle. Para acomodarse después el sombrero, fajarse y dejarse ver que venía armado. Una escopeta cuata que se asomaba del saco, y era puro oxido con ganas de que algo se le pusiera enfrente.

-Donde los Guzmanes-

Y el plebe del malandro puso cara de que no sabía, ni quería guiarnos. Agarró su morral y se echó de lado para dejarnos desvirgar el sendero. Era una pendencia permanecer ahí viendo como destilaban demencia los sauces llorones de adelante y las tapias de más allá, cada vez más derruidas, se derrumbaban.

-Creo, de tener fe- Y fue el escogido para irse. Ya estaba tocado, nomás alcanzó a tomar de su alforja una botella y se saboreó un trago puntual, para quedarse pegado a la tierra con el aliento fresco.

-No hay prisa para jullirse, esto es una jaula abierta- Quién sabe cómo, pero faltaba más, ahí vamos sin levantar la vista y cubriéndonos del sol. La gente se muere donde sea y ahí atrás lo dejamos tendido sin nombre ni cruz. Entre los carrizos para que se lo festejaran los cuervos se quedó, y ¡Que Dios me lo perdone! pero questa va guardar silencio. Al fin que se nos va a retoñar silbando en las cañas, ¡Qué bonito! Y yo voy a calarme su escopeta. Si el pendejo la traía descargada, ¿Pa que la enseña? Nomás para quedarse ahí sembrado y esperando su vela.

20110831




Pequeña



Era tan chiquita, tan angustiosamente diminuta, llena de perfumes y de los holanes que solamente una vez se dejaron llevar por mí. Era ella algo más que un semáforo en rojo, un café con alguien sin nombre o una soledad.

Era tarde, poco antes del anochecer, volví la mirada hacia el horizonte mientras conducía por la ciudad, como si las nubes fueron más antiguas que todo lo que había, era necesario investigar y llegar al horizonte, me incliné sobre el volante y traté de obligar a mi mente a dejarse llevar ligera, pero no era fácil, era mucho más sencillo tratar de recorrer el asfalto en un paréntesis de calma, abrí la ventana y prendí las luces, los instrumentos del tablero le iluminaron el rostro de un color tenue y surrealista. Conduje hasta la autopista, paramos a cargar gas y mientras, yo caminé hacia la cafetería. Ella prefirió quedarse en el carro.

Tan pronto me alejé agobiado del limbo de su presencia, me di cuenta que habría que seguir en una impaciencia contenida. Salí lentamente con un café en cada mano, toda la tarde se inunda de una luz de sol poniente que obliga a los colores a envejecer, no me importa el reloj. Me dejo llevar al auto, salgo de la estación, aprieto el acelerador con más y más fuerza, y le pido regresar ¿Cuál es su respuesta?: -¿En qué estás pensando?- Y solo habló para ventilar la boca. Llego a la ciudad sin ver la primera luz roja, me pego al freno y retomo el control para estacionarme afuera de su casa. Ella, como si nada y sin bajarse me lleva a morirme un poco, solo un poco. Antes de bajar del auto me mira atentamente sin verme a los ojos, con una inescrutable sinceridad, como si yo no existiera o fuera un ermitaño, obscuro y sin nombre… ¡Lo soy, y así me siento!

20110830




El enamoramiento ajeno





¡Aúpa, que amanece junto al Cuexcomate! Aguanta un rato, que yo aguardo despierto. Dale tiempo al fogonero de encender el Popo para conseguir indivisas esas nubes blancas, que a diario nos bendicen después de orearse, tan presumidas, en el pecho de la Iztaccíhuatl. La Malinche sueña, todavía no se despierta y el Citlaltépetl anda espantándose las nubes, les pide avanzar para dejarme ver su estrella, que tan brillante, se sostiene de la obscuridad. El tiempo se arremansa en un azul intenso para, ansina, dejarse comprender de sopetón. Por entre el callejón de colinas y desfiladeros, con la luz del sol arrastrándose entre el valle, trazando sombras como alebrijes en el campo. Mixtli no es un paisaje que solo transcurre y se liga todo a las contingencias del viento. Es lluvia que se escurre e irradia la mañana, una estela que baja de noche desde el cráter quemando el bosque y desgranando los pinos. Ellas hablan conmigo y se empatan, pero ahora no, desde ayer se desmayaron de ese calor de la tarde tan pegadas a las lomas y sin llegarme a quemar, se quedaron cubriendo las cimas en ajustado ciño. Y para cuando reaparecieron en sí, ¡Que carajos! ellas seguían ahí, y sé cómo le gusta allegar sombras y juntarse con las penas para atajarse en mí obscuridad y abandonarse al viento, impalpable, que transcurre perezoso. No es mando, es autoridad la que ejerzo sobre mis cariños, o al menos eso creo mientras veo como siempre viaja dirección a sus ríos y la guía el olor de la tierra mojada transcurriendo en un menjurje de cosas que se suceden. Camina y su sombra se ve eterna apareciendo en las cañadas y atisbando entre en los pozos de agua que se desbordan. Un mejunje que esta de oferta con esas masas herederas de primitiva hechura, agua niebla sol y viento, eternos. Y como ¿Para qué manifestarme si estoy tan conforme aquí, en la brevedad de mi celaje y en la absoluta inconciencia? Se quedó una silla vacía, un sitial con una mesilla y un libro marcado con una hoja doblada en la mitad, un capítulo tachado a lápiz que muestra que ella estuvo ahí, y se fue a concebir el amanecer y ver llegar la jornada. ¿Y, va a regresar? y si no ella, alguien más a cuidar cuerpos, porque las almas se curan acompañadas en sus entenderes. Todos se van entre lagunas azufrosas y ríos serpenteantes, prestos y bajando del cerro, bien colgados de frutas maduras que son un gozo acarrear, para endulzarse en el jardín. Chorreando miel, ponerlas junto los libros que atesora y aturde por un tiempo al sol su dulce mientras ruedan, hasta que se le pasa el tiempo y lo retoma en la marca.





El enamoramiento ajeno







¡Aúpa, que amanece junto al Cuexcomate!

Aguanta un rato, que yo aguardo despierto.

Dale tiempo al fogonero de encender el Popo

para conseguir indivisas esas nubes blancas,

que a diario nos bendicen después de orearse,

tan presumidas, en el pecho de la Iztaccíhuatl.



La Malinche sueña, todavía no se despierta

y el Citlaltépetl anda espantándose las nubes,

les pide avanzar para dejarme ver su estrella,

que tan brillante, se sostiene de la obscuridad.



El tiempo se arremansa en un azul intenso

para, ansina, dejarse comprender de sopetón.

Por entre el callejón de colinas y desfiladeros,

con la luz del sol arrastrándose entre el valle,

trazando sombras como alebrijes en el campo.



Mixtli no es un paisaje que solo transcurre

y se liga todo a las contingencias del viento.

Es lluvia que se escurre e irradia la mañana,

una estela que baja de noche desde el cráter

quemando el bosque y desgranando los pinos.



Ellas hablan conmigo y se empatan, pero ahora no,

desde ayer se desmayaron de ese calor de la tarde

tan pegadas a las lomas y sin llegarme a quemar,

se quedaron cubriendo las cimas en ajustado ciño.



Y para cuando reaparecieron en sí, ¡Que carajos!

ellas seguían ahí, y sé cómo le gusta allegar sombras

y juntarse con las penas para atajarse en mí obscuridad

y abandonarse al viento, impalpable, que transcurre perezoso.



No es mando, es autoridad la que ejerzo sobre mis cariños,

o al menos eso creo mientras veo como siempre viaja

dirección a sus ríos y la guía el olor de la tierra mojada

transcurriendo en un menjurje de cosas que se suceden.



Camina y su sombra se ve eterna apareciendo en las cañadas

y atisbando entre en los pozos de agua que se desbordan.

Un mejunje que esta de oferta con esas masas herederas

de primitiva hechura, agua niebla sol y viento, eternos.

Y como ¿Para qué manifestarme si estoy tan conforme aquí,

en la brevedad de mi celaje y en la absoluta inconciencia?



Se quedó una silla vacía, un sitial con una mesilla

y un libro marcado con una hoja doblada en la mitad,

un capítulo tachado a lápiz que muestra que ella estuvo ahí,

y se fue a concebir el amanecer y ver llegar la jornada.

¿Y, va a regresar? y si no ella, alguien más a cuidar cuerpos,

porque las almas se curan acompañadas en sus entenderes.



Todos se van entre lagunas azufrosas y ríos serpenteantes,  

prestos y bajando del cerro, bien colgados de frutas maduras

que son un gozo acarrear, para endulzarse en el jardín.

Chorreando miel, ponerlas junto los libros que atesora

y aturde por un tiempo al sol su dulce mientras ruedan,

hasta que se le pasa el tiempo y lo retoma en la marca.

20110820


Flejo






“Un poco de respeto” me dijo un día mi reflejo en el espejo, “Limpia al menos el cristal” me increpó “¡Mira que cara tienes!”. Calla, que no tienes nada que contar. Tú dependes de la luz, la apago y te desvaneces. Tú, dependes de que yo esté frente a un espejo para verte claramente, nunca serás más que un seudónimo. Confórmate con ser reflejo porque nunca tienes nada que contar y solo recúsate porque te impugno. Dependes de mí y te cuelgas de mis actos y solo yo te motivo a aparecer, para ser un descerebrado que me imita todo al contrario. Si voy a izquierda tú vas con la derecha, con el peso de la memoria encima del costo de la culpa. ¡No soy tu cómplice! Y me castigas por eso al límite de la razón. Aquí no hay química ni comprensión, solo una imitación y un espejo turbio en que actúas imitando. Que nadie remueva a un muerto que descansa deambulando como flejo detrás del espejo. Calcando con una voz tenue e irreal que demente se desdobla. Que quien sabe dónde lo tiene atrapado mientras entro con los ojos abiertos al huésped de mi cuerpo, que se esconde en un inconsciente, ¡no, no estoy solo! Y no sé si está ahí porque me quiere o solo me tiene lástima, verse en el reflejo es un modo respetable de saludarse uno mismo. ¡Asústame panteón!, quiero una puerta, una puerta para dejar salir a todo lo que permanece insondable en la superficie de una imagen inversa que es yo.



La mañana siguiente, ordené mi cremación. No quería que por ningún motivo, un espejo, ni siquiera un cristal me trajera a Flejo para contradecirme mañana, ni nunca más, cuando ya no pueda defenderme. Yo, soy lo mismo, pero al revés.



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