20120609

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Lo ves, ¡Quizás para primavera!



-¿Lloras Victoria?- Una luz le ilumina el rostro y deja que se diluya mientras voltea hacia el público.

-Antes muerta ¡Llegó la ambigüedad!, recuerda que las personas felices no tienes historia, ni recuerdo- Sobre el pecho tiene un relicario, el cual abre para perderse dentro de él.

Todo esto es un teatro tan ritual y perfecto que escenifica algo que empieza con un monologo, ¡hay que contar un cuento! y recorro el espacio disponible; es suficiente para montar toda la obra. Desde las gradas, ordeno apagar las luces y el escenario se vuelve intransitable, son unas tinieblas que inspiran. Se hace la luz, el ambiente cambia a mi capricho, ya es otro el espacio en que mujeres con miradas lánguidas se aprestan a entrar al foro y la voz que habla no tiene rostro, afirma y descree razones al tiempo, solo es la palabra del autor que se desvanece mientras entran los actores y yo me hago pequeño para observarlos entre las rendijas de mis dedos que me ocultan el rostro. Con esta iluminación es importante enfocar, un rayo de luz delinea tu sombra sobre el muro del fondo y sirve de escenario, no se en que momento veo que solo es un recorte de cartón que simula tu silueta.

Porque mientras sobre las tablas están los exteriores de la obra y los ruidos de fondo deben ser los de un parque cerrado de arboles con grandes sombras, en la mente debe quedar grabada tu silueta, entallada entre luces. Al frente se encuentra una banca de jardín y se ve una mujer que camina sobre un prado verde, que en realidad es la madera del tablado, dialoga con ella misma cuando sale todos los días a rezar su misterio, pero se encuentra con un sendero nuevo que no sabe a donde va, o si es gozoso o doloroso y al transcurrirlo el tiempo desaparece misterioso.

Sale a escena con actitud estoica, hay una centena de dispuestos al drama a los que les parecería una obra unipersonal y una gárgola viva se asoma en el último palco. Pero no manida de ninguna fe ni miente: solo cuenta lo que recuerda, ella es la dueña del escenario y yo de sus palabras. Se planta firme a su costado y se convierte en solo una maleta con señas de haber viajado mucho, del bulto sale una mano que quiere empuñar sus palabras, las toma y se las lleva a la boca de nuevo para sellarlas y olvidarlas. Advierte un libro sobre una banca, es un misal forrado de negro, escrito en un idioma que ya no se usa y que algún curioso abrió antes al verlo abandonado sobre una piedra que se mueve a la orilla del camino, ¡Está viva, crece hacia dentro! Sopla y me cuenta cosas que no sucedieron y son reales, brincan las palabras y vuelan como pájaros en el jardín. A cada paso es más fuerte el viento y las historias adquieren sentido, se vuelven reales y me identifico con sus personajes, los puedo tocar y hacen sombra en el futuro hasta que me quedo hipnotizado. Así y todo, veo como el cansancio la alcanza y me duerme su adrenalina mientras descubro que trae un puñal clavado en el pecho (o, ¿será un adorno del vestido?). Yo a un costado del escenario, espero, sé que el ajuar que traen los actores será una ofrenda a Taos después de usarlo, no son ellos, los que visten así, son otros que solo actúan. Y durante buen rato ese camino será su destino mientras comparte pasos con desconocidos, que van al mismo destino huyendo de los mismos ritos. Los servicios están a los lados del camino y claro es una parada obligada, y se desvía. Sale del escenario, duda de puerta porque aun se discute sobre el sexo de los ángeles en los corillos y el aroma es a ceras y copal. Hago un recuento, ella empieza el día encomendándose para después mear perfume, solamente ella puede usar esa fragancia y oler bien. Y así empieza la obra, rezando por sus tropiezos y huyendo de sus abandonos en un baño público.

Regresé, el libro se había quedado abierto, compungido, sobre la banca del palco principal y ella, ya no vivía dentro de él. Traté de leerlo y ni siquiera en voz alta tenía sentido. Solo quedó un recado escrito sobre la última página, mismo que leí antes de que lo abandonara otra vez: -Yo, de mujer, quiero ser tuya- pero, en lugar de un cuerpo, solo tenía una pluma embarrada de palabras, lo dejo junto a mí, y me concentro solo en escribir, porque nada es real y solo me afana perder tiempo. Al fondo, sobre el escenario desocupado, un viejo con una pala está inmóvil y más que un jardinero, parece un sepulturero y solo tiene un dialogo en la obra –Leer, siempre leer. La lectura es el pasaje para una muerte digna, que sin historias que fundamentar, me lleve de la mano- Se sienta sobre un cajón y toca con los nudillos, como pidiendo que le abran.

Mientras, baja el telón, que más bien es un tul vaporoso y confuso. El viento que sopla desde la fosa de la orquesta lo mantiene ondeando. Así, un rayo de luz marca un sendero. Pero a mi se me ocurre otro final en el que apareces tú, como cuento que me deja verte otra vez y no se si eres perfecta o el libreto es tan pulcro que te deja inmaculada hasta la última página en que muero. Aparece la pala en el fondo del escenario, pero el sepulturero ya no está y, no hay quien cuente todo lo que no pasó. Mientras, de la caja escurre algo que huele como a tu perfume… ¡Un fiasco de obra! Y la gente sale indignada, la obra fue escrita para no ser vista.

Solamente una persona aplaude, desde el libro, sobre la última butaca. Pero una actriz que habla con faltas de ortografía me pide el pago de su actuación y me distrae, cuando la inquiero me dice en tono burlón: –Págame y no me cuentes tu vida, no tengo tiempo. Bien lo sé; esa tensión sexual te trae frito y anoche te acostaste con esa vieja historia. Encuérala de una vez por todas y veras como deja escurridas las mentiras entre la ropa, y así, tú… descansas. ¡La gracia es desvestirla!- Volteo y ya no está, se salió por la parte de atrás y corro hacia la salida, pero es inútil, ya no está. Cada escena tiene un actor, pero no cada actor tiene un papel con la alegre manía de vivir, en obscuros actos sin final que saltan del estrado cuando se encienden las luces. Se fue y aún está aquí porque sus diálogos podían musitarse o deletrearse, era lo mismo, de todos modos no decían nada.

-Como salgo de aquí 

-¿Adonde quieres ir?

-A ningún lado… ¡A donde no te vea!        

-Entonces, ¿Para qué quieres salir?

-Porque si estoy dentro grito, y si salgo lloro

-Hermosa primera verdad que llega con el deshielo

-Te haría el amor… pero no tengo mayoría.  Y esa esperanza me hace vivir más de lo debido ¿Para que arruinar esto?

-Te veo y siento la dureza de tu amor por mí y tu barbarie

Imágenes angustiosas entre delirantes e insomnes deliran vacías de significado, volteo cuando siento una mirada en mi espalda y ahí la veo, en el palco más alto con una luz tenue que la bordea y la hace etérea. ¡Es ella! Rodeada de siluetas negras que cuchichean y se esconden tras pañuelos y rebozos. Pero ya no quiero correr y solo le sonrío, ellas ahí siguen y se convierten en humo. La obra es la misma, las dudas cambian en cada función porque contar cuentos es como decir mentiras. Eso si, convencido de que queda una herida absurda que ni duele ni se ve.

Salgo a caminar, es día de fiesta, ¡es Corpus Christi! y los puestos despiden un olor mágico, atrás queda el teatro y nadie me acompaña, me doy cuenta que camino hacia ningún lado, repitiéndome ¡Suéltame!, miro y remiro pero no hay nadie del público entre la gente a mi lado, y los actores usan mascara de vendedores ambulantes. Ya es tarde, busco entre mis cosas y ahí está el misal, tiene una página señalada con la estampa de una virgen que no identifico, la marco con el dedo. Regreso al teatro, pero ahora es una pequeña capilla, muy recargada de adornos y colores en que las campanas llaman a difunto y cuatro ceras escurren al centro.


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20120515


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Escrito está:

Vengan a nuestra iglesia. En esta iglesia, no hay problema, usted paga y nosotros perdonamos. Nuestros androides de última generación están alineados al sentido común, son una maravilla de trato despersonalizado. Escoja uno y le brindara la mejor experiencia sensorial, que estará siempre basada en el perfil pedido por su madre para educarlo, sin regaños ni reproches, simplemente la sombra indicada en su cartilla natal. Recuerde que hace mucho tiempo, después de todo y antes que nada, ella pagó el programa que tiene usted asignado y es endémico, pero no incurable.

Usted, no está condenado, y no solo perdonamos, ¡Le creamos un nuevo perfil! en cómodas mensualidades y con tres, sí tres justificantes para pecados veniales y UN mortal… GRATIS CADA MES. Sean bienvenidos a este templo y siéntanse a gusto con un mes a prueba, sin cargo ni cargas, y recuerde que contamos con suficientes sucursales, para que se sienta usted protegido dondequiera que usted se encuentre.

Disfruten nuestros vitrales de colores cambiantes, siempre de acuerdo a su estado de ánimo; nuestras magnificas bancas de madera natural, conectadas al inframundo y canceladas por el obispo mayor y gocen de nuestras reuniones de pre-perdón y post-trauma en las que convivirá con siempre con lo más selecto de nuestra comunidad.

Agnósticos y ateos; sean lo que siempre desearon ser, estén donde siempre quisieron estar. Liberen sus culpas y prejuicios ventrales, aquí y rápido. Sus cuotas al día y ¡crean en lo que quieran ó… en lo que no quieran!
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20120512


Yo celebro, ella conmemora; en un texto fuera de contexto



El tiempo me encontró, estaba caminando afuera de la casa que hace las veces de mi guarida. El reloj se escurría atrás de mí y yo insensible me desliaba fuera de rumbo sin dejar huella en las baldosas. Y en esas estaba cavilando cuando ella, simplemente apareció entre las esquinas de un kiosco, en un callejón obscuro sobre su templete que la sostenía pulcramente lejos del piso. A lo lejos, parecía un ángel voluptuoso ondeando al viento de la tarde, con la cabellera suelta y una falda amplia de colores cenizos con los tonos de los adobes escurridos entre los muros del pueblo. Venía caminando con la frialdad de quien puede y sabe a donde, va ondeando su falda cual pendón y batiendo su bolsa como cetro para la batalla. Y claro que me sobrecogí cuando me cercó, yo siempre había sido un charlatán provocador ante ella, pero ahora me sorprendió porque nunca es lo mismo saber de una hechicera, que conocer a una mujer pérfida. Sus manos ya no eran manos, eran unas garras que me acercaban a un pecho que ardía en coraje y latía beligerante. Sus ojos ahora eran sopletes que me entregaban a sus deseos sin yo desearlo. Y sus labios, solo me pintaban un mar de dientes amenazadores, de los que se escapaban espumantes borbotones espetados, incoherencias aviesas con un tono de su voz desconocido para mí, que se volvió profundo, solo para sobrecogerme. Al tiempo que con un gesto hostil se echó la cabellera sobre el rostro, lo que obscureció aún más sus facciones y sentí sus ojos como dos puñales que me despedazaban entre sus deseos. -¿Y ahora qué?- No alcance a sugerir nada, además, no tenía opción (¡Yo y mis pocas palabras!) cuando ella, tomando la iniciativa y acercando aun más su cara a mi rostro, se despojó de los lentes obscuros con un gesto de desdén. Ahí estaban sus ojos flamígeros viéndome, rebuscando en mi alma. Y me susurró algo que no entendí, pero afirmé con la cabeza. Fue una batalla perdida, que yo celebro y el libro solo conmemora, ya me tenía entre sus garras y debía ser suyo por todo ese fin de semana. La alcance en el estanquillo, la observe, y en un éxtasis de recogimiento, abandono y sin más, solo con mi alma, me encarrile a poseerla (la leyenda siempre es un amor ingrato que se acaba). Nos enfilamos a la habitación, pero antes, pensé en comprar viandas para la batalla; chocolates, cigarros (manque no fumo) y algunos bocadillos ya preparados, que no ensuciaran la cama. Ya encarrilado la observe con detenimiento; la portada era atractiva, pero cuando leí la contraportada me emocioné aun más, ya sabía que me iba a poseer su lectura todo el feriado, extrañando el periódico u otras letras, este era un libro que prometía emociones en las que el tiempo se deslizaría lentamente.



La primera persona en persona, es el anhelo de esta escritura que solo uso para inflar mis ideas sin sustento, obscurecer tantas imágenes en tramas insolubles que inhiben el entendimiento cuando las revuelca mi mente en la prosa barata, que mientras más practico, más me envuelve en la opacidad grisácea de los atardeceres. Ando buscando que decir, algo que no sea el monologo escrito en imperativo íntimo de pasado impersonal, que con una sola idea mueve mi ánimo. Para poder hacerlo, debo ser un ente anónimo que se come a si mismo, en un susurro ignorado que lo consume entre los sueños anónimos que tendré  desde hoy… hasta mañana.



-Me llamó siempre “cariño”, tenía las manos largas y las ideas cortas, nunca de más de un párrafo breve y, si me lo permite señor alcaide; será muy fácil demostrar mi inocencia, yo no la maté, ni se nada de la víctima. Ayer terminó todo y yo, a fin de cuentas, ya estaba ingresado en el manicomio, pintando las paredes de azul y con la brocha, aplacaba mis instintos mientras disimulaba mis lagunas. Porque su nombre, para mí, siempre fue una tumba y tenía algo de niebla entre sombras. Pero que importa si yo siempre sería “cariño” u otro nombre, que no era el mio, susurrado de a poquitos-

Eran como las gotas de miel que se escurren desperdiciadas y te manchan -Lo que no te de yo, no te lo dará la vida- Lo de ella era miel que no disfrutas, son gotas de hiel entre sus palabras mal dichas. Después de tanta intensidad, llegó insulsa a preguntar la hora, ella sudaba y algo le escurría de la comisura de los labios, era la marca de un anzuelo que exigía atención, pero se empecina en vaciarse mientras sus viejos amores, se convertían en odios latentes e inequívocos ¡Que vivan las tortas de mole de guajolote! (Aunque manche las sábanas) Que es tan absurdo que solo puede interpretarse como un símbolo. Empiezo a tener miedo de ella, porque esconde muchas cosas en su silencio, pero no puedo quejarme ¡He vivido de su cariño! Y estoy seguro de saber imaginarla por algún tiempo más.

Miraba con naturalidad los halagos que pasaban de unos a otros sin pena, los toques fortuitos que teníamos y que le encajaba entre visita y visita a territorio comanche, en las que me presumía de su marido y traficaba su permiso de ejercer pasión, mucha pasión. Al tiempo me instaba a olvidarlo pero bien que lo traía impregnado entre las borlas de su falda corta y las pequeñas gotas que perlaban su frente, cuando se ponía nerviosa haciendo el amor y me recordaba que el buen querer, no se deja convencer nunca. Hasta que te desprendes de ti mismo, de las únicas palabras que te ensillan a ella. Siempre está ahí atrás, luminoso y radiante, listo para explotar al menor toque, porque sabe que se puede convertir en nada en un instante y lo único que lo une, es un poco de paciencia en la rara combinación aportada por mi misticismo y su realidad, en la que solo importa el estar cerca e inminentes como honrados milicianos en una batalla contratada. Y todo perfecto hasta que le dio por cambiarme el nombre, y no por el de su marido, sino por el del santo en la feria en la parroquia de barrio, que junto con el azar, tocó a mí oído como albur de fiesta que se concreta en un escueto –Algún día- En que hoy se entrena, para estar muerta en un panteón lleno de flores que controla mi subconsciente. Caminar por la noche fantaseando con la mirada perdida de su personaje que se transfiere de escenario, con la tranquilidad de quien domina la puesta en escena. Y siempre está buscando recuperar todos esos recuerdos que se pueden llegar a encontrar en la búsqueda personal de tantos anhelos que se quedaron en el camino. Rara como su sonrisa, de saber degustar un libro que te atrapa todo un fin de semana. Que yo celebro y ella conmemora.


(Son tres partes, 1 El enamoramiento del libro, que aunque el, para mi es un ella. 2 Una explicación de porqué lo hago y 3, Las notas de la crónica de esta lectura, apoteótica y sublime, en que mezclo la trama del libro, con mi experiencia en la leída sobre la cama, por todo el fin de semana)

20120507

El baúl de los haikus.....


La noche está aquí

Los ruidos se extinguen

Y el frío hiere



Por última vez

Junto al amanecer

Llegó radiante



Las lluvias de ecos

Que aturden al atardecer

Jamás serán voces



La raíz penetra

Enjaulando las piedras

Con gritos mudos



En el límite

Lo estrecha tan cínico

Más allá, la nada



Los vientos se van

Vil, pasa un hálito

Que al aire quieta



Fláccidas en paz

Flores como pendones

Flotan al viento



Hojas de viento

Jugueteando se apuran

Cerca del suelo



En suave alba

De tormentas perfectas

La luz se rasga



Las aves, sin viento

Todas, batiendo sus alas

Vuelan sin llegar



Las gotas rozan

Pétalos, arboles, aves

Con lluvia limpia



Escurre la lluvia

Tiñendo las cortezas

De manchas frescas



En mi derraman

Se disipan recónditos

Cuentos de bosques



El aire delgado

Se pasea entre  las ramas

Y ahí, se turba



Pasan y se escurren

Violentas e imprecisas

Nubes tristes de gris 



Halamos las raíces

Hasta que se vuelven ramas

Y florecen eternas



Bordan los cielos

Dejan la vía rayada

Aves como chispas



Ocres y grises

Pasean entre montañas

Restos de nubes



Una tras otra pasan

Se citan con la vida

Atrás de la sombras





Hojas de otoño

Bajan secas al bosque

Ya es silencio





Nadie duerme aún

El sol no puede ahogar

La razón ciega



Últimas alegrías

Nubes, sin rumbo se van

Hiriendo lomas



Las nubes alegres

Con embozo de cielo

Se pintan de azul



Miro su rostro

Un vahído inmenso

Que escupe niebla



Aquí estamos

Desternillados, porque abajo

No hay nada



Desternilladas

Grandes nubes se burlan

Del bosque seco



Los tiempos vacuos

En una arruga del viento

Sin pasar… se van



Los vientos pasan

Entre nubes espesas

Alegrándolas



Seducidos por

Nubarrones durmiendo

Van los pájaros



Nubes al borde

Presagian en su sombra

Un frio sosiego



Sin preocuparse

El ave alza el vuelo

Deja su nido



El mar se calma

Frescura que desarma

Silencios se abren



El ruido pelea

Al aire de mis palabras

Un cuento se crea



.    El viento fluye

Dejando un silencio

.   Entre las ramas



_   Un raro de azul

Cae sobre el amanecer

_   Desparramado



Rumiando mudo

Mis recelos guardados

Aspiro mi vaho



Fértil encanto

De sol, aire, lluvia, tierra

Deja esa joven



Falta un árbol

Miles de sombras tristes

Llenan su hueco





Vivo, soberbio

Presumiendo su imagen

Labra su pose



La hoja cae grácil

Hasta que hiere al piso

Entonces… muere



Deja su huella

Fugaz firmando el aire

Mientras perece



Algo ha huido

Se desliza sin prisa

En fugaz caída



Cinco mas siete

Y un cierre con cinco

Así es de fácil



Quien es feliz

No cuestiona razones

Ni ve tormentas



Se quedó vacío

Para colmar de brotes

Sus entristeces



Fosca sobre cielo

Sin más mirar que estar

Huye en silencio



Déjate llevar

Escribe el pre-texto

Que será final



Abriendo cofres

Corriendo cerraduras

Deja amar al amor



Abriendo cofres

Arrancando los cerrojos

Deja amar al amor



En un suspiro

Para soñar lo mismo

Dormitaremos



Con un vagido

Intangible y cierto

Nace una flor



Las olas se hunden

Solas desconsoladas

Yo, así… veo al mar



Sobre las dunas

Se nacen tan desiertas

Crestas sin luces



Llueve sin piedad

Truena el ruido al caer

Desamparado



Mientras caen lentas

Las frena sin tocarlas

Su suave aroma



Tan sin sentirlo

El tiempo pasa feliz

Entre las horas



Así, entre brillos

Se derraman las sombras

Atrás del Dios de luz



Tan entre nubes

Se derraman las sombras

Y cuelan los fríos



Chorrean agua los días

Mientras transcurren grises

Con precoz siseo



A darle, que es mole de olla

¿Y yo?

Qué decir si ya lo dijeron todo



Creo que al soñar

Se perdona el color

Duerme la vista



Va el tiempo asaz

Entre la felicidad

Ya sin transcurrir





Detrás los vacíos

Dócil, la flor se cierra

Del frio con sus hojas



Hojas la cobijan
Tirito de frágil flor
Que dócil cierra



Lejos está cerca

La nube al transcurrir

Lenta vive pronta



Silba el viento

Estremeciendo todo

La nube huye



Puesta de niebla

Con el fresco del alba

Despierta una flor



¡Cuantas aves al aire!

Las angustias del viento

Requieren sus alas



Llamando vientos

Se deja caer al aire

Lánguidamente



Mientras vuelo idea

Se van las plumas del ave

Con plan tan ocioso



Niebla que agobia

Tan cerca se esfuma

Que ¡lejos se ve!



Crece la vida

Feliz flor en tu seno

El tiempo viaja



Mujer; semilla,

Fruto, flor y camino,

Diario pendiente


Sin espacio el mar

Desiste en la playa

Su claro hervor



Veniales faltas

Dejan surco profundo

En la conciencia



Causes perdidos

Plantados en el borde

De verde hierba



El edén extingue

Lloros y penas abrumados

De mandas muy idas



Deja en claro

A quien deben temerle

¡Ruge tormenta!



Troncos huecos

Antagonismos rellenos

De orugas plenas



Él hubiera ¡existe!

Cercana fuga del ser

De su existencia



Ingenuo cielo

Echando todo arrojo

Al cubilete



Lejos del cuerpo

Mis brazos buscan tu piel

Sin encontrarla



Tremor cercano

Del ardor contenido

Anhelando salir



Lejos del tiempo

Sombras viajan mi cuerpo

Desamparado



En chapulines

Asados con sal y ajo

Mi poesía se va


Con gracia vacía

Se dejan ver en mi brío

Poemas sin chiste



Negro confuso

Pegada en mí muro

Noche sin rostro



Mutis callados

Rayos despojan cumbres

De sus memorias

                       

Corre siniestro

El tiempo sin sentido

Entre caprichos

20120428

Rendibú


Rendibú



Me quedo sentado frente a una taza de café. Yo solitario, una sombra anónima y vacía, rodeado de iguales que no me conocen. Y estoy así para poder ubicarme en el fondo de la taza, el cuenco donde se marean mis pensamientos:

-¡Gané, gané!-

Solo para quedarme absorto inmediatamente

-Tengo tu cuerpo pero sin su aliento, perdí tu respeto, mi dignidad, la manera de ser: pero eso sí, te vencí, ¡gané…! y es algo que me hace sentir bien-

Bueno, es cierto, al final, nos podríamos haber salvado los dos. Si hubiésemos dejado todo en la ilusión y disfrutáramos simulado que fue cierto, mientras el tiempo… pasaba y nos sosegamos. Pero… si ya te poseía, pues ¿Para qué te tomé?

Tomo el último trago de café y salgo de la cafetería arrastrando mi sombra, no tengo ninguna gana de llegar a encontrarte.

20120425

La velocidad, es una sensación.


La velocidad, es una sensación.



Yo nunca pensé que el destino me llevara a la reja donde ahora cuestiono mis recuerdos y me peleo conmigo mismo ¿Y qué son tantas memorias? ¡Solo ausencias presentes vertidas en su forma más sencilla sobre un café matinal! Distancias obsequiadas de tiempo, en que mis abandonos son parte de lo perdido. Eso es solo lo que se quedó a la mitad, ahí entre lo cierto y lo olvidado, allá donde siento como si el silencio me colmara sin hacer ruido y solo es el arrebato para mi deleite de café con leche. Mientras, bebo sueños y respiro placeres de aventuras contadas en su mejor recuerdo de pocas palabras, de tazas térmicas y tapas inútiles. Estoy en suspenso de lo que pasó, de como las cosas se suceden y hacen de pequeñas historias todo un cuento, que es una verdad diferente cuando estamos solos. Porque acompañados, tejemos las historias lejanas en puntos de agujas muy gruesas. El tejido quiere ser más cerrado y necesitamos tanta luz que no hay claridad que alcance. Quizás al final del relato. Descubramos que todos somos algo distinto, que yacemos en otro y que lo único que no es sencillo es tener respuestas y regresar al retruécano de la existencia. Porque la ironía es consecuencia de la sencillez y la tolerancia de nuestra humanidad, en que solo pagamos con la muerte mientras los recuerdos que son como rescoldos o asientos de café en una taza vaciada que se abandonan. Y estas, mis ausencias, son parte de lo perdido, eso que se quedó a la mitad entre lo cierto y lo olvidado. Siempre están conmigo pero no siempre me siento solo con ellas. Son rutinariamente aburridas y peligrosamente irritantes.



Esto es mi terreno pero fue ayer y ya no me acuerdo, estábamos dispares, sentados entre los dos dominios, su cafetería de caffellatte con galleticas y mi parque, de negro con dos de azúcar, bien cargado y frío. Con la reja que los separa en forma de taza (o, será un corazón) y me recuerda sus formas. El viento comenzó a mover las copas de los arboles, y las figuras sentadas en los bancos del ínterin empezaron a inquietarse, entonces un cortejo fúnebre atravesó la calzada que nos aleja y me llama la atención que entre los del desfile sobresale uno que canta. Una canción campirana que seguro le recuerda al muerto. Ellos ya no pueden platicar y solo les queda una canción para recordarse, pero el muerto contesta llevando el ritmo de la música mientras avanza y se ve como, los que cargan la caja se alinean y acompasan al responso mientras tararean la música y se pasan una botella disimuladamente. ¿Quién dice que una buena conversación necesita tema, y no puede ser un monologo, disciplinado, al borde de un dedal de café exprés?

-¡Qué quieres! Solamente tengo cariños encuadrados entre las baldosas del camino, me tienes encajonado en el tiempo encuadrado entre las aristas del espacio. Me visto para la faena, preparo todo y siempre resulta que se posterga en cada desmanicomialización, cada carcelero sale de trabajar y tiene a un celador que lo encierre en las noches, pero, quedarse de guardia en el fogón un viernes es tan pésimo que ni café hervido es tan malo. Ni ganas de prender fuego para calentarme un té-

Siempre fue así y nunca estaba ahí, solo está el sendero callado. Marcado por piedras inservibles me sella tus formas con las mismas líneas que son el principio de todo, dibuja el paisaje mientras nos encontramos con personas que queremos recordar, para entregarme a un oficio y amarlo, dejarme llevar por el tacto que te desabotona y me lleva a tantos vacíos tan llenos de pisadas anteriores, que se cruzan como victimas del tiempo en que yo escojo los daños, y estas bajas son como texturas que rozan mi cuerpo. Tu voz ordenada y serena se deja resbalar sobre la cabellera flotante, que entre las luces de la tarde, ansiosas se apagan por recuerdos de caminatas anteriores. Me senté y abrí el libro que tenías entre tus piernas para dejarme llevar solo por los olores del vaso junto a mi y las texturas de tu falda cercana, el tacto termina mandando, mientras, recorro con las yemas de los dedos las páginas. Yo, si quiero poseer tu cuerpo, tengo que pagarlo. Entregando el mio y aliñando el tuyo con aceites resbalosos, y si siento que algo me persigue, es solo mi propio pasado que no se resigna a perder su soledad entre este mujerón que eres y mis dedos siempre aquí, siempre en otra parte. Hay quien es en si, todo un vendaval que se desvía en el último momento de la costa.

Soy el secreto, que entre la fe y la razón se siente encerrado en su caminar, me platicaba al tiempo que caminábamos, los dos tomados de la mano, cursis a la antigüita, ella con su tunícula mínima y yo en vilo con mis nervios recorríamos el sendero en curva, lleno de bordes, matices y objeciones olorosas a flores recién regadas. Este es el camino más largo para cruzar la alameda, entre su café y esta banca donde aparque mi alma. Entre las sombras de los árboles que escondían las palabras de los vivos y sus raíces que se alimentan de penas de muerto que se escurren cuando alguien las camina en solitario. Ahora ya no hay tanta gente es sus veredas, que solo cimbran con sus pasos las raíces y espantan los pájaros y los recuerdos míos, nulos, se convierten en vacua presencia y vana compañía que sin vida propia, se arropa de mis penas para hacerlas suyas. Pero ella no puede llorarlas porque son mías. Para cuando salimos de la arboleda, ya era hora de comer, y decidió subir, llegamos a la cima y era demasiado alta, ahí me habló -Déjame bajar- pero no había más que resbalar para llegar más rápido y ahí se veía el tentadero, con tanta gente adentro que no se podían nombrar y opto por señalarla una a una y por colores, llegaremos para desatar a los locos que se habían encajonado tomando el sol, entre los laureles y los manzanos, permanecíamos quietos, esperando las cagadas de los pájaros al pasar la arboleda para decirme que el viaje ha terminado y llegamos a un lugar muerto en que el destino no es muy juicioso con sus decisiones y ahora, ya nadie la camina. Porque vivir es eso que les sucede a todos cuando ella se queda llena de recuerdos y no sabe si el sendero, va o viene, entra o sale del santuario y su objetivo es solo circular la frágil vida de los hombrecitos que la miman y acompañan y claro, se niega a revelar el nombre de su amante. El que la dejó inacabada, para que los pasos la continuaran fluyendo sin pasado ni futuro, solo un eterno hoy en que ningún ágora aprueba enterrar al muerto mientras no hieda. O al que sus cara aun ese húmeda y llorosa cabellera al viento que me tienta.

Eso le entendí, aunque no dijo nada, y solo una fugaz mirada se despidió con un sarcasmo de su humor implacable, pero… ¿Puede ser tan despiadado el humor? Se levantó, sacó un bello revolver pavonado, me disparó entre las costillas, tomó el revolver para guardarlo entre mis ropas y me dejó sentado en la banca en que siempre la observe, y ambos, mirándonos como si siempre lo hubiésemos hecho, nos despedimos de nuestros miedos. Eso si, muy respetuosos porque es bien sabido que no se debe jugar con el miedo ya que es un arma de dos filos que en sus vaivenes nos embrutece mientras nos toca. Tomó camino por el sendero abrazando su bolsa y se fue a buscar unos mariachis para mi cortejo. Y hasta ahí yo, fui yo mismo.

-Él nunca quiso que lo cafetearan, llévenle mariachis al cortejo y ¡tóquenle boleros y pasodobles! Que quiere terminar en un grito, bueno por conocido. Antes de irse a acostar con la nostalgia, y que se lleven su calaca al zompantli para colgarla con las demás-

Todo regresa, pero no siempre, dejen este muerto en paz que tanto miedo le tuvo a la iglesia y pidió que lo enterraran entre la sombra de su torre y un naranjo. Y a su tiempo, aunque reniegue y bien sepa que la reja que los divide, es la cerca del panteón. Déjenlo aparearse con alguien, que no le gusta estar solo. Antes disfrutaba mi gracia y simpatía, ahora desconfío de mi mismo con devoción.

20120331

Atardecer


Atardecer

(Corín Tellado bis)



El atardecer es algo incierto que ni es, ni está. Es el bien de las vísperas en que ya empieza a soplar el viento, mientras, el calor mengua porque en las tardes se sufre con el clima. Aquí son frías y despejadas, se ve el fondo del valle y como avanza la noche manchando de mil tonos de gris el valle; las tardes son como el clítoris de la noche en lo profundo de las piernas abiertas de las cañadas. Ese atardecer, casi noche en que ella solo fue un inconveniente, algo menor lo que cambió todo cuando salimos a caminar una vía sinuosa, llena de polvo, que cuando terminó, nos sorprendió mirando el horizonte. Ella sentada en el filo de una roca que dominaba el paisaje. Era su cumpleaños y ver el horizonte esos días es como respirar con el alma y en esas estábamos cuando después de un silencio me susurró

-Mi vida gira alrededor del sol y cada año se renueva-

-Y eso ¿Te preocupa a ti?, si eres toda una genial metódica - le pregunté

-No, solo busco en la nada, veo signos, señales a lo lejos que me hablan mientras pasa el tiempo, lo difícil es hacer visibles esas señas, darles profundidad y peso. Son como unas escaleras que bajas acompañada de fantasmas, que te persiguen y cada vez te apresuras  más, y en cada descanso aprovechas para ver hacia arriba. Hasta que un descanso te encuentras con un apagador que no funciona y te tienes que aventurar a seguir bajando sin luz ni guía-

-¡Este barco se hunde! Despostillado y todo descascarachado en las nostalgias de una soledad maravillosa- Y se rio, muy forzosa

-Solamente miro el silencio. Siente como se olvida mientras pasa el aire zumbando y ve en el fondo como todo se aleja entre los grises- Y se quedó con la vista perdida y los sentidos abiertos. Con eso siente que escarmentó sus culpas y queda contrita en un ensimismamiento que suena a cosecha perdida.

La noche se acercaba entre los chirridos de los grillos y graznidos de cuervos, y con ellos la obscuridad que avanzaba apabullante, tan llena de sombras en que el tiempo se muere para enfrentarse a la penumbra acompañada. Para poder disimular el miedo en frío, llegó y se durmió el viento. Carraspeó, como para decirme que cambiara el tema porque a final de cuentas solo eran tentaciones en que ella siempre confundía la emoción de estar cerca y ser tocada con el deseo carnal. Y yo con los impulsos que me quedan cortos para permanecer relativamente cuerdo, que siempre habían sido parcos con ella y, así, era de esperarse mientras apenas eran retos que se escapaban como tristezas. Después, un pequeño rasguño que fue la mecha encendida que la detonó, aunque siempre había dicho que nacían muertos sus pecados y se iban del olvido al no me acuerdo. Yo la observaba, su espalda arqueada e invitadora en posición de relax evadido, parecía estar esculpida en el tiempo que la rutina mantenía esplendido. Siempre me gusta observarla por detrás, ella no tiene la culpa y yo no tengo remedio y esto es porque me aterra tocarla, sentirme cerca de la veintena de puntos que no sabría como manejar o para qué sirven. Sus ojos siempre me ponen nervioso con esa mirada tan penetrante que no soporto más que por instantes. Me gusta su espalda, la miríada de pequeñas pecas que forman siluetas y dejan adivinar sus formas mientras se reducen en su cuello y acallan cualquier duda de que al menos, esas pecas son más mías que suyas porque solo yo las veo. Y me cuentan historias de deseos ocultos que son la teoría de conjuntos dispersos, en que delicada y bella se volvía infernal entre el enamoramiento que me producía la conciencia de estarla disfrutando, sentirla mía y al tiempo tenerla tan distante y fría. Solamente con esa aura que es parte luz, parte perfume y nada de tacto. No la alcanzo de tenerla tan cerca, y pasé toda la noche tapando las rendijas por las que se le colaba el frío en el alma, recordando fechas inconcretas y olvidos. Los vientos que pasan quedan entrelazados con mis dedos que se aburren de solo escribir cartas y el tiempo pasa resignado mientras espero algo substancial y ella me platica algo sobre la luna y las estrellas que yo solo alcanzo a afirmar, con pequeños sis que trato que sean confusos para que la incoherencia la haga volver para cuestionarme. Pero solo es un regreso para cuestionarse ella misma, en el que yo no estoy involucrado, que se esconde en un recodo entre las plantas de la terraza que deja ver el camino de subida al mirador y sirve de advertencia para ver si alguien se acerca. Ella es mujer de un solo hombre, al que yo no recuerdo y nadie ha visto, aunque ella insiste en respetar.

Mientras, esto solo es emoción que juega con la palabra nunca… con mucha cautela, en la tentación de querernos, porque aunque muchas personas han entrado, aun quedan lugares vacíos. La montaña es un lugar vacuo donde no encajan los cariños

-Mucho amor, pero falto coraje…- Alcanzó a decirme

-No, ¡No puedes vivir sin deseos!-

-Pero yo… necesito sentir miedo para vivir. Querer por placer esta mal visto ¡Necesito sufrirlo para quedar extinta, padecerlo para estar consumida!-

Ella es la mujer más cariñosa que recuerdo… y no sabe amar. Y los grises se volvieron negros cuando el frío alcanzo a la montaña con la noche en que, ya sin ausencias, caminamos cuesta abajo. Y me dijo, tengo miedo, bajamos en un abrazo, por primera vez íbamos juntos, uno al lado del otro.

20120316

Fátima


Fátima



Es tan fácil imaginar nuestras vidas, que para cuando nos damos cuenta, pues ya son reales y todo es verídico. Todo pasa en un futuro que recordamos como si fuera ayer. Contamos historias para vivirlas, transformarlas en cuentos y aspirar que sobrevivan, tan intensas como el recuerdo.  Imaginamos futuros y recreamos pasados en que todo sucede, lo difícil es ponerles letras, hilarlas y escribirlas para hacerlas creíbles, porque reales, ya son. Pero, cifrar nuestro día sobre la ociosidad de un acto, o sobre la obsolescencia de una idea es pecaminoso ¿Cómo? Viviendo y recordando como si fuera lo más natural del mundo, para dejar que la imaginación estire y afloje las ideas antes de plasmarlas, sino en un cuento al menos en una canción. Sospechar que hay algo detrás de nosotros que nos sigue y motiva para tratar de adivinarlo entre lo que tecleamos. Lo normal y natural es vivir, no imaginar ni soñar con lo que fue y ya no será, ni con lo imposible y escondido entre la tramoya de nuestro escenario. Porque a veces, hay que quedarse quieto y dejar a las cosas sucederse una tras otra para que tomen forma y fuerza. Para que cuando rebasen, nos arroyen entre precuelas y secuelas que nos lleven arrastrados entre su laberinto, este sinfín en que el ocio es la fuerza que nos motiva y mueve, sin dejar de fluir a nuestro lado. Esto, es la mejor de las indigencias y una indulgencia para el alma que quiere contar y sabe que los cuentos deben ser más creíbles que la realidad.



Covadonga tiene una historia que todos saben al dedillo, llena de una lozanía en que fluyen tantos y tantos reclamos juveniles sin satisfacción, para envolverla entre un amor temprano mal resuelto y alegrías bien cantadas. Ahora, es ella misma, una mujer que observa el atardecer desde la ventana de la hostería pueblerina y recuerda, se goza el la imagen de como apareció una sombra aquella primera mañana, después de la luna de miel sobre el altar de sus diez y siete años. Traía una bandeja con pan, café, fruta y una flor, pero en ese mismo lugar, desapareció, simplemente se hizo eterno ausente. Era un lugar viejo, en que se encajono una pasión breve y ahí terminó la gran actuación de un alma pueril. Después todo fue diferente, y ahora… fulminante es Covadonga, hoy si y mañana también, llena de claroscuros que no sabemos si son castigos, lecciones, o tal vez solo premios sin sentido, que nos marcan de esperanzas ciertas que a mi me gustan y mucho.

Fátima fue el consuelo de ese abandono, y cuando la conocí, me fastidiaba. Quizás por eso quise aprender  a amarla. Ella, era la primera de la clase en la escuela, en la fila para entrar a clases daba saltos para dejarse ver, siempre el primer lugar, medía poco menos de uno cincuenta y el peinado no le ayudaba porque las burlas la comparaban con el tapón de sidra que identificaba a su ausente padre como comerciante de vinos españoles y ultramarinos allende el mar o ausente siempre presente, pero desconocido. Y eso lo presumía la asturiana como pocas cosas cuando compartíamos.

Aquí y ahora, hoy en día Fátima mide uno setenta gracias, yo creo, a la manía que tuvo de colgarse de los arboles y hacer malabarismos a mis costillas. Me la encuentro en la calle de vez en vez y mientras duermo, mi mente borra todo lo que desee en el día, se arranca de apetitos y me llena de deseos con todas sus letras, mientras, todo es sacar a flote nuestros sentimientos, arrancarme el oxido para colocarlos en una balsa para dejar que se alejen, ellos solos de a poquitos, se vayan con el viento de sus desgracias. Y si insisten en quedarse cerca es porque estoy vivo y lo único que puedo hacer es permitir que me escolten. Pero, no, ya los solté y son libres.

Su madre, Covadonga, es lo mismo, pero toda chapeada por el sol y siempre está en la huerta presumiendo de incansable. Cuando regresaba de la faena del campo, nos encontrábamos, y la veía pasar con los manojos que recolectaba para el caldero y el pollo amarrado para el sacrificio, me sonreía e invitaba.

Y ahora, me da desasosiego faltar a la cita ¿Cómo evitar no entrar al hogar tan seductor, cálido y húmedo de doña Covadonga? si me había envuelto en algo que yo no sabía que podía ser, un mundo sensual que etéreo se despeinaba en las tardes de ese tiempo, en que hasta un velorio era una celebración.

-Solo me queda este corazón y lo mio siempre fue ímpetu, una fogosidad que no abandono-

Si ya sé que la puerta trasera siempre esta abierta y recuerdo cuando me invito a pasar aquella primera vez y yo le pregunte ¿Para qué? Hoy espero la obscuridad, entro para que todo me recuerde las sombras de Fátima y ya se a lo que voy

–Siente lo que yo siento y cuídate de lo que los demás te digan que al final… yo no cuento- Eso me dice la madre y yo lo quiero escuchar de Fátima. Experiencia y estilo, lo aprendí en su tutela, porque ahora veo en Covadonga a la Fátima de tiempo atrás, en un camposanto de viejas experiencias que me dicen que cuando Covadonga quiere algo, ¡Es terrible!

20120229


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Los recién amados (Estrés del apego)


En pocas palabras se disculpó pintando una silueta suya llorando y la dejó colgada en la parte interna de la puerta, donde no podía dejar de verla y solo era para mis ojos. Era un cartón que me recordaba los que se usaba hace muchos años la camisería, “La perfecta”, cuando enviaban las camisas blancas de papá a casa, perfectamente dobladas y empacadas en un papel manila siempre muy suave, sellado con papel engomado y dentro la camisa doblada sobre este cartón inmaculado. Yo apilaba estos cartoncillos, los guardaba y aprovechaba después, para dibujar porque sentía que eran una moldura para mis trabajos.

Era ella, estilizada a lápiz con la mirada gacha y la lagrima deslizándose sobre el dibujo colgado en el picaporte. La reja a la calle se mantenía cerrada y ahí, varado, estaba su bosquejo como un barco encallado, existiendo por la mañana para naufragar. Y ella, se había ido, desertando desvirgada por la lluvia, entre las hileras interminables de casa iguales que albergan problemas diferentes. El resuello nasal me decía que estaba alterado, nervioso entre los brotes de la enredadera que parecían abrazarme y la interminable angustia del ¡¿Qué pasó?!

Arráncate el corazón para comérmelo y dejarme así, plantado en esta puerta. La de un panteón que se queda con las rejas abiertas y es la cueva donde escondí mis sueños, es así. Ahora no está, como el recuerdo de los días en que se cumplía la norma, en que el camino era una larga bienvenida para un salto al vacío en la obscuridad, mientras doy vueltas y rodeos tratando de encontrar formas en las sombras. ¡No más roturas sin descalabros, regresa que aún hay gente que cree en ti! Gente que aún cree en un Dios que relaciona cosas con eventos que se suceden, cargados de razón apasionada y está dentro de la morada del muerto cuando huyen los pájaros, y solo queda la incuria del silencio. Es un lujo la soledad que llega de a poco y se hace tuya mientras se quiebran las señas de la entrada.

El trayecto al trabajo, esta mañana lo hice andando para darme tiempo de meditar y mascullar mis ideas. La herida es entre el pecho, espalda y madre; me sentí descobijado mientras los recuerdos se acercaban, llegan en rebanadas de existencia y en franjas de luz y sombra que supervisan los contextos en desgastados clichés que califican lo vano de la vanidad y frivoliza su entendimiento. Era un estrés frío que me recorría el cuerpo.

Llegué a la oficina con el tiempo encima, no importaba lo que pasaba porque ahora todo era diferente y aterrador, percibía un sabor amargo en la boca. Recordé el cartón y lo saqué de mi cartera, pensé en guardarlo, abrí el cajón al tiempo que se acercaba Laura, la ejecutiva con quien comparto, le di la vuelta al cartoncillo para ocultarlo de sus ojos y… sorpresa, estaba escrito con lápiz labial rojo. Leí el recado que no había visto antes “Regreso temprano, cuídate”. Para cuando regresé a casa, todo era diferentemente igual, quizás un poco más relajado.
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20120223

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Mi Inés



Si, Inés, siempre es una de las diosas más orgullosas de mi Olimpo y la caracteriza su cuerpo lleno de pecas, al principio yo pensé que solo el rostro las tenía y que tras esos rulos pelirrojos había un conjuro que los hacia brillar mientras subían y bajaban al caminar. Unos seductores rulos fantásticos que hoy, ahora,… ya no son naturales.

Por ella hablaba mi lengua y era, en su reino mágico, la responsable de los castigos al mortal, al expulsado de la fe que decidió premiar. Inés, tropezó con la castidad en su juventud, pero alcanzó a levantarse antes de los diez y siete, siempre en divina discordancia con el ocaso de sus principios y mis halagos. Entre la permanencia del misterio de la diferenciación del sexo, que no por ser primerizo (¡en mi!) se despecha a menos. Mientras ella, mi Inés, solo queda escaldada un par de días en que no nos hablamos de miedo, en que nuestra única relación era el silencio y soñar, ver pasar las horas e imaginar porque los temblores eran de placer, todos absolutos y nuestros. Y aunque después me enteré que se lo contó a Claudia esa misma tarde y hasta lo escenificaron, para ellas no era ningún misterio, y ahí, con la tal Claudia, se terminó de achicharrar sus cositas y verijas. Yo no tuve nada que ver con el descarrío y el secreto dejó de ser de dos cuando, así descubrí que sus sollozos eran de placer y las lagrimas de felicidad y no lo que me preocupaba, que fueran pena y dolor causadas por mi.

Y entonces aprendí que las lágrimas que se escurren de los dos ojos, pues son producto de la risa y las de tristeza solo se dejan escurrir de un solo lado del rostro. El dominante, el que manda señales de tizne y lluvia que entre absoluta y salada solo sirve para minar conciencias. Se escapó de la creación porque ya estaba engendrada desde antes, nació en una agenda de bolsillo cuando la esbozó Zeus, colorada y ardiente. Y su cuna, que era un bosque que nunca nadie se atrevió a manosear; por miedo al contagio de la miel y las frutas que se desparramaban de maduras y eso, ya era desde antes de todo y solo era un esbozo de un Dios, garabateando con lápices de colores.

Después, descubrí que estábamos emparentados los dos y ella no era tan etérea como suponía, lo imaginé cuando vi que teníamos las mismas costumbres. Pero no, ella tenía más mañas pues siempre salió del Edén acompañada de la guardia real, que era más real que guardia. Y aunque estábamos separados por las nubes (cuando había) éramos lo mismo; yo en el recato de una actitud recogida y ella, como una excelente expositora de su exuberancia presumiendo que la melodía que tarareaba era música del cielo

Un día se levantó y se dirigió a la sinuosa cresta en que termina el pueblo, donde se expelen los mortales y se sube al Olimpo. Desapareció como se escapan los gorriones de las jaulas, en un santiamén y sin dejar huella ni rastro. Hasta el tercer día en que regresó a rastras a reclamarme la virginidad (la mía de mi) con sus zapatillas rojas y un vestido blanco que revoloteaba al viento de luminoso. Volteó nerviosa al tiempo que me hablaba, era mi primera vez en esa situación y no iba a negarme con una hija tan bien dotada por sus padres. Nadie dijo nada con palabras y, si, tomé leche, mucha leche, hasta hartarme de sus ardores y mis vergüenzas. Las que limpiábamos con el paño ya arrugado que cubría la almohada, y el sudor de sus urgencias que en vano se disfrazaba de pudor mientras exigía más y se oía el ruido como de caverna llena de golondrinas que se baten, intimando en el amanecer. ¿Donde estábamos? viéndolo todo desde lejos acurrucados en el manto de las nubes que se desparraman entre nuestras, ambas, existencias. Inés acomodó la almohada, extendió las sábanas y se fue del Edén, ahora yo sabía quien era el que estaba flotando en el cielo y ya no tenía miedo, ni temores. Hasta me dejaron de gustar las bullangeras y aprendí a bailar las calmadas. Porque al final, uno se acostumbra al riesgo, pero no al desahucio y basta un segundo, solo una imagen para ser feliz. Esa es mi naturaleza, mientras, estoy dentro de su fábrica de humedad que sale de la nada. Un ensueño que es el paraíso de puertas abiertas con ventanas cerradas, que yo, ya no se donde se perdió.
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