20111008



¿A que sabe el otoño? A inmenso. Sí, es toda una recolecta de sabores y sombras del fogón, que son joyas ocultas entre colores y texturas escapadas, para poder ser degustadas de a poco, en un convite casi sin fin.

Los hombres se alimentan de dinero y poder, los dioses de colores, olores y sabores. ¡Y la que se armó! Nos homenajearon celestialmente Beatriz y Friedhelm. Primero una maravilla de texturas y aromas en el mousse de ostión rodeado de los verdes y morados de las hojas de lechuga. Las uvas perfectamente enfriadas entre anís para el cambio de tiempo. La sopa de nopal, exquisitamente mediando los ácidos y la sal. Navegada por la pira fúnebre vikinga, que en este caso… fue de oaxaqueños chapulines navegando en barco de maíz y aderezada por flor de sal marina (¿La silabaria y el mar?). Y el plato fuerte, entre los tonos escondidos del blanco y negro del arroz con los últimos rosas del piñón. Todo contrastando en la envoltura verde obscura de la delicada presencia de la Hoja Santa, esperando su lugar junto al filete dorado para los adorados de Bea (¡Que no son los aDorados de Villa!), que veía su exterior alineado con tocino del que aún sabe a tocino (no al bacon gringo que se usa ahora) y los negros sabores de las especias. Todo esto entre amarillos profundos de aceite, obscuros de pimientas, que le dan paso y aderezo a la guarnición. Son  tallos de chayotes formados uno a uno, como huestes de Villa, uniformados de calzón blanco para la batalla (¡Una cruzada perdida de antemano! No quedó uno vivo).

Y el postre, mmmmm, para invitar y convencer que no se olvida nada a los amaneceres caminando en que Bea se escurre planeando hasta el último detalle. Que se culmina en una corona de crema batida y guayabas ajuaradas por las campechanas miniatura de las monjas de la cinco oriente. Eso sí, ¡La perfección del café fue mérito del metódico temperamento teutón de Friedhelm!

Y así, magnifica y esplendorosa, se escurre por la ventana la tarde. Entre la plática amable y el último rayo dque luz forzó a los fuereños a tomar carretera, cuando anochecía entre ardores irracionales que tienen una fe insensata en el amanecer y recuperar el cuerpo. Ese rejuvenecer que es el objeto último para el mantel inmaculado (bueno, ¡por un rato! hasta que el vino, se desparrama gracioso en el lino exquisitamente almidonado que cubre la mesa)

Y ya después, en la tranquilidad de la noche me puse a ordenar tantas ideas. Trataba de imaginar la vida sin esas fiestas o sin compañía (vete pobre, pero no te veas solo ni enfermo), sin el sueño ni las fantasías en que asendereado, me paseo por la cama. Esperando que aparezca el mago de los sueños, expectante, nervioso.  

Bea nos lastró para mantenernos atados a las sillas, pues de otra manera abríamos levitado entre tantas sensaciones. Como el sentirse acuchillados por el espíritu de Obregón y saber que por suerte, no apareció ningún Toral a deshacer la fiesta (¡para suerte de Bertha! Que esperaba ansiosa noticias de su tía).

Y así pasó lo que pasó, esas cosas suceden, somos pupilos aprendiendo a disfrutar la comida y lo que sigue, paladeando la mezcla de sabores y personalidades de los convidados. Desde la lucida mente educada de la historia de Pedro, o la plática amena de Jaime, las anécdotas de la política de Toño, que ahora no vino como senador de la republica sino como comedor del fogón de Bea. Y qué decir de la mente educada de Reyna que nos deleitó con su sonrisa franca y sus anécdotas y experiencia analítica (La vida en pareja se puede decir que pasa por 4 etapas, la parte impetuosa cuando nos conocemos, la etapa reproductiva en que crecemos y nos hacemos más, la época que ansía por tener dinero y atesorar para el futuro y la última, donde queremos compañía y piojito. Ahí nos quedamos en la plática que después derivó en la coincidencia de las tortugas y los peces con Bertha ¡Que se las sabe todas de ese tema!).

Las amables atenciones de Bea y Friedhelm que se desparramaron en el convite, y así; sin diferencia entre comer y el quererse, el mismo deleite y pecado. Que se debate entre el hacer y el dejar pasar. Ambos a la carta, escogiendo y combinando sabores, texturas y colores que se arrastran para descubrir el fogón. De calores inmensos y flamas de colores que adornan la carta tan elegante y precisa para no estomagarme antes de decidir por empezar el primer mordisco. Porque este es lugar para la voluptuosidad de la comida y la amistad.

A lo más, la antojadiza muestra de sabores que se quedan impregnados entre fuente autista del blanco del mantel, impredecible liso y alisado por la plancha y el almidón, la mesa desmantelada que ahora es una incertidumbre menos. Navegar entre la adrenalina de los platos calientes, que sin sobras antojadizas se guardan después de una semana de abstinencia, en la fuente autista del blanco del lienzo impredecible. En la alacena que guarda las vituallas para la próxima batalla. Que ahora nos quita una incertidumbre: “Entre los peces el mero; entre las carnes el carnero; de las aves la perdiz; y entre las doncellas, Beatriz”



Gracias mutuas: Beatriz y Friedhelm, Pedro y Reyna, Bertha y Manuel, Antonio, Jaime, y Enrique (en ganas)

20110925





Dolce non fare niente; porque las ideas, después de habladas, se van al cerebro


Aquí, aquí mero es donde están las distancias para que los tiempos pasen y se sucedan: Lorena empezó por tomar café entre las tardes de sol y el calor del verano, siempre en la misma ventana de la misma oficina. Mientras bajaba el calor del mediodía, cuando se preparaba el fresco de la tarde y el hachador cortaba vientos y suspiros para jugar el aire claro, atesorando lluvias y chasquidos que me huelen a rancio mientras arrastro los pies. ¡Puras vergüenzas sudadas en batallas campales, polvo y silencios! Aguanta un poco, que sobra quien agarre las lastimas ajenas, a esas, las dueñas de mis ojos. Fatigo mis huellas nómadas en la arena y termino por arrastrarme lastimoso como ancla, hay emociones oscuras encarnando para escurrirme entre las rendijas del suelo, goteando como el desamor. Pasos iguales a los que dejó de muestra el nahual en la tierra que me rodea.

¿Por qué todo es silencio? Es la pregunta, yo siempre estoy en el bosque, acurrucado entre los árboles. Cada vez es más el ruido verde desde el fondo, sin darme mucha cuenta estoy dale y dale la vuelta a los rancios demonios que me persiguen ¿Por qué dialogo con las tapias y los árboles? Vine aquí a encontrar paz y no... Si, bien sé, hubo un tiempo en que todos deseamos ser ella y Lore gritaba desde el atrás su condición de nido, y se conformaba con su carácter de deidad en rama florida de una congregación congelada en tres.

Me di cuenta, de repente, que las personas que pasaban, me observaban. ¿Por qué? ¿Cómo el azar puede ser objetivo si tiene años fraguando la venganza? Un brete; eran tres billetes de cien, pinches trescientos pesos muy relajados de la culpa que era solo un salvavidas para justificar esto. Tres años, en una palabra de más en que no había razón para tomar un desvío que fue a tajarme al centro. El camino ya de por si se acababa pero había que concluir, el rumor del adiós no terminaba de ahogar la lucidez del momento. Y si, ahí se me cruza en las ideas que algo paso y no ahora, que tiene tiempo de ser una errata. Es fácil morir por un apego, lo difícil es vivir en él. Entre lo artificial y lo artificioso que esta, justo en el medio (su zona pilosa, diría mi compadre).

Llegó y sucedió, cuando remató con vestirse sintió que algo faltaba. Olvidar que le daba vueltas en la mente tratando de ser recordado

-El negro me sienta hoy, visto según me siento-

-¡Axkan kema, tehuatl nehuatl!-

Apago la luz y se pierde en la obscuridad, el teléfono suena justo cuando el aprecio por las cosas se acababa, los amores permanecen y ahí están, en una obsesión por subsistir al frente, en la pantalla que dice más que mil palabras y cada uno en su banda se juntan el hambre y las ganas. Eso sí, desesperados por no poder ser y sabiendo que solo hay una forma de expresarlo. Pero no, no fue una despedida, solo un paso de lado. Porque el cuento que ella misma se escribió para tener que contar, era el de la infanta que siempre acarició ser.

¿Cómo hacer presente lo alejado? Si, lo sé, ¡En una extremaunción por miedo, o por venganza! Editada en una batalla cuerpo a cuerpo que muere, que deja espacios para la reconciliación y el abandono, que la hace crecer en el desahogo del tiempo y la holgura de las ideas que quedan intermedias. En un olvido que está tan lleno de recuerdos de gentes rotas, que ya son filigranas de una y otra vez. Es un abismo el que me deja la ausencia mientras sueño. Repartido entre lo profundo del olvido y lo hondo del chasco, calado hasta el fondo. Me enamoró a lo antiguo, clara y lentamente por razones que no tienen razón. La caída será lenta y ya no habrá nada igual en la dulzura de no hacer nada.


La fe es un don que me dio Dios para entender a las mujeres y apechugar… ¡Ah! Esta necedad de ser feliz, ¡cómo me apabulla!  Y todo es estar en el paraíso por un tiempo, antes que el diablo se entere que he muerto y yo pueda separar su cuerpo de mis emociones, no de cariño, sino de súbdito

20110901




Mi cuata



La vereda siempre es igual, ¡Vaya! Toda llena de polvo y parajes siempre rebuznados de tan cansinos y secos. Salimos de amanecer y dejando puros deseos enterrados entre los surcos y buenas razones marcando el camino de los bueyes que van y vienen, día tras día nomas estornudando su cansancio. Y ahí lo vi venir, acompañado por una parvada de cuervos graznando, lo único que nos quedo fue cruzarnos. Ni modo de echarme al monte y esperar que nos venadeara, porque de tan deslumbrados se me cegaros los ojos y no puedo dejar de preguntarme por las nubes, estos días entresacados de mayo tan soleados y secos.

-¿Hacia dónde van?-

Preguntó, como si nos conociera o como si hubiera muchos lugares pa donde jalarle. Para acomodarse después el sombrero, fajarse y dejarse ver que venía armado. Una escopeta cuata que se asomaba del saco, y era puro oxido con ganas de que algo se le pusiera enfrente.

-Donde los Guzmanes-

Y el plebe del malandro puso cara de que no sabía, ni quería guiarnos. Agarró su morral y se echó de lado para dejarnos desvirgar el sendero. Era una pendencia permanecer ahí viendo como destilaban demencia los sauces llorones de adelante y las tapias de más allá, cada vez más derruidas, se derrumbaban.

-Creo, de tener fe- Y fue el escogido para irse. Ya estaba tocado, nomás alcanzó a tomar de su alforja una botella y se saboreó un trago puntual, para quedarse pegado a la tierra con el aliento fresco.

-No hay prisa para jullirse, esto es una jaula abierta- Quién sabe cómo, pero faltaba más, ahí vamos sin levantar la vista y cubriéndonos del sol. La gente se muere donde sea y ahí atrás lo dejamos tendido sin nombre ni cruz. Entre los carrizos para que se lo festejaran los cuervos se quedó, y ¡Que Dios me lo perdone! pero questa va guardar silencio. Al fin que se nos va a retoñar silbando en las cañas, ¡Qué bonito! Y yo voy a calarme su escopeta. Si el pendejo la traía descargada, ¿Pa que la enseña? Nomás para quedarse ahí sembrado y esperando su vela.

20110831




Pequeña



Era tan chiquita, tan angustiosamente diminuta, llena de perfumes y de los holanes que solamente una vez se dejaron llevar por mí. Era ella algo más que un semáforo en rojo, un café con alguien sin nombre o una soledad.

Era tarde, poco antes del anochecer, volví la mirada hacia el horizonte mientras conducía por la ciudad, como si las nubes fueron más antiguas que todo lo que había, era necesario investigar y llegar al horizonte, me incliné sobre el volante y traté de obligar a mi mente a dejarse llevar ligera, pero no era fácil, era mucho más sencillo tratar de recorrer el asfalto en un paréntesis de calma, abrí la ventana y prendí las luces, los instrumentos del tablero le iluminaron el rostro de un color tenue y surrealista. Conduje hasta la autopista, paramos a cargar gas y mientras, yo caminé hacia la cafetería. Ella prefirió quedarse en el carro.

Tan pronto me alejé agobiado del limbo de su presencia, me di cuenta que habría que seguir en una impaciencia contenida. Salí lentamente con un café en cada mano, toda la tarde se inunda de una luz de sol poniente que obliga a los colores a envejecer, no me importa el reloj. Me dejo llevar al auto, salgo de la estación, aprieto el acelerador con más y más fuerza, y le pido regresar ¿Cuál es su respuesta?: -¿En qué estás pensando?- Y solo habló para ventilar la boca. Llego a la ciudad sin ver la primera luz roja, me pego al freno y retomo el control para estacionarme afuera de su casa. Ella, como si nada y sin bajarse me lleva a morirme un poco, solo un poco. Antes de bajar del auto me mira atentamente sin verme a los ojos, con una inescrutable sinceridad, como si yo no existiera o fuera un ermitaño, obscuro y sin nombre… ¡Lo soy, y así me siento!

20110830




El enamoramiento ajeno





¡Aúpa, que amanece junto al Cuexcomate! Aguanta un rato, que yo aguardo despierto. Dale tiempo al fogonero de encender el Popo para conseguir indivisas esas nubes blancas, que a diario nos bendicen después de orearse, tan presumidas, en el pecho de la Iztaccíhuatl. La Malinche sueña, todavía no se despierta y el Citlaltépetl anda espantándose las nubes, les pide avanzar para dejarme ver su estrella, que tan brillante, se sostiene de la obscuridad. El tiempo se arremansa en un azul intenso para, ansina, dejarse comprender de sopetón. Por entre el callejón de colinas y desfiladeros, con la luz del sol arrastrándose entre el valle, trazando sombras como alebrijes en el campo. Mixtli no es un paisaje que solo transcurre y se liga todo a las contingencias del viento. Es lluvia que se escurre e irradia la mañana, una estela que baja de noche desde el cráter quemando el bosque y desgranando los pinos. Ellas hablan conmigo y se empatan, pero ahora no, desde ayer se desmayaron de ese calor de la tarde tan pegadas a las lomas y sin llegarme a quemar, se quedaron cubriendo las cimas en ajustado ciño. Y para cuando reaparecieron en sí, ¡Que carajos! ellas seguían ahí, y sé cómo le gusta allegar sombras y juntarse con las penas para atajarse en mí obscuridad y abandonarse al viento, impalpable, que transcurre perezoso. No es mando, es autoridad la que ejerzo sobre mis cariños, o al menos eso creo mientras veo como siempre viaja dirección a sus ríos y la guía el olor de la tierra mojada transcurriendo en un menjurje de cosas que se suceden. Camina y su sombra se ve eterna apareciendo en las cañadas y atisbando entre en los pozos de agua que se desbordan. Un mejunje que esta de oferta con esas masas herederas de primitiva hechura, agua niebla sol y viento, eternos. Y como ¿Para qué manifestarme si estoy tan conforme aquí, en la brevedad de mi celaje y en la absoluta inconciencia? Se quedó una silla vacía, un sitial con una mesilla y un libro marcado con una hoja doblada en la mitad, un capítulo tachado a lápiz que muestra que ella estuvo ahí, y se fue a concebir el amanecer y ver llegar la jornada. ¿Y, va a regresar? y si no ella, alguien más a cuidar cuerpos, porque las almas se curan acompañadas en sus entenderes. Todos se van entre lagunas azufrosas y ríos serpenteantes, prestos y bajando del cerro, bien colgados de frutas maduras que son un gozo acarrear, para endulzarse en el jardín. Chorreando miel, ponerlas junto los libros que atesora y aturde por un tiempo al sol su dulce mientras ruedan, hasta que se le pasa el tiempo y lo retoma en la marca.





El enamoramiento ajeno







¡Aúpa, que amanece junto al Cuexcomate!

Aguanta un rato, que yo aguardo despierto.

Dale tiempo al fogonero de encender el Popo

para conseguir indivisas esas nubes blancas,

que a diario nos bendicen después de orearse,

tan presumidas, en el pecho de la Iztaccíhuatl.



La Malinche sueña, todavía no se despierta

y el Citlaltépetl anda espantándose las nubes,

les pide avanzar para dejarme ver su estrella,

que tan brillante, se sostiene de la obscuridad.



El tiempo se arremansa en un azul intenso

para, ansina, dejarse comprender de sopetón.

Por entre el callejón de colinas y desfiladeros,

con la luz del sol arrastrándose entre el valle,

trazando sombras como alebrijes en el campo.



Mixtli no es un paisaje que solo transcurre

y se liga todo a las contingencias del viento.

Es lluvia que se escurre e irradia la mañana,

una estela que baja de noche desde el cráter

quemando el bosque y desgranando los pinos.



Ellas hablan conmigo y se empatan, pero ahora no,

desde ayer se desmayaron de ese calor de la tarde

tan pegadas a las lomas y sin llegarme a quemar,

se quedaron cubriendo las cimas en ajustado ciño.



Y para cuando reaparecieron en sí, ¡Que carajos!

ellas seguían ahí, y sé cómo le gusta allegar sombras

y juntarse con las penas para atajarse en mí obscuridad

y abandonarse al viento, impalpable, que transcurre perezoso.



No es mando, es autoridad la que ejerzo sobre mis cariños,

o al menos eso creo mientras veo como siempre viaja

dirección a sus ríos y la guía el olor de la tierra mojada

transcurriendo en un menjurje de cosas que se suceden.



Camina y su sombra se ve eterna apareciendo en las cañadas

y atisbando entre en los pozos de agua que se desbordan.

Un mejunje que esta de oferta con esas masas herederas

de primitiva hechura, agua niebla sol y viento, eternos.

Y como ¿Para qué manifestarme si estoy tan conforme aquí,

en la brevedad de mi celaje y en la absoluta inconciencia?



Se quedó una silla vacía, un sitial con una mesilla

y un libro marcado con una hoja doblada en la mitad,

un capítulo tachado a lápiz que muestra que ella estuvo ahí,

y se fue a concebir el amanecer y ver llegar la jornada.

¿Y, va a regresar? y si no ella, alguien más a cuidar cuerpos,

porque las almas se curan acompañadas en sus entenderes.



Todos se van entre lagunas azufrosas y ríos serpenteantes,  

prestos y bajando del cerro, bien colgados de frutas maduras

que son un gozo acarrear, para endulzarse en el jardín.

Chorreando miel, ponerlas junto los libros que atesora

y aturde por un tiempo al sol su dulce mientras ruedan,

hasta que se le pasa el tiempo y lo retoma en la marca.

20110820


Flejo






“Un poco de respeto” me dijo un día mi reflejo en el espejo, “Limpia al menos el cristal” me increpó “¡Mira que cara tienes!”. Calla, que no tienes nada que contar. Tú dependes de la luz, la apago y te desvaneces. Tú, dependes de que yo esté frente a un espejo para verte claramente, nunca serás más que un seudónimo. Confórmate con ser reflejo porque nunca tienes nada que contar y solo recúsate porque te impugno. Dependes de mí y te cuelgas de mis actos y solo yo te motivo a aparecer, para ser un descerebrado que me imita todo al contrario. Si voy a izquierda tú vas con la derecha, con el peso de la memoria encima del costo de la culpa. ¡No soy tu cómplice! Y me castigas por eso al límite de la razón. Aquí no hay química ni comprensión, solo una imitación y un espejo turbio en que actúas imitando. Que nadie remueva a un muerto que descansa deambulando como flejo detrás del espejo. Calcando con una voz tenue e irreal que demente se desdobla. Que quien sabe dónde lo tiene atrapado mientras entro con los ojos abiertos al huésped de mi cuerpo, que se esconde en un inconsciente, ¡no, no estoy solo! Y no sé si está ahí porque me quiere o solo me tiene lástima, verse en el reflejo es un modo respetable de saludarse uno mismo. ¡Asústame panteón!, quiero una puerta, una puerta para dejar salir a todo lo que permanece insondable en la superficie de una imagen inversa que es yo.



La mañana siguiente, ordené mi cremación. No quería que por ningún motivo, un espejo, ni siquiera un cristal me trajera a Flejo para contradecirme mañana, ni nunca más, cuando ya no pueda defenderme. Yo, soy lo mismo, pero al revés.



20110804

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La caja vacía



La cosa era cosa era tan sencilla como dejarse llevar y hacerle como que no me importaba, de irse por ahí y ponerle cara a la Carmen de “me vale madre” a todo, solo para pasar desapercibido. Porque sé que es todo un arte husmear, investigar y resignarse a ir por el mundo buscando:

Las inquilinas de La Caja Vacía (Bonito nombre para un bar de mala muerte) eran conscientes de que no existían, y aun así insistían en brincarse por la tranca equivocada, puras almas en pena haciendo y revolcando permanentemente para escapar de una vida que no es o tan solo vivirla en una experiencia que no se da. Todo es como haber transportado una casa de un lugar a otro y al asomarse por la ventana, recuperar un paisaje que ya no está.

En las mañanas la tranquilidad de un seminario y en las noches el frenesí de carnaval. Todo sea como estar guardado y temerle a la intemperie de lo malo por conocer. Si sospechan que algo puede pasar es algo evidente y se deja de percibir con solo ignorarlo. El tiempo afuera es frio y nuboso, pero ahí adentro no pasaba. Eso hicimos, no era cosa de regresarse en blanco, yo no quería pero ya estaba ahí.

Ahítas de desvaríos que disfruto mientras camino, y ahí, me dejó llevar por los silencios.



Hasta que un cuchicheo llamó mi atención:

Me acerco y observo la intimidad de dos que se quieren querer en una transacción de pocos pesos que solo alcanza una mediana horizontal y no permite toqueteos ni besos. Y eso, ahí se queda, todo el contacto es mediado por un embuste que promete sensaciones y seguridad, termina en un rumor de relaciones que para súbitamente, ahí está el silencio. Las sombras quedan muertas por el reflejo que pasa por las rejas de la ventana, se da cuenta que aún tiene zapatos puestos pero aun así, no toca el suelo.

Los dos nos hemos quedado a solas atrás de una barra que solo tapa nuestros cuerpos y ella pone el dedo sobre los labios para pedir silencio. Y termina tapándose la boca con la mano para evitar gemir. (Un miedo atroz se apodera del silencio mientras siente que algo penetra en el recinto sagrado de sus turbaciones, es algo maravilloso que solo hoy siente y le provoca estremecerse y estrujar los muslos con una fuerza que lastima, todo para dejarse tocar, vender y regresarse a la barra).

–De haber sabido, yo lo pago, ¡Te invito el cuarto!- Dijo la Carmen y en vez de llegar tarde, se picó esperando la campana de la misa de gallo. Se podía comer la noche hasta el hartazgo de quien, de quien sabe cuántas veces. Que no sabe de poquitos, no era para encabronarse, y solo me deje llevar, lejos, lo más lejos que pude. Se puso su abrigo, era como de terciopelo y de un blanco que no iba a durar ni lo que nos tardamos en comenzar, porque ya sobra lo último.

-Te vas y me dejas huérfano- y sí, ella era la buena, pero, ¿yo qué tengo que opinar, si bien dice que le valgo madres? Al final me veía llegar y se quedaba callada, ya no había plática ni chisme, ¡pura prédica! que me cuenta que no le importa. Y mientras se queda callada, me olvida de a poquitos cada día. Alguien tiene que parar esto, alguien que tengo que ser yo porque esto, es pura verdad. Pura verdad con otros nombres, pero la purita neta de crueldades que me tocaron y ahora me tienen aquí balanceándome. Ahorcado para hacer cierto el miedo de mi madre -Vas a terminar colgado, ¡Ahorcadito, igual que tu padre!-
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20110715

El cuchillo y el baúl

Sobre la mesa de la cocina estaba el cuchillo ansioso. La comida lo esperaba, tenía que:
Cortar los limones para el agua dulce
Trozar la verdura para saltearla en mantequilla
Rebanar los tomates para la ensalada
Picar finamente el ajo para el arroz
Partir la hogaza de pan negro
Y al final, su deleite; ¡Destazar la carne para el estofado!
Mi cuchillo asumía un gusto especial por descuartizar carne en trozos pequeños. Lo empuñaba y sentía como penetraba la carne suavemente, se deslizaba desmembrando los cortes con un gran gusto, llenándose de grasa y sangre. Y en esas estamos cuando, se me resbaló en el último taje y cayó hasta el piso.
Ah la fatalidad… ¡Se le melló el filo!

Junto a la cama tenía Iñigo el baúl con sus cosas, ahora solo queda un hueco.
-Pilar; ¡En mi hambre mando yo!- siempre me gritaba, claro siempre me lo escupía a puertas cerradas el muy cabrón.
Ahora, ya no se queja de nada aquí ¡Se mudó! ahora vive en el baúl que usaba para sus tiliches, ¡Bien enterrado bajo el piso de la cocina!
Hoy, alcé las baldosas, quité un poco de tierra y ¡Ahí está! es todo un señor cofre hecho de la madera de un buen encino, con herrajes de hierro y chapa doble.
Lo abrí, ¡Qué tufo tan desagradable! Guardé el cuchillo dentro y le puse doble llave
Ahora, el par de inútiles están bien guardados y ¡Siempre juntos!
Volví a asentar el piso en su lugar, me lavé y limpie para poder salir de casa. Voy a la tienda a comprar otro cuchillo pues…
¡Mañana hay que cocinar!

20110708

-Yo contra mí- Un bolero que suena amargo



Cuando la niña que era Marina se volvió una enlutada del mar, se visó como un espectro afligido que estremecía a los vecinos cuando salía en las tardes a recordar. Ella vivía junto rosal en la entrada del casco viejo que ahora se ha convertido en una maraña de flores amarillas. Es toda una enredadera que decadente y magnifica perfuma el pórtico en los atardeceres, antes calientes que fríos del barrio costeño de Puerto Libre. Pasa el tiempo y nos abandonamos al olvido.

-¿Quién toca?-

Y la enredadera, tan todita llena de flores se movió al compás de la puerta para dejar pasar una mano blanca, muy delgada. Preguntar era algo que solo tenía sentido en su soledad, era una regla que solo hacía sentido en su retiro, indagar sin importar quien fuera. Era solo un sobre, pero debe haber sido un ancla fierro, de algo muy duro para poder dejarse caer y hacer tanto ruido cuando las palabras se escurrieron como lágrimas del papel. El amante sin voz es rotundo en su ausencia, y el sobre solo decía

–No se encontró el destinatario, devuélvase al remitente-

-Más merezco por tener un amor necio e insufrible-

Y a más, sin un mañana; puros anocheceres y ninguna luz. Le sonó a tango y entró a la casa tarareando;

-Quiero que estés cerca silencio, que tus hojas no se muevan con el viento-

Toda la construcción tenía divisiones arbitrarias e ilógicas que hacían vericuetos como los camarotes de una goleta antigua, que solo ella recorría con el conformismo resignado del recuerdo de su padre, capitán de barco perdido en una tormenta.

Una sí y otra no, blanco o negro, hasta lo inevitable; amor u odio ¡Era parte de su ritual diario! Las huellas estaban en todas partes pero solo ella las veía. Pero esta tarde, el cielo estaba tronando y la distraía. ¿Sería una tarde ruinosa o solo llovería un poco?

A lo lejos se oía el relamer del mar con el acompasado pasar de unos tacones que consumían sus pensamientos en un ir y venir sin sentido, esperando que se alejaran como avisando algo. Cerró el portón y vio como algunos pétalos amarillos caían despacio, como adornando la entrada. Crispo sus dedos y sintió las uñas enterradas en las palmas de la mano, se dirigió a su guardarropa para buscar unos zapatos que también la anunciaran y escribieran algo en el piso de piedra del patio.

Se los puso y caminó alrededor de los pasillos hasta que sintió confianza, abrió la puerta y dejó entrar el crepúsculo de la tarde para irse taconeando con fuerza, como diciendo -Soy yo- hasta el malecón. Lo atravesó para sentarse en la banca más lejana y se acicaló mientras escudriñaba el mar con el rabillo del ojo. Ahí abrió un libro y dejó que terminara de filtrarse la tarde para tener pretexto para regresar a obscuras a casa. Fraguó un pacto con las sombras para seguir siendo la misma, los zapatos le molestaban -¡Como aquella vez!- Pensó. Y se preguntó el cómo saber si todo eso solo había sido un sueño y ahora personajes diferentes ocupaban el espacio de los originales, lo único que recordaba con certeza era el sombrero, un borsalino gris de ala corta que seguro vino de ultramar.

Es inevitable dilapidar alguna vez todo tu cariño, pero ¡hacer costumbre de ello! ¡No! Se pasa la lengua por los labios, siente la sal, les urge redimirse, pues solo encuentran placer en los lugares más extraños y terminan aburridos sellando sobres que enviara a ningún lado y digan lo que digan, nadie las cree.



El amor platónico es un misterioso halo, ilusorio y estéril, debe ser un ilícito practicarlo porque queda poco de el por navegar. -Me envió la decepción- y es un desencanto alcanzarlo porque sientes que te habla y no sabes que el fulgor se convierte al final en un relato inmundo. En que su vida no encaja, no tiene excusas y solo te deja pespunteando recuerdos que el tiempo, que todo lo sana, no mejora nada.



(Se me quedó en el tintero cuando hablábamos de Corín Tellado)

20110704

La máscara de la displicencia



Creo que necesito regresar a consultar a mi siquiatra (¿De nuevo?), quizás solo llegue a pagarle un mes de sesiones porque no es nada grave, pero ¡Ah como me trae loco este absurdo! Y será solo para platicarle mi obsesión de siempre por los vellos y la suerte de las que no se los afeitan. Y, ya lo sé, seguro lograré ver detrás de sus lentes (Chiquitos y absurdos) que le esconden una mirada de incredulidad. Y si no se aguanta, pues, hasta una risita entre suspicaz y burlona se le escapará. Se resignará a escucharme y aunque ya sé que me dirá al final, -Son cincuenta minutos por quinientos varos, por favor en el cajón de la secretaria- (Eso será ahora mi cesión) Y que, ya sé que me hubiera salido más barato no obsesionarme con algo tan sinsentido, pero no puedo evitarlo, despierto sobresaltado en las noches y me sorprendo a mí mismo en el día, siempre con la misma imagen:

Ahí estamos (Aún me imagino mesmamente, como si fuera hoy) en el prado junto a la alberca. Tú con esa sonrisa de “Que bonito” y el traje de baño que holgado por el cloro en el agua de la piscina me llenaba los ojos de codicia (¡Lujuria! dirías tu), lleno de esas florecitas lilas sobrepuestas que estaban de moda (¡Bien que me acuerdo!) y… los vellos, siempre ese vello acicalado en pequeños risos, en nostalgias que vienen a mí una y otra vez. Me obsesiono alrededor de su memoria y el destino fatal. Tú ahí, mostrándote, enseñándote solo para mí, casi insensible y toreando al chivo (¡Ese soy yo en esta historia!). Con esa fragancia que desnuda el aire, que me perturba hasta la fecha con un aroma  que muy de vez en cuando percibo en el aire, te evoca y te desentierra. Siempre tan cuidada, muy bien formada y blindada bajo el yugo materno que te guardaba y preservaba, bueno hasta que te liberaste y mandaste a todos bien lejos (Mejor dicho, ¡Tú te fuiste!). Para después de estar junto a tus formas, la nerviolera de recordarte mientras caminabas a cambiarte de ropa. Mis ojos en tu traje de baño y diantre… esos tus vellos que salían sin pudor de tu traje de baño, pelillos (¿Te los teñías de güero?) que sin remedio llevaban mi calentura al sol de lleno bañándome y después, al agua fría de la alberca.

A mí no me importó, ya estaba fuera de tú vida (nunca estuve dentro), solo me quedé en una misteriosa prisión húmeda en la que me veo, siempre a punto de huir, siempre mojado. ¡Cuántas veces me tuviste que recordar que así era eso de ser la mujer ausente! Para después dejarme ir solitario a mi intimidad y recordarte (Santa manuela bendita… cuídame mi manita)

Pero si, florece algo, después, mucho después crece dentro de mí. Muchas veces estas aquí, para volverme loco. Lo hecho está hecho y obviamente, si no tuve el valor (¡Te faltan tompiates! siempre me recuerda el compadre) y me obsesione por olvidarte –Vete con tu niña-, que así me decías, y yo, patético y desperdiciado, desquitaba mis ganas poniéndole nombres falsos a mis dedos mientras nos tocábamos desde tan de lejos, pero siempre eras tú la que me ordenaba las papas con salsa y me contabas las historias que enmarañabas tan guardadas (Eso ¡lo vale todo!) bajo el sol y nunca detrás de algo como tu toalla tan blanca (Tan blanca que me recuerda mi conciencia contigo, ¡yo, siempre tan cobarde!), ¡Me falto con qué!

Solo eran un par de años de diferencia a tu favor, pero a esa edad, imagino que era difícil para ti andar con alguien menor, ¿ligártelo? Pues sí, pero nomas a piquetes y solo para presumir tus temores, superando ausencias y miedos. Entonces eran otros tiempos, cuando la pulcritud y la castidad valían y costaban. Y entre las pláticas con tu amiga, esa que se burlaba y ¡bueno! porque no reconocerlo, ¡Bien que nos conchababa en los bailes! cuando ya de a tiro no había con quien y ahí estaba tu baboso abstemio, cachondo y bien trajeado quitándose las moscas y esperando para llevarte a casa con la autoestima en el cielo -¡Algún día, yo seré el efectivo!-.

El tiempo no transcurre ni pasa, no es una línea recta que caminamos; es solo un zigzag que me atrapa entre sus ires y venires (El doctor puso cara de incrédulo, vio el reloj para checar mi teoría del tiempo y me facturo antes de los cincuenta minutos) cuando yo me encuentro desprotegido de la circundante manto con la que aún me ciñes, y tú aún continúas en lo mismo… cambiando pañales.

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