Desasosiego y desamor
Las Parras es un pueblo, o quizás solo sea el cruce de
caminos que se murió en el interin de caminos recorridos, cuando el tráfico se
volvió más rápido. Y así, el tiempo lo zanjó, alguien diría que se quedó solo y
despojado. Voy a empezar por el final porque mientras todos se debatían por ser
y estar en el mismo lugar y no pudieron vivir felices en su agujero, ni
comieron perdices en su feudo, ni siquiera hubo una reconfortante sorpresa al
final. Es probable que esto ni siquiera haya sucedido y solo fuera un invento
de mi mente calenturienta sobre lo que no sucedió, eso sí; en el pueblo, los
años pasaban como un sueño, no era el paraíso pero era algo cercano a la niñez
y ese sentimiento de “no pasa nada” que trae consigo mientras habla como si
fuera el desasosiego de su última vez. Simplemente ocurrió en un caserío que ya
nació fantasma, siempre le faltó alguien vivo, que tuviera aventuras de día y
sueños de noche para hacer memoria, sin tener recuerdos encontrados y confusos
entre su trazado inconcluso. A las paredes se les cae la pintura y quedan en
bruto, lo único bonito en el pueblo es el letrero de bienvenida que te invita a
entrar y el sonido de una bocina que nadie sabe quién administra y se dedicaba
a trasmitir un sonsonete como ruido de fondo desde que amanecía, ¿Pero? Si sus
pensamientos son silenciosos ¿qué decir? Bien que me gusta el trago y aquí, los
tanguarnices es lo único porque soy lo poco que queda y sobrevive, cuando
empezaron a aparecer cadenas y candados en las puertas sentí algo como
nostalgia y miedo, pero con el tiempo hasta eso desapareció y solo quedo la
breña que invadía todo y se enmarañaba en las huertas y los patios, los fierros
se oxidaron y dejaron abiertas las puertas para que las nostalgias y miedos se pasearan
por las calles lamidas por el tiempo. Las casas se volvieron de un solo cuarto
con las ventanas abiertas como viendo al cielo, volaron las techumbres con los
vendavales y ya nadie borra las huellas que dejan los solitarios cuando les da
por cruzar el pueblo, ariscos y presurosos. Ojalá y todo hubiera sucedido en
verdad pero yo solo me detuve a revirar para escuchar los cantos de los muertos,
muchos ni los oyen y otros ni siquiera creen en ellos, se quedan en lo desabrido
de un comentario burlón, eso sí, en la puerta de la iglesia, recién persignados
y adorando al único Dios que encuentran: el tiempo, que en un instante se les acaba
mientras reflexionan sobre el vacío y la vacuidad, cuando sus manos arremeten
al fuego y ya no tienen espacio para pelear el calor, salgo y el campo inmenso,
sin surcos que lo marquen, solo arrugas en las que se entretiene el viento
formando remolinos. Me cuesta decirlo, este pueblo es una mujer y tiene el
nombre de quien se quedó a deshabitarla. Ahora es el paraíso de un tonto
enfático que la deserta y no se puede ir. Mientras, ella debería tomar carta
como otra cosa; amante solitaria, mar y halago, poeta cruzada, música de viento,
palabras al suspiro, flores sin pena, aire sin retorno o fuego imaginario.
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