20110831




Pequeña



Era tan chiquita, tan angustiosamente diminuta, llena de perfumes y de los holanes que solamente una vez se dejaron llevar por mí. Era ella algo más que un semáforo en rojo, un café con alguien sin nombre o una soledad.

Era tarde, poco antes del anochecer, volví la mirada hacia el horizonte mientras conducía por la ciudad, como si las nubes fueron más antiguas que todo lo que había, era necesario investigar y llegar al horizonte, me incliné sobre el volante y traté de obligar a mi mente a dejarse llevar ligera, pero no era fácil, era mucho más sencillo tratar de recorrer el asfalto en un paréntesis de calma, abrí la ventana y prendí las luces, los instrumentos del tablero le iluminaron el rostro de un color tenue y surrealista. Conduje hasta la autopista, paramos a cargar gas y mientras, yo caminé hacia la cafetería. Ella prefirió quedarse en el carro.

Tan pronto me alejé agobiado del limbo de su presencia, me di cuenta que habría que seguir en una impaciencia contenida. Salí lentamente con un café en cada mano, toda la tarde se inunda de una luz de sol poniente que obliga a los colores a envejecer, no me importa el reloj. Me dejo llevar al auto, salgo de la estación, aprieto el acelerador con más y más fuerza, y le pido regresar ¿Cuál es su respuesta?: -¿En qué estás pensando?- Y solo habló para ventilar la boca. Llego a la ciudad sin ver la primera luz roja, me pego al freno y retomo el control para estacionarme afuera de su casa. Ella, como si nada y sin bajarse me lleva a morirme un poco, solo un poco. Antes de bajar del auto me mira atentamente sin verme a los ojos, con una inescrutable sinceridad, como si yo no existiera o fuera un ermitaño, obscuro y sin nombre… ¡Lo soy, y así me siento!

20110830




El enamoramiento ajeno





¡Aúpa, que amanece junto al Cuexcomate! Aguanta un rato, que yo aguardo despierto. Dale tiempo al fogonero de encender el Popo para conseguir indivisas esas nubes blancas, que a diario nos bendicen después de orearse, tan presumidas, en el pecho de la Iztaccíhuatl. La Malinche sueña, todavía no se despierta y el Citlaltépetl anda espantándose las nubes, les pide avanzar para dejarme ver su estrella, que tan brillante, se sostiene de la obscuridad. El tiempo se arremansa en un azul intenso para, ansina, dejarse comprender de sopetón. Por entre el callejón de colinas y desfiladeros, con la luz del sol arrastrándose entre el valle, trazando sombras como alebrijes en el campo. Mixtli no es un paisaje que solo transcurre y se liga todo a las contingencias del viento. Es lluvia que se escurre e irradia la mañana, una estela que baja de noche desde el cráter quemando el bosque y desgranando los pinos. Ellas hablan conmigo y se empatan, pero ahora no, desde ayer se desmayaron de ese calor de la tarde tan pegadas a las lomas y sin llegarme a quemar, se quedaron cubriendo las cimas en ajustado ciño. Y para cuando reaparecieron en sí, ¡Que carajos! ellas seguían ahí, y sé cómo le gusta allegar sombras y juntarse con las penas para atajarse en mí obscuridad y abandonarse al viento, impalpable, que transcurre perezoso. No es mando, es autoridad la que ejerzo sobre mis cariños, o al menos eso creo mientras veo como siempre viaja dirección a sus ríos y la guía el olor de la tierra mojada transcurriendo en un menjurje de cosas que se suceden. Camina y su sombra se ve eterna apareciendo en las cañadas y atisbando entre en los pozos de agua que se desbordan. Un mejunje que esta de oferta con esas masas herederas de primitiva hechura, agua niebla sol y viento, eternos. Y como ¿Para qué manifestarme si estoy tan conforme aquí, en la brevedad de mi celaje y en la absoluta inconciencia? Se quedó una silla vacía, un sitial con una mesilla y un libro marcado con una hoja doblada en la mitad, un capítulo tachado a lápiz que muestra que ella estuvo ahí, y se fue a concebir el amanecer y ver llegar la jornada. ¿Y, va a regresar? y si no ella, alguien más a cuidar cuerpos, porque las almas se curan acompañadas en sus entenderes. Todos se van entre lagunas azufrosas y ríos serpenteantes, prestos y bajando del cerro, bien colgados de frutas maduras que son un gozo acarrear, para endulzarse en el jardín. Chorreando miel, ponerlas junto los libros que atesora y aturde por un tiempo al sol su dulce mientras ruedan, hasta que se le pasa el tiempo y lo retoma en la marca.





El enamoramiento ajeno







¡Aúpa, que amanece junto al Cuexcomate!

Aguanta un rato, que yo aguardo despierto.

Dale tiempo al fogonero de encender el Popo

para conseguir indivisas esas nubes blancas,

que a diario nos bendicen después de orearse,

tan presumidas, en el pecho de la Iztaccíhuatl.



La Malinche sueña, todavía no se despierta

y el Citlaltépetl anda espantándose las nubes,

les pide avanzar para dejarme ver su estrella,

que tan brillante, se sostiene de la obscuridad.



El tiempo se arremansa en un azul intenso

para, ansina, dejarse comprender de sopetón.

Por entre el callejón de colinas y desfiladeros,

con la luz del sol arrastrándose entre el valle,

trazando sombras como alebrijes en el campo.



Mixtli no es un paisaje que solo transcurre

y se liga todo a las contingencias del viento.

Es lluvia que se escurre e irradia la mañana,

una estela que baja de noche desde el cráter

quemando el bosque y desgranando los pinos.



Ellas hablan conmigo y se empatan, pero ahora no,

desde ayer se desmayaron de ese calor de la tarde

tan pegadas a las lomas y sin llegarme a quemar,

se quedaron cubriendo las cimas en ajustado ciño.



Y para cuando reaparecieron en sí, ¡Que carajos!

ellas seguían ahí, y sé cómo le gusta allegar sombras

y juntarse con las penas para atajarse en mí obscuridad

y abandonarse al viento, impalpable, que transcurre perezoso.



No es mando, es autoridad la que ejerzo sobre mis cariños,

o al menos eso creo mientras veo como siempre viaja

dirección a sus ríos y la guía el olor de la tierra mojada

transcurriendo en un menjurje de cosas que se suceden.



Camina y su sombra se ve eterna apareciendo en las cañadas

y atisbando entre en los pozos de agua que se desbordan.

Un mejunje que esta de oferta con esas masas herederas

de primitiva hechura, agua niebla sol y viento, eternos.

Y como ¿Para qué manifestarme si estoy tan conforme aquí,

en la brevedad de mi celaje y en la absoluta inconciencia?



Se quedó una silla vacía, un sitial con una mesilla

y un libro marcado con una hoja doblada en la mitad,

un capítulo tachado a lápiz que muestra que ella estuvo ahí,

y se fue a concebir el amanecer y ver llegar la jornada.

¿Y, va a regresar? y si no ella, alguien más a cuidar cuerpos,

porque las almas se curan acompañadas en sus entenderes.



Todos se van entre lagunas azufrosas y ríos serpenteantes,  

prestos y bajando del cerro, bien colgados de frutas maduras

que son un gozo acarrear, para endulzarse en el jardín.

Chorreando miel, ponerlas junto los libros que atesora

y aturde por un tiempo al sol su dulce mientras ruedan,

hasta que se le pasa el tiempo y lo retoma en la marca.

20110820


Flejo






“Un poco de respeto” me dijo un día mi reflejo en el espejo, “Limpia al menos el cristal” me increpó “¡Mira que cara tienes!”. Calla, que no tienes nada que contar. Tú dependes de la luz, la apago y te desvaneces. Tú, dependes de que yo esté frente a un espejo para verte claramente, nunca serás más que un seudónimo. Confórmate con ser reflejo porque nunca tienes nada que contar y solo recúsate porque te impugno. Dependes de mí y te cuelgas de mis actos y solo yo te motivo a aparecer, para ser un descerebrado que me imita todo al contrario. Si voy a izquierda tú vas con la derecha, con el peso de la memoria encima del costo de la culpa. ¡No soy tu cómplice! Y me castigas por eso al límite de la razón. Aquí no hay química ni comprensión, solo una imitación y un espejo turbio en que actúas imitando. Que nadie remueva a un muerto que descansa deambulando como flejo detrás del espejo. Calcando con una voz tenue e irreal que demente se desdobla. Que quien sabe dónde lo tiene atrapado mientras entro con los ojos abiertos al huésped de mi cuerpo, que se esconde en un inconsciente, ¡no, no estoy solo! Y no sé si está ahí porque me quiere o solo me tiene lástima, verse en el reflejo es un modo respetable de saludarse uno mismo. ¡Asústame panteón!, quiero una puerta, una puerta para dejar salir a todo lo que permanece insondable en la superficie de una imagen inversa que es yo.



La mañana siguiente, ordené mi cremación. No quería que por ningún motivo, un espejo, ni siquiera un cristal me trajera a Flejo para contradecirme mañana, ni nunca más, cuando ya no pueda defenderme. Yo, soy lo mismo, pero al revés.



20110804

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La caja vacía



La cosa era cosa era tan sencilla como dejarse llevar y hacerle como que no me importaba, de irse por ahí y ponerle cara a la Carmen de “me vale madre” a todo, solo para pasar desapercibido. Porque sé que es todo un arte husmear, investigar y resignarse a ir por el mundo buscando:

Las inquilinas de La Caja Vacía (Bonito nombre para un bar de mala muerte) eran conscientes de que no existían, y aun así insistían en brincarse por la tranca equivocada, puras almas en pena haciendo y revolcando permanentemente para escapar de una vida que no es o tan solo vivirla en una experiencia que no se da. Todo es como haber transportado una casa de un lugar a otro y al asomarse por la ventana, recuperar un paisaje que ya no está.

En las mañanas la tranquilidad de un seminario y en las noches el frenesí de carnaval. Todo sea como estar guardado y temerle a la intemperie de lo malo por conocer. Si sospechan que algo puede pasar es algo evidente y se deja de percibir con solo ignorarlo. El tiempo afuera es frio y nuboso, pero ahí adentro no pasaba. Eso hicimos, no era cosa de regresarse en blanco, yo no quería pero ya estaba ahí.

Ahítas de desvaríos que disfruto mientras camino, y ahí, me dejó llevar por los silencios.



Hasta que un cuchicheo llamó mi atención:

Me acerco y observo la intimidad de dos que se quieren querer en una transacción de pocos pesos que solo alcanza una mediana horizontal y no permite toqueteos ni besos. Y eso, ahí se queda, todo el contacto es mediado por un embuste que promete sensaciones y seguridad, termina en un rumor de relaciones que para súbitamente, ahí está el silencio. Las sombras quedan muertas por el reflejo que pasa por las rejas de la ventana, se da cuenta que aún tiene zapatos puestos pero aun así, no toca el suelo.

Los dos nos hemos quedado a solas atrás de una barra que solo tapa nuestros cuerpos y ella pone el dedo sobre los labios para pedir silencio. Y termina tapándose la boca con la mano para evitar gemir. (Un miedo atroz se apodera del silencio mientras siente que algo penetra en el recinto sagrado de sus turbaciones, es algo maravilloso que solo hoy siente y le provoca estremecerse y estrujar los muslos con una fuerza que lastima, todo para dejarse tocar, vender y regresarse a la barra).

–De haber sabido, yo lo pago, ¡Te invito el cuarto!- Dijo la Carmen y en vez de llegar tarde, se picó esperando la campana de la misa de gallo. Se podía comer la noche hasta el hartazgo de quien, de quien sabe cuántas veces. Que no sabe de poquitos, no era para encabronarse, y solo me deje llevar, lejos, lo más lejos que pude. Se puso su abrigo, era como de terciopelo y de un blanco que no iba a durar ni lo que nos tardamos en comenzar, porque ya sobra lo último.

-Te vas y me dejas huérfano- y sí, ella era la buena, pero, ¿yo qué tengo que opinar, si bien dice que le valgo madres? Al final me veía llegar y se quedaba callada, ya no había plática ni chisme, ¡pura prédica! que me cuenta que no le importa. Y mientras se queda callada, me olvida de a poquitos cada día. Alguien tiene que parar esto, alguien que tengo que ser yo porque esto, es pura verdad. Pura verdad con otros nombres, pero la purita neta de crueldades que me tocaron y ahora me tienen aquí balanceándome. Ahorcado para hacer cierto el miedo de mi madre -Vas a terminar colgado, ¡Ahorcadito, igual que tu padre!-
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20110715

El cuchillo y el baúl

Sobre la mesa de la cocina estaba el cuchillo ansioso. La comida lo esperaba, tenía que:
Cortar los limones para el agua dulce
Trozar la verdura para saltearla en mantequilla
Rebanar los tomates para la ensalada
Picar finamente el ajo para el arroz
Partir la hogaza de pan negro
Y al final, su deleite; ¡Destazar la carne para el estofado!
Mi cuchillo asumía un gusto especial por descuartizar carne en trozos pequeños. Lo empuñaba y sentía como penetraba la carne suavemente, se deslizaba desmembrando los cortes con un gran gusto, llenándose de grasa y sangre. Y en esas estamos cuando, se me resbaló en el último taje y cayó hasta el piso.
Ah la fatalidad… ¡Se le melló el filo!

Junto a la cama tenía Iñigo el baúl con sus cosas, ahora solo queda un hueco.
-Pilar; ¡En mi hambre mando yo!- siempre me gritaba, claro siempre me lo escupía a puertas cerradas el muy cabrón.
Ahora, ya no se queja de nada aquí ¡Se mudó! ahora vive en el baúl que usaba para sus tiliches, ¡Bien enterrado bajo el piso de la cocina!
Hoy, alcé las baldosas, quité un poco de tierra y ¡Ahí está! es todo un señor cofre hecho de la madera de un buen encino, con herrajes de hierro y chapa doble.
Lo abrí, ¡Qué tufo tan desagradable! Guardé el cuchillo dentro y le puse doble llave
Ahora, el par de inútiles están bien guardados y ¡Siempre juntos!
Volví a asentar el piso en su lugar, me lavé y limpie para poder salir de casa. Voy a la tienda a comprar otro cuchillo pues…
¡Mañana hay que cocinar!

20110708

-Yo contra mí- Un bolero que suena amargo



Cuando la niña que era Marina se volvió una enlutada del mar, se visó como un espectro afligido que estremecía a los vecinos cuando salía en las tardes a recordar. Ella vivía junto rosal en la entrada del casco viejo que ahora se ha convertido en una maraña de flores amarillas. Es toda una enredadera que decadente y magnifica perfuma el pórtico en los atardeceres, antes calientes que fríos del barrio costeño de Puerto Libre. Pasa el tiempo y nos abandonamos al olvido.

-¿Quién toca?-

Y la enredadera, tan todita llena de flores se movió al compás de la puerta para dejar pasar una mano blanca, muy delgada. Preguntar era algo que solo tenía sentido en su soledad, era una regla que solo hacía sentido en su retiro, indagar sin importar quien fuera. Era solo un sobre, pero debe haber sido un ancla fierro, de algo muy duro para poder dejarse caer y hacer tanto ruido cuando las palabras se escurrieron como lágrimas del papel. El amante sin voz es rotundo en su ausencia, y el sobre solo decía

–No se encontró el destinatario, devuélvase al remitente-

-Más merezco por tener un amor necio e insufrible-

Y a más, sin un mañana; puros anocheceres y ninguna luz. Le sonó a tango y entró a la casa tarareando;

-Quiero que estés cerca silencio, que tus hojas no se muevan con el viento-

Toda la construcción tenía divisiones arbitrarias e ilógicas que hacían vericuetos como los camarotes de una goleta antigua, que solo ella recorría con el conformismo resignado del recuerdo de su padre, capitán de barco perdido en una tormenta.

Una sí y otra no, blanco o negro, hasta lo inevitable; amor u odio ¡Era parte de su ritual diario! Las huellas estaban en todas partes pero solo ella las veía. Pero esta tarde, el cielo estaba tronando y la distraía. ¿Sería una tarde ruinosa o solo llovería un poco?

A lo lejos se oía el relamer del mar con el acompasado pasar de unos tacones que consumían sus pensamientos en un ir y venir sin sentido, esperando que se alejaran como avisando algo. Cerró el portón y vio como algunos pétalos amarillos caían despacio, como adornando la entrada. Crispo sus dedos y sintió las uñas enterradas en las palmas de la mano, se dirigió a su guardarropa para buscar unos zapatos que también la anunciaran y escribieran algo en el piso de piedra del patio.

Se los puso y caminó alrededor de los pasillos hasta que sintió confianza, abrió la puerta y dejó entrar el crepúsculo de la tarde para irse taconeando con fuerza, como diciendo -Soy yo- hasta el malecón. Lo atravesó para sentarse en la banca más lejana y se acicaló mientras escudriñaba el mar con el rabillo del ojo. Ahí abrió un libro y dejó que terminara de filtrarse la tarde para tener pretexto para regresar a obscuras a casa. Fraguó un pacto con las sombras para seguir siendo la misma, los zapatos le molestaban -¡Como aquella vez!- Pensó. Y se preguntó el cómo saber si todo eso solo había sido un sueño y ahora personajes diferentes ocupaban el espacio de los originales, lo único que recordaba con certeza era el sombrero, un borsalino gris de ala corta que seguro vino de ultramar.

Es inevitable dilapidar alguna vez todo tu cariño, pero ¡hacer costumbre de ello! ¡No! Se pasa la lengua por los labios, siente la sal, les urge redimirse, pues solo encuentran placer en los lugares más extraños y terminan aburridos sellando sobres que enviara a ningún lado y digan lo que digan, nadie las cree.



El amor platónico es un misterioso halo, ilusorio y estéril, debe ser un ilícito practicarlo porque queda poco de el por navegar. -Me envió la decepción- y es un desencanto alcanzarlo porque sientes que te habla y no sabes que el fulgor se convierte al final en un relato inmundo. En que su vida no encaja, no tiene excusas y solo te deja pespunteando recuerdos que el tiempo, que todo lo sana, no mejora nada.



(Se me quedó en el tintero cuando hablábamos de Corín Tellado)

20110704

La máscara de la displicencia



Creo que necesito regresar a consultar a mi siquiatra (¿De nuevo?), quizás solo llegue a pagarle un mes de sesiones porque no es nada grave, pero ¡Ah como me trae loco este absurdo! Y será solo para platicarle mi obsesión de siempre por los vellos y la suerte de las que no se los afeitan. Y, ya lo sé, seguro lograré ver detrás de sus lentes (Chiquitos y absurdos) que le esconden una mirada de incredulidad. Y si no se aguanta, pues, hasta una risita entre suspicaz y burlona se le escapará. Se resignará a escucharme y aunque ya sé que me dirá al final, -Son cincuenta minutos por quinientos varos, por favor en el cajón de la secretaria- (Eso será ahora mi cesión) Y que, ya sé que me hubiera salido más barato no obsesionarme con algo tan sinsentido, pero no puedo evitarlo, despierto sobresaltado en las noches y me sorprendo a mí mismo en el día, siempre con la misma imagen:

Ahí estamos (Aún me imagino mesmamente, como si fuera hoy) en el prado junto a la alberca. Tú con esa sonrisa de “Que bonito” y el traje de baño que holgado por el cloro en el agua de la piscina me llenaba los ojos de codicia (¡Lujuria! dirías tu), lleno de esas florecitas lilas sobrepuestas que estaban de moda (¡Bien que me acuerdo!) y… los vellos, siempre ese vello acicalado en pequeños risos, en nostalgias que vienen a mí una y otra vez. Me obsesiono alrededor de su memoria y el destino fatal. Tú ahí, mostrándote, enseñándote solo para mí, casi insensible y toreando al chivo (¡Ese soy yo en esta historia!). Con esa fragancia que desnuda el aire, que me perturba hasta la fecha con un aroma  que muy de vez en cuando percibo en el aire, te evoca y te desentierra. Siempre tan cuidada, muy bien formada y blindada bajo el yugo materno que te guardaba y preservaba, bueno hasta que te liberaste y mandaste a todos bien lejos (Mejor dicho, ¡Tú te fuiste!). Para después de estar junto a tus formas, la nerviolera de recordarte mientras caminabas a cambiarte de ropa. Mis ojos en tu traje de baño y diantre… esos tus vellos que salían sin pudor de tu traje de baño, pelillos (¿Te los teñías de güero?) que sin remedio llevaban mi calentura al sol de lleno bañándome y después, al agua fría de la alberca.

A mí no me importó, ya estaba fuera de tú vida (nunca estuve dentro), solo me quedé en una misteriosa prisión húmeda en la que me veo, siempre a punto de huir, siempre mojado. ¡Cuántas veces me tuviste que recordar que así era eso de ser la mujer ausente! Para después dejarme ir solitario a mi intimidad y recordarte (Santa manuela bendita… cuídame mi manita)

Pero si, florece algo, después, mucho después crece dentro de mí. Muchas veces estas aquí, para volverme loco. Lo hecho está hecho y obviamente, si no tuve el valor (¡Te faltan tompiates! siempre me recuerda el compadre) y me obsesione por olvidarte –Vete con tu niña-, que así me decías, y yo, patético y desperdiciado, desquitaba mis ganas poniéndole nombres falsos a mis dedos mientras nos tocábamos desde tan de lejos, pero siempre eras tú la que me ordenaba las papas con salsa y me contabas las historias que enmarañabas tan guardadas (Eso ¡lo vale todo!) bajo el sol y nunca detrás de algo como tu toalla tan blanca (Tan blanca que me recuerda mi conciencia contigo, ¡yo, siempre tan cobarde!), ¡Me falto con qué!

Solo eran un par de años de diferencia a tu favor, pero a esa edad, imagino que era difícil para ti andar con alguien menor, ¿ligártelo? Pues sí, pero nomas a piquetes y solo para presumir tus temores, superando ausencias y miedos. Entonces eran otros tiempos, cuando la pulcritud y la castidad valían y costaban. Y entre las pláticas con tu amiga, esa que se burlaba y ¡bueno! porque no reconocerlo, ¡Bien que nos conchababa en los bailes! cuando ya de a tiro no había con quien y ahí estaba tu baboso abstemio, cachondo y bien trajeado quitándose las moscas y esperando para llevarte a casa con la autoestima en el cielo -¡Algún día, yo seré el efectivo!-.

El tiempo no transcurre ni pasa, no es una línea recta que caminamos; es solo un zigzag que me atrapa entre sus ires y venires (El doctor puso cara de incrédulo, vio el reloj para checar mi teoría del tiempo y me facturo antes de los cincuenta minutos) cuando yo me encuentro desprotegido de la circundante manto con la que aún me ciñes, y tú aún continúas en lo mismo… cambiando pañales.

20110630

A rajarse al cerro




-Pos no está su mercé para entenderlo, pero antenoche que me chinga el frio allá onde la milpa... ¡pos no, mesmamente que me sorprende! Jue merito donde endenantes  se llenaba el jagüey, ahí mesmo aonde me agarro el escampado y me quede sin mirada. Pos que me hubiera chingado en el jacal y ¡Otra cosa mi señor!

Sí, ansína que empecé a sentir como temblores, pero no eran míos, se me trepaban como del fondo de la tierra y me daban de vueltas haciendo un titipuchal del ruido que nomás a mí me friega, ¿Pus ustedes, que no lo oyen?, es como si soplaran un carrizo y después, como que se entienden voces rezando y repiten “Esto ya es difunto, esto ya está muerto”, cada vez más lejos. Y me agarra el miedo y la sed, pos qué, ¡Tráite la jícara y convídame agüita por favor! Que tengo el reseco muy adentro.

Al final uno se abre dondequiera ¡Y más qué; puras mentiras! Así, mejor me quedo quieto porque si no; nomas hay vamos cruzando campos, cada vez más secos. Pero uno ¡bien que escoge el camino pa llegar más endenantes! Y agarramos el rumbo, como que no queriendo hasta donde aúllan los perros.-

Haga usted la cuenta que su primera muerte fue más contenta y, aunque la recordaba, prefirió no hacerle caso. Se había encanijado sin sentirlo mientras caminaba el sembradío, la hierba estaba bien verde y regadita. El atardecer dejaba un aire agradable en la obscuridad que circulaba entre él y la alfalfa, esa que parecía una almohada suave y le recordaba sus chilpayates arrejuntados, jeteando en su cama. Así, hasta que la noche lo encandiló, o quizás alguien nomas le cerró los ojos y se le apagó el alma. Ya no comprendía nada y decidió dormirse ahí mismo, y si no lo ve el Jesuso de chiripa, ahí nomás se queda, achicalado y lleno de moscas. Hablándole al chile, con el morral del itacate junto y las tortillas aposcaguandose. ¡Ni supo cómo se llegó onde el jacal!

Abrió un poco los ojos, solo para encontrarse echado en la penumbra de su sala y si, ahí los endeviso. Se me estaban todos con su alipuz, los veía libando y ya medio borrachos con su taguarniz del corriente. Los cirios que estaban a su alrededor humeaban a parafina y sebo, nada que ver con las ceras que le llevaba al santísimo en la semana mayor o la feria del pueblo.

Ahora, ya jura que capto como que la mano de su Micaela le apapachaba y hasta sintió ganas de hacerle un huequito. Se puso chípil cuando sintió una gota que le escurría entre los ojos a su hija la mayor, y vio que las flores no despedían un aroma precisamente agradable, eran corrientes y estaban casi cáidas en sus cántaros delante de las chilmoleras que nomás se cuchicheaban pendejadas.

Sintió algo húmedo que le escurría en la entrepierna mientras estaba acostado e incómodo, sobre una mesa con su manga de hule frio que lo envolvía. Un anafre calentaba la pieza y ya empezaban las echadas con la viuda, “nomás pa quitarse el frio” de los cuates. Y el, ¡Ni pa emputarse, pos como! Nomás se acordó de los labios y los amores de su prieta y se quizo llorar pa dentro.

-Dios se me apiade ahoy, que asín que semos y pa podrirnos venimos-

Recoger recuerdos no tiene un final feliz, y por un rato se sintió rete triste, como tizo. Vio que no valía la pena y decidió mandarse solito a la tiznada, ya nada lo ataba a lo que veía en su velada, ni a esta chiga de todos los días.

Y al fondo nomas escuchaba unas voces ya viejas de tanto penetrarlo:
-¿Qué cosa te falta pa morirte ntonces? ¡Nomas encanijarte y hacer ecos! -
-Échenle unos jicarazos de agua, ¡Que se nos pele limpito!-
-¿Quiuvole, pos ora pior? Este cabrón no se ha entiesado, segurito es de los que no se quieren petatear y todavía nos está oyendo, ¡Órales cabrón, vallase a culearse al cerro!-
  Y ansina también, los aullidos del perro llamándolo…

20110611


Matilde y el tiempo



¡Qué bonito es no hacer nada, y después de no hacer nada, descansar!



Hay días interminables. Matilde abre los ojos y siente lo pesado de sus parpados, afortunadamente aún no hay luz que la lastime, la cama está tibia y acompañada. Prende la luz y adivina mi rostro entre las sábanas, sí, ese era yo completamente ausente. Se levantó, y se desembarazó de la noche sin hacer ruido, y me dejó amanecer guardado entre las sábanas para poder despertar en mi soledad. Ese día fue todo un acontecimiento, yo esperaba que me sorprendiera muchas veces y terminé extrañado del tiempo que perdí dándole tiempo al tiempo. Y creo que es una cualidad (O vicio, de los hombres como género) esa capacidad de abstraerse y soñar despierto.

-¿Qué haces?

-¡Nada!

-Claro, ¿Tu teoría de que todo es vano y fugaz?

Y es algo tan efímero como el sueño, que si no pasa por tu cuerpo es mejor desecharlo porque no puedes dejar de gritar en sus consecuencias. Tiene que ser un gozo tan irritante como el de coger tu hucha y romperla para encontrarla llena de nadas, vacía. Y mientras nadie se da cuenta que ahí estas, rellenarla solo con olor a felicidad; como el de una mujer que nos observa cuando estamos sin hacer nada y no puede entender que estemos con la mente en blanco, sin movernos y aun así… nos concentremos en ello. Cuando a mí me importa la forma que no el contenido y aprovecho todas las desventajas para no hacer nada y me aplico en terminar de no hacer nada en el envés del día. Igual es la inspiración y el quehacer cuando estoy en blanco y obnubilado, siento que trabajo y no produzco nada, eso sí, con el entusiasmo envidiable de un dios eterno que no cambia, porque ser otro le restaría a su condición divina. Después de todo… es más bonito dejar que te sueñen que soñarte tú mismo. Matilde regresa, y yo aún estoy sin hacer nada, el tiempo me ha traicionado mientras todavía le sigo apostando tildes a este escrito. ¡O sale, o no sale, porque al último… ni yo le entendí!

20110606


El cuento



Érase una vez… el más común de los mortales que buscaba tener un cuento que narrar, pero tenía que tener una particularidad; había de ser sobre algo vedado. Algo que no se pudiera casi describir, entre irracional e irrepetible, incontenible e incondicional para el resto de los humanos. Que se pudiera censurar y exponer a los cuatro vientos, y en todas las cuatro estaciones se comentara (De tren o aeropuerto, del año y los climas). Y así empecé, no sé por qué o como, pero las manos se me escapaban del cuerpo para abrasarla, prenderle lumbre y calentarme con ella. Se escondían sus sensaciones en aromas y gustos humeantes de vaho sobre mi pecho. Por dejar pasar las cosas y que simplemente se transcurrieran, pero… chiras pelas, ¡Naufragó! Ni para cuando. Todo fue en la chiripa de un momento de descuido, que no se dio cuando como burbuja explotó. Y no quedó nada, ni un final feliz, ni siquiera un recuerdo vago sobre un cuerpo húmedo o cansado.

¡Yo no sé que tengo con lo prohibido! Pero desde siempre soy inconformista, me enojaba con los “no” y había de experimentar siempre en un blanco y negro, sin tonos intermedios, el sabor de lo prohibido de los volados en un sí o no. No deseo saber tantas cosas, porque se vuelven mías, y si son mías yo soy responsable de ellas, mas aunque las tenga en letra palmer caligrafiada por mi teutón, sobre una bitácora cosida, con margen rojo y hojas numeradas de atrás para adelante. En la que siempre sabré cual es la última, y la primera quedara con un espacio en blanco entre sus muslos abiertos para al final ponerle el título.

Encomienza la calor, y las chicas pasiones se nos vuelven amoríos exultados, llama, se encandilan a farolazos, y dejan su huello entre las pequeñas mentiras en que me pongo a explorar valles y montañas, hondonadas y picos. Y eso sí, es una lúcida experiencia de putas sin que hacer, en que las güilas se esconden, en ese único suyo tan singular. En que dejan su vaso boca abajo y apartando su lugar en la barra. Llega alguien, este es un forastero, y si, es interesante. Voltean el vaso para pedir que lo colme el cantinero, y empezar a seducirlo, tratar de encantarlo ¿Cómo imaginar que esas manos tan suaves y perfumadas podían contener tanto ardor?

En ocasiones, ¿Quién sabe? el sexo, simplemente no se daba y entonces aprovechaban sus poderes de seducción, para dejarse llevar e inventar cuentos para entretener al cliente. Ya eran unas patronas adultas que pensaba que Dios, bien podía estar equivocado, pero bien sabían que aún le quedaba el humor para componer las cosas antes de voltear la hoja. Mas aunque lo escrito no se pudiera borrar, y coger sea algo pasajero, que lo asentamos entre las cuentas mal llevadas y el encantamiento… por no decirle hechicería, que implica perpetuarse.

-Solamente hay cuartos sencillos- Acompañados de murmullos de los pastas duras que separan una de la otra, que se tenían cariño y afecto, sin saber qué era eso, cuando la visitaban los pecados en un ataque de pena ajena y golpes de suerte que convertían en amor las infidelidades. Al dejar obras por mitad y empezar a escribir en una libreta pautada de pentagramas anchos que deja una sombra de desliz, como si fuera concordancia entre lo que quiere y lo que hace, toda una ópera prima.

Le embarraban sus pecados y la declaraban loca, lo único es que ya sabía era de qué pie cojeaba y como desmenuzaba pecados en solo malas intenciones. Sabía que antes de empezar a contar quimeras, ya había olvidado la trama y para qué estaba sobre la cama. Pero, por cierto, después de eso, ya siempre quise más, y cualquier cosa que se me ocurra, ahora la quiero experimentar dentro de una necia trama. Para más noche, dentro de la obscenidad de buscar el fondo, llegar a un final y acabar por desnudar el texto. Que ahora, ya no es solo un libro, hoy es el talismán. ¡Y no hay nada que permita intuir todas las aventuras que contienen sus hojas!

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