20110804

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La caja vacía



La cosa era cosa era tan sencilla como dejarse llevar y hacerle como que no me importaba, de irse por ahí y ponerle cara a la Carmen de “me vale madre” a todo, solo para pasar desapercibido. Porque sé que es todo un arte husmear, investigar y resignarse a ir por el mundo buscando:

Las inquilinas de La Caja Vacía (Bonito nombre para un bar de mala muerte) eran conscientes de que no existían, y aun así insistían en brincarse por la tranca equivocada, puras almas en pena haciendo y revolcando permanentemente para escapar de una vida que no es o tan solo vivirla en una experiencia que no se da. Todo es como haber transportado una casa de un lugar a otro y al asomarse por la ventana, recuperar un paisaje que ya no está.

En las mañanas la tranquilidad de un seminario y en las noches el frenesí de carnaval. Todo sea como estar guardado y temerle a la intemperie de lo malo por conocer. Si sospechan que algo puede pasar es algo evidente y se deja de percibir con solo ignorarlo. El tiempo afuera es frio y nuboso, pero ahí adentro no pasaba. Eso hicimos, no era cosa de regresarse en blanco, yo no quería pero ya estaba ahí.

Ahítas de desvaríos que disfruto mientras camino, y ahí, me dejó llevar por los silencios.



Hasta que un cuchicheo llamó mi atención:

Me acerco y observo la intimidad de dos que se quieren querer en una transacción de pocos pesos que solo alcanza una mediana horizontal y no permite toqueteos ni besos. Y eso, ahí se queda, todo el contacto es mediado por un embuste que promete sensaciones y seguridad, termina en un rumor de relaciones que para súbitamente, ahí está el silencio. Las sombras quedan muertas por el reflejo que pasa por las rejas de la ventana, se da cuenta que aún tiene zapatos puestos pero aun así, no toca el suelo.

Los dos nos hemos quedado a solas atrás de una barra que solo tapa nuestros cuerpos y ella pone el dedo sobre los labios para pedir silencio. Y termina tapándose la boca con la mano para evitar gemir. (Un miedo atroz se apodera del silencio mientras siente que algo penetra en el recinto sagrado de sus turbaciones, es algo maravilloso que solo hoy siente y le provoca estremecerse y estrujar los muslos con una fuerza que lastima, todo para dejarse tocar, vender y regresarse a la barra).

–De haber sabido, yo lo pago, ¡Te invito el cuarto!- Dijo la Carmen y en vez de llegar tarde, se picó esperando la campana de la misa de gallo. Se podía comer la noche hasta el hartazgo de quien, de quien sabe cuántas veces. Que no sabe de poquitos, no era para encabronarse, y solo me deje llevar, lejos, lo más lejos que pude. Se puso su abrigo, era como de terciopelo y de un blanco que no iba a durar ni lo que nos tardamos en comenzar, porque ya sobra lo último.

-Te vas y me dejas huérfano- y sí, ella era la buena, pero, ¿yo qué tengo que opinar, si bien dice que le valgo madres? Al final me veía llegar y se quedaba callada, ya no había plática ni chisme, ¡pura prédica! que me cuenta que no le importa. Y mientras se queda callada, me olvida de a poquitos cada día. Alguien tiene que parar esto, alguien que tengo que ser yo porque esto, es pura verdad. Pura verdad con otros nombres, pero la purita neta de crueldades que me tocaron y ahora me tienen aquí balanceándome. Ahorcado para hacer cierto el miedo de mi madre -Vas a terminar colgado, ¡Ahorcadito, igual que tu padre!-
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20110715

El cuchillo y el baúl

Sobre la mesa de la cocina estaba el cuchillo ansioso. La comida lo esperaba, tenía que:
Cortar los limones para el agua dulce
Trozar la verdura para saltearla en mantequilla
Rebanar los tomates para la ensalada
Picar finamente el ajo para el arroz
Partir la hogaza de pan negro
Y al final, su deleite; ¡Destazar la carne para el estofado!
Mi cuchillo asumía un gusto especial por descuartizar carne en trozos pequeños. Lo empuñaba y sentía como penetraba la carne suavemente, se deslizaba desmembrando los cortes con un gran gusto, llenándose de grasa y sangre. Y en esas estamos cuando, se me resbaló en el último taje y cayó hasta el piso.
Ah la fatalidad… ¡Se le melló el filo!

Junto a la cama tenía Iñigo el baúl con sus cosas, ahora solo queda un hueco.
-Pilar; ¡En mi hambre mando yo!- siempre me gritaba, claro siempre me lo escupía a puertas cerradas el muy cabrón.
Ahora, ya no se queja de nada aquí ¡Se mudó! ahora vive en el baúl que usaba para sus tiliches, ¡Bien enterrado bajo el piso de la cocina!
Hoy, alcé las baldosas, quité un poco de tierra y ¡Ahí está! es todo un señor cofre hecho de la madera de un buen encino, con herrajes de hierro y chapa doble.
Lo abrí, ¡Qué tufo tan desagradable! Guardé el cuchillo dentro y le puse doble llave
Ahora, el par de inútiles están bien guardados y ¡Siempre juntos!
Volví a asentar el piso en su lugar, me lavé y limpie para poder salir de casa. Voy a la tienda a comprar otro cuchillo pues…
¡Mañana hay que cocinar!

20110708

-Yo contra mí- Un bolero que suena amargo



Cuando la niña que era Marina se volvió una enlutada del mar, se visó como un espectro afligido que estremecía a los vecinos cuando salía en las tardes a recordar. Ella vivía junto rosal en la entrada del casco viejo que ahora se ha convertido en una maraña de flores amarillas. Es toda una enredadera que decadente y magnifica perfuma el pórtico en los atardeceres, antes calientes que fríos del barrio costeño de Puerto Libre. Pasa el tiempo y nos abandonamos al olvido.

-¿Quién toca?-

Y la enredadera, tan todita llena de flores se movió al compás de la puerta para dejar pasar una mano blanca, muy delgada. Preguntar era algo que solo tenía sentido en su soledad, era una regla que solo hacía sentido en su retiro, indagar sin importar quien fuera. Era solo un sobre, pero debe haber sido un ancla fierro, de algo muy duro para poder dejarse caer y hacer tanto ruido cuando las palabras se escurrieron como lágrimas del papel. El amante sin voz es rotundo en su ausencia, y el sobre solo decía

–No se encontró el destinatario, devuélvase al remitente-

-Más merezco por tener un amor necio e insufrible-

Y a más, sin un mañana; puros anocheceres y ninguna luz. Le sonó a tango y entró a la casa tarareando;

-Quiero que estés cerca silencio, que tus hojas no se muevan con el viento-

Toda la construcción tenía divisiones arbitrarias e ilógicas que hacían vericuetos como los camarotes de una goleta antigua, que solo ella recorría con el conformismo resignado del recuerdo de su padre, capitán de barco perdido en una tormenta.

Una sí y otra no, blanco o negro, hasta lo inevitable; amor u odio ¡Era parte de su ritual diario! Las huellas estaban en todas partes pero solo ella las veía. Pero esta tarde, el cielo estaba tronando y la distraía. ¿Sería una tarde ruinosa o solo llovería un poco?

A lo lejos se oía el relamer del mar con el acompasado pasar de unos tacones que consumían sus pensamientos en un ir y venir sin sentido, esperando que se alejaran como avisando algo. Cerró el portón y vio como algunos pétalos amarillos caían despacio, como adornando la entrada. Crispo sus dedos y sintió las uñas enterradas en las palmas de la mano, se dirigió a su guardarropa para buscar unos zapatos que también la anunciaran y escribieran algo en el piso de piedra del patio.

Se los puso y caminó alrededor de los pasillos hasta que sintió confianza, abrió la puerta y dejó entrar el crepúsculo de la tarde para irse taconeando con fuerza, como diciendo -Soy yo- hasta el malecón. Lo atravesó para sentarse en la banca más lejana y se acicaló mientras escudriñaba el mar con el rabillo del ojo. Ahí abrió un libro y dejó que terminara de filtrarse la tarde para tener pretexto para regresar a obscuras a casa. Fraguó un pacto con las sombras para seguir siendo la misma, los zapatos le molestaban -¡Como aquella vez!- Pensó. Y se preguntó el cómo saber si todo eso solo había sido un sueño y ahora personajes diferentes ocupaban el espacio de los originales, lo único que recordaba con certeza era el sombrero, un borsalino gris de ala corta que seguro vino de ultramar.

Es inevitable dilapidar alguna vez todo tu cariño, pero ¡hacer costumbre de ello! ¡No! Se pasa la lengua por los labios, siente la sal, les urge redimirse, pues solo encuentran placer en los lugares más extraños y terminan aburridos sellando sobres que enviara a ningún lado y digan lo que digan, nadie las cree.



El amor platónico es un misterioso halo, ilusorio y estéril, debe ser un ilícito practicarlo porque queda poco de el por navegar. -Me envió la decepción- y es un desencanto alcanzarlo porque sientes que te habla y no sabes que el fulgor se convierte al final en un relato inmundo. En que su vida no encaja, no tiene excusas y solo te deja pespunteando recuerdos que el tiempo, que todo lo sana, no mejora nada.



(Se me quedó en el tintero cuando hablábamos de Corín Tellado)

20110704

La máscara de la displicencia



Creo que necesito regresar a consultar a mi siquiatra (¿De nuevo?), quizás solo llegue a pagarle un mes de sesiones porque no es nada grave, pero ¡Ah como me trae loco este absurdo! Y será solo para platicarle mi obsesión de siempre por los vellos y la suerte de las que no se los afeitan. Y, ya lo sé, seguro lograré ver detrás de sus lentes (Chiquitos y absurdos) que le esconden una mirada de incredulidad. Y si no se aguanta, pues, hasta una risita entre suspicaz y burlona se le escapará. Se resignará a escucharme y aunque ya sé que me dirá al final, -Son cincuenta minutos por quinientos varos, por favor en el cajón de la secretaria- (Eso será ahora mi cesión) Y que, ya sé que me hubiera salido más barato no obsesionarme con algo tan sinsentido, pero no puedo evitarlo, despierto sobresaltado en las noches y me sorprendo a mí mismo en el día, siempre con la misma imagen:

Ahí estamos (Aún me imagino mesmamente, como si fuera hoy) en el prado junto a la alberca. Tú con esa sonrisa de “Que bonito” y el traje de baño que holgado por el cloro en el agua de la piscina me llenaba los ojos de codicia (¡Lujuria! dirías tu), lleno de esas florecitas lilas sobrepuestas que estaban de moda (¡Bien que me acuerdo!) y… los vellos, siempre ese vello acicalado en pequeños risos, en nostalgias que vienen a mí una y otra vez. Me obsesiono alrededor de su memoria y el destino fatal. Tú ahí, mostrándote, enseñándote solo para mí, casi insensible y toreando al chivo (¡Ese soy yo en esta historia!). Con esa fragancia que desnuda el aire, que me perturba hasta la fecha con un aroma  que muy de vez en cuando percibo en el aire, te evoca y te desentierra. Siempre tan cuidada, muy bien formada y blindada bajo el yugo materno que te guardaba y preservaba, bueno hasta que te liberaste y mandaste a todos bien lejos (Mejor dicho, ¡Tú te fuiste!). Para después de estar junto a tus formas, la nerviolera de recordarte mientras caminabas a cambiarte de ropa. Mis ojos en tu traje de baño y diantre… esos tus vellos que salían sin pudor de tu traje de baño, pelillos (¿Te los teñías de güero?) que sin remedio llevaban mi calentura al sol de lleno bañándome y después, al agua fría de la alberca.

A mí no me importó, ya estaba fuera de tú vida (nunca estuve dentro), solo me quedé en una misteriosa prisión húmeda en la que me veo, siempre a punto de huir, siempre mojado. ¡Cuántas veces me tuviste que recordar que así era eso de ser la mujer ausente! Para después dejarme ir solitario a mi intimidad y recordarte (Santa manuela bendita… cuídame mi manita)

Pero si, florece algo, después, mucho después crece dentro de mí. Muchas veces estas aquí, para volverme loco. Lo hecho está hecho y obviamente, si no tuve el valor (¡Te faltan tompiates! siempre me recuerda el compadre) y me obsesione por olvidarte –Vete con tu niña-, que así me decías, y yo, patético y desperdiciado, desquitaba mis ganas poniéndole nombres falsos a mis dedos mientras nos tocábamos desde tan de lejos, pero siempre eras tú la que me ordenaba las papas con salsa y me contabas las historias que enmarañabas tan guardadas (Eso ¡lo vale todo!) bajo el sol y nunca detrás de algo como tu toalla tan blanca (Tan blanca que me recuerda mi conciencia contigo, ¡yo, siempre tan cobarde!), ¡Me falto con qué!

Solo eran un par de años de diferencia a tu favor, pero a esa edad, imagino que era difícil para ti andar con alguien menor, ¿ligártelo? Pues sí, pero nomas a piquetes y solo para presumir tus temores, superando ausencias y miedos. Entonces eran otros tiempos, cuando la pulcritud y la castidad valían y costaban. Y entre las pláticas con tu amiga, esa que se burlaba y ¡bueno! porque no reconocerlo, ¡Bien que nos conchababa en los bailes! cuando ya de a tiro no había con quien y ahí estaba tu baboso abstemio, cachondo y bien trajeado quitándose las moscas y esperando para llevarte a casa con la autoestima en el cielo -¡Algún día, yo seré el efectivo!-.

El tiempo no transcurre ni pasa, no es una línea recta que caminamos; es solo un zigzag que me atrapa entre sus ires y venires (El doctor puso cara de incrédulo, vio el reloj para checar mi teoría del tiempo y me facturo antes de los cincuenta minutos) cuando yo me encuentro desprotegido de la circundante manto con la que aún me ciñes, y tú aún continúas en lo mismo… cambiando pañales.

20110630

A rajarse al cerro




-Pos no está su mercé para entenderlo, pero antenoche que me chinga el frio allá onde la milpa... ¡pos no, mesmamente que me sorprende! Jue merito donde endenantes  se llenaba el jagüey, ahí mesmo aonde me agarro el escampado y me quede sin mirada. Pos que me hubiera chingado en el jacal y ¡Otra cosa mi señor!

Sí, ansína que empecé a sentir como temblores, pero no eran míos, se me trepaban como del fondo de la tierra y me daban de vueltas haciendo un titipuchal del ruido que nomás a mí me friega, ¿Pus ustedes, que no lo oyen?, es como si soplaran un carrizo y después, como que se entienden voces rezando y repiten “Esto ya es difunto, esto ya está muerto”, cada vez más lejos. Y me agarra el miedo y la sed, pos qué, ¡Tráite la jícara y convídame agüita por favor! Que tengo el reseco muy adentro.

Al final uno se abre dondequiera ¡Y más qué; puras mentiras! Así, mejor me quedo quieto porque si no; nomas hay vamos cruzando campos, cada vez más secos. Pero uno ¡bien que escoge el camino pa llegar más endenantes! Y agarramos el rumbo, como que no queriendo hasta donde aúllan los perros.-

Haga usted la cuenta que su primera muerte fue más contenta y, aunque la recordaba, prefirió no hacerle caso. Se había encanijado sin sentirlo mientras caminaba el sembradío, la hierba estaba bien verde y regadita. El atardecer dejaba un aire agradable en la obscuridad que circulaba entre él y la alfalfa, esa que parecía una almohada suave y le recordaba sus chilpayates arrejuntados, jeteando en su cama. Así, hasta que la noche lo encandiló, o quizás alguien nomas le cerró los ojos y se le apagó el alma. Ya no comprendía nada y decidió dormirse ahí mismo, y si no lo ve el Jesuso de chiripa, ahí nomás se queda, achicalado y lleno de moscas. Hablándole al chile, con el morral del itacate junto y las tortillas aposcaguandose. ¡Ni supo cómo se llegó onde el jacal!

Abrió un poco los ojos, solo para encontrarse echado en la penumbra de su sala y si, ahí los endeviso. Se me estaban todos con su alipuz, los veía libando y ya medio borrachos con su taguarniz del corriente. Los cirios que estaban a su alrededor humeaban a parafina y sebo, nada que ver con las ceras que le llevaba al santísimo en la semana mayor o la feria del pueblo.

Ahora, ya jura que capto como que la mano de su Micaela le apapachaba y hasta sintió ganas de hacerle un huequito. Se puso chípil cuando sintió una gota que le escurría entre los ojos a su hija la mayor, y vio que las flores no despedían un aroma precisamente agradable, eran corrientes y estaban casi cáidas en sus cántaros delante de las chilmoleras que nomás se cuchicheaban pendejadas.

Sintió algo húmedo que le escurría en la entrepierna mientras estaba acostado e incómodo, sobre una mesa con su manga de hule frio que lo envolvía. Un anafre calentaba la pieza y ya empezaban las echadas con la viuda, “nomás pa quitarse el frio” de los cuates. Y el, ¡Ni pa emputarse, pos como! Nomás se acordó de los labios y los amores de su prieta y se quizo llorar pa dentro.

-Dios se me apiade ahoy, que asín que semos y pa podrirnos venimos-

Recoger recuerdos no tiene un final feliz, y por un rato se sintió rete triste, como tizo. Vio que no valía la pena y decidió mandarse solito a la tiznada, ya nada lo ataba a lo que veía en su velada, ni a esta chiga de todos los días.

Y al fondo nomas escuchaba unas voces ya viejas de tanto penetrarlo:
-¿Qué cosa te falta pa morirte ntonces? ¡Nomas encanijarte y hacer ecos! -
-Échenle unos jicarazos de agua, ¡Que se nos pele limpito!-
-¿Quiuvole, pos ora pior? Este cabrón no se ha entiesado, segurito es de los que no se quieren petatear y todavía nos está oyendo, ¡Órales cabrón, vallase a culearse al cerro!-
  Y ansina también, los aullidos del perro llamándolo…

20110611


Matilde y el tiempo



¡Qué bonito es no hacer nada, y después de no hacer nada, descansar!



Hay días interminables. Matilde abre los ojos y siente lo pesado de sus parpados, afortunadamente aún no hay luz que la lastime, la cama está tibia y acompañada. Prende la luz y adivina mi rostro entre las sábanas, sí, ese era yo completamente ausente. Se levantó, y se desembarazó de la noche sin hacer ruido, y me dejó amanecer guardado entre las sábanas para poder despertar en mi soledad. Ese día fue todo un acontecimiento, yo esperaba que me sorprendiera muchas veces y terminé extrañado del tiempo que perdí dándole tiempo al tiempo. Y creo que es una cualidad (O vicio, de los hombres como género) esa capacidad de abstraerse y soñar despierto.

-¿Qué haces?

-¡Nada!

-Claro, ¿Tu teoría de que todo es vano y fugaz?

Y es algo tan efímero como el sueño, que si no pasa por tu cuerpo es mejor desecharlo porque no puedes dejar de gritar en sus consecuencias. Tiene que ser un gozo tan irritante como el de coger tu hucha y romperla para encontrarla llena de nadas, vacía. Y mientras nadie se da cuenta que ahí estas, rellenarla solo con olor a felicidad; como el de una mujer que nos observa cuando estamos sin hacer nada y no puede entender que estemos con la mente en blanco, sin movernos y aun así… nos concentremos en ello. Cuando a mí me importa la forma que no el contenido y aprovecho todas las desventajas para no hacer nada y me aplico en terminar de no hacer nada en el envés del día. Igual es la inspiración y el quehacer cuando estoy en blanco y obnubilado, siento que trabajo y no produzco nada, eso sí, con el entusiasmo envidiable de un dios eterno que no cambia, porque ser otro le restaría a su condición divina. Después de todo… es más bonito dejar que te sueñen que soñarte tú mismo. Matilde regresa, y yo aún estoy sin hacer nada, el tiempo me ha traicionado mientras todavía le sigo apostando tildes a este escrito. ¡O sale, o no sale, porque al último… ni yo le entendí!

20110606


El cuento



Érase una vez… el más común de los mortales que buscaba tener un cuento que narrar, pero tenía que tener una particularidad; había de ser sobre algo vedado. Algo que no se pudiera casi describir, entre irracional e irrepetible, incontenible e incondicional para el resto de los humanos. Que se pudiera censurar y exponer a los cuatro vientos, y en todas las cuatro estaciones se comentara (De tren o aeropuerto, del año y los climas). Y así empecé, no sé por qué o como, pero las manos se me escapaban del cuerpo para abrasarla, prenderle lumbre y calentarme con ella. Se escondían sus sensaciones en aromas y gustos humeantes de vaho sobre mi pecho. Por dejar pasar las cosas y que simplemente se transcurrieran, pero… chiras pelas, ¡Naufragó! Ni para cuando. Todo fue en la chiripa de un momento de descuido, que no se dio cuando como burbuja explotó. Y no quedó nada, ni un final feliz, ni siquiera un recuerdo vago sobre un cuerpo húmedo o cansado.

¡Yo no sé que tengo con lo prohibido! Pero desde siempre soy inconformista, me enojaba con los “no” y había de experimentar siempre en un blanco y negro, sin tonos intermedios, el sabor de lo prohibido de los volados en un sí o no. No deseo saber tantas cosas, porque se vuelven mías, y si son mías yo soy responsable de ellas, mas aunque las tenga en letra palmer caligrafiada por mi teutón, sobre una bitácora cosida, con margen rojo y hojas numeradas de atrás para adelante. En la que siempre sabré cual es la última, y la primera quedara con un espacio en blanco entre sus muslos abiertos para al final ponerle el título.

Encomienza la calor, y las chicas pasiones se nos vuelven amoríos exultados, llama, se encandilan a farolazos, y dejan su huello entre las pequeñas mentiras en que me pongo a explorar valles y montañas, hondonadas y picos. Y eso sí, es una lúcida experiencia de putas sin que hacer, en que las güilas se esconden, en ese único suyo tan singular. En que dejan su vaso boca abajo y apartando su lugar en la barra. Llega alguien, este es un forastero, y si, es interesante. Voltean el vaso para pedir que lo colme el cantinero, y empezar a seducirlo, tratar de encantarlo ¿Cómo imaginar que esas manos tan suaves y perfumadas podían contener tanto ardor?

En ocasiones, ¿Quién sabe? el sexo, simplemente no se daba y entonces aprovechaban sus poderes de seducción, para dejarse llevar e inventar cuentos para entretener al cliente. Ya eran unas patronas adultas que pensaba que Dios, bien podía estar equivocado, pero bien sabían que aún le quedaba el humor para componer las cosas antes de voltear la hoja. Mas aunque lo escrito no se pudiera borrar, y coger sea algo pasajero, que lo asentamos entre las cuentas mal llevadas y el encantamiento… por no decirle hechicería, que implica perpetuarse.

-Solamente hay cuartos sencillos- Acompañados de murmullos de los pastas duras que separan una de la otra, que se tenían cariño y afecto, sin saber qué era eso, cuando la visitaban los pecados en un ataque de pena ajena y golpes de suerte que convertían en amor las infidelidades. Al dejar obras por mitad y empezar a escribir en una libreta pautada de pentagramas anchos que deja una sombra de desliz, como si fuera concordancia entre lo que quiere y lo que hace, toda una ópera prima.

Le embarraban sus pecados y la declaraban loca, lo único es que ya sabía era de qué pie cojeaba y como desmenuzaba pecados en solo malas intenciones. Sabía que antes de empezar a contar quimeras, ya había olvidado la trama y para qué estaba sobre la cama. Pero, por cierto, después de eso, ya siempre quise más, y cualquier cosa que se me ocurra, ahora la quiero experimentar dentro de una necia trama. Para más noche, dentro de la obscenidad de buscar el fondo, llegar a un final y acabar por desnudar el texto. Que ahora, ya no es solo un libro, hoy es el talismán. ¡Y no hay nada que permita intuir todas las aventuras que contienen sus hojas!

20110602

Maestro Pepinos



¿Su nombre? No lo recuerdo, quizás nunca lo supe. Pero desde que tengo memoria y vivía en la 21 sur lo veía, con su canasto de frutas y el taburete plegable al hombro. Como no recordar al “Maestro pepinos” siempre rondando el Instituto Oriente y el Club Alpha Uno (Estaban pared con pared). Cuando era viejecito, su pelo blanco se volvió hirsuto (Que yo, siempre lo vi igual) vivía en la nueve poniente en un cuarto a un costado de la secundaria y prepa del Oriente. Ahí le daban albergue los Jesuitas, vivían él y su esposa en un pequeño cuarto, a un lado de mi salón de clases y ahí… descubrí el secreto del chile piquín con que aderezaba la fruta, el más famoso y buscado de Puebla. En las tardes lo preparaba su esposa mezclando los pequeños chiles rojos con sal de grano "de mar, porque a la otra le echan químicos y se sabe" y los molía ¡En metate! Ese era el secreto, pasarse una hora tosiendo, hincada de rodillas y dándole a la molienda entre las piedras.

Dicen que la historia de la humanidad cambió, o empezó, el día que descubrimos los condimentos y que de estos, los dos primeros fueron probablemente la sal y el chile. Y debe ser cierto pues hasta la fecha son imprescindibles, como realzan el sabor de cualquier alimento, ¡Y en especial la fruta!

Yo, recuerdo mucho una ocasión en que le di albergue al maestro pepinos, venía corriendo con todas sus avituallas al hombro y su canasto de sombrero. Todo apurado pasó frente de mi casa y le pregunté que le pasaba, “Salubridad” me contestó y le hice señas para que se escondiera en la cochera de la casa mientras se iban los inspectores de vía pública que lo acosaban, estaba lívido pero no pasó nada y conservó su mercancía. Desde entonces fuimos más cuates y me escogía buena fruta.

Preparaba los pepinos en un rito, todo un arte, que incluía cortarles un pedacito de la punta y restregarlo firmemente contra el corte “Para que no se amargue” después tomaba su súper filoso, desgastado y oxidado cuchillo (antes los cuchillos no eran de acero inoxidable y tomaban un color obscuro con los ácidos del limón)  y le hacía un corte en forma de corona (como el sombrero de Torombolo). Le ponía su famoso chile piquín y a disfrutar… un tostón era el costo.  

Las jícamas eran de a veinte centavos, de esos de cobre que servían para hablar por teléfono. Los perones verdes eran una delicia de a diario, porque los pepinos y los cocos eran para los sábados y domingos que salíamos de nadar y había con qué $$$$$$

Y claro, no recuerdo haberme enfermado algún día con sus delicias, a lo más la lengua escaldada de tanto picante. Ni con él, ni con las nieves del Colima o los merengues de a volado. Tampoco me enfermaban los churros y las papas del Ruso con esa salsa que usaba para limpiar metal. ¡Y mucho menos las tortas de Enrique! Mi chofer del camión escolar que prepara tortas hasta la fecha (Su familia). Y nones con los molotes o las chalupas, las picadas o las gordita del puesto de a la vuelta. Bueno, ¡Ni beber agua de la llave afuera de la escuela me enfermaba!



Y qué remedio, seguiremos caminando y aprendiendo, ¿Será eso a lo que llaman vivir?

20110522

La tlapalería, cueva de la última verdad

Son pocas las vicisitudes que necesitamos en realidad para forjarnos, y muchas de estas solo nos hacen falta cuando la noche se convierte en horizonte y se funden en sueños que se cuentan en voz baja, al amparo de los espíritus mezcaleros:
 –Aquí dentro no se puede vivir, solo la malpasamos y hay que recoger los pies de cuando en cuando, mientras todo se agota de a pocos. Pero hay un orden y hay que seguirlo antes que nada-
Eso me susurro el pequeño hombrecillo, antes de dejarse caer desde la bolsa de mi camisa hacia el piso de tierra de la cantina. Dio un pequeño respingo y se dedicó a caminar hacia el desierto y nada más alcance a oír su vocecita
-Ahí me alcanzas cuando termines, ¡Sin miedo!-
Y ya nomás ahí me fui tras él, no lo podía perder, y no era cosa de amedrentarse. No es suficiente con dar las primeras trancadas, es necesario terminar por adentrarse en la obscuridad, oler el camino y sentir como nos recorre el viento y la temperatura baja, mientras el rocío te agobia cuando te sella los pulmones el frío. Primero la noche y después el día, en una cadena infinita en que abres los ojos y no sabes que pasó ayer en la secuencia de hojas que perdieron sentido una vez y ya no se pudieron acomodar, desandando el camino que nos llevó a lo profundo del subterráneo que solo tiene una salida y hay que tornar, recogiendo lo andado, oyendo los ruidos que dejamos atrás y que ya son silencios.
Me agacho en la penumbra para buscar piso y siento una pasta húmeda entre los dedos, me la llevo a los labios y siento su sabor a tierra que me abre los sentidos. Tanteando el piso siento que algo me pica los dedos y los vuelve hábiles, recogen un puñado de hongos de entre las piedras.
-Soy el pobre que más fiestas hace y más trancas se brinca. Mientras más triste estoy, más música y fiesta pido para perder memoria y acumular recuerdos-
Mas solo era una peregrinación de cuentos caminando despacio, que se caían en pedazos conforme los leía y las iba acomodando sin sentido ni orden, en la cola del libro que un Dios sin orden amolda. Y yo, cada vez que una hoja viene al revés, volteo para regresar a lo anterior en un ciclo que nunca va a acabar, entran y salen por mi cuerpo y entre mi alma. No sé si estoy dormido y ni me imagina quien me espera; un Don Tancredo a medio patio con tunas de sangre en las manos
–Si estas esperando una señal: Esta es-
No es de Dios hablar tan claro
-Sube y baja, entra y sal, la cosa es encontrarte y saber quién eres, para después construir con esos recuerdos-
Saco de mi bolso, de uno en uno, los siete pequeños hongos amargos que arranqué en el cerro y empiezo a hablar sin oírme, sin saber que cuenta ni a quien me dirijo
-Cuando dejes de ver, esta es tu linterna. Mastícalos uno a uno, y escupe en esta bolsa lo que no puedas tragar, amánsalos con mezcal y no los dejes en la cueva porque los espíritus se alebrestan, y si te da miedo: ¡Te duermes para no regresar!-
Me quedo con un dilatado gesto amargo, entre amor y odio que pesa mucho. Así y solo así, las paredes empezaron a tomar forma y los sentidos se aguzaron, eso ya era mi territorio. Empiezo a oír el ruido de las cosas inertes, y aun antes de que me hablaran ya sabía que quería decirle. Lo adivinaba, ser idiota es algo perfecto.
-Dónde está tu cuerpo ¿O cómo? ¡Ya perdiste tu encarnación!-
-¡Solamente está sangrando!-
Es entonces cuando me prende el silencio, los labios dormidos despiden incongruencias y escupitajos secos, el ruido crece y me ensordece cuando se vuelve un murmullo incoherente para mí, que oigo y no presto atención. Me dijo el pequeño hombre con su voz de pájaro ante el tlacuilo que sale de la tlapalería con su morral lleno de tlapalli para trabajar el cozamalotl
 -¿Qué, es? Sinceridad o cinismo resentido, deja de gritar y dibuja las voces si quieres escucharte-
Y todo se inunda de colores, en realidad apenas sucede pues no tengo espacio para huir y eso me desespera. Ese estar solitario, sin bastimento y exánime entre tantas cosas que tienen un pasado de silencios, me desconozco a mí mismo, solo me queda escupir verdades, trazando palabras en el viento, frente a mí. Siento náuseas y me dejo llevar por las arqueadas que terminan de purificar mi cuerpo ¿En qué nos quedamos?; En que me amenazo con enseñarme el mañana y saber que hay algo de díceres o rencores que hablan tan fuerte que no se escuchan entre la irritante ceguera de mis sentidos.
-¡Las rocas son negras, no las veo! Son como palabras sueltas que no dicen nada, como muertos hinchados a punto de desgranarse que se anclan al piso. Si te mueres, ¡Ni te me vengas a aparecer! Que con mis muertos tengo suficiente. Aquí se feliz mientras puedas, al fin esta placidez no es la alegría-
Porque en caso de absoluta necesidad también se pueden usar los ojos para ver, pero es ahí donde pierdo el sentido y no sé qué hay mañana. Porque al volver a leer, los detalles varían si no tengo la verdad, no me puedo dedicar a decir mentiras. Cuando el tiempo y lo negro fortalecen su hondura y las brechas eso solo es tenerle un miedo a los locos, que no a la locura descombrada. Y el que no sobrevive se queda apestando la cueva por mucho tiempo, mientras los gusanos acaban su tarea y una niebla ciega el camino a los  que tratan de entrar a buscarlo y solo lo huelen. Escribo y comparto, esa es una carga que tengo, después de pepenar mis penas y almacenarlas en el traje de tigre que tengo puesto, el camino al averno está lleno de buenos propósitos y es algo siniestro que hace de la vía algo siniestro e indigerible. Así, donde yo estaba me cercaba y extrañaba, reflejado en un trozo de obsidiana filosa y brillante. Acechándome atrás de cada silencio y sombra. Tres personas se molestaron porque no les dijeron que tenían que hacer, ni que misterio se iba a descubrir esa noche al entrar a lo hondo
–Aquí no hay nada nuevo, todo lo llevas tú dentro pero solo lo encuentras en el viaje-
Avanzamos opuestos y en el mismo sentido, me doy cuenta que mi señor está también intoxicado, no es un diablo. Solo es un Dios borracho que me acompaña, altera y se desfoga en mis correrías, doy una bocanada de aire fresco que hace que mis pulmones revienten, un dolor llega a mí. Algo es cierto, con el tiempo esos pasos se borraran y no habrá quien me siga ni viole mi intimidad. Ahí me entraron las fiebres y se quedaron todos los que me seguían, pálidos, con cara de sarcasmo amargo en el fondo. No quiero ser experto en manejar muertos sino en buscar salidas, digo mientras descuelgo el cigarrillo de mis labios y lo apago en el fango.
–Conmigo, el viaje es importante pero el destino lo es más-
-Cualquier camino es bueno para ir a ningún lado-
Es solamente llegar y sentir un desierto vano que poseo, que es mío y lo puedo moldear porque nada compite con la aridez (Quizás solo la desolación). Pero solo yo oigo mis dolores quejarse. Hace tiempo que desconfío hasta de mis sombras, esas que me siguen y no quiero ver y que ahora sé que son a quien debo cazar. Prenderlas es tan difícil como dejar constancia y apurarse a salir, así, no lo es. Porque cuando no tienes nada, la fortuna y la suerte son todo tu capital. Regreso de a pocos, afanándome por traducir las nubes que se acercan a mí y reflejan mis invenciones. Mi mente está en blanco, mis ojos ciegos no ven y omiten lo pasado, mis sentidos se resuelven en palabras aisladas que rebotan varias veces y caen sin unirse.

20110512

Puerto Libre a hoy de siempre



Mi niña: Te envío la presente, aunque no sé si el viento la llegará a tus ojos.



Ayer, cuando se acababa la tarde y mientras tenías tu mirada puesta en mí, pues me dio mucho miedo; fue fácil adivinar tus intenciones en el cómo me observabas,  y claro percibí como esa mueca en tu rostro ayudo a amedrentarme aún más. Bien lo sé, era tu adiós.

En la mañana, cuando apareciste, solo me había detenido un poco más de lo prudente en ojear tus piernas y fue suficiente para que esa mirada de odio eterno tuya, se clavara en mí. ¿Por qué no agradeciste el cumplido de mis ojos?, te volviste voluptuosa hacia mí y… estallaste. Me enseñaste un poco más de lo tuyo, como para demostrar cómo se manda y quien es el grumete de a bordo. Después; Vi como levantaste tu mirada y las cejas para dejarme esperando que algo pasara. Y eso fue la primera, porque detrás fue la de esas, tus manos largas, acariciando el dobladillo de tu falda azul marino y dejando congelados mis ojos, solamente por un momento más de lo sensato, que conociéndote, pues solo podía haber sido un instante infinitamente pequeño.

Fueron esas las razones de codiciarte, con la misma fuerza que tú te enojabas de mis navegadas en tú cuerpo, aunque solo fueran con la vista o ni siquiera estuvieras cercana. Aun así, en verdad, nunca comprendí el por qué tú escote no tuviera ningún interés para mí, o preocupación para ti mientras estábamos al pairo, esperando el viento y otras cosas. En cambio, te afectaran tanto que abriera mis ojos cuando te tenía junto. Pertenecías a un auto de fe original en que las insignias eran indiferentes, pues aun cuando fuera una huella en la arena, se podría suponer que fueras desigual y atractiva nada más por evitar ser capturada. Aunque fuera brevemente por solo una mirada de reojo.

Te recuerdo de antes; junto al faro, en la rada dónde está ese pequeño bodegón de turcos con vista al mar que sirve de escondite a todas las personas que no quieren ser vistas y al mismo tiempo estar en un sitio público. Un lugar disimulado de esos que a todas horas tiene clientela circulando afuera para pasar desapercibidos. Aunque la dueña, Esther, que siempre peca de indiscreta en las tertulias nocturnas nunca nos delató.  Fue una cierta sorpresa haber terminado ahí, el saber que lo turbio y revuelto era una manera de ser tuya que terminó por desaparecer como la buena puritana que eres en el fondo. Y ese día en que desembarcamos a conocer el cabaret de mala muerte por la noche y solos, en la parte más apagada del salón… para después quejarnos de que no alcanzamos a ver nada. Con la gorra sobre los ojos para no delatarnos y dedicarnos extasiados a la trovadora ¡Ah que noche¡ ¿Te acuerdas? “Arráncame la vida”, ella cantaba y nosotros coreábamos entre dientes.

Así fue mucho tiempo nuestro paraíso escondido, cuando eran épocas en que el edén solo era tener unas monedas para el café, dormir abrasados y abrazados, escondidos por ratos en ese cuarto oscuro de doble chapa y triples cortinas en que tantas vergüenzas dejamos sobre la cama, guardados de nada y de nadie para levantarnos siempre, polizones el uno del otro. Para después de entrar separados, escondernos de lo que todos saben, salir a hurtadillas. Sin papeles signados ni compromisos, a visitar jardines tomados de la mano.

Bueno, qué más da, al fin me acostumbré hasta a descubrirte en un amor callado. Con la luz apagada en la bodega bajo la proa, pero ¡Como poder perdonarte si nunca te arrepentiste de nada! Si siempre supiste en qué momento volverte altiva para negar haberme conocido, para poder dejarme excomulgado y proscrito de tu vida, nadando las olas de tu recuerdo. Y todo esto porque me salvaste la vida con tu escaso cariño y me es imposible no seguir queriéndote sin condición.

Al final, eso solamente era una práctica inmemorial por joderme, la habías inventado en tus noches de insomnio en que ojerosa, no sabías dónde estabas. Pero adentro o afuera, que importaba donde amaneciéramos yo y mis huesos, si a final de cuentas estabas tan húmeda en el barco como en el malecón o dentro de mí. Y aunque a veces alcanzaba a sentir tus lágrimas corriendo sobre nuestras mejillas, mojadas y pegajosas, en la oscuridad, y nunca pude voltear para ver de dónde venían: Ahora lo sé, desde una tumba acedía de la que se podía salir incólume solo si comprendías que el tiempo recorre lamiendo lentamente tu cuerpo, ya salado de tanto llanto y mar, mientras transcurre la vida sobre tu alma retrasada en una oscuridad perfecta que no me deja encontrar brújula.

Ambos habíamos participado mucho tiempo de la penumbra del cuarto y compartido nuestros cuerpos, ahora todo es anecdótico porque cuando desperté sobresaltado me sentí solo; me levanté a tientas, busqué la botella de ron y solo encontré la jarra de agua. Corrí la cortina triple; deslumbrado, busqué algún rastro adentro o afuera que me indicara dónde estabas. Ahí, supe que no regresarías a bordo, mientras, sentía como pasaba el agua fresca entre mis labios lastimándolos. Y así, después de la algarabía para cargar tus penas, aprendes a convivir con ellas y las escribes en la bitácora. Hasta que llega un momento en que entiendes que todo el mundo sufre algo y que lo tuyo, a más de llevadero… te empieza a acompañar en el camino y te gusta. Hasta que llegas a un barco nuevo que te hace suspirar, invitándote a abordarlo, participando de un insano dolor. Cuando entiendes que nadie es perfecto, siempre hay alguien más fregado y puede caminar con la sonrisa frente a la vida. Porque quejándose siempre, sobretodo… de la propia existencia y sin orden ni continuidad tasable ¿Quién va a buscar pasión en tus caricias, ángel de mi vida? O a dejarse querer solo por tu compañía sin entrega. Así eras, tú mi marinera: en la mañana un ejemplo, en la noche una pesadilla ahogada con olor a mar. Navegando a la alborada que era simplemente el dulce de los dioses, para llegar a acostarse con tu ego y cambiar tu regazo por mí pecho. Para contar las penas como si fuera algo cotidiano y no una casualidad tu andar sin uniforme, disfrazada de aristócrata pasada de moda en la añoranza de levantarse a extrañar la mar.

Ayer, cuando me desabotoné la camisa, con aire ausente te paraste a apagar la luz como siempre, suspiraste y, regresando a la cama, te quedaste quieta, esperando como nunca ¿O no eras tú quien regresó, acaso? Nunca lo supe pero me sentí un extraño. Girando sobre tu costado para quedar a mi lado en una empatía de sol y luna, con la ropa puesta y el cuerpo tenso susurrando algo como tempestad. Para hacerme sentir como profanaba tu cuerpo anhelante mientras te desvestía debajo de las sabanas, para encontrarme con tus senos firmes sobre la brevedad de la cintura, mientras subían mis dedos explorándote; y yo, no daba crédito de la oscuridad, ni percibía nada más que tu aliento a mandarina y algo como una invocación saliendo de tus labios mientras exploraba tu cuerpo. -¿Yo casarme?- Y terminamos sin azahares, haciendo el amor como locos cerca del mar y a escondidas de las travesuras de la luminiscencia en que nunca terminé de saber con quién me acostaba.

Algo si supe en esa oscuridad; que tu sonrisa no terminaría nunca, que eras más suave, que quien teme a la luz ama desenfrenadamente, y; que cuando despertabas sobresaltada en la noche para abrazarme sudorosa, era yo muy feliz porque en vez de prender la luz a esa melancolía congénita tuya, nos amábamos otro rato empapados de amor y era siempre para terminar, ambos, riendo de nuestra suerte juntos.

Recuerdo cuando salíamos del pequeño hotel atrás del puerto y veía tus ojos llenos en la algarabía de la calle, buscando el rocío en las velas de las barcas y escondiéndote del sol. Llegábamos al mar, a esa playa oculta en que siempre te quitabas la ropa para refrescarte e ibas hacia las olas, mientras yo te miraba avanzar desnuda, ahora extasiado con la luz. Uno puede estar equivocado, pero ¿Qué tiene que ver lo azul de tu falda con esto? Solo que te cambiaba el semblante cuando te la ponías y te sentías capitán de grado. Mientras, escuchabas atentamente para no prestar atención, entre la ternura de solo depender del tacto, de tus labios y tus ojos para esconder lágrimas de mi vista, de la nostalgia de mi vida en esa despedida en que solo fue tuya ¡Porque yo, algún día regresaré a la cubierta de los suspiros a esperar el buen viento!

Ahora entiendo que tu huida salvó mi vida y tengo que agradecerte a ti esta segunda oportunidad y sé que, ni soy especial, ni guardo almas para decirles todo el tiempo lo bonitas que son o que su leche es la más dulce de todas. Te enseñé mi desasosiego, ahora me arrepiento, después de tantos embates, mientras aun pretendo que tormentas y lluvias no me alcancen. Mientras, me quedo esperando absorto, pretendiendo que alguien me recuerde:



En este viejo bar junto a los ultramarinos y extrañando.



                                         Eternamente tuyo



                                                    YO


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