20110330

“¡Sé breve y dímelo todo!”




“Mire compadre, algo está mal, mejor vamos a checar” Porque para cuando pasé los viñedos y las nogaleras, logré llegar al panteón de Parras que está por el Santo Madero, ahí nomás me quedé parado frente a mi tumba, confundido leyendo mi epitafio, y eso porque siempre estuve enamorado de mi dictado, y claramente… no se correspondía con el mandato que dejé explícito. Pa luego es tarde, dudé de ser yo, cuando vi que esa piedra, hosca y opaca… no era el basalto glamouroso que yo había ordenado desdendenantes. Y además ninguno de mis arrepentimientos anteriores se veía rondando por ahí. Ya no estaban ni abajo, ni a los lados, que era donde los había escondido. Y a más de que ya sin enamoramientos, las flores se quedaron marchitas en sus vasos rotos y secos.

La refolufia que organicé había encomenzado ahí mismo, entre la sombra de los laureles, con sus clamores sin ruido y la contemplación brillosa de los estandartes ondeando sin aire en la capilla. Le dimos con todo a las veredas, pero, para cuando llegamos hasta el lindero del cementerio, me aplaqué como lamento de buenas intenciones, en lágrimas que se vuelven lagañas y no te dejan ver. Bien rápido se me acabó el levantamiento de los insurrectos que no se quieren desahuciar, “nos dan maña porque no estábamos listos para reclamar por cosas tan burdas” Algo había que hacer y la única persona que parecía adecuada y nos escuchaba era el velador a la puerta del panteón, pero él, nunca terminó de entenderme. Sereno, eso sí, me indicó que no estaba permitido alzarse y menos… levantarse como lo estábamos haciendo.

Ese día, ahí nomás me planté, se me olvido vivir, ni la hora avanzaba, ni el reloj daba vueltas. Así me quedé peleando con mis diablos hasta que los vi de mi lado, ya sin odiarlos. Eran como unos perros, perros descarnados con babas chorreantes, ojos rojos y dientes amarillos que parecía que tenían prisa por ahuyentar almas y descarnar cuerpos en secreto, “Porque ya no tienen voz y ni sienten, están bien jodidas” y ahí se quedaron desahuciados a costa de su soledad de canallas en el lugar correcto, pero en la mitad de ninguna parte, enterrados junto a su dueño con la trompa amarrada, entre un desfile de deudos llorosos al saber que ya no se conocieron sus cuitas y ahora van a experimentar al diablo en otra cancha, en la que rascan con sus patas y tratan de vencer las bisagras que chillan y las cadenas que arrastran.

Que las cosas parecieran rendidas al borlote y se quedaran secas sin posibilidad de reverdecer me jodía, porque para cuando la quimera es real para ser lo mismo, hay que dejarse llevar todito, ya no hay remedio porque queda un único silencio. “Ahí la llevan” me fijaba, pero no entendía, pasmado me cegaba a ver. Y si no creo en lo que veo, menos en lo que se queda a medias en los ojos y no ve la tregua que nos da el sol, la vista del odio clavada en un punto negro, un solo pinche punto negro. Y está con puntos y estertores cosida en la memoria, ¡Pero si esta lápida ya no es la mía, estamos bien fregados! Porque la hace irreflexiva y tosca, pero está en su derecho de mentarmela. ¡Dañe un poder peculiar, el de ser libre por la propensión que se acabó en el último estertor! ¿Cómo podía quedarme y permanecer sin tratar de levantar un pedazo de mi alma? Nadie debería tener miedo porque aunque somos muchos, no nos sumamos. ¡Valemos madres!

Horteras y muy cachondas, con sus trapos viejos se deslizan las ánimas a mí alrededor, ¡Que coraje!, moviendo las ramas de los sauces llorones, recordando los afectos de su morada. Y el velador, al alba, sentado al quicio con la espalda en la piedra que fue mi lápida ¡Que cabrón y yo buscándola!, echando volutas del humo de un cigarro que parece eterno, se deleita mirando las tumbas tan ordenadas y limpias, con sus lozas aseadas. Abre su morral y se pone un mezcal entre pecho, espalda y madre, no obtiene ninguna réplica, mientras veo como se faja, porque cree que cuando aparezca la muerte, se gozará en sus ojos mientras todo agoniza a su alrededor, y bien sabe que cualquier rezo me salvará, incluso una pinche y simple jaculatoria me ahorrará tener que averiguar mañana donde estoy.

                                                   No supo nada

                                          vio lo pequeño que son

                                                 las nimiedades

20110322

Sin remedio ni consuelo



La luna no terminaba de surgir sobre el horizonte, hasta entonces la noche quedaba alumbrada solamente por el reflejo entre los árboles de las estrellas y… puras peroratas me contaba el portero del cementerio. Mientras platicaba, entrambos se nos colaba el frio de la negrura y ahí estábamos, sentados en el zaguán del camposanto, esperando que algo ocurriera:

-¡A quien le va a importar si se te pelan! y bien sé que tengo razón, a mí, nunca me ha perdido un muerto, todo el mundo les llora pero nadie los quiere en su casa. Y por eso sé que siempre se andan bien juiciosos y ligeros de equipaje, están escondidos detrás de sus lápidas, no se dejan ver como quiera, parece que no les gusta cómo existieron. ¡Pero eso sí! los deudos, llora y llora disque los recuerdan moqueando, nomás faltaba que a chillidos los fueran a avivar… ¡Ni para cuando! Cualquiera diría que los llaman a ver si regresan… pero con ganas de que no. Ahí se están, ellos dentro y los vivos fuera mientras aquí solo se oye el rumor del viento entre los árboles que los consuela. En las noches es bien tranquilo velar, a lo más algún borracho, alguna vez, se me metió a mearse entre las tumbas cuando la feria pero no era para tanto tenernos aquí vigilando día y noche. Somos dos los que aquí estamos; un cuidador de luz y un velador de obscuridad, nos tienen nomás aquí sentados en la entrada, que ni a reja llega y dormitando porque los muertos se cuidan a sí mismos aunque no se platiquen. Antes no era así, me acuerdo del año del hambre en que no llovió, cuando siempre me decían que lo peor no había llegado ¡Nos llegó el año nuevo, y qué friega!: Primero el chahuistle, después la bola en que de pura chiripa no me levanto la leva. La vez que cayó el tifo, ahí sí que nos llenamos de difuntos enrollados en sus petates, esperando su turno para encontrar un agujero. Porque antes teníamos calzadas en las orillas del panteón, pero ya desde endenantes las hicieron camposanto para ganarle tierra a lo que fue la huerta y así, cabían más muertitos, puros cuates aceptábamos en ese pedazo porque ahí la tierra era rete bien pegajosa y llena de raíces haciéndose bolas; costaba un resto escarbar pa meter los cajones, eso sí, los de esa parte, a los dos años ya estaban bien calacas. Salían llenos de gusanos y se pudrían rapidito, bien antes de que los parientes se olvidaran de ellos.

Manuelito, vea cuantas tumbas adornaditas, puro oropel ¿Será por muertos que les traen flores de colores y les pintan las cruces? Nos deberían de traer algo a nosotros, a los que rascamos y la sudamos para encontrarles hueco en este desmoche, ¡Que no está peladito en esta pelota! Antes no era así el cementerio, que ni tan santo el camposanto, porque nomas los aventábamos en los hoyos de dos o de a tres, esperando que ya difuntos se hicieran muertitos, con el puro repicar de las campanas a réquiem acompañándolos, porque ni para rosario alcanzaban y solo repetían avesmarias ajenas, ¡Eso no es de Dios! Ahora no, cuando suenan ya tocan a fiesta y lueguito se oye la diferencia, ahora ya no llegan amarrados en petates. Afuera preparan el chileatole y el café cargadito con sus panes de dulce y los tamales de frijol para acompañar los chilaquiles. Otra cosa buena es que ahora, Diosito, el altísimo, ya le dio sombra al atrio, y da gusto venir a visitarlos en las tardes cuando acaba la faena, nomás por el puro gozo de lo fresco. Porque espacio no falta, ¡Aunque tantas incontinencias nos están llenando de pelados! Pura algarabía de la muerte susurrando en las noches a los sordos, y yo quedarme adormecido en las tardes para aguantar la velada. La verdad, me da miedo quedarme dormido entre tanto muerto y no poder despertar, lo bueno es que ya conozco las mañas de la huesuda para llegar.

Si lo de hoy no se ve y lo de ayer ni se siente, es porque interpósita persona se nos apareció de repente en las puertas del panteón y se nos quedó viendo con sus ojos zarcos, y ni qué, a hacerle hueco. Y quien sabe por qué pero sucede; “La vida es una pasión inútil, agarrada en lo que no fue, ni será, y que aquí se acaba para un chingo de héroes fracasados que se quedan tendidos en la plancha con el penacho caído, dejan hasta sus caballos abandonados, con las crines al viento y sin saber…”, decía el doctor y bien decía, cuando lo llamaban de noche y ya sabía que era inútil la visita, pero se emperraba y ahí se enfilaba con todo y sus bálsamos, desfilando entre las casas del rancho a esquilmarlos, ahí se encaminaba, solito, montado en su yegua mansa. Y nomas con los calditos y sus chupes se emparejaba cuando no tenían ni tantita feria para pagarle los parientes “Lo que no mata, engorda” “Para el pomo nunca falta” decía y se repetía. Pero, no, siempre se llevaba algo de su comisión, aunque la recibía con la barbilla pegada al pecho, como si le diera pena recaudar sus honorarios, “Ahí después nos vemos”, y, es que nada dura para siempre nomas porque sí, siempre se los encontraba, tarde o temprano. Zanjaba la consulta, se montaba y de regreso, solita se encaminaba su yegua, hasta llegar a la parroquia a avisarle al cura y después al consultorio, y manque no se viera nada en la noche pero ella bien que encontraba el regreso.

Antes a los panes les echaban cabezuela y granillo para hacerlos rendir y tenían ese olorcito dulce que subía por entre calles y se metía en el panteón para levantar los muertos, siempre había menos panes que hambre. Ya en esos tiempos se inventaron los panes de dulce “salados” pa que alcanzara el grano, bien buenas las rejas y las trenzas, fue en esas épocas de hambre que ni miedo me daba que se me notara el miedo. ¡Para qué! Solo para ahogarlo en refino, ¡al fin que la tomadera ni es tanto vicio!… solo una bonita costumbre que, para variarle se termina en cuchilladas y pleitos. Claro, para desconsuelo del doctor y gozo de la marchanta de las flores, la que vende también los cigarritos armados pal velorio “-recordando al deudo y echándole humo-” siempre chachareaba

Y fue en una noche de luna cuando los vi de primera vez, los echamos para otro lado pero siempre regresan y perduran. Cuando los traté de agarrar, ¡Se me fueron de las manos! Al fondo solo se escuchó una voz llorona que gime y el tris de algo que cae desde los cuerpos descuajeringados cuando se levantan, haciéndose cachos. Y ahí se van haciendo osos para espantarse las moscas y el tufo de ya casi no estar aquí, pudriéndose de a poco. Ya mejor me acostumbré a verlos y no pelarlos. Los árboles, grises de polvo parecen lloriquear sobre las lápidas que están apiladas al fondo, esas de los que ya agarraron rumbo y expiaron sus culpas, unos para arriba, otros para abajo, pero todos aquí dejaron su calaca para adornar el osario, con sus cuerpos para alimentar el pasto seco y enverdecer las buganvilias que crecen en las orillas como robándole lo azul al cielo. Limpian las tumbas y se llevan la verdad entre la tierra de sus uñas sucias. Pero en venganza, sobre las tumbas recién lavadas ponen los ramos de cempasúchil y se ve anaranjadito todo el reflejo para despedir sus culpas, al fin, siempre aquí se acaban los pecados y las rencillas, todos descansan emparedaditos y viendo al cerro.

Y que caray, no todos los pueden distinguir, se necesita estar mucho tiempo en esta puerta para ver cómo pasan cuando van a expiar alguna culpa y juegan a las escondidas ellos mismos. Como se van de difuntos a muertos, manque te los metas abajo de dos metros de tierra y su lápida diga que descansan en paz, los muertos y sus dos metros de tierra encima… ¡Bien que se la llevan! En que el tiempo pasa y nosotros somos los mismos buscándonos algo de piel entre los dedos y sacándonos la tierra de las uñas. Mientras, ellos son míos y de nosotros para cuando nos toca que venga la huesuda con su perro negro a chingarnos, ni pa decirle “Espérame un rato”, llega y ya se fregó la cosa cuando muramos no hay ni para donde hacerse, ni que veladora prender, porque palmar es fácil, lo difícil es no morirse ¿O no? ¡A quien le da gusto pelarse!

Y ¿Para qué trancar la puerta?, Si ya difuntos, ¡Ni quien quiera salirse! Saben que están muertos cuando les da por regresar y quedarse quietos sobre las tumbas en las noches, y ni hambre sienten, al rato les cae el veinte y se ponen chipis y no les salen lágrimas. Ya saben que ningún Dios nos castigó con quedarnos en este barbecho para siempre. ¡Hace frío! ¿O qué no? Venga Manuelito, vamos a ver la capilla, ¿Ya comió algo? Y no me salga con que no hace hambre, que usted acaba de llegar y ni enterramiento tiene, o de perdis… acompáñeme para chingarnos un refino.-



¿Y ahora qué? Algunas cosas, solo unas que otras, no tienen remedio ni consuelo.

20110224

Desafanada



-¿Y ahora qué hago? Tengo recuerdos, pero no que contar- Buscó entre su ropa algo qué ponerse para asistir a la feria del pueblo, tener quince hermanos no daba mucho de donde escoger, ni intimidad. Las fiestas empezaban desde la mañana, recorrió los pocos puestos que había y terminó por ir a la casa en que se organizó un pequeño baile. En esa fiesta se conocieron las dos, caminaron algo nuevo de tan banal, esa impaciencia del suceso que las consumía, pero que dé a pocos se convirtió en un pozo del que no podían salir cuando la charla las llevó a mañana y sintió que no había mañana. Y así, terminó contándole una anécdota sin sentido sobre el pueblo y lo que ya no era, casi una mentira para salir del paso y de la conversación –Uno nunca sabe lo que pasa en los pueblos y no quiero estropearte la noche- Y se sintió molesta, incomoda, enfundada en su mismo traje azul de siempre y de todas. Así lo que ella misma decía, sin querer se entrampaba en la conversación, -De gente triste que cuenta cosas oscuras y no baila en las fiestas- Mientras, casi clareaba y regresaba a su casa, su vida desfiló ante ella y la trató de adjetivar: -Sórdida, ¡no! quizás desperdiciada o inútil, pero no sórdida- La palabra sórdida le retumbaba una y otra vez mientras caminaba a su casa.

El día caluroso en que a las dos de la tarde y los calores de agosto la vida ya no la sorprende, monótona en la gloria del silencio, solo transcurre bucólica en el rancho con el sol a plomo que cae sobre las láminas del cobertizo. Ahí estaba ella, con su cara triangular y cuello largo, con su díscola sonrisa que era para el cielo. Volteaba de vez en vez y veía como el sol brillaba a plenitud para secar unos higos recién cortados que había depositado, uno a uno, sobre el metal caliente… y se puso a platicar con ellos como si estuvieran vivos, mientras estaban formados uno tras otro, escurriendo miel, los enharinaba y acomodaba al sol haciéndolos sentirse iguales y pensó en sus hermanos. Su pelo quedaba también blanco cuando lo empujaba hacia atrás de ves en ves, enharinándolo también mientras sudaba. Hasta que se dio cuenta que estaba completamente húmeda y pegajosa en lugares que no conocía mientras era impoluta y volatilizados fluían sus rencores, las manos le temblaban del coraje de sentirse inútil y desperdiciada –¿Aquí llegaré a vieja?- se preguntó a sí misma mientras se imaginaba insultada y abandonada entre esas tapias. Había descubierto algo y estaba fastidiada, ¡Era presa de su propio candor! Como perder el tiempo en un lugar donde no transcurre y solo tiene una sutil carga de engaño y todo es una eternidad condensada entre las humedades dispersas en su ropa, después de un rato de sol imaginando agasajos.

Casi todas las cosas cercanas al rancho eran de propulsión animal o manual, no había nada mecánico, ni el transporte, ni el molino que aún era una noria de piedras alimentada por el par de burros enclenques que esperaban lo que sobraba de la molienda. Quizás la únicas maquinas eran el viejo reloj de péndulo y el gramófono con su veintena de cilindros grabados que se aburrían de dar vueltas y vueltas, para llenar el aire viciado de calor con los mismos sonsonetes que marcaban los movimientos y los tiempos de la casa, excepto claro, los domingos en la mañana que eran días de guardar y era cuando aprovechaban y salían a contemplar el agua del riachuelo cercano o la arboleda a la orilla de la barranca entre la sombra que la volvió obscura con el paso del tiempo.

Llamada a rancho, como si fueran tropa se tocaba la campana para citar a comer en familia, no era sencillo. Cuando vio que la cena había terminado se separó del grupo y se fue a la troje, una libreta abierta esperaba con un lápiz de carbón al lado, pero lo pensó de nuevo y se dejó caer sobre la paja un momento, hasta que el ruido de una rata la inquietó. Salió y se aposento en la silla que la esperaba afuera de la casa, bajo un árbol que se rebosaba de frutos y casi se quedó dormida en la penumbra. -Una luz negra que me hace ver cosas que ahí están, la luz de una vela me ciega. Me descose volando entre sombras en que me siento cómodo planeando el desorden que es el sueño de un cuarto obscuro para dormir por soñar y amanecer más cansado con ese olor ocre y cansado en que lo más profundo son esas imágenes sin iluminar en que el aire es tan pesado como los cuerpos y le oprime- Era algo indefendible en lo que no quería tener nada que ver no solo era saciar su curiosidad.

No había luz, la poca electricidad era para el teléfono de manivela que nos daba línea al exterior, y era de una batería de carbón con un pedazo metálico que hacía de positivo, pero que había que limpiar y limar para ponerle acido de vez en cuando, en una ceremonia que parecía el rito de iniciación de la modernidad. ¿Cuál es la razón de la existencia, de mantenerse intacta de la ficción inmaterial de una idea que transcurre en el tiempo? ¿Solo tener la troje llena y agua en el pozo? Mas eso reventó su existencia, lo tranquilo de su ser, después tomó un puño de tierra de donde ella nació, lo aventó al cielo e increpó a su nahual por tenerla abandonada. Acaso intuir un futuro que se deje caer entre sueños calenturientos a la sombra del árbol que se desgaja cada otoño, o solo cruzar una frontera que no existe de tan marcada. Cierra los ojos y solo parpadea aleatoriamente cada vez que una mosca se acerca a molestarla.

Salíamos a cazar liebres entre las vides para tener algo que hacer en la tardes, correteándonos con las miradas de perros que no engañan a nadie hasta los límites del caserío. Alagada, gracias a lo impersonal de la jornada, se pudo dar el capricho de asfixiar sus hábitos y cambiarlos por algo que le recordara el momento tan bello que no puede embaucar. Cualquiera que fuera la razón, ella la sabía son los diferentes gustos, creo que esa es la intención de las semillas la troje, ahorrar para mañana. Cada cual compra su pedazo de felicidad en la curaduría y al final las vírgenes se mudan y cambian por algo más práctico, más útil, o simplemente que lo haga soñar y librarse de esas miradas inocuas que leves ya no le pesaban cuando la trataban de asimilar, porque, ya no hay ningún creyente que lo verbalice. Era demasiado ideal su imagen de ella entre el tránsito y la permanencia, pero pensó que era real, entonces fue cuando vio que tenía que tropezar con un lugar así, alguna vez para constatar que no era nadie. Pero para que dar sus razones, si no las creería, ni las necesitaba.

Y si, salió para buscar sus raíces en la orilla de algún poblado hundido entre el tiempo y despejarla para sí, balbuceó, ¡solo para mí, una leyenda que aún sobrevive! Y se recrea en lo que puede ser y tenía prisa por encontrar. Pero, si no te lo digo lo tendría que vivir desafanada. Eso en sí, y el sexo son una razón para reencarnar otra vida en el mismo lugar en que no le preocupara llegar a vieja. Frívola y altanera, segura de sí misma, decide salir al ruedo, sale al corral para sacrificar un último pichón y desangrar un cordero para un postremo festín y rompe la hucha. No sabe a dónde ir, pero sabe que no llegará ahí por casualidad y cuida su imagen. ¡Pura figura! Y una sombra que le sigue, es un largo camino, para empezar en solitario. Siente el impulso de salir, un candor que apabulla porque aunque sabe todo del exterior, aun así quiere aparecer en algún lugar ignorado y de incognito. -¡Y mañana, al despertar, si tu allá y yo acá!, ¿qué será de la vida?- pero mientras un tiempo que no transcurre, despierta, entra al baño, se encuentra en el espejo y con irascible cálculo se maquilla a verse diferente, no se conoce ella misma. Se vio como lo que era, una extraña reflexiva frente a un reflejo nuevo con sombras que le quemaba entre las manos. -¡Tengo una suerte extraña para poder romper con todo lo anterior!-



Para Nancy que supo salir del pueblo y superarse, estudiar en el extranjero y ser ella misma en un México difícil y represor.

20110129




Ahí estábamos… esperando, solo esperando que la realidad sea más surreal en lo obsesivo del ego que se escapa por la rendija de la ventana o el escarmiento a su presunta impiedad. Es una verdad que no se ve, domeñada por los sentidos y reducida a lo que me queda en el fondo de ser yo mismo escribiendo con letra cuidada y redondita, como si quisiera darme a entender sin cegarme y razonar solamente.



-Pero... nunca digas nunca. O solo dilo una, dos veces y empieza de nuevo a decir jamás. Miénteme, di que no es cierto, pero no pares de platicarme-



Y se quedó viendo fijamente el fondo de mis ojos



–Yo soy yo, pero, tengo derecho a ser parte de ti-



Y lo dice con ese deseo de internarse en sí misma y buscarme dentro de ella. Para siempre llegar cada noche a seducirme, para tratar de llevarme a los últimos reductos de la escritura y nunca más dejarme cautivar. Hasta el día de antes, en encuentros simbólicos que transcurrieron en nunca jamás y su contradicción de estar en primera persona para pensar que yo lo digo tergiversado. Y solo pienso en el adverbio que modifica mi acción sin involucrar ni enjuiciar a nadie, al final lo que digo tiene un precio que es superior al de lo que guardé de esa burla finita, que ahora es solo espuma que no llega ni a mañana





20110122

Para el mal vivir… Sin caramelos, entre el sol y los faroles







Una, dos, tres veces intercedió amable por mí, era una realidad dulce y angustiosa el saber que me había aquerenciado de ella en eso de caminar por la costa o en su manera de conciliar por mi mientras nada la obligaba. Ese día fue igual, un largo paseo y al final se quedó tallada, labrada como tronco de madera que encalla en la playa y yo intuí que era mejor enmudecer, no en balde se acababa el verano y es que, ella, era muy elegante en sus formas, aun cuando dormida, y se quedaba fantaseando sin que le importara dejarme ahí plantado, cuidándole el sueño. Cuando me aburría de estar ahí, era infalible, me colocaba atrás de ella y la miraba fijo tratando de traspasar su pelo, buscándole la nuca… siempre surtía efecto… despertaba buscándome, volteaba a verme, e indefectiblemente se rascaba la nuca y fruncía la nariz. Y así me quede encallado a ella como los ebrios del pueblo en su mismo cáliz cada borrachera.


Éramos torcidos y desprovistos de ajuar, entre ese erotismo de verano que todo lo irrumpe, claro, además yacíamos compartidos. Pero eso no nos afectaba porque entre sueños teníamos razón. Ahora, se acabó el verano y las semanas de hacer el amor a las carreras en el matriarcado que colma cuando ya me condicioné a no disfrutar la languidez de los últimos días en que al final gana la carrera la soledad. Ahora, solo queda un olor a meados rancios en los corrillos del muelle y la soledad de los esteros, casi desguarnecido en que aun quedo yo, tratando de revivir. Porque si corro el riesgo de ya no tener que hacer, con más facilidad terminaré de perforar mi comprensión en el cuerpo a cuerpo de la despedida para comportarse con las reglas que ella misma da y quita.


Se acabó el verano y esa última tarde le hizo un conjuro a la luna para hacerla llena y que saliera a celebrar… así desapareció esa noche, me quedé sin tiempo ni espacio. Los únicos que regresaron fueron los aguaceros con esos relámpagos que caían sobre la playa fulminando la arena y dejaban las señas que me gusta salir buscar de mañana, unos mojones lustrosos en medio de los arenales. Ahí, en todas esas playas es donde los del pueblo tienen sus relatos y entierran a los fuereños que se ponen rebeldes, o a los que no dejaron ni para un bulto de cal y no heder. Yo no tuve que regresar a ningún lado, aquí me quedé tomando nota del gozo que eran las tormentas de agosto y septiembre. Todo se acaba, pero de una o de otra forma siempre la lluvia persevera y lo único cierto es que mi Dios, ahora es ese viento que ahí se quedó; recordando.

20110118

Tarde Inútil

-Este atardecer ya no viene- o no llega y se hace tarde, siempre es así pero opta por esperar que obscurezca. Ella está sentada dentro de la taberna, vacía, sabe que no hay nadie fuera, ni dentro. Todos existen, están muertos del tedio e inútiles en esa tarde, no escucha a nadie, ni siquiera a mí, mientras ella insiste en ganarle algo de tiempo al destino. Su mesa está perfectamente ordenada con una ensalada de jitomate con queso de cabra, sin tocar y bien dispuesta a ser engullida, solo espera una señal. El asiento junto a ella, sutilmente ocupado, por el bolso abierto que parece una boca que gruñe por algo que no es hambre. Sentada en escuadra, aderezada con una blusa de seda que la delinea y jean untados que se burlan de la bucólica tarde. Los cubiertos casi no se mueven, pesan demasiado sobre el mantel, aunque la copa ya se muestra vacía y el pan permanece, magnífico y acomodado, en la charola junto a su mano derecha. Y se ve que es ella la que no tiene fuerza, cuando siente escurrir y atraviesa limpiamente el mantel para ver cómo cambia su manera de comer y solo perduran sus ideas, como un sueño dentro de otro sueño que crea metáforas. Todo es una acumulación de escenas que se suceden a ninguna parte de un espíritu ansioso frente a la mesa. -También es solo lluvia-, me dije cuando fui testigo de esa soledad esperándome en un lugar tan alejado. El haber sudado copiosamente, el gozar del ambiente dentro de la hostería del caserío que de tan pequeño se acababa antes de empezar, era muy húmeda con un vino verde muy frio.



Pero eso no es nada que no cure el sudor de un pecho ajeno, ni el temer que los sueños sean esencialmente silenciosos deseos furtivos. Había una pequeña puerta al fondo el establecimiento que ella quiso investigar con sus cejas insolentes arqueadas, era un lugar que de tan privado nos llevó a sentarnos juntos cuando regresó para tocarnos con temblores más de miedo que de ansia, y que juré solo serían de una vez. Después supe que ya había estado ahí y sabía del escondite para evitar el público en su duelo, cuando su piel habitaba de a pocos y varias veces en el mismo lugar donde ahora me tenía amurado contra la pared, murmurando nadas, aunque fuera un baño malsano. Ahora, en la media luz de la calle se dejan ver muy azules los cielos, y casi pardos los campos al poniente con todo el verano roído de fruta digerible. El haber salido solo raspado es gane y ¡no hay que esperar por ninguna resurrección! Se empezó a desnudar, primero dejo caer sus prejuicios y después, una a una, sus emociones. Y así hasta que se quedó totalmente expuesta y desarropada, descortezada entre todo lo incierto y tiritando el miedo de que pasaran las horas de visita. Entonces, sentí el libro abierto que se deshojaba en quehaceres insufribles, que caen abstractos y derrotados porque siempre es más fácil con lo más frágil. Los sueños duran lo suficiente para disfrutarlos y menos que volverse pesadillas, para después… al carajo. La conversación, aguda, se fue yendo a completar lo que el otro quería, mientras los miedos se quedaron atrás después de culpar a otros de lo que no éramos, y nos despojamos de casi todas nuestras sonrisas, hasta quedarnos callados y mustios en la esquina de la única ventana, junto a la música del radio y esperando que pasara la lluvia.



Y así hasta nos desparramamos como verdolaga en huerto de indio, hasta que todo quedó expuesto y a la vista. Me dijo: -Llévame a otro lado- Parecía darme a escoger atrás de su risa clara cuando bien sabía que no había más que un lugar de casas demasiado blancas, muros muy gruesos y ventanas tapiadas entre los castañares atrancados de tanta fruta. Y antes de despedirse de mis amotinadas manos que trasgredían la regla 34-B trató de explicarme sus memorias; las que no quieren decidirse por ninguna de nuestras citas anteriores (como si tuviera que escoger una de ellas; la más fogosa, o la más tierna, o quizá la más larga). Me explico otra vez su teoría del libro leído, y releído sin nunca adivinar ni el fondo, ni y el porqué de sus lomos rotos y como curarlos. Y esa fue su última conversación de niña consentida con el mismo ángel, solo que en un diferente cielo de falsas verdades que se acallan en la puerta de sus desmanes. -Antes que los sueños despierten mientras aun brotas conmigo- y aquí está sin saberlo o decirlo, lo único que tiene claro es el porqué y el para qué. Y era mi niña, yo, el tutor que caminaba en una línea demasiado estrecha pero después de todo, solo sé que las mujeres son inmortales y enormes para recorrerlas por un solo día entre el amor de lo que se sucede, como una daga que te comprende.



Y ella tiene todo lo suficientemente grande para repartirlo, sin vergüenza o tedio, para compartirlo conmigo. Mientras, estoy seducido, quebrado entre ella y todo lo que nos escurre, pegajoso y salado, me quedo talado, esperando por el recolector. No dejo de mirar la puerta, ella se va (¡que solos se quedan los muertos!). Pero escapa siempre, tan llena de aserrín, partida y sin sentido, aun así parece un requiebro que acaba de cortar el aire y destellando sus últimas dotes de amante olvidadiza, se destierra –Cuenta con mi asistencia-. Y ahí me quedo, enmascarando mi amargura con el silencio y sus risas entreverados con un sentimiento de inseguridad. Nadie viene a mi rescate, ni yo mismo se si lo que transita a mi lado me pertenece, porque demasiada luz me ciega. Alguien me robó el tiempo y ella me lo devolvió. Y si todo es lo mismo ¿Por qué cambiar? No hay ninguna garantía de que voy a mejorar porque ya no busco recodos para taparme las mañas, ni para encontrarle el modo al; llegando y prendiendo lumbre. No busco pero encuentro pequeñas acciones que son un todo absoluto en que le digo salud a lo prohibido mientras desciendo a los lugares vedados y a las honduras inhóspitas de su ser, cuando el amor más soportable es el que se consiente por entregas. Aunque sea en comedores alejados de pequeños pueblos en lejanas rutas en que nadie nos conoce, donde me puedo poner a inventar citas que no son, o solo leer libros despastados y quebrados de tanto ser trajinados por este espirado despistado que no sabe que poner cuando saca su libreta y no le sale ningún cuento.

20101230

La cocina


No nos congrega ningún cortejo, solo es el festín descomunal en el que estamos en medio de una cocina inmensa para nuestras dos personas. Voltea hacia mí, sus aterradores ojos me acosan, azules y profundamente penetrantes, se me quedaron viendo fijamente y muerto de morir ahí quedé. De dejarme caer en el primer lugar, para verlos desde abajo para sentirme agobiado de su intensidad de señal de sacrificio y signo de lloro. A orillas del fogón y con los últimos reductos ¡Que vivan los héroes que preparan caldo de cordero para comilonas!, ahí, entre los rescoldos de carbón nos arrimábamos viendo a la diosa tierra parirse en la noche atizada por el viento de sus labios. Ahí me puso a aprender cosas de hablilla y corrillo que mi curiosidad ya intuía y mis caricias se desataron rezagados, después de los postres y los vinos cuando encontramos la especie filosofal. Fue fácil encauzarme en la facultad de dejarme ser mientras era en medio de los dos el fuego. Pero lo que yo intuya a ella no le importa, destrozar su reputación conmigo, ni hacerse de más adeptos al fogón. Se siente hueca y triste, escéptica y al mismo tiempo confiada en recorrer todo para definir la historia, no existe el mañana y ella lo sabe estando entre calderos y ollas. Un pastel puede ser ella recostada, extendida sobre su poltrona y adornada con su mandil mientras pasan las fiestas de guardar apaisada, conmigo. Así pues, la zafiedad, vulgar la lleva a mí cuando al principio siento miedo de irme mientras aún estoy aquí y simplemente permanezco como un cadáver en su cocina, sin hacer nada porque todas las mentiras tienen una verdad y yo me siento cansino. El silencio está envuelto en un miedo que se desvanece, me salve de caer y ahora lo recuerdo cuando me veo en el cristal y las grietas están solo en mí. ¡Cómo no dejarse llevar por ella! Ya abruma su figura, su voz, su peso, su sexo o su castidad. Pero yo la veo diferente, un atajo para acercarme. Dos botellas de güisqui y matamos un becerro, -Las copas son pal miedo-, me dijo. Y eso fue antes de sacar el postre que aún era solo un cielo a medio cocer que yo sabía mirar con ojos de esa gula ansiosa que no se ocultar. -¡Yo nunca tuve quien me guisara!, y ahora me dedico a sazonar- Y avanza firme, obscena, descompone su forma y ensalza su belleza mientras se enfrenta angustiada al camino, pisando fuertemente antes de entrar a la cocina, ¡la trinchera es el fogón!, avanza con su ejército de aromas contra mi humanidad. Y ella, al fin descubre quien está más desolado o que angustia pesa más en los hombros y mis aplausos disuenan entre los ruidos de sus cucharas que se acercan a confrontarme y se cotejan a la par de los míos. Que se quieren ir, huir, dejarse llevar lejos del bochorno que se enfrenta, ¡Dile que no me lleve! La flor de su secreto se deja ver en la noche única y solo la delata el leve aroma de su discreción, ¡Me quiere! Aunque ella solo diga que me desea ¡Por fortuna! y sienta que una enajenación mágica que llega a destemplarla en el rito agrario que es su vida apegada a la tierra recién abonada con los rescoldos de la estufa. Trepa se multiplica y está como receta para mis ojos cuando la mezcla resulta un perfume que no es pan ni vino, solo el olor del rescoldo o el reflejo de la lumbre en sus ojos que se impregna en las paredes como fina cochambre. Debía comer, las manos en los cubiertos y la escudilla como boca que me zampa mientras la devoro. En la que crecen plantas carnívoras con raíces que aprietan los cubiertos y dejan la morralla, Pero no se dejaba, escurridiza se ungió el cuerpo de aceite para no dejarse agarrar, está consagrada a sus ritos culinarios. Recordé y recordando me quedé porque siempre digo lo que no pienso aunque sé que nadie me cree y no sigo porque me regreso a buscar los ángeles bocabajo detrás de tantas recetas entre las que algunas ya no son y sus ingredientes ya no existen. Mientras ella andaba por ahí difunta y fingiendo que aún estaba viva al servicio de un tal vez y un dios satisfecho le dolía profundamente la falta de sazón. Es como un eco de sí misma rebotando, insolente, dentro de ella misma. Y hubo quien pensara que fueron las memorias las que estaban atizando el fuego. Separó la almohada de la cama y se la puso en la espalda, para levantarla. Casi húmedo, se sacudió el pelo que le cubría la cara como quien prepara el arma para la batalla. Y así es, digo, no sé. ¿Qué cenamos? ¡No lo supe!

¿C'est quoi être amoureux?

20101204

Fue desde ese día en que llego a mi casa, se posesionó del jardín:

-Está llenó de sol- dijo el chamán.

Pero con todo y todo empezó a platicarme de su sueño, el primer tercio sería verde, el segundo lleno de rosales que apenas sostendrían sus leves capullos y al final esa enredadera esplendorosa de vides que se dejaría caer sobre su propia sombra mientras me circunscribía la paz al corsario de su querer.

-Por ver abrir una rosa, no duermo-

Y es que siempre dijo que estaba ahí.

-Y no salgo porque sé que no está muerto, solo es un difunto que anda por ahí dando vueltas y estos son los lugares en que pisa el pasto sin dejar huella y lanza suspiros sin provocar llanto-

Traté de levantarme, pero me horroricé de solo imaginarme por encima.



De toda la vida me tiró a su capricho con el sol y ahí me dejó empecinado, al sereno toda la noche y a la fiesta de todos los días, como por buena traicionando mis deseos de descansar en paz. Ahora es cuando viene a sembrar y siento como se abre la tierra y cierra la llaga, cuando ya entraron todas las visiones y el nagual de mis raíces. Y me dejaron este pasmo, que me guarda de seguir hundiendo en espera de convertirme en otra cosa. Y por eso, siempre guardando la fe que tenía en mí, con todas sus hojas, flores y yerbas; desde entonces fui parte de su patio, del cuento y distracción. ¡Que no dé su discreción al bien supremo en que no se si permanecer aquí es premio o castigo! Vamos a sentir las veredas con nuestros guardadores para dejarnos llevar, estando solos los dos en este jardín que no llega a morada. Recordando cosas que ya son y quizás no fueron, si solo estoy en el limbo chapoteando, acabándome este cansancio errante. ¿En verdad pasaron? O solo es una penumbra que envuelve todo de a pocos y como bruma nos humedece. Porque los diálogos tan largos solo suceden y se suceden en los cuentos, en las que el edén siempre es de un verde que te apapacha los sentidos y te lleva a tumbarte en el centro del oasis.



Ya aquí no me gusta, los dueños de la tierra se quedaron ahí todos tiznados, ladinos, abandonados y aún vivos. Nomás esperando para recuperar su parcela, viéndose, tocándose como en nido de lombrices, toditas bien ásperas y fragosas.

20101127

Se pocas cosas, es verdad, pero bien sé que aquella fue una tarde soleada en la que todo lo que habíamos planeado se quedó sin sustento, y así ocurrió: Es viernes y está soleado, más de un año ha transcurrido en esto y ahora no sabía qué hacer para terminarla, estaba paseando en la ciudad, en el radio del auto sonaba la voz metálica e insidiosa de un periodista que daba el reporte del tráfico y decidió encaminarse, muy a su pesar y de malas a “donde siempre”, si, a ese “ahí nos vemos, donde siempre”. Y para colmo, un semáforo en rojo frente a su auto quería indicar algo más que solo no dejarla pasar, puso música y esperó. Estaba detenida, molesta, entre el cartel que sellaba el inicio de la hilera y sus principios, “Prohibido el paso” era algo que siempre le enojaba, quería dejar la fila pero no se atrevía a tener que empezarla de nuevo y volver a dar una vuelta más con el auto.

Uno no pide mucho algunos días, se conforma con estar, ser y permanecer. Se dio cuenta, que en el fondo, no deseaba encontrar lo que buscaba. Y ahora, un carro blanco se adelantaba, rebasando por la izquierda. Más lustroso que lo fructífero que podía ser el rebase, se dejó venir entre el tráfico tratando de ganarle el paso. Y ella, se sintió hecha de la misma materia que su auto, aceleró y le obstruyó el paso tersamente, como mentada de madre en ayunas.

Acelera y toma aliento, siente que estar ahí, parada, le resta vida. Sabía que los demás la veían dentro de su vehículo del año como una ganadora y era su carta de presentación la velocidad o quizás solo la temeridad rayando en imprudencia para verse despercudida y libre. El auto era algo más, su cómplice, dentro de la cajuela estaba yo, mejor dicho, todos mis recuerdos en una pequeña caja disimulada en la cajuela. A eso me limitaba, a un montón de recuerdos en un cartón escondido atrás del auto. Y desde la seguridad del asiento delantero ella no se podía permitir hacer ninguna tontería a riesgo de descubrirse como la frágil mujer que era.

-Perdón, bien sé que mi vida está impregnada por siglos de la ficción de todo lo que lee, por años de vivencias que se dejan caer en las mañanas en un absurdo que es totalmente mío en que vivo desde que te conocí. ¡Por favor no me dejes!- Se dijo a sí misma en tono de sátira y se dejó caer en el acelerador para chorrearse historias toda la tarde, para tener un recuerdo. El argumento se había agotado y era subversivo antes que la tarde hundiera su tiempo y aún no había llegado a la cita. Porque mientras más se, mas desconcertado estoy, sé que ella me puede traicionar pero su cuerpo no, es mío y me pertenece y estoy guardado para ella.

Se froto la cara y pensó que si de noche no se ve ni a sí misma y a obscuras ¿quién siente?, ¿cómo pedirle un final feliz a la infidelidad? Supuso que mientras más cercana, más vive en ella y no es cierto, que el tiempo no lo alivia y el sol la alancea, solo lo cubre las palabras porque si yo nunca las oí y tú nunca las volverás a decir, ¿Cuál es el problema? ¡ser carnívora! Y se siente apuñalada por ella misma.

Si siento que algo se extravió dentro de mí y no lo encuentro, probablemente esté en mi costado izquierdo, ese que es impredecible. Es un sí o no, que cuesta decidir sin saber si me lo dice o me lo cuenta, porque estoy en un mar sin agua de orillas sin arena ni riscos y me propongo nadarlo todo, hasta encontrar el olor de la mitad de tu cuerpo.

Mi mente es el almacén de un cuento en el que pasare el resto del futuro, que la buscaba como se va tras las huerfanitas en la juventud. Y es así, rara vez coinciden las emociones que caen sobre mí con lo que siento un día después, sobre todo si ese día llega el Beaujolais nouveau con su color a tus ojos, para llevarme de mis dedos a tus pecas insufribles, y de regreso. Siempre en la noches que aún me saben a perfume, mientras despierto adormilado y me pides distancia.

Eso sí, bien escamado, cuando sentía como pasabas por el zaguán de mi alma. Y como me pregunto ¡porqué te niegas a ser tocada! y tu existencia se reduce a dar explicaciones sobre la sombra de este verano que se acaba en un “Ya no”.

Haz crecer tu ego… pero no, solo tomé un tren y dejé que me envolviera su ruido mientras trataba de adivinar si podía dormir, ¿Por qué siempre me toca tomarlos de noche? Y al día siguiente sentirme en un lugar nuevo en que me siento mortalmente herido en la celebración después de pasar de la frontera, de los nómadas a los sitios fijos por un par de días. Aquí yo mando, es la hora de bajarse y empezar a hilvanar el día. El viaje no es lo importante, lo es la fragilidad de quien lo efectúa, o el enamoramiento que se fragmenta entre varios recorridos.

-Envuelve los pétalos y no los lastimes, ya los arrancaste uno a uno, uno a uno…- Repitió varias veces el -uno a uno- y después se desnudó por dentro y por fuera ¡Ya no puedo ser un espectador! No quiero quedarme ahí esperando que algo suceda porque eres terrible y rehecha en cada nueva experiencia. Fue una agonía inútil, entre sigilos en que al fin llegar, para encontrarla holgando entre las dos sillas que se sostenían precariamente y con una taza de rocío en equilibrio sobre su vientre -Nomás no me dejes caer al final, aguántame- Tomó aire y trató de decir algo, pero solo sería reflejo de lo que no sería. O quizás algo peor, solía desaparecer por temporadas pero esta vez no volvió, la cuenta regresiva que llevaba tan meticulosa en su agenda se perdió ese día. Somos inversa y desproporcionadamente iguales… ¿Pero complementarios? Al final es fácil morir por ti… ¿Pero vivir contigo? Fingiendo que buscas tu género y solo anhelando un poco de apego a algo que no es, ni será.

La empecé a recorrer entre sus equilibrios y mis traspiés, centímetro a centímetro se dio al fuego. Más le aunque, ella era solo una herida inteligente que se abre cuando no la ves y se cierra sobre ti para asimilarte cuando te apareces. Es su manera y forma de evitar sospechas, de quien sabe que oculta algo. Antes se derretía y se dejaba querer, después ella mandaba en arrebatos, por los que entre cada siete olas venia un jolgorio explosivo que me remataba cuando intercambiábamos una sola exhalación. Simplemente ya no era mía. Quien como yo que se oculta en llagas y no sabe de raza que cede. Aun padezco las secuelas, nací de parto natural, pero sé que las cosas no siempre son fáciles. Presiento que moriré con quien mueve estos dedos y con miedo a reconocerme en sus ojos, tan frescos como una cuba libre y no un tempranillo, -¿Es adulterio hacer el amor con tu mejor amiga?- no pero un día te levantas, sales a la calle y descubres que nadie voltea a verte, pero ese no es mi secreto, es el suyo y después de tanto probar decide que le gusta y deja de ser una turista en mi cuerpo.

-Vuelve a colocar la tapa sobre mi… que se oyen pasos venir, ya viene el verano y la lluvia, y necesito permanecer vacía-

-Cuentas conmigo-

-Yo soy mi dueña y el cuchillo de mi conciencia- y volvió a sonreír con una mueca hueca que enseño su razón de arrepentida.

Y ella siempre estaba muy consciente de eso que se negaba a recordar y de muchas cosas más que prefería olvidar antes que hacerles frente.

-Es guapa-, pensé, pero eso solo vale por un deseo. El antes y después llenos de viejas súplicas, la suma de su cuerpo era el absurdo de los placeres, desperdiciados dentro de esa ropa tan entallada y zapatos hechos a la medida (cuatro pares que siempre llevaba consigo, junto a mí en la cajuela). Dejó de jadear y me cambió por un adiós, ya no tenía sentido estar ahí. Tomó las llaves de su auto abrió la cajuela y depositó un último recuerdo en mi caja. Se dirigió a ninguna parte. Era una tarde soleada como para dejarla pasar desaprovechada, tomó el teléfono y le marcó… mientras, manejaba haciendo una cita con su alguien nuevo. Ese que ya tenía su caja, aun vacía en la cajuela, esperando las ofrendas a la diosa. Abrió la ventana para encender un cigarrillo mientras aceleraba, y sintió que el aire caliente, pegándose en su rostro, se llevaba algo como lágrimas que le escurrían en las mejillas y apreció el olor a cítricos de los campos. Fue demasiado tarde, no supo si disfrutar el olor del campo, el del cigarro o la curva cerrada que se acercaba. El sol le había cegado al encontrarse de frente con sus rayos al tomar la curva… y el barranco no le perdonó el descuido, el accidente fue un golpe que le endilgo la fatalidad. Y ella, que siempre envidió ser mortal, ahí quedó. Ahora si conseguiría la eternidad en el recuerdo.

Quisiera no acordarme tanto del olor de las mandarinas en diciembre y salir de este rincón buscando aplausos y reconocimiento, pero no es así. Aquí estoy dejando pasar la vida, pensando en los árboles que pasan en la carretera, que me lleva de regreso de recordarla y solo pienso, -Pues qué remedio- Y con eso me quedaría en su boca y mente mientras veía pasar mi turno y desestimaba la impostura de aquel que estaba atrás, pues no era el encajuelado. Ese siempre era yo, dando vueltas en su baúl, en una ficción súbita, pensando un calificativo que nunca tuve y olvidado en un basurero a la intemperie en el que está prohibido entrar y negado salir.

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