20110522

La tlapalería, cueva de la última verdad

Son pocas las vicisitudes que necesitamos en realidad para forjarnos, y muchas de estas solo nos hacen falta cuando la noche se convierte en horizonte y se funden en sueños que se cuentan en voz baja, al amparo de los espíritus mezcaleros:
 –Aquí dentro no se puede vivir, solo la malpasamos y hay que recoger los pies de cuando en cuando, mientras todo se agota de a pocos. Pero hay un orden y hay que seguirlo antes que nada-
Eso me susurro el pequeño hombrecillo, antes de dejarse caer desde la bolsa de mi camisa hacia el piso de tierra de la cantina. Dio un pequeño respingo y se dedicó a caminar hacia el desierto y nada más alcance a oír su vocecita
-Ahí me alcanzas cuando termines, ¡Sin miedo!-
Y ya nomás ahí me fui tras él, no lo podía perder, y no era cosa de amedrentarse. No es suficiente con dar las primeras trancadas, es necesario terminar por adentrarse en la obscuridad, oler el camino y sentir como nos recorre el viento y la temperatura baja, mientras el rocío te agobia cuando te sella los pulmones el frío. Primero la noche y después el día, en una cadena infinita en que abres los ojos y no sabes que pasó ayer en la secuencia de hojas que perdieron sentido una vez y ya no se pudieron acomodar, desandando el camino que nos llevó a lo profundo del subterráneo que solo tiene una salida y hay que tornar, recogiendo lo andado, oyendo los ruidos que dejamos atrás y que ya son silencios.
Me agacho en la penumbra para buscar piso y siento una pasta húmeda entre los dedos, me la llevo a los labios y siento su sabor a tierra que me abre los sentidos. Tanteando el piso siento que algo me pica los dedos y los vuelve hábiles, recogen un puñado de hongos de entre las piedras.
-Soy el pobre que más fiestas hace y más trancas se brinca. Mientras más triste estoy, más música y fiesta pido para perder memoria y acumular recuerdos-
Mas solo era una peregrinación de cuentos caminando despacio, que se caían en pedazos conforme los leía y las iba acomodando sin sentido ni orden, en la cola del libro que un Dios sin orden amolda. Y yo, cada vez que una hoja viene al revés, volteo para regresar a lo anterior en un ciclo que nunca va a acabar, entran y salen por mi cuerpo y entre mi alma. No sé si estoy dormido y ni me imagina quien me espera; un Don Tancredo a medio patio con tunas de sangre en las manos
–Si estas esperando una señal: Esta es-
No es de Dios hablar tan claro
-Sube y baja, entra y sal, la cosa es encontrarte y saber quién eres, para después construir con esos recuerdos-
Saco de mi bolso, de uno en uno, los siete pequeños hongos amargos que arranqué en el cerro y empiezo a hablar sin oírme, sin saber que cuenta ni a quien me dirijo
-Cuando dejes de ver, esta es tu linterna. Mastícalos uno a uno, y escupe en esta bolsa lo que no puedas tragar, amánsalos con mezcal y no los dejes en la cueva porque los espíritus se alebrestan, y si te da miedo: ¡Te duermes para no regresar!-
Me quedo con un dilatado gesto amargo, entre amor y odio que pesa mucho. Así y solo así, las paredes empezaron a tomar forma y los sentidos se aguzaron, eso ya era mi territorio. Empiezo a oír el ruido de las cosas inertes, y aun antes de que me hablaran ya sabía que quería decirle. Lo adivinaba, ser idiota es algo perfecto.
-Dónde está tu cuerpo ¿O cómo? ¡Ya perdiste tu encarnación!-
-¡Solamente está sangrando!-
Es entonces cuando me prende el silencio, los labios dormidos despiden incongruencias y escupitajos secos, el ruido crece y me ensordece cuando se vuelve un murmullo incoherente para mí, que oigo y no presto atención. Me dijo el pequeño hombre con su voz de pájaro ante el tlacuilo que sale de la tlapalería con su morral lleno de tlapalli para trabajar el cozamalotl
 -¿Qué, es? Sinceridad o cinismo resentido, deja de gritar y dibuja las voces si quieres escucharte-
Y todo se inunda de colores, en realidad apenas sucede pues no tengo espacio para huir y eso me desespera. Ese estar solitario, sin bastimento y exánime entre tantas cosas que tienen un pasado de silencios, me desconozco a mí mismo, solo me queda escupir verdades, trazando palabras en el viento, frente a mí. Siento náuseas y me dejo llevar por las arqueadas que terminan de purificar mi cuerpo ¿En qué nos quedamos?; En que me amenazo con enseñarme el mañana y saber que hay algo de díceres o rencores que hablan tan fuerte que no se escuchan entre la irritante ceguera de mis sentidos.
-¡Las rocas son negras, no las veo! Son como palabras sueltas que no dicen nada, como muertos hinchados a punto de desgranarse que se anclan al piso. Si te mueres, ¡Ni te me vengas a aparecer! Que con mis muertos tengo suficiente. Aquí se feliz mientras puedas, al fin esta placidez no es la alegría-
Porque en caso de absoluta necesidad también se pueden usar los ojos para ver, pero es ahí donde pierdo el sentido y no sé qué hay mañana. Porque al volver a leer, los detalles varían si no tengo la verdad, no me puedo dedicar a decir mentiras. Cuando el tiempo y lo negro fortalecen su hondura y las brechas eso solo es tenerle un miedo a los locos, que no a la locura descombrada. Y el que no sobrevive se queda apestando la cueva por mucho tiempo, mientras los gusanos acaban su tarea y una niebla ciega el camino a los  que tratan de entrar a buscarlo y solo lo huelen. Escribo y comparto, esa es una carga que tengo, después de pepenar mis penas y almacenarlas en el traje de tigre que tengo puesto, el camino al averno está lleno de buenos propósitos y es algo siniestro que hace de la vía algo siniestro e indigerible. Así, donde yo estaba me cercaba y extrañaba, reflejado en un trozo de obsidiana filosa y brillante. Acechándome atrás de cada silencio y sombra. Tres personas se molestaron porque no les dijeron que tenían que hacer, ni que misterio se iba a descubrir esa noche al entrar a lo hondo
–Aquí no hay nada nuevo, todo lo llevas tú dentro pero solo lo encuentras en el viaje-
Avanzamos opuestos y en el mismo sentido, me doy cuenta que mi señor está también intoxicado, no es un diablo. Solo es un Dios borracho que me acompaña, altera y se desfoga en mis correrías, doy una bocanada de aire fresco que hace que mis pulmones revienten, un dolor llega a mí. Algo es cierto, con el tiempo esos pasos se borraran y no habrá quien me siga ni viole mi intimidad. Ahí me entraron las fiebres y se quedaron todos los que me seguían, pálidos, con cara de sarcasmo amargo en el fondo. No quiero ser experto en manejar muertos sino en buscar salidas, digo mientras descuelgo el cigarrillo de mis labios y lo apago en el fango.
–Conmigo, el viaje es importante pero el destino lo es más-
-Cualquier camino es bueno para ir a ningún lado-
Es solamente llegar y sentir un desierto vano que poseo, que es mío y lo puedo moldear porque nada compite con la aridez (Quizás solo la desolación). Pero solo yo oigo mis dolores quejarse. Hace tiempo que desconfío hasta de mis sombras, esas que me siguen y no quiero ver y que ahora sé que son a quien debo cazar. Prenderlas es tan difícil como dejar constancia y apurarse a salir, así, no lo es. Porque cuando no tienes nada, la fortuna y la suerte son todo tu capital. Regreso de a pocos, afanándome por traducir las nubes que se acercan a mí y reflejan mis invenciones. Mi mente está en blanco, mis ojos ciegos no ven y omiten lo pasado, mis sentidos se resuelven en palabras aisladas que rebotan varias veces y caen sin unirse.

20110512

Puerto Libre a hoy de siempre



Mi niña: Te envío la presente, aunque no sé si el viento la llegará a tus ojos.



Ayer, cuando se acababa la tarde y mientras tenías tu mirada puesta en mí, pues me dio mucho miedo; fue fácil adivinar tus intenciones en el cómo me observabas,  y claro percibí como esa mueca en tu rostro ayudo a amedrentarme aún más. Bien lo sé, era tu adiós.

En la mañana, cuando apareciste, solo me había detenido un poco más de lo prudente en ojear tus piernas y fue suficiente para que esa mirada de odio eterno tuya, se clavara en mí. ¿Por qué no agradeciste el cumplido de mis ojos?, te volviste voluptuosa hacia mí y… estallaste. Me enseñaste un poco más de lo tuyo, como para demostrar cómo se manda y quien es el grumete de a bordo. Después; Vi como levantaste tu mirada y las cejas para dejarme esperando que algo pasara. Y eso fue la primera, porque detrás fue la de esas, tus manos largas, acariciando el dobladillo de tu falda azul marino y dejando congelados mis ojos, solamente por un momento más de lo sensato, que conociéndote, pues solo podía haber sido un instante infinitamente pequeño.

Fueron esas las razones de codiciarte, con la misma fuerza que tú te enojabas de mis navegadas en tú cuerpo, aunque solo fueran con la vista o ni siquiera estuvieras cercana. Aun así, en verdad, nunca comprendí el por qué tú escote no tuviera ningún interés para mí, o preocupación para ti mientras estábamos al pairo, esperando el viento y otras cosas. En cambio, te afectaran tanto que abriera mis ojos cuando te tenía junto. Pertenecías a un auto de fe original en que las insignias eran indiferentes, pues aun cuando fuera una huella en la arena, se podría suponer que fueras desigual y atractiva nada más por evitar ser capturada. Aunque fuera brevemente por solo una mirada de reojo.

Te recuerdo de antes; junto al faro, en la rada dónde está ese pequeño bodegón de turcos con vista al mar que sirve de escondite a todas las personas que no quieren ser vistas y al mismo tiempo estar en un sitio público. Un lugar disimulado de esos que a todas horas tiene clientela circulando afuera para pasar desapercibidos. Aunque la dueña, Esther, que siempre peca de indiscreta en las tertulias nocturnas nunca nos delató.  Fue una cierta sorpresa haber terminado ahí, el saber que lo turbio y revuelto era una manera de ser tuya que terminó por desaparecer como la buena puritana que eres en el fondo. Y ese día en que desembarcamos a conocer el cabaret de mala muerte por la noche y solos, en la parte más apagada del salón… para después quejarnos de que no alcanzamos a ver nada. Con la gorra sobre los ojos para no delatarnos y dedicarnos extasiados a la trovadora ¡Ah que noche¡ ¿Te acuerdas? “Arráncame la vida”, ella cantaba y nosotros coreábamos entre dientes.

Así fue mucho tiempo nuestro paraíso escondido, cuando eran épocas en que el edén solo era tener unas monedas para el café, dormir abrasados y abrazados, escondidos por ratos en ese cuarto oscuro de doble chapa y triples cortinas en que tantas vergüenzas dejamos sobre la cama, guardados de nada y de nadie para levantarnos siempre, polizones el uno del otro. Para después de entrar separados, escondernos de lo que todos saben, salir a hurtadillas. Sin papeles signados ni compromisos, a visitar jardines tomados de la mano.

Bueno, qué más da, al fin me acostumbré hasta a descubrirte en un amor callado. Con la luz apagada en la bodega bajo la proa, pero ¡Como poder perdonarte si nunca te arrepentiste de nada! Si siempre supiste en qué momento volverte altiva para negar haberme conocido, para poder dejarme excomulgado y proscrito de tu vida, nadando las olas de tu recuerdo. Y todo esto porque me salvaste la vida con tu escaso cariño y me es imposible no seguir queriéndote sin condición.

Al final, eso solamente era una práctica inmemorial por joderme, la habías inventado en tus noches de insomnio en que ojerosa, no sabías dónde estabas. Pero adentro o afuera, que importaba donde amaneciéramos yo y mis huesos, si a final de cuentas estabas tan húmeda en el barco como en el malecón o dentro de mí. Y aunque a veces alcanzaba a sentir tus lágrimas corriendo sobre nuestras mejillas, mojadas y pegajosas, en la oscuridad, y nunca pude voltear para ver de dónde venían: Ahora lo sé, desde una tumba acedía de la que se podía salir incólume solo si comprendías que el tiempo recorre lamiendo lentamente tu cuerpo, ya salado de tanto llanto y mar, mientras transcurre la vida sobre tu alma retrasada en una oscuridad perfecta que no me deja encontrar brújula.

Ambos habíamos participado mucho tiempo de la penumbra del cuarto y compartido nuestros cuerpos, ahora todo es anecdótico porque cuando desperté sobresaltado me sentí solo; me levanté a tientas, busqué la botella de ron y solo encontré la jarra de agua. Corrí la cortina triple; deslumbrado, busqué algún rastro adentro o afuera que me indicara dónde estabas. Ahí, supe que no regresarías a bordo, mientras, sentía como pasaba el agua fresca entre mis labios lastimándolos. Y así, después de la algarabía para cargar tus penas, aprendes a convivir con ellas y las escribes en la bitácora. Hasta que llega un momento en que entiendes que todo el mundo sufre algo y que lo tuyo, a más de llevadero… te empieza a acompañar en el camino y te gusta. Hasta que llegas a un barco nuevo que te hace suspirar, invitándote a abordarlo, participando de un insano dolor. Cuando entiendes que nadie es perfecto, siempre hay alguien más fregado y puede caminar con la sonrisa frente a la vida. Porque quejándose siempre, sobretodo… de la propia existencia y sin orden ni continuidad tasable ¿Quién va a buscar pasión en tus caricias, ángel de mi vida? O a dejarse querer solo por tu compañía sin entrega. Así eras, tú mi marinera: en la mañana un ejemplo, en la noche una pesadilla ahogada con olor a mar. Navegando a la alborada que era simplemente el dulce de los dioses, para llegar a acostarse con tu ego y cambiar tu regazo por mí pecho. Para contar las penas como si fuera algo cotidiano y no una casualidad tu andar sin uniforme, disfrazada de aristócrata pasada de moda en la añoranza de levantarse a extrañar la mar.

Ayer, cuando me desabotoné la camisa, con aire ausente te paraste a apagar la luz como siempre, suspiraste y, regresando a la cama, te quedaste quieta, esperando como nunca ¿O no eras tú quien regresó, acaso? Nunca lo supe pero me sentí un extraño. Girando sobre tu costado para quedar a mi lado en una empatía de sol y luna, con la ropa puesta y el cuerpo tenso susurrando algo como tempestad. Para hacerme sentir como profanaba tu cuerpo anhelante mientras te desvestía debajo de las sabanas, para encontrarme con tus senos firmes sobre la brevedad de la cintura, mientras subían mis dedos explorándote; y yo, no daba crédito de la oscuridad, ni percibía nada más que tu aliento a mandarina y algo como una invocación saliendo de tus labios mientras exploraba tu cuerpo. -¿Yo casarme?- Y terminamos sin azahares, haciendo el amor como locos cerca del mar y a escondidas de las travesuras de la luminiscencia en que nunca terminé de saber con quién me acostaba.

Algo si supe en esa oscuridad; que tu sonrisa no terminaría nunca, que eras más suave, que quien teme a la luz ama desenfrenadamente, y; que cuando despertabas sobresaltada en la noche para abrazarme sudorosa, era yo muy feliz porque en vez de prender la luz a esa melancolía congénita tuya, nos amábamos otro rato empapados de amor y era siempre para terminar, ambos, riendo de nuestra suerte juntos.

Recuerdo cuando salíamos del pequeño hotel atrás del puerto y veía tus ojos llenos en la algarabía de la calle, buscando el rocío en las velas de las barcas y escondiéndote del sol. Llegábamos al mar, a esa playa oculta en que siempre te quitabas la ropa para refrescarte e ibas hacia las olas, mientras yo te miraba avanzar desnuda, ahora extasiado con la luz. Uno puede estar equivocado, pero ¿Qué tiene que ver lo azul de tu falda con esto? Solo que te cambiaba el semblante cuando te la ponías y te sentías capitán de grado. Mientras, escuchabas atentamente para no prestar atención, entre la ternura de solo depender del tacto, de tus labios y tus ojos para esconder lágrimas de mi vista, de la nostalgia de mi vida en esa despedida en que solo fue tuya ¡Porque yo, algún día regresaré a la cubierta de los suspiros a esperar el buen viento!

Ahora entiendo que tu huida salvó mi vida y tengo que agradecerte a ti esta segunda oportunidad y sé que, ni soy especial, ni guardo almas para decirles todo el tiempo lo bonitas que son o que su leche es la más dulce de todas. Te enseñé mi desasosiego, ahora me arrepiento, después de tantos embates, mientras aun pretendo que tormentas y lluvias no me alcancen. Mientras, me quedo esperando absorto, pretendiendo que alguien me recuerde:



En este viejo bar junto a los ultramarinos y extrañando.



                                         Eternamente tuyo



                                                    YO


20110430

Mi pipiolo


-Ande aste ¿Come me le va?-

Para cuando lo devisé yo mesmo estaba jeteando, ya era tarde pero bien que lo endevisé y manque la carrera que pegué fue buena y me apercibí todo sudado a ver para qué era eso, jue inútil, ya no los pude nortear.

-Ya naiden compadre, se nos fue, como güilota se nos voló-

Y me quede chueco tan la vide yerta. Endenantes fue donde me prendieron sus carnales.

–Te va a llevar la fregada-

Me la cantaron los muy cabrones que ansina bien que me buscaban.

-Pos dia como nos toque

-Ya venites onde los zopilotes, ya te chingates-

Cada día tiene su palo encebado, si no aquí, ¿Ónde? Ponle que algo se truena y algún campanero toca a responso y algotro le cae su primera o su última pena. Ansina, lo que encomenzó se quedó enterrado porque ya ni remedio, me apretó los dedos como pidiendo gusto y se encandilo con desafanarse el jorongo, de a pocos para ver si se me venían los recuerdos y de a ratos me recordaba

–Quihúbole, yo creiba que no me moría-

Pero namas con su tecito de jilotes se me inconformó. Había que probar mis sentimientos y a chiflidos me entonaba, pero bien quese trancaba por no regresar y decir que sí, cuando logro correr de la luz y me escondió bien enrabiada onde endenantes nunca me encontraron, ella mesma fue la que me largó con un ¡Te quero!

–¡Ondi me iba a jullir con asté!-

Hasta creen que yo me iba aculerear por un chipote, manque fuese mío.

-Pélate pal cerro-

Era un lugar entre los palos a medio camino al jacal, entre el monte, donde se juntan los caminos y nadie sabe paónde jalar porque se pierden los rastros en las piedras y no hay ni donde nortearse y nomas yo con mis chuchos andábamos. Ahí me andaba, alcahueteado por mis cuates, comiendo los cogotes amargos de los cactus y las tunas secas de los nopales y una que otra de las garnachas que me dejaba mi tata entre las piedras. Mientras, a mi greñuda le crecía el chipote y yo mesmo, nomás desatacaba entre los cerros en la pura gueva. Ansina me chismearon que ya no gritaba en las noches y que cuando se tumbaba en la campechana las tardes de calor, nomás se revolcaba como acordándose. Dónde decían que yo andaba rajándome en el cerro atendiendo mis pensamientos sin hacer algotra cosa, ¡Híjole, Ni paónde pelarse! Y ella allá, sin asunto ni quehacer se tenía cohibida y triste para hacerme la paz y mandar a sus hermanos a gritarme al monte.

-Ahí andas, déjate devisar-

Y yo de guaje que les tengo caso, ¡Nuncamente!, El tiempo llegara Sí, ya estaban seguros y querían al tata, pero yo solo veía demoños que me aguardaban y yo, chintetes, ya estaba bien oscuro de tanta tierra y solo quería acercarme a cantarle una música bien cerquita. Ora pior ¿Qué culpa tenía el chamaco de que su amacita se nos pelara?

-Escuincle, ¡Ahí te viene tu mero papucho a conocerte!-

Ya tenía como los ocho años el probe infeliz de mi xocoyote que ni las enaguas de su madre vio y ¡Que se me queda sin su pilmama! Y conste, posque me la perdonan con tal que lo cuidara para darle el nombre, hasta ese día gorbí al pueblo a talonearle y desdenantes ahí me haigo pa yagorita hallarme mesmamente aquemesmo, con el sol encima, arreando güeyes y espantando cacalotes. Ansina créanse estas palabras ¡Que dialtiro no las estoy inventando!

20110421



 Miroslava y su pecado



Desde hoy, Miroslava es tan solo un chocolate derretido por las estaciones, que se quedó perfumada por el café italiano que le embruja y los vinos franceses que presume odiar. Disfruta las primaveras en sus cuarentaytantos dentro de un empaque bien acomodado, tan lleno de la compañía de una cuna cuadrada y rígida de cuatro apellidos, que solo la llena de antojos los días de feria. Pero está agotada de novedades por el simple paso del tiempo en que Miroslava aprendió a dejar lo que quiere entre el camino, y hurtar lo que puede en las veredas en que le gusta deslizarse agazapada, y en las que suele medir su vida en estaciones y kilos ganados de sol a sol. Ella, siempre la gran amante en que las ausencias se hicieron insoportables.

Pero ahora, algo pasó y alguien la envuelve:



Y tú, ¿Qué haces espiándola?

-¡Ya lo ves! A esto me dedico, mi profesión es buscar culpables, encontrarlos y embaucarlos para dejarles caer encima el peso de sus pecados con todas sus consecuencias. Estar sobre su conciencia, hasta que lo acepten y maldigan lo malo. Existo de tiempo completo para espiar atrás de los confesionarios, escrutar la cara de la gente que entra a los templos buscando perdón o investigar la gente que se abandona en los parques, la que masca sus penas antes de irse a los bares, sin querer llegar a su cama. Me he propuesto hacerlo aun en lugares menos obvios como las vías del tren eternas o escogiéndolos entre la gente que viaja en sentido opuesto a los demás en las calles, y sobre todo, entre los que reniegan de Dios.-



Se acomodó el viejo panamá de paja que no permitía verle la facha, y continuó.

-Y ella, me pareció sospechosa desde que dejó abandonados sobre la banca del parque sus anteojos, una pequeña bolsa con alimento para las palomas y el sobrante de su emparedado ¡En medio de un libro! Y sí, la seguí por un rato hasta su casa, ¡Sus pecados ahí estaban, ocultos dentro de ella! Y se los enseñe, uno a uno, los fui desenterrando para que los viera y los reconocieran suyos. Un miedo indecible se apoderó de su ser mientras sentía que era ahora o nunca tomar la decisión, y yo también sentí como nos recorría un escalofrío. Quizás intuyó mi presencia y eso la desenmascaró.-



Con que fin lo haces, ¿Acorralar, castigar?

-Así es, claro que mi propósito es cercarlos, encajonarlos. Sé que no somos responsables de nuestras emociones, pero si de lo que hacemos con ellas y así como en el éxito, también tienen sus consecuencias, buenas o malas, agradables o ásperas, dulces o amargas. Porque solo hay una posibilidad y esta, está condicionada a ponerte en el lugar del que peca y que lo convenzas de tus porqués. Los pecadores gobiernan el mundo porque son los únicos, que hasta la fecha perduran, inventando el –quehacermañana- y ella tenía más ruido que esencias, y menos jabón que perfume ¿Quién la lloraría en lo tembloroso de su substancia o lo inocuo de sus miedos? con ese perfume así de penetrante y contagioso, que te impregna aun de lejos y te marca su presencia aunque no esté. ¿Quién más, como ella, toma vino caliente para dormir la mona sobre almohadas rellenas de grano, o usa emplastos de hierbas para curarse males que no constaban, o padece achaques de noche mientras duerme en sábanas blancas? ¡Solo ella es capaz, y eso la delata!-



¿¡Llegas y buscas culpables!?

-Sí, me paré en el centro de la habitación y traté de tropezar con sus pecados, husmeé entre las sábanas, el cesto de la ropa sucia y los armarios cedido al pasado; ¡la apatía también se castiga! Muchos olores la delataban y era algo que pocas personas notaban, sabía que ahí estaba todo enterrado, pero ¿Y ahora, quién sería el que le inventará el siguiente juego para pasar otra noche cortejada y reina en un lugar tan desatendido? Para escudriñarla todita con la lengua y las yemas de los dedos en sus lugares prohibidos, o buscar pequeños detalles que la revelaran desnuda y entregada. Para ver entre las sombras sus palabras, esas, las primeras que dijo cuando entró la aquella vez y las postreras que sé que no fueron un grito, quizás solo el murmullo sosegado de quienes se despiden y solo dejan un rastro de perfume que hostiga y harta mientras nunca se desvanece.-



Y, ¿Eso fue todo?

-Al final del cuadro, solo quedaba un hombre que no prestaba atención y un perro ladró en ese momento en alguna parte. Fui el testigo de cómo se deslizaba sobre su cuerpo el vestido negro, ese que todas las mujeres tienen para los momentos que aún no vislumbran, para poder quedar desnudas y adivinadas cuando se desploma sutilmente. Corrió los visillos para permitir salir el aroma de los cuerpos, y sonrió falsamente. Después, en esa obscuridad que queda y es tan obscura, ella; se irguió, se vio reflejada en los cristales de la ventana para admirar su cuerpo desnudo y pleno, en esa capacidad enfermiza de auto acompañarse y ser muy ella en todos esos pequeños detalles que terminan siempre acongojándola, y son como buscar un espejo para confinarse bien. Mientras deslía sus interiores y sopesa sus pechos, que aun firmes se vuelven a erguir. Cerró los ojos y se abandonó en sus cuentos, estaba sola-



¿Lo crees?

-¡Claro, creo! ¿En qué creo? ¡En hacer favores y desenmascarar actitudes! Piensa tú qué ser bueno es algo aterrador para ella, la que nunca terminó de despertar y que ahora descubre que todos a su alrededor están muertos sin que haya quien cumpla su última voluntad, que por cierto es no morir y perdurar entre sus deslices y abandonos. Pero eso, el no irse, se acaba cuando descubre que ella es más carne que espíritu, en una disyuntiva vaga e imprecisa en que esconde su demencia en sombras que narran su ser. Sale, se proyecta al cielo y más arriba, sabe que solo le gusta el negro en todas sus tonalidades. Pero hay algo antes de que aparezca el fatídico hollín del ardor contenido, el entrar a su casa abandonada y oler, palpar. Buscar historias es algo único, es ver fantasmas que la limpieza y la pintura aún no han espantado.



¿Se puede asustar a una aparición?

-Ese entrar de puntitas y no hacer ruido, sin luz ni guía sentir el polvo y el abandono… ¡es algo maravilloso que la sacia! Y sí, el último habitante falleció hace poco, ¡Aun más asombroso que aún estén sus cosas acomodadas en el piso, sin muebles, del cuarto cerrado que nunca se abre ni ventila! Con una carta sin destino coronándolas, esperando ser enviada, con una sola palabra en el lugar del destinatario y un testamento vacio dentro. Y sea harto diferente a lo todos creen caminar entre la soledad y su rival, ese viento que despacio transcurre en su vida. Y después de esas visitas, pienso que un letrero así de escueto sobre el montón que hacen sus recuerdos –Adiós- mancilla, prostituye, degrada ese lugar mientras ahonda en su ya no existir.-



¿Y no puedes solo dejarla ser?

-Esas cosas de los excesos me pesan, ¡Ya ni madres! ¡Estamos fregados, ella quiere existir sin pensar, recordando aquella primera vez! Y es lo mismo, nomás que diferente. Sorprendida ya no existe, no lo piensa, solo tira los dados de nuevo cada vez y se asombra de cómo se enrielan, dando vueltas sin parar. Amorales van buscando un Dios que los justifique y les marque el alto, ¡Ella ya no cree en la suerte! Y espera que esta última vez sea diferente-



¿Con que derecho la cohíbes?

-Sí, lo sé, no soy nadie, solamente un autista reventado sin religión ni moral. Para cuando salí de ahí… ya no profesaba ninguna devoción por ella, estaba exculpada. Solo me fui a descansar porque el día siguiente tendría un nuevo desliz que atribuir a alguien más, con secretos nuevos que descubrir. No conozco la culpa ni el castigo, solo observo ¿Y por qué? Si el sexo no existe, ni tiene sentido para mí ¡Que me importa, si al final es solo placer! Eso no lo castigo, ni me va, es lo único feliz en su vida.-



¿Y ella?

-¡Le crece musgo! Ahora solo se pasa el día leyendo libros, liviana como un recuerdo… y a veces escribe. Aunque ya no se siente escrutada por nadie, aún tiene miedo y cuando sale, procura no dejar rastros. Se entretiene malgastando su tiempo diciéndose lo ya se ha dicho mil veces “¡Miratú que lo sabía!” Miroslava existe en una nueva casa sin espejos, de cortinas dobles, puertas gruesas y de triple seguro… ¡Que yo penetro sin dificultad!  Ahí se quedó, odiando imágenes que solo existen dentro de ella y en ningún otro lugar. Claro que se quedó sin ningún afecto o cariño, pero eso, solo yo lo sé. Los demás la ven plena y henchida de vanidad.-



¿Nadie la…?

-Debo decirte que de por sí, ella, nunca deseó en verdad algo alguna vez.  Quizás la primera vez lo intentó, pero ahora solo tiene deseos insatisfechos, prohibidos y ocultos. Lo que destapé, solo fue el desagravio de la fe de un niño que aún no cree en nada y vive esperando, despilfarrando. Su pecado es desperdiciar y resignarse ¡Se traicionó ella misma! Eso es algo grave. ¿Y yo? ¡La espíe y la expío! Pero recuerda… que perdonar no es olvidar y por eso tengo razón para estar aquí-



Eres cruel…

-Sí, pero esto, es mi trabajo y razón de ser-





“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer… No he sido feliz”. Jorge Luis Borges



Nos pierde vacios,

nos encuentra henchidos

de soledades



20110404



Ojerosa



Ojerosa estaba en casa, encima de la mesilla tenía un frutero que se rebozaba, y esa tarde de estío hervía en calor. Y él, tan pronto llegó, tomó una cereza del tope del caso para juguetearla entre sus labios. Mientras ella se aprestaba a encontrarlo; así, esperando, la estuvo jugando hasta que le quedaron manchados y… muy, pero muy exaltadas, las pasiones se le desbordaron cuando entró y lo vio… enjugándoselos.

-Tratando de apagar el tono en su boca, me arrimé a tomar su mano y limpiar sus labios. Y entre el fuego de su cabellera, que parecía un ardor quemado por luz del sol que se reflejaba desde la ventana, y mis arrastres y exaltes, que se hervían profundamente a besos en las brasas de sus dedos; empezamos-

–Dime algo-

-Y me dejó mudo a besos, sin palabras, aunque al fin terminamos rozándonos, desnudos. Después, se me arrebolaron las caricias en el reflejo de sus ojos de fuego y las esquinas y pliegues de su piel. Mientras, se me enrojecía lo aturdido de mi razón con la tórrida réplica de sus manos… Y sí, lo acepto, me cegó el éxtasis que lo hacía brillar y fuimos algo sublime. Que se quedó forjado entre las cenizas calientes del fuego de nuestro ardor, graduado con sabor a fruta madura en la cálida furia del atardecer.

Es cierto, las personas que te van a hacer cambiar siempre están por llegar, las frutas más sanguinarias son las de abril, y ¿Las palabras…? Ya las sabía, estaban a punto de brotarle, ¡pero se quedó sin aliento!; porque ahora sus cuentos íntimos necesitan un total reajuste. Y así están.Mientras tanto, ella ve el incendio y siente el fuego.

20110330

“¡Sé breve y dímelo todo!”




“Mire compadre, algo está mal, mejor vamos a checar” Porque para cuando pasé los viñedos y las nogaleras, logré llegar al panteón de Parras que está por el Santo Madero, ahí nomás me quedé parado frente a mi tumba, confundido leyendo mi epitafio, y eso porque siempre estuve enamorado de mi dictado, y claramente… no se correspondía con el mandato que dejé explícito. Pa luego es tarde, dudé de ser yo, cuando vi que esa piedra, hosca y opaca… no era el basalto glamouroso que yo había ordenado desdendenantes. Y además ninguno de mis arrepentimientos anteriores se veía rondando por ahí. Ya no estaban ni abajo, ni a los lados, que era donde los había escondido. Y a más de que ya sin enamoramientos, las flores se quedaron marchitas en sus vasos rotos y secos.

La refolufia que organicé había encomenzado ahí mismo, entre la sombra de los laureles, con sus clamores sin ruido y la contemplación brillosa de los estandartes ondeando sin aire en la capilla. Le dimos con todo a las veredas, pero, para cuando llegamos hasta el lindero del cementerio, me aplaqué como lamento de buenas intenciones, en lágrimas que se vuelven lagañas y no te dejan ver. Bien rápido se me acabó el levantamiento de los insurrectos que no se quieren desahuciar, “nos dan maña porque no estábamos listos para reclamar por cosas tan burdas” Algo había que hacer y la única persona que parecía adecuada y nos escuchaba era el velador a la puerta del panteón, pero él, nunca terminó de entenderme. Sereno, eso sí, me indicó que no estaba permitido alzarse y menos… levantarse como lo estábamos haciendo.

Ese día, ahí nomás me planté, se me olvido vivir, ni la hora avanzaba, ni el reloj daba vueltas. Así me quedé peleando con mis diablos hasta que los vi de mi lado, ya sin odiarlos. Eran como unos perros, perros descarnados con babas chorreantes, ojos rojos y dientes amarillos que parecía que tenían prisa por ahuyentar almas y descarnar cuerpos en secreto, “Porque ya no tienen voz y ni sienten, están bien jodidas” y ahí se quedaron desahuciados a costa de su soledad de canallas en el lugar correcto, pero en la mitad de ninguna parte, enterrados junto a su dueño con la trompa amarrada, entre un desfile de deudos llorosos al saber que ya no se conocieron sus cuitas y ahora van a experimentar al diablo en otra cancha, en la que rascan con sus patas y tratan de vencer las bisagras que chillan y las cadenas que arrastran.

Que las cosas parecieran rendidas al borlote y se quedaran secas sin posibilidad de reverdecer me jodía, porque para cuando la quimera es real para ser lo mismo, hay que dejarse llevar todito, ya no hay remedio porque queda un único silencio. “Ahí la llevan” me fijaba, pero no entendía, pasmado me cegaba a ver. Y si no creo en lo que veo, menos en lo que se queda a medias en los ojos y no ve la tregua que nos da el sol, la vista del odio clavada en un punto negro, un solo pinche punto negro. Y está con puntos y estertores cosida en la memoria, ¡Pero si esta lápida ya no es la mía, estamos bien fregados! Porque la hace irreflexiva y tosca, pero está en su derecho de mentarmela. ¡Dañe un poder peculiar, el de ser libre por la propensión que se acabó en el último estertor! ¿Cómo podía quedarme y permanecer sin tratar de levantar un pedazo de mi alma? Nadie debería tener miedo porque aunque somos muchos, no nos sumamos. ¡Valemos madres!

Horteras y muy cachondas, con sus trapos viejos se deslizan las ánimas a mí alrededor, ¡Que coraje!, moviendo las ramas de los sauces llorones, recordando los afectos de su morada. Y el velador, al alba, sentado al quicio con la espalda en la piedra que fue mi lápida ¡Que cabrón y yo buscándola!, echando volutas del humo de un cigarro que parece eterno, se deleita mirando las tumbas tan ordenadas y limpias, con sus lozas aseadas. Abre su morral y se pone un mezcal entre pecho, espalda y madre, no obtiene ninguna réplica, mientras veo como se faja, porque cree que cuando aparezca la muerte, se gozará en sus ojos mientras todo agoniza a su alrededor, y bien sabe que cualquier rezo me salvará, incluso una pinche y simple jaculatoria me ahorrará tener que averiguar mañana donde estoy.

                                                   No supo nada

                                          vio lo pequeño que son

                                                 las nimiedades

20110322

Sin remedio ni consuelo



La luna no terminaba de surgir sobre el horizonte, hasta entonces la noche quedaba alumbrada solamente por el reflejo entre los árboles de las estrellas y… puras peroratas me contaba el portero del cementerio. Mientras platicaba, entrambos se nos colaba el frio de la negrura y ahí estábamos, sentados en el zaguán del camposanto, esperando que algo ocurriera:

-¡A quien le va a importar si se te pelan! y bien sé que tengo razón, a mí, nunca me ha perdido un muerto, todo el mundo les llora pero nadie los quiere en su casa. Y por eso sé que siempre se andan bien juiciosos y ligeros de equipaje, están escondidos detrás de sus lápidas, no se dejan ver como quiera, parece que no les gusta cómo existieron. ¡Pero eso sí! los deudos, llora y llora disque los recuerdan moqueando, nomás faltaba que a chillidos los fueran a avivar… ¡Ni para cuando! Cualquiera diría que los llaman a ver si regresan… pero con ganas de que no. Ahí se están, ellos dentro y los vivos fuera mientras aquí solo se oye el rumor del viento entre los árboles que los consuela. En las noches es bien tranquilo velar, a lo más algún borracho, alguna vez, se me metió a mearse entre las tumbas cuando la feria pero no era para tanto tenernos aquí vigilando día y noche. Somos dos los que aquí estamos; un cuidador de luz y un velador de obscuridad, nos tienen nomás aquí sentados en la entrada, que ni a reja llega y dormitando porque los muertos se cuidan a sí mismos aunque no se platiquen. Antes no era así, me acuerdo del año del hambre en que no llovió, cuando siempre me decían que lo peor no había llegado ¡Nos llegó el año nuevo, y qué friega!: Primero el chahuistle, después la bola en que de pura chiripa no me levanto la leva. La vez que cayó el tifo, ahí sí que nos llenamos de difuntos enrollados en sus petates, esperando su turno para encontrar un agujero. Porque antes teníamos calzadas en las orillas del panteón, pero ya desde endenantes las hicieron camposanto para ganarle tierra a lo que fue la huerta y así, cabían más muertitos, puros cuates aceptábamos en ese pedazo porque ahí la tierra era rete bien pegajosa y llena de raíces haciéndose bolas; costaba un resto escarbar pa meter los cajones, eso sí, los de esa parte, a los dos años ya estaban bien calacas. Salían llenos de gusanos y se pudrían rapidito, bien antes de que los parientes se olvidaran de ellos.

Manuelito, vea cuantas tumbas adornaditas, puro oropel ¿Será por muertos que les traen flores de colores y les pintan las cruces? Nos deberían de traer algo a nosotros, a los que rascamos y la sudamos para encontrarles hueco en este desmoche, ¡Que no está peladito en esta pelota! Antes no era así el cementerio, que ni tan santo el camposanto, porque nomas los aventábamos en los hoyos de dos o de a tres, esperando que ya difuntos se hicieran muertitos, con el puro repicar de las campanas a réquiem acompañándolos, porque ni para rosario alcanzaban y solo repetían avesmarias ajenas, ¡Eso no es de Dios! Ahora no, cuando suenan ya tocan a fiesta y lueguito se oye la diferencia, ahora ya no llegan amarrados en petates. Afuera preparan el chileatole y el café cargadito con sus panes de dulce y los tamales de frijol para acompañar los chilaquiles. Otra cosa buena es que ahora, Diosito, el altísimo, ya le dio sombra al atrio, y da gusto venir a visitarlos en las tardes cuando acaba la faena, nomás por el puro gozo de lo fresco. Porque espacio no falta, ¡Aunque tantas incontinencias nos están llenando de pelados! Pura algarabía de la muerte susurrando en las noches a los sordos, y yo quedarme adormecido en las tardes para aguantar la velada. La verdad, me da miedo quedarme dormido entre tanto muerto y no poder despertar, lo bueno es que ya conozco las mañas de la huesuda para llegar.

Si lo de hoy no se ve y lo de ayer ni se siente, es porque interpósita persona se nos apareció de repente en las puertas del panteón y se nos quedó viendo con sus ojos zarcos, y ni qué, a hacerle hueco. Y quien sabe por qué pero sucede; “La vida es una pasión inútil, agarrada en lo que no fue, ni será, y que aquí se acaba para un chingo de héroes fracasados que se quedan tendidos en la plancha con el penacho caído, dejan hasta sus caballos abandonados, con las crines al viento y sin saber…”, decía el doctor y bien decía, cuando lo llamaban de noche y ya sabía que era inútil la visita, pero se emperraba y ahí se enfilaba con todo y sus bálsamos, desfilando entre las casas del rancho a esquilmarlos, ahí se encaminaba, solito, montado en su yegua mansa. Y nomas con los calditos y sus chupes se emparejaba cuando no tenían ni tantita feria para pagarle los parientes “Lo que no mata, engorda” “Para el pomo nunca falta” decía y se repetía. Pero, no, siempre se llevaba algo de su comisión, aunque la recibía con la barbilla pegada al pecho, como si le diera pena recaudar sus honorarios, “Ahí después nos vemos”, y, es que nada dura para siempre nomas porque sí, siempre se los encontraba, tarde o temprano. Zanjaba la consulta, se montaba y de regreso, solita se encaminaba su yegua, hasta llegar a la parroquia a avisarle al cura y después al consultorio, y manque no se viera nada en la noche pero ella bien que encontraba el regreso.

Antes a los panes les echaban cabezuela y granillo para hacerlos rendir y tenían ese olorcito dulce que subía por entre calles y se metía en el panteón para levantar los muertos, siempre había menos panes que hambre. Ya en esos tiempos se inventaron los panes de dulce “salados” pa que alcanzara el grano, bien buenas las rejas y las trenzas, fue en esas épocas de hambre que ni miedo me daba que se me notara el miedo. ¡Para qué! Solo para ahogarlo en refino, ¡al fin que la tomadera ni es tanto vicio!… solo una bonita costumbre que, para variarle se termina en cuchilladas y pleitos. Claro, para desconsuelo del doctor y gozo de la marchanta de las flores, la que vende también los cigarritos armados pal velorio “-recordando al deudo y echándole humo-” siempre chachareaba

Y fue en una noche de luna cuando los vi de primera vez, los echamos para otro lado pero siempre regresan y perduran. Cuando los traté de agarrar, ¡Se me fueron de las manos! Al fondo solo se escuchó una voz llorona que gime y el tris de algo que cae desde los cuerpos descuajeringados cuando se levantan, haciéndose cachos. Y ahí se van haciendo osos para espantarse las moscas y el tufo de ya casi no estar aquí, pudriéndose de a poco. Ya mejor me acostumbré a verlos y no pelarlos. Los árboles, grises de polvo parecen lloriquear sobre las lápidas que están apiladas al fondo, esas de los que ya agarraron rumbo y expiaron sus culpas, unos para arriba, otros para abajo, pero todos aquí dejaron su calaca para adornar el osario, con sus cuerpos para alimentar el pasto seco y enverdecer las buganvilias que crecen en las orillas como robándole lo azul al cielo. Limpian las tumbas y se llevan la verdad entre la tierra de sus uñas sucias. Pero en venganza, sobre las tumbas recién lavadas ponen los ramos de cempasúchil y se ve anaranjadito todo el reflejo para despedir sus culpas, al fin, siempre aquí se acaban los pecados y las rencillas, todos descansan emparedaditos y viendo al cerro.

Y que caray, no todos los pueden distinguir, se necesita estar mucho tiempo en esta puerta para ver cómo pasan cuando van a expiar alguna culpa y juegan a las escondidas ellos mismos. Como se van de difuntos a muertos, manque te los metas abajo de dos metros de tierra y su lápida diga que descansan en paz, los muertos y sus dos metros de tierra encima… ¡Bien que se la llevan! En que el tiempo pasa y nosotros somos los mismos buscándonos algo de piel entre los dedos y sacándonos la tierra de las uñas. Mientras, ellos son míos y de nosotros para cuando nos toca que venga la huesuda con su perro negro a chingarnos, ni pa decirle “Espérame un rato”, llega y ya se fregó la cosa cuando muramos no hay ni para donde hacerse, ni que veladora prender, porque palmar es fácil, lo difícil es no morirse ¿O no? ¡A quien le da gusto pelarse!

Y ¿Para qué trancar la puerta?, Si ya difuntos, ¡Ni quien quiera salirse! Saben que están muertos cuando les da por regresar y quedarse quietos sobre las tumbas en las noches, y ni hambre sienten, al rato les cae el veinte y se ponen chipis y no les salen lágrimas. Ya saben que ningún Dios nos castigó con quedarnos en este barbecho para siempre. ¡Hace frío! ¿O qué no? Venga Manuelito, vamos a ver la capilla, ¿Ya comió algo? Y no me salga con que no hace hambre, que usted acaba de llegar y ni enterramiento tiene, o de perdis… acompáñeme para chingarnos un refino.-



¿Y ahora qué? Algunas cosas, solo unas que otras, no tienen remedio ni consuelo.

20110224

Desafanada



-¿Y ahora qué hago? Tengo recuerdos, pero no que contar- Buscó entre su ropa algo qué ponerse para asistir a la feria del pueblo, tener quince hermanos no daba mucho de donde escoger, ni intimidad. Las fiestas empezaban desde la mañana, recorrió los pocos puestos que había y terminó por ir a la casa en que se organizó un pequeño baile. En esa fiesta se conocieron las dos, caminaron algo nuevo de tan banal, esa impaciencia del suceso que las consumía, pero que dé a pocos se convirtió en un pozo del que no podían salir cuando la charla las llevó a mañana y sintió que no había mañana. Y así, terminó contándole una anécdota sin sentido sobre el pueblo y lo que ya no era, casi una mentira para salir del paso y de la conversación –Uno nunca sabe lo que pasa en los pueblos y no quiero estropearte la noche- Y se sintió molesta, incomoda, enfundada en su mismo traje azul de siempre y de todas. Así lo que ella misma decía, sin querer se entrampaba en la conversación, -De gente triste que cuenta cosas oscuras y no baila en las fiestas- Mientras, casi clareaba y regresaba a su casa, su vida desfiló ante ella y la trató de adjetivar: -Sórdida, ¡no! quizás desperdiciada o inútil, pero no sórdida- La palabra sórdida le retumbaba una y otra vez mientras caminaba a su casa.

El día caluroso en que a las dos de la tarde y los calores de agosto la vida ya no la sorprende, monótona en la gloria del silencio, solo transcurre bucólica en el rancho con el sol a plomo que cae sobre las láminas del cobertizo. Ahí estaba ella, con su cara triangular y cuello largo, con su díscola sonrisa que era para el cielo. Volteaba de vez en vez y veía como el sol brillaba a plenitud para secar unos higos recién cortados que había depositado, uno a uno, sobre el metal caliente… y se puso a platicar con ellos como si estuvieran vivos, mientras estaban formados uno tras otro, escurriendo miel, los enharinaba y acomodaba al sol haciéndolos sentirse iguales y pensó en sus hermanos. Su pelo quedaba también blanco cuando lo empujaba hacia atrás de ves en ves, enharinándolo también mientras sudaba. Hasta que se dio cuenta que estaba completamente húmeda y pegajosa en lugares que no conocía mientras era impoluta y volatilizados fluían sus rencores, las manos le temblaban del coraje de sentirse inútil y desperdiciada –¿Aquí llegaré a vieja?- se preguntó a sí misma mientras se imaginaba insultada y abandonada entre esas tapias. Había descubierto algo y estaba fastidiada, ¡Era presa de su propio candor! Como perder el tiempo en un lugar donde no transcurre y solo tiene una sutil carga de engaño y todo es una eternidad condensada entre las humedades dispersas en su ropa, después de un rato de sol imaginando agasajos.

Casi todas las cosas cercanas al rancho eran de propulsión animal o manual, no había nada mecánico, ni el transporte, ni el molino que aún era una noria de piedras alimentada por el par de burros enclenques que esperaban lo que sobraba de la molienda. Quizás la únicas maquinas eran el viejo reloj de péndulo y el gramófono con su veintena de cilindros grabados que se aburrían de dar vueltas y vueltas, para llenar el aire viciado de calor con los mismos sonsonetes que marcaban los movimientos y los tiempos de la casa, excepto claro, los domingos en la mañana que eran días de guardar y era cuando aprovechaban y salían a contemplar el agua del riachuelo cercano o la arboleda a la orilla de la barranca entre la sombra que la volvió obscura con el paso del tiempo.

Llamada a rancho, como si fueran tropa se tocaba la campana para citar a comer en familia, no era sencillo. Cuando vio que la cena había terminado se separó del grupo y se fue a la troje, una libreta abierta esperaba con un lápiz de carbón al lado, pero lo pensó de nuevo y se dejó caer sobre la paja un momento, hasta que el ruido de una rata la inquietó. Salió y se aposento en la silla que la esperaba afuera de la casa, bajo un árbol que se rebosaba de frutos y casi se quedó dormida en la penumbra. -Una luz negra que me hace ver cosas que ahí están, la luz de una vela me ciega. Me descose volando entre sombras en que me siento cómodo planeando el desorden que es el sueño de un cuarto obscuro para dormir por soñar y amanecer más cansado con ese olor ocre y cansado en que lo más profundo son esas imágenes sin iluminar en que el aire es tan pesado como los cuerpos y le oprime- Era algo indefendible en lo que no quería tener nada que ver no solo era saciar su curiosidad.

No había luz, la poca electricidad era para el teléfono de manivela que nos daba línea al exterior, y era de una batería de carbón con un pedazo metálico que hacía de positivo, pero que había que limpiar y limar para ponerle acido de vez en cuando, en una ceremonia que parecía el rito de iniciación de la modernidad. ¿Cuál es la razón de la existencia, de mantenerse intacta de la ficción inmaterial de una idea que transcurre en el tiempo? ¿Solo tener la troje llena y agua en el pozo? Mas eso reventó su existencia, lo tranquilo de su ser, después tomó un puño de tierra de donde ella nació, lo aventó al cielo e increpó a su nahual por tenerla abandonada. Acaso intuir un futuro que se deje caer entre sueños calenturientos a la sombra del árbol que se desgaja cada otoño, o solo cruzar una frontera que no existe de tan marcada. Cierra los ojos y solo parpadea aleatoriamente cada vez que una mosca se acerca a molestarla.

Salíamos a cazar liebres entre las vides para tener algo que hacer en la tardes, correteándonos con las miradas de perros que no engañan a nadie hasta los límites del caserío. Alagada, gracias a lo impersonal de la jornada, se pudo dar el capricho de asfixiar sus hábitos y cambiarlos por algo que le recordara el momento tan bello que no puede embaucar. Cualquiera que fuera la razón, ella la sabía son los diferentes gustos, creo que esa es la intención de las semillas la troje, ahorrar para mañana. Cada cual compra su pedazo de felicidad en la curaduría y al final las vírgenes se mudan y cambian por algo más práctico, más útil, o simplemente que lo haga soñar y librarse de esas miradas inocuas que leves ya no le pesaban cuando la trataban de asimilar, porque, ya no hay ningún creyente que lo verbalice. Era demasiado ideal su imagen de ella entre el tránsito y la permanencia, pero pensó que era real, entonces fue cuando vio que tenía que tropezar con un lugar así, alguna vez para constatar que no era nadie. Pero para que dar sus razones, si no las creería, ni las necesitaba.

Y si, salió para buscar sus raíces en la orilla de algún poblado hundido entre el tiempo y despejarla para sí, balbuceó, ¡solo para mí, una leyenda que aún sobrevive! Y se recrea en lo que puede ser y tenía prisa por encontrar. Pero, si no te lo digo lo tendría que vivir desafanada. Eso en sí, y el sexo son una razón para reencarnar otra vida en el mismo lugar en que no le preocupara llegar a vieja. Frívola y altanera, segura de sí misma, decide salir al ruedo, sale al corral para sacrificar un último pichón y desangrar un cordero para un postremo festín y rompe la hucha. No sabe a dónde ir, pero sabe que no llegará ahí por casualidad y cuida su imagen. ¡Pura figura! Y una sombra que le sigue, es un largo camino, para empezar en solitario. Siente el impulso de salir, un candor que apabulla porque aunque sabe todo del exterior, aun así quiere aparecer en algún lugar ignorado y de incognito. -¡Y mañana, al despertar, si tu allá y yo acá!, ¿qué será de la vida?- pero mientras un tiempo que no transcurre, despierta, entra al baño, se encuentra en el espejo y con irascible cálculo se maquilla a verse diferente, no se conoce ella misma. Se vio como lo que era, una extraña reflexiva frente a un reflejo nuevo con sombras que le quemaba entre las manos. -¡Tengo una suerte extraña para poder romper con todo lo anterior!-



Para Nancy que supo salir del pueblo y superarse, estudiar en el extranjero y ser ella misma en un México difícil y represor.

20110129




Ahí estábamos… esperando, solo esperando que la realidad sea más surreal en lo obsesivo del ego que se escapa por la rendija de la ventana o el escarmiento a su presunta impiedad. Es una verdad que no se ve, domeñada por los sentidos y reducida a lo que me queda en el fondo de ser yo mismo escribiendo con letra cuidada y redondita, como si quisiera darme a entender sin cegarme y razonar solamente.



-Pero... nunca digas nunca. O solo dilo una, dos veces y empieza de nuevo a decir jamás. Miénteme, di que no es cierto, pero no pares de platicarme-



Y se quedó viendo fijamente el fondo de mis ojos



–Yo soy yo, pero, tengo derecho a ser parte de ti-



Y lo dice con ese deseo de internarse en sí misma y buscarme dentro de ella. Para siempre llegar cada noche a seducirme, para tratar de llevarme a los últimos reductos de la escritura y nunca más dejarme cautivar. Hasta el día de antes, en encuentros simbólicos que transcurrieron en nunca jamás y su contradicción de estar en primera persona para pensar que yo lo digo tergiversado. Y solo pienso en el adverbio que modifica mi acción sin involucrar ni enjuiciar a nadie, al final lo que digo tiene un precio que es superior al de lo que guardé de esa burla finita, que ahora es solo espuma que no llega ni a mañana





20110122

Para el mal vivir… Sin caramelos, entre el sol y los faroles







Una, dos, tres veces intercedió amable por mí, era una realidad dulce y angustiosa el saber que me había aquerenciado de ella en eso de caminar por la costa o en su manera de conciliar por mi mientras nada la obligaba. Ese día fue igual, un largo paseo y al final se quedó tallada, labrada como tronco de madera que encalla en la playa y yo intuí que era mejor enmudecer, no en balde se acababa el verano y es que, ella, era muy elegante en sus formas, aun cuando dormida, y se quedaba fantaseando sin que le importara dejarme ahí plantado, cuidándole el sueño. Cuando me aburría de estar ahí, era infalible, me colocaba atrás de ella y la miraba fijo tratando de traspasar su pelo, buscándole la nuca… siempre surtía efecto… despertaba buscándome, volteaba a verme, e indefectiblemente se rascaba la nuca y fruncía la nariz. Y así me quede encallado a ella como los ebrios del pueblo en su mismo cáliz cada borrachera.


Éramos torcidos y desprovistos de ajuar, entre ese erotismo de verano que todo lo irrumpe, claro, además yacíamos compartidos. Pero eso no nos afectaba porque entre sueños teníamos razón. Ahora, se acabó el verano y las semanas de hacer el amor a las carreras en el matriarcado que colma cuando ya me condicioné a no disfrutar la languidez de los últimos días en que al final gana la carrera la soledad. Ahora, solo queda un olor a meados rancios en los corrillos del muelle y la soledad de los esteros, casi desguarnecido en que aun quedo yo, tratando de revivir. Porque si corro el riesgo de ya no tener que hacer, con más facilidad terminaré de perforar mi comprensión en el cuerpo a cuerpo de la despedida para comportarse con las reglas que ella misma da y quita.


Se acabó el verano y esa última tarde le hizo un conjuro a la luna para hacerla llena y que saliera a celebrar… así desapareció esa noche, me quedé sin tiempo ni espacio. Los únicos que regresaron fueron los aguaceros con esos relámpagos que caían sobre la playa fulminando la arena y dejaban las señas que me gusta salir buscar de mañana, unos mojones lustrosos en medio de los arenales. Ahí, en todas esas playas es donde los del pueblo tienen sus relatos y entierran a los fuereños que se ponen rebeldes, o a los que no dejaron ni para un bulto de cal y no heder. Yo no tuve que regresar a ningún lado, aquí me quedé tomando nota del gozo que eran las tormentas de agosto y septiembre. Todo se acaba, pero de una o de otra forma siempre la lluvia persevera y lo único cierto es que mi Dios, ahora es ese viento que ahí se quedó; recordando.

20110118

Tarde Inútil

-Este atardecer ya no viene- o no llega y se hace tarde, siempre es así pero opta por esperar que obscurezca. Ella está sentada dentro de la taberna, vacía, sabe que no hay nadie fuera, ni dentro. Todos existen, están muertos del tedio e inútiles en esa tarde, no escucha a nadie, ni siquiera a mí, mientras ella insiste en ganarle algo de tiempo al destino. Su mesa está perfectamente ordenada con una ensalada de jitomate con queso de cabra, sin tocar y bien dispuesta a ser engullida, solo espera una señal. El asiento junto a ella, sutilmente ocupado, por el bolso abierto que parece una boca que gruñe por algo que no es hambre. Sentada en escuadra, aderezada con una blusa de seda que la delinea y jean untados que se burlan de la bucólica tarde. Los cubiertos casi no se mueven, pesan demasiado sobre el mantel, aunque la copa ya se muestra vacía y el pan permanece, magnífico y acomodado, en la charola junto a su mano derecha. Y se ve que es ella la que no tiene fuerza, cuando siente escurrir y atraviesa limpiamente el mantel para ver cómo cambia su manera de comer y solo perduran sus ideas, como un sueño dentro de otro sueño que crea metáforas. Todo es una acumulación de escenas que se suceden a ninguna parte de un espíritu ansioso frente a la mesa. -También es solo lluvia-, me dije cuando fui testigo de esa soledad esperándome en un lugar tan alejado. El haber sudado copiosamente, el gozar del ambiente dentro de la hostería del caserío que de tan pequeño se acababa antes de empezar, era muy húmeda con un vino verde muy frio.



Pero eso no es nada que no cure el sudor de un pecho ajeno, ni el temer que los sueños sean esencialmente silenciosos deseos furtivos. Había una pequeña puerta al fondo el establecimiento que ella quiso investigar con sus cejas insolentes arqueadas, era un lugar que de tan privado nos llevó a sentarnos juntos cuando regresó para tocarnos con temblores más de miedo que de ansia, y que juré solo serían de una vez. Después supe que ya había estado ahí y sabía del escondite para evitar el público en su duelo, cuando su piel habitaba de a pocos y varias veces en el mismo lugar donde ahora me tenía amurado contra la pared, murmurando nadas, aunque fuera un baño malsano. Ahora, en la media luz de la calle se dejan ver muy azules los cielos, y casi pardos los campos al poniente con todo el verano roído de fruta digerible. El haber salido solo raspado es gane y ¡no hay que esperar por ninguna resurrección! Se empezó a desnudar, primero dejo caer sus prejuicios y después, una a una, sus emociones. Y así hasta que se quedó totalmente expuesta y desarropada, descortezada entre todo lo incierto y tiritando el miedo de que pasaran las horas de visita. Entonces, sentí el libro abierto que se deshojaba en quehaceres insufribles, que caen abstractos y derrotados porque siempre es más fácil con lo más frágil. Los sueños duran lo suficiente para disfrutarlos y menos que volverse pesadillas, para después… al carajo. La conversación, aguda, se fue yendo a completar lo que el otro quería, mientras los miedos se quedaron atrás después de culpar a otros de lo que no éramos, y nos despojamos de casi todas nuestras sonrisas, hasta quedarnos callados y mustios en la esquina de la única ventana, junto a la música del radio y esperando que pasara la lluvia.



Y así hasta nos desparramamos como verdolaga en huerto de indio, hasta que todo quedó expuesto y a la vista. Me dijo: -Llévame a otro lado- Parecía darme a escoger atrás de su risa clara cuando bien sabía que no había más que un lugar de casas demasiado blancas, muros muy gruesos y ventanas tapiadas entre los castañares atrancados de tanta fruta. Y antes de despedirse de mis amotinadas manos que trasgredían la regla 34-B trató de explicarme sus memorias; las que no quieren decidirse por ninguna de nuestras citas anteriores (como si tuviera que escoger una de ellas; la más fogosa, o la más tierna, o quizá la más larga). Me explico otra vez su teoría del libro leído, y releído sin nunca adivinar ni el fondo, ni y el porqué de sus lomos rotos y como curarlos. Y esa fue su última conversación de niña consentida con el mismo ángel, solo que en un diferente cielo de falsas verdades que se acallan en la puerta de sus desmanes. -Antes que los sueños despierten mientras aun brotas conmigo- y aquí está sin saberlo o decirlo, lo único que tiene claro es el porqué y el para qué. Y era mi niña, yo, el tutor que caminaba en una línea demasiado estrecha pero después de todo, solo sé que las mujeres son inmortales y enormes para recorrerlas por un solo día entre el amor de lo que se sucede, como una daga que te comprende.



Y ella tiene todo lo suficientemente grande para repartirlo, sin vergüenza o tedio, para compartirlo conmigo. Mientras, estoy seducido, quebrado entre ella y todo lo que nos escurre, pegajoso y salado, me quedo talado, esperando por el recolector. No dejo de mirar la puerta, ella se va (¡que solos se quedan los muertos!). Pero escapa siempre, tan llena de aserrín, partida y sin sentido, aun así parece un requiebro que acaba de cortar el aire y destellando sus últimas dotes de amante olvidadiza, se destierra –Cuenta con mi asistencia-. Y ahí me quedo, enmascarando mi amargura con el silencio y sus risas entreverados con un sentimiento de inseguridad. Nadie viene a mi rescate, ni yo mismo se si lo que transita a mi lado me pertenece, porque demasiada luz me ciega. Alguien me robó el tiempo y ella me lo devolvió. Y si todo es lo mismo ¿Por qué cambiar? No hay ninguna garantía de que voy a mejorar porque ya no busco recodos para taparme las mañas, ni para encontrarle el modo al; llegando y prendiendo lumbre. No busco pero encuentro pequeñas acciones que son un todo absoluto en que le digo salud a lo prohibido mientras desciendo a los lugares vedados y a las honduras inhóspitas de su ser, cuando el amor más soportable es el que se consiente por entregas. Aunque sea en comedores alejados de pequeños pueblos en lejanas rutas en que nadie nos conoce, donde me puedo poner a inventar citas que no son, o solo leer libros despastados y quebrados de tanto ser trajinados por este espirado despistado que no sabe que poner cuando saca su libreta y no le sale ningún cuento.

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